El Club Barba Azul El Club Barba Azul #76
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El Club Barba Azul #76

A la clínica llegaron niños con todo tipo de padecimientos, los que tenían nombre y los que no.

La investigación se ensamblaba con el tratamiento.

El personal médico era una mezcla de antiguos conocidos y gente nueva que tenía en común la disposición y el interés.

Conforme pasó el tiempo, comenzaron a llegar otros niños que no vivían en la calle.

Todo lo contrario: vivían en casas grandes y su apellido era largo y pesado.

Las cosas estaban cambiando. Las familias llevaban a hijos que antes habían ocultado.

Los llevaban con vergüenza, con incertidumbre y con una suficiencia que incluía aleccionarnos sobre la mejor manera de dar tratamiento a su prole.

Cuando les demostrábamos que lo que ellos consideraban un problema de actitud en el hijo, en realidad era un problema psicomotor, resultaba peor.

Eran familias que no soportaban que la razón no estuviera de su lado.

Sin embargo, a pesar de los trompicones, de las malas caras y los desplantes, cada vez llegaban más niños como ellos.

Cuando estábamos a punto de cumplir el primer año de funcionamiento, los coordinadores de los Asilos Constitucionalistas nos avisaron que habían descubierto una granja cerca de Zapopan que había sido abandonada.

Las autoridades, alertadas por los vecinos, llegaron y se encontraron con un espectáculo que a ellos les pareció sorprendente: una veintena de niñas estaba ahí a su suerte.

Del grupo solo seis o siete pudieron regresar con su familia.

El resto fueron repudiadas y hablaban de un trato que habían hecho con una compañía que no había cumplido su palabra.

Nosotros guardamos silencio y acogimos a las niñas.

—Está claro —me dijo Sebastián mientras cenábamos en su casa, a unos pasos de la mía— que las niñas finalmente terminaron por darles mayores dividendos.

Cada vez que hablábamos del Club Barba Azul, lo hacíamos bajando la voz. Usábamos el tono de una conspiración. Después de un breve silencio en el que Sebastián pensaba, me dijo:

—Si te das cuenta, las niñas están más adiestradas para gustar.

—¿Para gustar?

—Sí: gustar sexualmente.

Me quedé pensando que Sebastián, con su ojo libre de la moral más convencional, siempre podía analizar este tipo de fenómenos sin que la vergüenza se interpusiera en su análisis.

Repasé en mi cabeza la recepción de aquel día.

Las niñas no eran sumisas como Delfino, tampoco estaban al pendiente de asistir hasta en los más mínimos detalles a los adultos.

Más bien se acercaban venciendo su propio pudor.

Sonreían y provocaban el contacto físico.

Recordé cómo varios enfermeros se incomodaban.

Manos diminutas posadas en sus brazos y hombros adultos.

Casi todas, recordé al fin, se sentaban con las piernas cruzadas y no con el descuido propio de los niños.

Era una mala noticia. La paidofilia como negocio me parecía algo imposible, pero mis imposibles se habían reventado uno tras otros en los últimos años.

Conforme nos enteramos del destino del Club Barba Azul, me convencí de que las buenas noticias muy pocas veces las provocamos nosotros.

Por más intenciones que tengamos, por más empeño que le pongamos.

Las niñas abandonadas en Zapopan eran un claro indicio de que las cosas iban mal para ellos.

Buscamos en los diarios, preguntamos a gente que podría saber algo: no se trataba de una redada o una orden de aprehensión. Simplemente las habían abandonado.

—Eso suena a una crisis interna —dijo Luisa—, ¿será por problemas familiares?

—No lo creo —contesté—, esa familia ha aprendido a vivir en el enfrentamiento.

Necesitan la tensión constante. Le da sentido a su vida, es casi tan importante como el peso de su apellido.

Sin los conflictos se sentirían vacíos. Cuando estuve con ellos, no me quedó claro si amaban o detestaban sus peleas.

