El Club Barba Azul El Club Barba Azul #77
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El Club Barba Azul #77

Teníamos todo bien armado. Y lo de la doctora era el paso final para legalizar nuestra idea.

¿Qué les pasó? Ya todo estaba listo. Ese era el negocio que más dividendos nos iba a traer.

Me dices que la demanda de nuestras armas está bajando considerablemente en México, que la guerra está aminorando.

Pues te tengo malas noticias: hay signos por todos lados que indican que la prohibición está a punto de ser abolida.

Como lo lees. Y uno de los primeros síntomas es que cada vez me piden menos botellas.

Ya no les interesa tener reservas, compran solo lo justo antes de que se levante la ley.

Así que, como ves, dos de nuestros negocios van en picada.

El otro, ustedes se encargaron de disminuirlo.

¿Cómo esperabas que funcionara toda la red si los capitanes no se ponen de acuerdo?

Ricardo me escribió y me dijo que él se retiraba.

Que la relación entre ustedes se ha vuelto inestable, y no puedo culparlo.

Además, Jaime, la competencia poco a poco se ha ido fortaleciendo y nos ha dejado atrás.

No supimos renovarnos a pesar de que ustedes contaron con el aval médico de las instituciones de gobierno.

Hace dos semanas tuve oportunidad de hablar con el contacto de una nueva organización.

Son bandas de delincuentes que nada tienen que ver con nosotros y, a pesar de la diferencia de condiciones y extracto social, nos están superando.

Y Jaime, a ellos les basta con ir a los pueblos y secuestrar a las niñas.

No tienen ningún tipo de cuidado, ningún control de calidad.

Son niñas que no han sido trabajadas ni educadas.

Llegan igual de desnutridas que como salieron, y muchas con moretones en la cara y en el cuerpo que es lo más cercano que reciben a un entrenamiento de sumisión.

Cuando le conté un poco al hombre de nuestra manera de operar, se rio en mis narices.

Le causaba mucha gracia que tuviéramos tantos miramientos, que perdiéramos el tiempo de esa manera.

¿Y sabes por qué lo hacíamos? Porque nosotros ofrecíamos el mejor producto.

Con nuestro sello, con calidad. Teníamos misión y visión, Jaime, y eso nos hubiera permitido seguir en el negocio porque nuestros compradores estaban en la esfera social cuyos bolsillos la crisis apenas acaricia.

Tu descuido ha sido evidente, y eso se nota en la ausencia de tus respuestas.

Te las he pedido desde que este país entró en la crisis del 29.

Te dije que teníamos que mantener un estándar alto del producto para seguir obteniendo ganancias.

Pero pasó todo lo contrario. Al bajar nuestra calidad, solo podemos venderles a las personas que ya no tienen dinero.

Ni para irse de vacaciones, a veces ni para comer, menos aún para darse el lujo que nosotros ofrecemos.

Nazarena me dijo que a Andrea ya tampoco le interesa estar con nosotros.

O sea que, si los signos son correctos, esta sociedad se ha descosido.

Nos habíamos hecho del monopolio, Jaime.

Del tráfico de inditos para acá y del tráfico de armas para allá.

Respecto al alcohol y al mármol teníamos competencia, pero lo sorteábamos bien, en parte porque los otros dos negocios iban cada vez mejor.

Y ¿qué hicimos? Frente a la proliferación de empresas y bandas que comenzaron a explotar lo que nosotros habíamos descubierto antes, nos dejamos ganar como unos incapaces.

Ya todo el mundo trae niños y todo el mundo manda armas a México.

Y nosotros no supimos mantener la calidad. Perdimos. Esa es la verdad.

No sé ni siquiera si vas a contestar, pero igual te lo digo.

De cara a este panorama, Jaime, lo que resta es establecer mi postura claramente: el único negocio que veo viable es el mármol.

Lo poco que se pueda vender en medio de una crisis económica que está haciendo saltar a los inversionistas de los rascacielos más altos.

Espero que tus fiestas de nieve al menos te hayan permitido leer los diarios internacionales para que sepas a qué me refiero.

Siendo un negocio que no necesita de estrategias secretas, creo que voy a mandar a México a Joaquín Fonsi, mi asistente de varios meses, para establecer con él un nuevo contacto entre los dos países.

Solo para el mármol. El resto lo cancelo.

Con todo el pinche trabajo que me costó.

No me queda otra alternativa. Le voy a pedir que venda mi parte de acciones sobre el proyecto de la colonia Condesa que es lo único firme que me queda, y lo único que me puede garantizar mi sobrevivencia acá, mientras dura esta recesión. Lo siento mucho.

