El Club Barba Azul #81
Seguros entonces de que no existe un peligro real, hemos visto los progresos del paciente.
Poco a poco los miedos se le han extinguido.
Curiosamente, a cada tanto, tiene un síndrome parecido al del paciente anterior: de vez en cuando le aparece un acento extraño que no es de acá, como si lo hubiera adquirido en tierras lejanas.
Pero dice que no le molesta, ni siquiera cuando le hacen burla sus amigos porque “habla cantando como si fuera un mariachi”.
Ese tonito, nos asegura, le hace recordar con cariño a una mujer con la que vivió aventuras.
No sabemos de qué se trata, si en verdad sucedió o si, como la paranoia, todo se encuentra en su cabeza.
Lo cierto es que a cada tanto lo sorprendemos en ensoñaciones que deben de ser agradables porque lo hacen sonreír.
Mi consulta entonces es preguntarle si eso puede ser pernicioso o podemos dejarlo saborear sus recuerdos.
Espero que pueda escribir una respuesta, estimada colega, sin prisas y cuando le sea posible al apartado postal que viene en el remitente.
Le saludo con afecto, de especialista a especialista, D OCTOR G ARDEL
Creo que nunca una lectura me había provocado tantos sentimientos.
Inicié con el miedo. Qué osadía, escribirme directamente.
Aunque todo estuviera cifrado, me parecía una imprudencia.
Además, había que aceptarlo: con rascar un poco cualquier miembro del Club Barba Azul sabría quién se estaba poniendo en contacto conmigo.
Luego me volví a acordar de Sebastián. “En el fondo quieres que triunfe tu maldición”, algo así me había dicho.
Tomé su sugerencia como una receta médica.
Volví a leer la carta y me di cuenta de que estaba olvidando lo principal: Carlos estaba bien.
Lo suficientemente bien para ponerse en contacto conmigo.
Me di cuenta de que me estaba avisando que el Club ya no tenía fuerza.
“Están siendo desmantelados”, había escrito.
Y también me decía que me extrañaba. A la tercera lectura el miedo había sido sustituido por el buen humor.
Recordé la capacidad de Carlos para exprimir humor hasta de las peores situaciones.
El código con el que había enmascarado la carta estaba basado justo en eso.
A la cuarta lectura me sentí liberada. Recordé muchas cosas, como el paciente ficticio que Carlos había inventado.
Puse la carta sobre mi escritorio. Me había cambiado el semblante.
Lo sentía. Y no solo el de ese día o de esa semana.
Sentía que me había cambiado el humor que vivía impertinente en mí desde siempre.
Sentía raro. Que una carta, que una persona tuviera ese efecto en mí.
Revisé mis lecturas de vacaciones. El libro de biología, el de los trastornos alimenticios.
No era posible. No iban a ser esas las lecturas de mis vacaciones.
Tomé mis llaves y mi bolsa. Miré mi despacho y me despedí de él sin llevarme ningún suvenir.
Apagué la luz. Fui hasta la pequeña biblioteca que teníamos.
La noche comenzaba a oscurecerlo todo y el movimiento en la clínica iba desapareciendo.
Puede pasearme entre los anaqueles con calma, sin que nadie me asaltara para hacerme una consulta.
Después de un buen rato, me decidí por dos volúmenes.
Una novela de un autor norteamericano que estaba haciendo mucho ruido.
Francis Scott Fitzgerald se llamaba, Hermosos y malditos era el título.
Seguro que no aprendería nada sobre adicciones o sobre los trastornos humanos con esa historia, pero podría descansar.
Esa era la idea. El otro fue un libro de poesía.
Nunca había leído poesía. Era un volumen que Sebastián había donado: Poesías de M.
Gutiérrez Nájera. Había sido publicado hace casi 20 años.
Me alejaría de un presente que atosigaba con sus deberes.
Me decidí por ese libro cuando leí las primeras líneas del primer poema: “Una niña”.
Me gustaron y volví a leerlas moviendo los labios, pero en silencio:
Entras al mundo por ebúrnea puerta,
La calma tienes; el dolor ignoras;
Y hay en tu ser, que apenas se despierta,
La azul obscuridad de las auroras.
El ansia de placer, los sueños tristes,
Huyen tu tierno corazón dormido,
Y aun cuando en la alcoba te desvistes,
No te hablan los amores al oído.
Alas ostentas y volar no sabes;
Rompes juguetes, voluntades juntas;
Y apenas, niña, como tiernas aves
Comienzan a agitarse tus preguntas.
Me pareció exacto. En tiempo y forma. Exacto para mí.
