El Club Barba Azul #79
—Le cuento todo esto para que se dé cuenta de que, a pesar de lo heterodoxo, el sistema del doctor Campuzano suele tener resultados muy positivos.
Que nuestra experiencia acumula un alto margen de éxito en los tratamientos.
Tanto así, que después de algún tiempo me empecé a especializar en medicina.
Fui asistente de los casos más sencillos y, a partir de lo aprendido, di el salto hacia pacientes con pasados más oscuros o con diagnósticos más recónditos.
Hasta que al fin me asignaron al primer paciente que quedó completamente bajo mi supervisión.
Y, no lo va a creer, pero ese paciente fue justamente Servando de Lizardi.
Carmela se atragantó y después tuvo un copioso acceso de tos. Dos personas de su séquito se pararon para asistirla. Una le sirvió un vaso de agua, la otra le preguntó si se encontraba bien. Los despachó con rudeza. Sus atenciones solo ponían en evidencia su fallo histriónico.
—Las vueltas que da la vida. Servando, al que yo comencé a llamar Abuelo de cariño, pasó por un trance difícil, creemos que una especie de traición y estuvo a punto de sucumbir, pero afortunadamente llegó a tiempo.
Puedo decirle con orgullo que sus últimos días tal vez fueron los mejores de su vida.
Él mismo lo dijo varias veces. Y era inevitable que la relación que establecimos fuera profesional, pero también de mucho cariño.
Carmela solo había aceptado una servilleta de papel que, para ese momento, ya era una pelota que apretaba con fuerza. Me veía con la quijada trabada.
—Tengo por ahí varios retratos que le hice por si quiere verlos. Porque no le pregunté si usted tiene alguna relación con él. Lizardi no es un apellido muy común. ¿Tal vez era un tío lejano de usted?
—Sí, algo así —contestó con rapidez para que, con las palabras, no se escapara la bilis.
—Bueno, pues entonces estoy segura de que estará encantada de saber que se repuso y fue feliz lo que le quedó de vida.
—Claro. Me da mucho gusto.
—Creo que es la mejor carta de presentación que la clínica puede ofrecerle.
Yo no soy doctora titulada, pero los especialistas que me atendieron consideraron que mi experiencia era la mejor formación.
Y probablemente tuvieron razón: con el Abuelo logré reparar los daños que se le habían hecho, por más perjurios atroces que le infringieron.
Y ahora, me disculpará la vulgaridad, pero debo preguntarle si le parece conveniente donar parte del dinero que administra para este tipo de causas.
Tuvo que donar el dinero. Lo hizo de mala gana, pero era parte de una actuación a la que no podía renunciar.
Nadie la obligó, solo su interior revuelto.
Las formas y no el contenido eran lo único que tenía.
Algunos minutos después de que Carmela se fuera, me di cuenta de que me sentía contenta.
No tanto por el dinero recibido. No por la venganza.
Estaba contenta porque todo lo que había contado era verdad.
Era la primera vez que contaba mi historia, sin ocultar nada.
La guerra estaba ahí. El Club Barba Azul y todo lo que representaba estaba ahí. El pasado siempre estaba ahí. Cuatro meses después de la visita de Carmela, llegó una paciente con un hilo conectado a mi pasado más reciente.
—Se llama Eulalia —me dijo la asistente social que la traía—, pero solo responde si la llaman Lala.
Aún no la veía. Lo que veía en ese momento era su historial médico.
—Pero aquí dice que tiene síndrome de Down. Y como usted sabe los niños con ese padecimiento van a la Institución de la Acordada. Para eso creamos ahí todo un programa que asesoramos en…
—Doctora, perdone que la interrumpa, pero el síndrome de Down es el menor de sus problemas.
Podría haberlo leído porque el informe tenía varias páginas, sin embargo, preferí escucharlo en voz de la asistente.
—Ha estado encerrada toda su vida en un sótano. Es de una familia rica, con una madre soltera que no soportó una mancha más en su reputación. Así veía a su hija, doctora: como una mancha en su reputación.
Supe que era la hija de Nazarena. Guardé silencio. Pensé en Carlos.
—Entonces, una niña con síndrome de Down encerrada en un sótano. Por desgracia su cuadro sigue siendo bastante común…
—El encierro tampoco es lo peor, doctora.
En el último año, más o menos, la madre sufrió una serie de trastornos.
Al parecer se volvió alcohólica y comenzó a aspirar también mucha cocaína.