—Entonces son problemas económicos —aventuró el doctor Campuzano—, aunque el doctor Genina sigue activo en la Escuela de Medicina.

—Pero esa no es la fuente de ingresos.

—No, pero el negocio era una de las razones por las que estaba ahí.

Los días avanzaron y me di cuenta de que el abandono de las niñas había sido solo el principio.

Hasta ese momento, las empresas de los primos eran noticia constante en el Diario Mercantil .

La publicación era una especie de guía de los negocios de México, incluyendo los que establecía con el extranjero.

Mayormente con los Estados Unidos. Yo no me perdía ningún número, porque era la única manera de seguirles la pista sin riesgo.

Las buenas noticias que ellos presumían en esas páginas eran indicios para mí.

Y de pronto las buenas noticias se terminaron.

Los primeros días estuve incómoda. Si no ubicaba a la persona que me podía hacer daño, me inquietaba con rapidez.

Me sucedió con la ausencia de noticias, con la falta de rastros. Se lo comenté a Sebastián.

—¿Te acuerdas cuando nos dijiste que ellos necesitan la tensión constante?

—Me acuerdo.

—Yo creo, querida Ángela, que a todos nos pasa lo mismo.

Es como si nos empeñáramos en imaginar la vida como una cadena consecutiva de malas noticias, de malos ratos.

Como si el poder que tienen fuera lo único que nos puede llenar, lo único que nos da algún sentido.

A veces, Ángela, tenemos que aprender a llenarnos de los sucesos generosos también.

La vida sigue, y a veces nos invita. Solo eso.

Creer que nosotros hacemos a la vida es demasiada soberbia, ¿no?

—¿Cuánto tiempo dices que pasaste en tu retiro zen?

Los mármoles de Tepeaca 5

(Redactado en español)

New York, E.U.A., 7 de septiembre de 1930

Primo:

¿Sabes cuál es una de las ventajas que los americanos tienen sobre nosotros?

Que ellos no permiten que sus intereses personales se inmiscuyan en los negocios.

Son muy pragmáticos al respecto. Por eso nos llevan ventaja.

Por eso van en camino a convertirse en potencia del mundo.

A nosotros, por el contrario, nos hierve la sangre hasta que nos fríe el cerebro.

Y quedamos como pendejos, Jaime. Esa es la opinión que tengo de nosotros: que somos unos pendejos.

Tal vez no quedó claro en todas mis cartas anteriores la chinga que me he parado en estos meses.

Tal vez desde allá crean que estar solo en este país es muy simple y que es mi responsabilidad reconstruir lo que ustedes quiebran por capricho.

No tienes idea de lo que es hacerse un espacio en un país que recibe a miles de italianos, de asiáticos.

Todos inventando la estafa más efectiva.

Todos sacando el puñal a la menor provocación.

Con el asunto de Sacco y Vanzetti sin ir más lejos, este país ha estado sumido en la anarquía.

Y a pesar del caos logré concretar negocios que supieron sortear a anarquistas, a comunistas y a los empresarios más feroces.

¿Qué hicieron ustedes mientras tanto? El descuido que le han prodigado a la empresa de los mármoles, las armas y los niños es de principiantes, es irresponsable.

¡Déjense de meter chingaderas! Cuando me mandaron a Nazarena después del evento con la doctora, me di cuenta de que estaban por completo excedidos.

Se la pasó borracha prácticamente toda su estancia.

Minó nuestras reservas consumiendo ella sola lo que destinaba mensualmente a uno de los bares que nos compran.

Si hubiera salido a conseguir por su cuenta, la habrían arrestado, seguro.

Cuando la regañé, me dijo que ustedes están igual.

En una de sus borracheras llena de lágrimas, de histeria y de gritos, cuando le pedí que por favor se tranquilizara, me pidió cocaína.

Me aseguró que esa era la forma en la que tú la hacías entrar en sus cabales.

¿En eso nos hemos convertido, primo? ¿En copias idénticas de Nacho?

¿En enfermos mentales que no tienen fuerza de voluntad? No chingues.