Puse ambos libros bajo mi brazo. Apagué la luz de la biblioteca y salí directamente al jardín.
Colina arriba estaba mi casa; cuando iba a mitad de trayecto, vi que la casa vecina, la de Luisa y Rogelio, tenía la luz de la sala prendida.
No lo pensé dos veces. Pasaría a despedirme del doctor Campuzano.
Tenía ganas de decirle cuánto lo quería.
Tal vez se pusiera incómodo, pero el martirio sería breve.
La guerra estaba ahí. El Club Barba Azul estaba ahí. El pasado siempre estaba ahí. Pero, ahora lo sabía, Carlos también estaba ahí. Y Luisa y Rogelio y Sebastián y ahora también Delfino. Todos estábamos ahí.
Cápsulas del tiempo
Como historiador, varias veces me veo en una tormenta: la que se forma cuando se juntan los datos y la narrativa. En el proceso de investigación se acumulan cuadernos y archivos en la computadora con información que tiene una vida breve en el trabajo final o que nace muerta.
No soy el único que se enfrenta a ese temporal.
Prácticamente todos los colegas que conozco vislumbran los mismos nubarrones en algún punto de su investigación.
Sobre todo, cuando llega la hora de verter la información en letra escrita.
Todos nos acobardamos un poco y preferimos quedarnos más rato en el refugio de la investigación, a pesar de que ya tenemos información de sobra.
Pero ese tiempo temeroso suele servir para descartar el exceso de información.
Otros eligen una opción más cruel: poner en su texto la mayor parte de la investigación, a pesar de queno sea prudente para la narrativa.
Se cocinan entonces gruesos libros que acercan a los especialistas y alejan a los curiosos que, nada más abrir las primeras páginas, son bombardeados con información tras información. A todos nos pasa.
Pienso que un ensayo histórico tiene el deber de generar nuevos datos, pero también tiene un compromiso con la narrativa.
En el orbe de los historiadores la forma suele ser desdeñada.
A veces se piensa que cuanto menos ágil sea el resultado, mayor seriedad académica tiene.
Se defiende con puños y lágrimas en los ojos que el propósito de la academia no es divertir sino recopilar nueva información, nuevos análisis.
Como si una cosa y la otra fueran irremediablemente opuestas.
En esa batalla gana la necesidad por mostrar que se ha investigado lo suficiente y no el respeto que se le debe tener al lector, a veces incluso seducirlo.
Luego, cuando aparecen las novelas históricas —sobre todo las que hacen ruido y que vienen firmadas por escritores no académicos— nos damos golpes en la cabeza porque no se nos ocurrió a nosotros antes contarlo de esa manera, y golpes en el pecho porque creemos atestiguar un grave pecado: ¡una novela del pasado que miente!
Los caminos predilectos de estas novelas históricas apuestan por un personaje bien conocido: Benito Juárez, sor Juana Inés de la Cruz, Porfirio Díaz, el cura Hidalgo.
En muchos casos, el morbo por saber la vida íntima de los personajes se alía con la buena escritura.
La lectura entonces suele ser una delicia intimista y estética.
En otros casos, el escritor piensa que solo con el morbo es suficiente.
Cómo era Maximiliano en la cama. Qué obsesiones tenía Moctezuma.
Curiosamente hace lo mismo que algunos de los historiadores: piensa que la narrativa es accesoria.
Y cuando pienso en narrativa, no hablo de hermosear el relato con agraciadas palabras que nos deleiten.
Me refiero a crear una estructura narrativa, con misterio, con giros.
Con inicio, nudo y desenlace, como dicen los manuales más clásicos.
Algunos lectores quieren sacar más provecho al precio que les costó el libro, y se convencen de que no están leyendo una novela histórica sino una biografía académica con datos irrefutables, y escrita ¡al fin!
, de amable manera. Asumen que la ficción es verdad y que al cabo de una semana saben de los procesos históricos precisos en torno a Zapata o Villa.
Es una comedia de las equivocaciones. No es culpa de nadie.
Así que, pensar en una novela ubicada hace 100 años, que no tenga como eje central a un personaje público —hoy histórico—, siempre me ha parecido una aventura sugestiva.
Una aventura que también requiere investigación.
Una investigación que si aparece con datos continuos termina renunciando a la novela y se acerca al ensayo.
La tentación de contarle, con pies de página, al lector cómo era un ambiente, una forma de pensamiento es fuerte.
Muchas veces me tuve que reprimir, aunque sé que en algunos casos coloqué de más.
La pandilla más inclemente de la ficción me castigará, solo espero que me perdonen la vida.