El Club Barba Azul El Club Barba Azul #80
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El Club Barba Azul #80

Sí, la guerra estaba ahí. El Club Barba Azul estaba ahí.

El pasado siempre estaba ahí. Pero yo necesitaba vacaciones.

Mis tres mentores me lo habían dicho varias veces.

Después de un año de persuasiones accedí.

Para ese punto, no necesitaba que nadie me lo dijera: me hartaba con facilidad, me saltaba los párrafos introductorios de los historiales clínicos, en mis tardes sin actividades programadas no salía de casa.

Sin embargo, la idea de ir a una ciudad nueva no me convencía.

Los lugares desconocidos aún me recordaban las aventuras en Tepeaca o Zamora.

Entonces hice trampa: logré una reservación en el hotel Genève de la ciudad de México.

Una ciudad conocida que, sin embargo, siempre era recóndita.

El hotel estaba muy recomendado. Me habían dicho que de las 400 habitaciones para turismo que la ciudad tenía, la mitad correspondía al Genève.

Además, quería probar un nuevo platillo que solo ahí se conseguía: sándwiches se llamaban y eran famosos internacionalmente.

Su ubicación era perfecta: estaba en la flamante colonia Juárez y muy cerca del bosque de Chapultepec.

No necesitaba más. Eso y dos libros que tenía pendientes.

Uno compilaba los últimos hallazgos de anatomía torácica que estaba haciendo mucho ruido.

El otro era sobre trastornos en la alimentación.

Era un recuento histórico de casos, pero tenía que ponerme al día sobre un malestar del que cada vez se hablaba más.

El día anterior a mi partida, limité mis consultas a lo esencial.

La mayor parte de ese tiempo lo gasté con Lala.

Descubrimos que tenía gran habilidad para dibujar y para comunicarse.

Le gustaba mucho el jardín, pero siempre tenía que salir con lentes oscuros y con cremas para evitar que el sol le rostizara la piel.

Había vivido toda su vida en una catacumba.

Veía las flores como si se tratara del evento más extraordinario.

Corría de un lado a otro tratando de abarcar toda la inmensidad del terreno.

Su memoria había decidido olvidar los maltratos y, confiada, abrazaba a todo el que se dejara.

Pacientes y enfermeras. Ya casi no había rastro de las heridas en los brazos y en las piernas.

Parecía que las heridas más graves también se estaban curando.

Después pasé la tarde en mi consultorio.

Pedí que no me molestaran porque tenía que revisar la correspondencia de los últimos cinco días.

Aun así recibí a tres personas. Delfino estaba preocupado.

No entendía bien los límites del mundo real fuera de su comunidad en Tepeaca o del campo de concentración.

Sentía que si me alejaba de la clínica —en realidad de él— sería inevitable que pasara algo malo.

Su miedo era exagerado, pero tenía alma de certeza.

Le aseguré que no me expondría, que apenas saldría del hotel y que no era una zona de la ciudad en la que me pudiera topar con sus captores. Nunca quedó del todo convencido.

Luisa llegó con un regalo. Era su sello personal. En este caso se trataba de una maleta nueva hecha de piel.

—La mandé comprar desde que decidimos que debías descansar.

Su determinación me divirtió: jamás dejarían de verme como la niña con varios desórdenes que llegó el primer día a la clínica. La vejez ya se le notaba, pero lejos de hacerla endeble, le confería cierta elegancia.

—Gracias por lo de Carmela —me dijo sin venir a cuento.

—No hay nada que agradecer, doctora: me sirvió más a mí que a ustedes.

—De cualquier manera, gracias.

Se paró y se me quedó viendo algunos segundos.

— Luisa, solo me voy ocho días.

—Lo sé. Pero necesito convencerme del todo. Queremos que descanses, y sabemos que para ello debes salir de la clínica, pero al mismo tiempo, tememos tu partida. Nos recuerda tu desaparición.

—No voy a desaparecer.

En su cara vi que decidía no discutir más. En cambio, me dio un abrazo largo.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, al salir Luisa, entró Sebastián.

—¿Ninguna necesidad de un guía esta vez, doctora?

—¡Vente conmigo, Sebastián! Seguro encontramos otra habitación en el Genève.

—Me encantaría, pero me perdería el espectáculo de nervios de Luisa y Rogelio que va a iniciar en el momento que cierres la puerta detrás de ti.

—¡Escuché eso! —Luisa gritaba desde el pasillo.

—Ángela, por supuesto que no te voy a decir que no vayas. Tampoco te voy a decir que andes con bajo perfil porque esas familias están en todos lados. Todo eso ya lo sabes. Lo que sí te voy a pedir es que tengas cuidado.

—Apenas voy a salir del hotel, Sebastián.

—A eso me refiero.

—¿A qué?

