El Club Barba Azul #78
En la mayoría de los casos, era imposible quitarles la idea de que los niños podían existir sin servirles.
Me daba cuenta de que el Club Barba Azul solo había forzado un poco una idea que estaba muy extendida.
De la misma manera que la imagen de filantropía era inseparable de las fiestas con candelabros de cristal y destellos de la prensa.
La mayoría de los donadores habían vivido el final de porfiriato.
Era lo que conocían y lo que querían perpetuar 20 años después.
La locura se escondía. La pobreza era voluntaria.
La inferioridad era incuestionable. Los donadores agradecían, sobre todo, que mantuviéramos encerrados a una caterva de piojosos que de otra manera solo afearían el paisaje de la modernidad.
Sí: resultaba muy difícil no perder la paciencia.
Pero una noche no fui yo quien perdió la cabeza.
Mientras caminaba con zancos hacia el salón, martirizada por las piedras que formaban el camino en medio del jardín, vi de pronto que Luisa salía del recinto a toda prisa.
En su cara no había preocupación, sino enojo.
Estaba roja, cruzaba los brazos debajo de su pecho con tal fuerza que parecía estrangularse a sí misma.
Me vio y por suerte detuvo su loca carrera.
De otra manera, con mis zapatos, me habría sido imposible seguirla.
—¿Qué pasa, doctora?
—Que una mujer vino desde la ciudad de México a insultarnos.
—¿Cómo es eso?
—Una mujer que tiene historia con la anterior clínica.
Que despreciaba nuestros métodos y que… —se quedó callada así sin más, viéndome casi asustada.
Parecía que le había dado un repentino ataque de catatonia.
Gracias a su inmovilidad, pude ver que atrás venía, a un paso mucho más lento y apoyado en su bastón, el doctor Campuzano.
Le tomó algunos segundos llegar hasta nosotras.
—Luisa, Luisa: calma.
Fue suficiente para que la doctora estallara. Las palabras de Campuzano habían roto el hechizo.
—¿Que me calme? ¿De verdad me pides que me calme?
—Eso ya pasó hace tiempo. Además, es la directora en México del Club de Rotarios. No podemos darnos el lujo de despreciarla tan abiertamente.
—¿Quién se quedó al frente de la reunión? —les pregunté sucumbiendo a mis propias preocupaciones.
—Sebastián —me dijo el doctor Campuzano sin quitar la vista de la doctora.
Sebastián era una pieza fundamental en aquellas reuniones.
Su amabilidad se desbordaba, atendía a todos, les hablaba de arte y literatura.
Nosotros veíamos cómo, en medio de su actuación que él sí disfrutaba, se burlaba de la alcurnia y de las formas decimonónicas sin que los donadores se dieran cuenta.
En buena medida él también pertenecía a ese tiempo, pero ahora lo utilizaba en su favor.
Es el entrenamiento del dandy , me dijo alguna vez.
—¿Quién es la mujer? —le pregunte a Campuzano que parecía más entero.
Pero él también se congeló. Pensé que había una maldición en mis preguntas.
Un poder que suspendía voluntades, hasta que el doctor se decidió a hablarme con franqueza.
Le costó trabajo, dio varios traspiés y titubeó, pero me contó.
Me contó que adentro había una mujer que se había dedicado durante muchos años a la filantropía, que había insultado a Luisa una vez que visitó la clínica anterior, y que aquella visita se debía a que me quería sacar a mí de esa clínica.
Que estaba enojada porque “no recibiría mi castigo”.
De alguna manera yo ya sabía todo eso, aunque nunca hubiera tenido el tiempo de pensarlo.
Me contó que antes de entrar a la clínica estuve una temporada en casa del Abuelo, que en realidad ese había sido el primer paso hacia mi recuperación.
Que eso había pasado cuando el Abuelo era otro y aún no lo habían enloquecido a punta de avances tecnológicos.
Me contó que esa mujer algo tenía que ver con el derrumbe del Abuelo, que habían sido pareja, pero que bien a bien no podían establecer la relación.
Me contó que cuando ya daban por muerto al Abuelo, la mujer usó el apellido del marido y sus trabajos para lograr algún reconocimiento y bastante dinero, y que desde entonces se dedicó a lo único que sabía hacer: a pasearse en fiestas y dictar conferencias que ella no había escrito.
Me contó que habían preferido no decirle ni a ella ni a nadie que el Abuelo no había muerto.
Por resguardo. Que ella estaba convencida de que el Abuelo se había vuelto una atracción de circo de fenómenos.
Era como si me estuvieran contando un libro que yo había leído hacía mucho tiempo. Sentí rabia, pero no tenía la fuerza necesaria para despedazar. Era un ensayo de ira. Sabía lo que tenía qué hacer.
—Vamos allá —les dije—, vamos los tres para allá y déjenme hablar.
Me hicieron caso. Últimamente me hacían caso.