Tenía accesos de llanto descontrolados o ataques de furia, también ataques de pánico.
Por alguna razón su familia la dejó sola.
Le daban una mensualidad que hubiera alcanzado para vivir holgadamente si no hubiera… consumido tanto.
Conocía esa manera de operar. Se estaba repitiendo en el mismo círculo. No quiero pecar de soberbia, pero la verdad es que no me sorprendió. Esa familia tenía una maldición y no se trataba de fantasmas ni de enfermedades congénitas.
—Y entonces comenzó a desquitarse con el único miembro de la familia que le quedaba a la mano.
—Eulalia.
—Sí, doctora: con Lala. Y ahí empezó la auténtica pesadilla. La servidumbre nos cuenta que al principio bajaba una vez cada dos días, pero que en los últimos meses bajaba tres veces al día.
—¿Para hacer qué?
—Bien a bien no saben, porque la madre cerraba la puerta atrás de ella.
Pero dijeron que hasta arriba se oían los gritos y llantos de la niña.
Cuentan que cuando bajaban después de esas sesiones, tenía el labio o la ceja partida y que a partir de ese momento vivía con moretones en las piernas, en los brazos y en la espalda.
El régimen duró el tiempo suficiente para que Lala rehuyera cualquier contacto humano.
Al final, cada vez que entraban a curarla, se escondía en el rincón que le quedaba más próximo y les costaba mucho trabajo sacarla de ahí.
Una niña que antes era amorosa, juguetona y sensible.
—Como muchos niños con síndrome de Down, cuando los dejan ser.
—Así es, doctora. Por eso la trajimos aquí para que la valorara y para…
—Vamos a verla.
Estaba en mi despacho. Y no estaba en el área de niños.
Tenía el orden y la disciplina inyectado en la médula.
Un buen comportamiento que no le dio protección ante la violencia.
Estaba tirada abajo del sillón más grande.
Fue inevitable que la memoria me asaltara.
Me estaba viendo en un espejo. Siempre iba a tener algo de una niña escondida debajo de un sillón.
Y ya no me molestaba. Así era y listo. No me costó trabajo sacarla de su escondite.
Supe qué botones tenía que apretar para activar la confianza.
Mientras conversaba, le revisé sin que se diera cuenta la piel que su ropa no cubría.
Tenía marcas de dolores antiguos y recientes.
Nazarena se había vuelto su Gilles Rais.
La madre era su pesadilla. Tampoco era tan raro, por desgracia.
El sadismo puede ser más potente que el amor filial.
Lo sabía. Muchos padres creen que los hijos son de su propiedad.
Como esclavos que deben ser azotados por su bien, no porque les sirven para descargar todas las frustraciones.
Una hora después ya estaba en la zona de los juguetes.
Mi investigación comenzó. Anoté en una libreta “Eulalia” y abajo “Sorprende la capacidad de recuperación que tiene. Sin duda relacionado con el síndrome. Analizar posibilidades”.
Anoté varias ideas más. Pedí que dos enfermeras entraran para que Lala se acostumbrara a ellas; cuando vi que todas estaban cómodas, acompañé a la asistente hasta la puerta de salida.
—¿Qué fue de su mamá?
—La llevaron a Europa. Creo que la iban a internar en una clínica especializada en la histeria de las mujeres.
—Ya. Electroshocks y baños de agua fría —se me escapó. Sabía que no le iban a curar la adicción y que resultaba altamente improbable que regresara en sus cabales para reclamar a su hija.
—Probablemente será así —me dijo la asistente con cansancio.
—¿Y el resto de la familia no la reclamó?
—No les interesa en lo más mínimo. Les da vergüenza. Además, parece que están atravesando por una crisis económica o algo así y todos están peleando. Eso me dijo la servidumbre.
Aunque ya no apareciera en la prensa, me llegaba información del Club Barba Azul sin pedirlo.
Volvía a pisar sus terrenos. Pero de otra manera.
Sin miedo y con la posibilidad de auxiliar a otras víctimas de su concepto de vida.
Había algo más: pensaba que la posibilidad de ayudar a Lala terminaría siendo, de refilón, el mejor resarcimiento.
Nazarena —como Carmela— había invertido mucha energía en destrozar a sus víctimas, y al final, a pesar de todo el empeño, no lograrían los resultados deseados.
Era una venganza peculiar, pero venganza, al fin y al cabo.