—Al tiempo que vas a pasar sola encerrada en tu cuarto y saliendo solo a comer algo cuando tu estómago haga más ruido que tu cabeza.

Ángela, por más que te concentres, por más que actúes, todavía no estás bien.

No me interrumpas, querida: escucha lo que tengo que decir y ya decides con qué te quedas.

Lo único que puedo darte son sugerencias.

Te diría que en un muy breve lapso has vivido muchas cosas, pero creo que toda tu vida ha sido más o menos así.

Lo que quiero decirte es que no es una maldición.

—Lo comprendo.

—Ni que debes tener el mismo final o intensidad de vida que tuvo tu madre.

—Sebastián, no te preocupes por mí.

—Ángela, creo que estás corriendo, armando proyectos, que sin duda son estupendos, tratando de salvar a catervas de niños porque te quieres asegurar de que no vayan a tener tu historia. Creo que quieres construir una vida sin dolor porque no terminas de aceptar el tuyo.

—Sebastián, ya lo acepté. Y estoy conforme.

—¿Y conoces los otros elementos que también te conforman?

¿Les haces caso? Porque huir de una maldición todo el tiempo es casi lo mismo que vivirla.

¿Sabes qué pienso a veces? Perdón que te lo diga, Ángela, pero pienso que más que el éxito de tus empresas, deseas el fracaso.

Para que puedas estar ocupada, para que aparezca la confirmación de la maldición y que tenga sentido todo el trabajo que has empleado en huirle.

Y me preocupa que cuando estés en el cuarto del hotel, sin proyecto que supervisar, sin pacientes que atender, sin enfrentarte a un fracaso, creas que estarás a merced de esa amenaza.

Sebastián me espetó otras valoraciones. La esencia era la misma.

Cada vez que me sugería algo, sentía que en realidad me cuestionaba.

Y durante toda mi vida adulta los cuestionamientos no tenían límites para mí: eran cuchillos o flechas que me hacían daño porque les permitía entrar hasta el sitio en el que se pone en duda si uno vale la pena.

Fue hasta que Sebastián se fue que entendí mejor lo que me había dicho.

Siempre me pasaba. El entendimiento cabal a destiempo.

Comencé a revisar —al fin— la correspondencia.

Invitaciones, letras por pagar, informes.

El genérico cariño de las instituciones.

Dos cartas de colegas que me contaban el avance de casos en los que tenía especial interés.

Ambos querían trabajar en la clínica. Y luego, estaba la carta.

Una carta internacional que había pasado por tres países antes de llegar a México. Así lo aseguraban los sellos postales.

Estimada doctora Lizardi:

No sé si me recuerde. Estuvimos juntos en el congreso médico que se hizo en Villa Azul hace tres años sobre productos químicos para embalsamiento de cuerpos. Nos enfrascamos en una discusión sobre la pertinencia de cambiar constantemente las marcas y el margen de ganancia que eso podría traer.

Tal vez también recuerde que le conté de un paciente que presentaba síntomas más cercanos a su especialidad que a la mía.

Que hablaba con un acento muy marcado y que no tenía nada que ver con el contexto en el que vivía.

Una condición curiosa que le acarreaba muchas burlas.

Usted me sugirió que le aplicara una terapia de lenguaje basado en la interpretación de personajes para que pudiera disfrazar ese acento que lo incomodaba en algunas circunstancias.

Me sugirió que actuara el papel de un detective que debía buscar información sin que su acento se interpusiera, o el de un espía en una misión de rescate.

Pues debo decirle que la terapia fue un éxito y que, al menos cuando está concentrado, el paciente puede cambiar su acento en las reuniones en donde lo requiere.

No sufre más de la burla a la que se había acostumbrado.

Sin embargo, me veo en la necesidad de pedir su consejo nuevamente.

Ha llegado hasta mi hospital un paciente que pasó varios días en una mazmorra.

Se me ha referido que sufrió varios abusos adentro.

Experimentaron en su cuerpo técnicas y artilugios que refinaban los niveles de dolor y padecimiento.

Nos llegó en un estado deplorable: quemaduras en la piel y una tendencia a evadirse continuamente de la realidad.

Sin embargo, tras algunas semanas de reposo y curaciones, su estado ha mejorado notablemente.

En su mente, sin embargo, persistía una obsesiva idea paranoica: que sus captores podrían volver por él.

Después de realizar una serie de investigaciones, determinamos que el peligro estaba solo en su cabeza.

En efecto, había sido víctima de un grupo criminal que lo mantuvo cautivo.

Era una especie de prenda o garantía humana para llevar a cabo una serie de negocios ilegales que al final no se concretaron.

La contraparte debía traer un producto que ya no pudo asegurar.

Al parecer están siendo desmantelados en su tierra y ya no cuentan ni con la fuerza ni con el entusiasmo para cumplir sus tratos.

Por lo mismo, el individuo dejó de tener interés para ellos.