El Club Barba Azul El Club Barba Azul #75
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El Club Barba Azul #75

Pero la Madre Conchita no tenía el privilegio de ser la protagonista de mis pesadillas.

Cumplí con la tarea que el doctor Campuzano me había asignado y conocí a las personas.

Vaya si la cumplí. Algo sabía de los perpetradores: conviví con ellos.

Algo sabía de las víctimas: me llegaron en sacos y salían con un rictus que daba la certeza de una vida truncada.

Muchos surgían con la piel reseca —no por la muerte, sino por la vida que llevaron antes de morir— y otros con los huesos rotos.

Como los vasconcelistas. Salvo que los niños no habían apoyado a ningún candidato, ni sabían el nombre del presidente.

Levanté la cabeza de mi escritorio y volví a ver mi mantra .

Era la cuarta vez que lo hacía esa mañana.

Se trataba de una frase que había leído en un libro de proverbios hindúes y que me gustó tanto que la doctora Luisa mandó a bordarla en un rectángulo de tela satinada:

Adultos rotos que quiebran niños que se vuelven adultos rotos que quiebran niños que se vuelven adultos rotos…

No se refería solo a los casos más dramáticos. Las pequeñas fisuras cotidianas que los padres provocaban en sus hijos tendrían el poder de que ellos mismos las provocaran a la siguiente generación. Cada vez que lo leía pensaba: un mantra para recordar una maldición que se debe quebrar.

Mi oficina tenía dos ambientes. Era como si hubiera sufrido un ataque de esquizofrenia, pero premeditada: en un costado había juguetes de madera, muñecas y canicas, el otro lado era un consultorio en forma.

Incluso había pintado un lado de blanco y el otro de café claro.

Mandé a hacer muebles en miniatura que les quedaban bien a los niños de cuatro a seis años y había comprado una sala de cuero negro para los padres.

Las primeras reacciones de los pacientes y su familia —cuando la había— eran muy reveladoras.

Si los niños se resistían a ir hacia los juguetes, había férreo control familiar.

Si los padres miraban la misma zona y daban un respingo, más control todavía.

Pero en realidad eran pocos los nuevos pacientes que llegaban directamente a mi oficina.

Se trataba de los casos menos graves, y pronto me di cuenta de que el país era una fábrica de niños desahuciados.

Niños abandonados, niños que recibían golpes como dieta diaria, niños que vivían en el ostracismo por alguna condición.

La clínica era grande: tal vez cinco veces más grande que la anterior.

Pero no era ni remotamente suficiente. Siempre estábamos llenos.

Siempre teníamos que rechazar nuevos casos.

La estrategia para conseguir fondos y permisos fue sencilla: el doctor Campuzano, en un ataque de vitalidad, tuvo reuniones diarias durante casi dos meses.

Al segundo mes, yo iba a todas con él. Nos comprometimos a varias tareas: elaborar diagnósticos de malestares generalizados y proponer tratamientos.

Asesorías para llenar el hueco que siempre tienen las nuevas propuestas médicas.

En la clínica, la única regla inamovible que teníamos era aceptar solo a menores de 15 años.

Nos aliamos con los Asilos Constitucionalistas, la Escuela Industrial de Huérfanos y la Casa de Niños Expósitos.

Eran muy pocas las instituciones dedicadas a acoger niños.

La última no tenía más de tres años de antigüedad y apenas era un dormitorio público cuya hazaña era separar a los niños de los adultos.

Poco después —y bajo nuestra tutela— empezaron a funcionar los asilos y la Escuela Industrial, pero me quedaba claro que nuestro proyecto era tan extraño como vanguardista.

La mayoría de esos niños venían de salvamentos llevados a cabo en la ciudad de México a partir de las quejas de la gente decente .

Yo conocía bien a esa gente decente. Que los niños mendigaran en la calle o que la afearan era el diagnóstico inicial por el cual llegaban.

Nada más. Pero bajo ese argumento, y apretando el estómago para disimular el desagrado, convencimos a las familias que se quejaban para que donaran su capital a cambio de tener unas calles más presentables. Esta vez íbamos a jugar su juego.

Las instituciones públicas cooptaban al grueso de los niños rescatados.

Pasar de la calle a los establecimientos tampoco significaba una gran mejoría: un poco de comida, inspecciones médicas y una violencia que al menos aparecía con sordina.

Era lo que había, y en comparación a lo que había antes, era mucho.

La clínica —que también decidimos ubicarla en Cuernavaca, ¿dónde más?

— hacía una selección de sus pacientes. Ahí teníamos los casos que nos permitían avanzar en nuestras investigaciones: síntomas poco conocidos, que no podían clasificarse con los parámetros médicos tradicionales.