Teníamos todo, primo, y lo destruyeron. Así de claro, así de duro te lo pongo. Con la cabeza fría que nos faltó para lograr el éxito de nuestra inventiva. Te mando un saludo, ya tendrás noticias de Fonsi en México.

E MILIANO B ERRONDO -L EMONTRIP

Rogelio

Hace años, no me perdía las puestas de sol.

Minutos antes, preparaba mi cuerpo para lo que mi cabeza iba a hacer.

Lo ponía flojo solo para recibir la tensión que acompañaría a los pensamientos.

Mi cerebro hacía siempre lo mismo: conforme la luz iba desapareciendo y los últimos rayos se encarnizaban con las nubes, creía que estaba viendo el fin de toda una época.

Del siglo que se estaba yendo, el desenlace para muchas certezas.

Varias tardes lloraba sin saber si era rabia o tristeza lo que sentía.

Hace años, eran los arrebatos los que me movían.

Imaginar que alguien pudiera sustituirme me angustiaba.

Lo acepto. Muchas de las lecturas, de los textos que escribía y de las intervenciones arriesgadas que llevaba a cabo, eran un intento para volverme imprescindible.

El éxito entonces siempre venía acompañado de la tribulación.

Que alguien fuera mejor. Más osado. Más imaginativo.

Hoy, con el proyecto de Ángela, con la plena certeza de que es ella la que ha tomado las riendas, me siento reconfortado y en paz.

Me han sustituido finalmente, y lo agradezco.

Quién lo hubiera dicho. Ahora, como un viejo sentimental, veo los amaneceres. Me gustan. No lloro.

Ángela es metódica y entusiasta. Sabe delegar y me parece que no teme ser sustituida.

Pero eso no significa que viva en la tranquilidad.

Quiere armar una especie de ejército demasiado rápido.

Su motivación es más compleja que la mía.

Lo mío era puro ego. Ella quiere salvar a demasiada gente.

Nunca es suficiente. Nunca lo va a ser. Por lo mismo, lo que para un médico con ambiciones más modestas sería un triunfo —la clínica, su reputación en el campo de especialización—, en Ángela son migajas.

Su intención es curar al mundo cuando tal vez lo necesario es que se cure ella.

Su cara está bosquejada con una tristeza que no desaparece con los logros del día, del mes, del primer año de la clínica.

Ángela está demasiado pendiente de los atardeceres.

Demasiado concentrada en ignorar lo que le duele.

Delfino parece ser el único que tiene el poder de llevarse esa melancolía.

Tal vez porque es su victoria más contundente.

Todos los sentimientos en Ángela son sutiles.

Siempre sobrepone su fortaleza y su fuerza de voluntad.

Pero eso no es tan bueno. Un régimen que incluye tragarse cucharadas de angustia, odio o tristeza no puede ser bueno.

No se puede vivir así para siempre. Ángela se sabe reconstruir.

Siempre lo ha hecho a partir de esa voluntad.

Ya va siendo hora de que lo haga a partir de otros criterios.

Menos rígidos, menos duros. Se lo merece.

Merece descansar un poco, merece permitirse sentir la felicidad. La que quede.

Tres reencuentros

Hubiera sido imposible vivir al margen de la realidad. La guerra estaba ahí. El Club Barba Azul estaba ahí. El pasado siempre estaba ahí. La realidad tocaba las puertas de la clínica para recordarnos que no vivíamos en una burbuja, que debíamos estar alerta.

A punto de cumplir el año y medio de funcionamiento, tuve mi reunión mensual de donadores.

Otra vez tenía que sacar mis máscaras y actuar.

Los donadores no me caían bien. Siempre me recordaban a los primos Lemontrip.

El aire de malcriada suficiencia se instalaba en la sala de reuniones.

Se paseaba entre ellos, se instalaba en la fruta que poníamos para la ocasión, empañaba la luz eléctrica del cuarto.

Estaban convencidos de que el dinero era una cualidad que podía superar cualquier habilidad.

Por desgracia, necesitábamos ese dinero.

Muy a pesar del doctor Campuzano, muy a pesar mío.

Entonces me quitaba el uniforme, me ponía un vestido largo con algunas lentejuelas sobre mi pierna, unos zapatos con un tacón alto y grueso, y me colocaba una máscara que tenía pintada una sonrisa amplia, unos ojos llenos de amable candidez.

Temía perder el control frente a los comentarios de los donadores.

—Doctora, ¿usted cree que será posible hacer una cena en sus instalaciones?

—¡Uy! Sería maravilloso: canapés, una orquesta de ragtime , unos mariachis.

—Sus niños podrían ayudar. Podrían ser meseros y así se verían los avances que tienen.

—Además de que sería una especie de terapia ocupacional.