Al entrar vi que Sebastián hacía lo propio, pero esta vez no lo estaba disfrutando.
Estaba tenso. Él también sabía quién era la invitada más importante de aquella reunión.
Ella guardaba el rencor de haber sido desairada hacía mucho tiempo de la primera clínica.
Sin embargo, tenía buena memoria y una cruzada por demostrar su estatus.
—¿Ya se acordó de mí, señorita? —le preguntó a la doctora Luisa directamente.
—¿Se conocen? —pregunté sonriendo a mi vez para evitar que la doctora pudiera contestar o volver a salirse de la sala.
—¡Claro que nos conocemos! Hace algún tiempo esta señora, porque creo que llamarla señorita ya sería mentir, me prohibió la entrada a la primera clínica del doctor Campuzano.
—Bueno, pero yo no tengo el gusto —respondí sin atender ninguna de sus palabras construidas con ironía. Guardé silencio.
—Claro, claro —regresó después de unos segundos—, soy Carmela de Lizardi, directora del Club de Rotarios de la zona México, y en este momento estamos evaluando la posibilidad de hacer donaciones en instituciones que sean capaces de mostrar su valía, empezando por la capacidad de su personal.
Vinimos para evaluar, en pocas palabras.
Dijo lo último nuevamente centrando su atención en Luisa.
Pensé que cuando la inseguridad es mucha, quedan marcados como hierros ardientes los más mínimos desaires del pasado.
En el historial que una persona insegura hace de sí misma, necesita la venganza de esas descortesías porque son fisuras que cuestionan su valía.
—Qué curioso —regresé—, compartimos el mismo apellido.
—¿Cómo es eso? —fue la primera respuesta de ella que no estaba estudiada.
—Soy la doctora Ángela Lizardi. Y ya que está evaluando al personal, creo que debo contarle rápidamente mi historia para que en ningún momento se sienta engañada.
Yo entré aquí como paciente. Siendo una niña todavía.
Antes recibí atención en casa del médico Servando Lizardi.
Sin él, mi recuperación hubiera sido imposible.
Pero después, por eventos que no recuerdo bien, y la verdad no me interesan mucho, terminé justo en la clínica del doctor Campuzano.
Sebastián, Luisa y Rogelio se convirtieron en piedra.
La piel de Carmela comenzó a blanquearse.
Las mejillas se tensaron, sobre todo a la altura de su nariz.
El labio inferior sobresalió, lo que me indicaba que estaba apretando los dientes.
Sus ojos no se abrieron en la típica reacción de sorpresa, sino que se cerraron un poco, como cuando se apunta a través de la mirilla de una escopeta.
Me había reconocido. Sabía quién era. Toda la pretensión que la protegía se volvió inútil.
Solo le quedaba la mejor actuación que pudiera brindar.
En algún momento iba a dar media vuelta para decirle algo al séquito que venía con ella.
No eran pocos: casi 10 personas que estaban atentas a los que Carmela hacía y decía.
Buscaba la protección de su grupo. No la dejé.
—Los tratamientos que el doctor Campuzano me dio fueron efectivos, ¿sabe?
Poco a poco pude irme restableciendo. El doctor no la tenía fácil, ¿comprende?
Mi madre fue una prostituta que fue asesinada de la peor manera.
Destazada para provocar el placer de un cliente que pagó por hacer con ella lo que quisiera.
Sí, había copiado el estilo de Andrea. Solo sería por un momento. La incomodidad se regó como la peste entre todos. Rogelio, Luisa y Sebastián me veían casi asustados. Los volteaba a ver porque yo también tenía la necesidad del apoyo de mi grupo.
—Me dicen, porque yo no recuerdo a cabalidad, que de niña era imposible comunicarse conmigo.
Que era una especie de animal que emitía gruñidos.
Fui testigo de la atrocidad que le hicieron a mi madre, y eso me acompaña desde entonces.
Primero como pesadillas, luego como parte de un pasado que no puedo cambiar, pero que tampoco va a definir mi presente.
Hice un proceso largo, pero funcionó. Y en mi adolescencia, comencé a ponerme al día.
Tuve que aprender muchas cosas: a hablar, a relacionarme sin violencia, a leer, a escribir.
Y todo eso hubiera sido imposible sin la ayuda del doctor Campuzano, de Luisa que, le cuento, ni es señorita ni señora: es doctora.
Pero también gracias a la ayuda inicial de Servando de Lizardi.
Decía su nombre con todo propósito. Y cada vez que lo soltaba era como una pedrada que caía en el sitio justo.
Carmela comenzó a sonreír y a confirmar sacudiendo un poco su cabeza.
La tensa sonrisa en sus labios y la tracción en el cuello indicaban que su actuación era cada vez más endeble.
Se piensa que este tipo de actuaciones son para engañar a los demás.
No es así: las actuaciones son para engañar lo que se siente.
Adentro, no afuera. Intentar que lo molesto no desborde. Carmela estaba fallando.