También conocía esos parámetros tradicionales.

No los usábamos en la clínica. Había una misión obsesiva: buscar niños en los alrededores de Tepeaca.

Era un capricho, sí, pero creo que si todos los caprichos tuvieran como origen lo que yo sabía de Tepeaca, los caprichos serían vistos como virtudes.

Sin embargo, no pudimos rescatar a muchos niños.

Era el territorio más fornido del Club Barba Azul.

El más protegido. El que tenía a más pobladores coludidos.

En un arrojo de valentía que rayaba en la irresponsabilidad, Delfino dirigió un par de incursiones para buscar a otros prófugos como él.

Pero no podíamos acercarnos demasiado. Si el Club o la Compañía se daban cuenta, la vida de Carlos desaparecería de la peor manera.

No tenía garantías de que aún estuviera vivo, pero no me iba arriesgar.

Carlos merecía el beneficio de la duda. En realidad, hubiera merecido mucho más.

De cualquier manera, Delfino se dio cuenta de algo: era más provechoso adelantarse a la Compañía.

Visitar antes los poblados en donde hacían sus expediciones para reclutar a los esclavos. Sacar a los niños antes.

Delfino era un muchacho muy agudo. No tenía formación académica, pero cada vez que le pedíamos una opinión sobre algún caso, era muy preciso.

Tenía demasiadas coincidencias con los dolores infantiles.

Sin embargo, también tenía un genuino interés por ayudar y por sacar de la miseria a los niños que sufrían.

A veces el doctor Campuzano, la doctora Luisa, Sebastián y yo debíamos detenerlo.

Su angustia se traducía en acción, no paraba, se involucraba hasta la extenuación.

Además, no sabía qué hacer con su tiempo libre.

Una vez más Sebastián sirvió de guía. Le enseñó el teatro, los conciertos y el cine, pero a pesar de regresar maravillado de estas excursiones que hacían a la ciudad de México, su interés por los pacientes no mermaba.

Un ápice. Nunca se le quitaron los modos que había aprendido a punta de golpes en aquel campamento.

Resultaba curioso verlo: parecía la elegancia reencarnada.

Afable, discreto, solícito, pero con un motor de bondad adentro que no permitía especulación para dobles intenciones.

Delfino resultaba reconfortante para todo el equipo.

—Ah, doctora —me dijo con una sonrisa el doctor Campuzano cuando se lo dije—, me recuerda tanto a otra niña, de hace tiempo, en otra clínica.

Tal vez. Lo cierto es que cuando el cansancio me confundía y se disfrazaba de abatimiento, Delfino tenía una especie de radar.

Era el único momento en que se olvidaba de los pacientes y se concentraba en mí.

Su elegancia se vestía de discreción, su presencia no pesaba: reconfortaba.

Intercalaba los pocos recuerdos que tenía de Carlos con la última película que había visto.

Era especialmente bueno narrando las reacciones del público frente a la pantalla.

La niña que salió corriendo cuando apareció el vampiro.

El viejito que comenzó a gritarle a la proyección diciendo que eso era un artilugio demoniaco.

Delfino tampoco paraba de leer. Se le abrió un mundo.

Pasaba de las novelas de aventuras a las enciclopedias médicas.

Pronto ya pudo asistir en curaciones básicas.

Cuando los niños no querían entrar al consultorio porque sabían que venía una vacuna, Delfino se encargaba de ellos.

Seguía siendo un niño, entonces jugaba. Se estaba convirtiendo en adulto, entonces daba seguridad.

Siempre correcto, siempre gentil. Carlos tuvo razón.

Ver a Delfino era un recordatorio de que las cosas podían cambiar.

Era la mejor venganza que habíamos perpetrado contra el Club Barba Azul.

Como la nueva clínica era más grande, pudimos vivir en ella.

El nuevo terreno estaba en las afueras de la ciudad, hacia el norte.

Tomé la determinación de comprar el terreno suficiente para crecer con el tiempo.

Mientras menos dependiéramos de favores, el futuro estaría más consolidado.

El proyecto sería realmente de nosotros.

Así, tres casas rodeaban a la clínica. La propiedad era un pequeño valle, de tal forma que las casas quedaban como atalayas sobre el sanatorio.

Una para los doctores Campuzano y Luisa, otra para Sebastián y una tercera para Delfino y yo.

Algunos ya nos habían llamado secta, aficionados a la metafísica, embaucadores.

La repetición de esos insultos, a esas alturas, poca mella nos hacía.

Yo también sabía algo de los auténticos embaucadores.