El Club Barba Azul #74
Ángela retomó desde ahí y comenzó a contarme sin una ilación clara lo que había ocurrido, hablaba mucho y no me daba contexto.
Sin embargo, yo asentía fingiendo comprender a cabalidad.
La que necesitaba comprensión era Ángela, no yo.
De pronto su atropellado discurso se detuvo.
La observé, estaba viendo hacia la puerta de entrada a la casa.
Volteé y todos vimos la silueta de Rogelio apoyado en su bastón.
Ángela se puso a llorar de nuevo y corrió, en la medida en que sus piernas le permitían, hasta él.
Yo me acerqué a mi paso, cuando llegué se estaban abrazando sin ningún pudor.
Ángela me daba la espalda, pero pude ver con toda claridad la cara de Rogelio.
Con los ojos apretados y con un rastro húmedo que bajaba por sus mejillas llenas de arrugas.
Sebastián
Ángela nos contó toda la historia. Pero antes fue necesario oír muchas advertencias.
Por más rabia que nos diera, nos dijo, no le podíamos decir nada a nadie.
A ella la habían dejado libre, pero se habían llevado a su compañero de trabajo y amigo a Argentina.
Si se descubría la pesadilla que habían confeccionado en Tepeaca, en Zamora, en la ciudad de México, lo torturarían hasta la muerte.
Así que todos los aspavientos, rabias y alarmas debían suceder solo de puertas adentro.
Ángela narró con calma lo sucedido después de dormir dos días seguidos.
Luisa me contó que intentó levantarse varias veces, pero su entusiasmo terminaba después de ir al baño o comer algo frugal.
Cuando logró mantenerse despierta más de una hora, me mandaron llamar.
Así comenzó a recrear su pesadilla. Rogelio apenas aguantaba la situación.
Escuchaba de pie a Ángela mientras iba y venía de su biblioteca.
Traía sobre todo enciclopedias. Cuando Ángela dijo que habían estado en Tepeaca, Rogelio buscó la referencia en la enciclopedia de geografía.
Cuando Ángela habló de las minas de mármol que servían de fachada, Rogelio buscó la referencia de minas de mármol.
Cuando Ángela habló del Club Barba Azul, Rogelio trajo un ejemplar de A contrapelo de Huysmans.
En su nerviosismo, a veces nos leía un párrafo.
Como si la seguridad de los libros, en ese momento, fuera el consuelo que Ángela buscaba.
Estaba muy nervioso y hacía lo que sabía hacer.
Sin embargo, cuando intentó leernos sobre los efectos mentales en la privación de sentidos, Luisa le dijo en un grito amable, pero contundente:
—¡Rogelio, ya! Déjanos escuchar a esta niña.
Ángela no fue la única que habló. Estaba con ella un adolescente que se llamaba Delfino.
Él abundó en detalles de su encierro, que era el de muchos.
Después de varias horas en las que tomamos mucho café y mucho té, estábamos en un invernadero de sentimientos encontrados.
La rabia nos obligaba a ir con las autoridades.
El miedo nos aconsejaba no hacer nada. La tristeza nos hizo abrazar varias veces a Ángela.
Sin embargo, conforme nos enteramos de todo, sabíamos que si había una víctima endeble era Delfino.
Pero a Delfino no lo conocíamos y todos estábamos convencidos de que tenía mayor resistencia frente a la violencia: era hombre, era gente de la miseria.
—Es un niño —nos dijo Ángela cuando tratamos de sugerirle que su preocupación por él era desmedida.
Entonces también nos contó con cierto detalle la investigación que la había tenido ocupada en los últimos meses.
Me parecía extravagante: la acababan de secuestrar, había estado a punto de desaparecer para siempre, y un día después, disertaba sobre el concepto de infancia y sus precarias condiciones.
El impulso que de pronto asaltó a Ángela no era gratuito.
La muchacha tenía una idea en la cabeza.
No sé si calificaba como venganza, pero…
—No se trata de un desquite —dijo—, no al menos de uno violento. Estoy harta de la violencia. Estoy convencida de que tenemos que dedicarnos a hacer lo que sabemos hacer. Y eso no tiene nada que ver con la violencia. Por fortuna.
Ese día, y a pesar de su estado convaleciente, Ángela se convirtió en la cabecilla del extraño grupo que formábamos. Tres ancianos, un muchacho y ella. No había muchos recursos humanos, pero sí una idea concreta, obstinada.
—Vamos a hacer una clínica —nos anunció.
—¿Otra clínica? —preguntó Luisa. No sabía si con hartazgo y fatiga o con emoción y expectativa.
—Otra clínica. Pero para niños. Solo para niños.
Todos nos quedamos expectantes, como esperando las instrucciones.
Yo no era médico, pero sabía que estaba adentro del proyecto.
Ángela lo había decidido. El silencio se estacionó entre nosotros.
Me llamó la atención el de Rogelio. No había dicho nada.
Lo volteé a ver. Su mirada brillaba. Su boca estaba sonriente.
Había ganado. Y no se trataba de la batalla contra Genina y sus primos.
Que la idea de Ángela no tuviera nada que ver con una venganza contra aquella familia era parte de algo más valioso, más profundo.
Estaba mirando a Ángela con admiración. Con admiración y la satisfacción de saberse artífice, en parte, de la determinación que ahora la muchacha mostraba. Sí, Rogelio había ganado.
—No podemos hacer nada con las atrocidades: nada con la guerra, con los años de hambre que estamos viviendo, con el Club Barba Azul.
Lo que sí podemos hacer es tratar a las víctimas.
No vamos a poder detener esa maquinaria.
La familia es muy poderosa, lo ha sido antes de la guerra, lo es ahora.
Los mismos apellidos que pasaron de un episodio a otro sin sudar.
Tienen el control de los consejos médicos, tienen el dinero, tienen las amistades.
Además, estamos de cara a un gobierno que tiene las manos llenas.
La guerra, la crisis —nos decía Ángela ya colocada en su nuevo papel—.
¿Un castigo? Yo me muero de ganas de castigarlos, pero tenemos que estar por encima de nuestros propios impulsos.
La reacción natural siempre es que sufran como han hecho sufrir.
Que el verdugo sufra una muerte lenta: la horca es demasiado piadosa, tal vez punzarlos hasta su muerte.
Es una reacción natural. Entendible. Pero estoy convencida de que eso no va a resolver el verdadero problema: los niños.
Nos centramos en la rabia que sentimos sobre el perpetrador y no en rescatar a las víctimas.
Sí, es necesario hacer otra clínica. Ahora es cuando más se necesita.
Me quedé pensando. Hace algunos años un proyecto así habría sido imposible.
¿Una clínica solo para niños? Era como si las instituciones creadas a partir de la guerra se estuvieran especializando en todo: educación, agricultura, cultura, sexo, perversiones, enriquecimiento ilícito.
Como si hubiéramos llegado a la edad madura de algo.
Bien a bien no sabía de qué, pero había menos improvisación y más profesionalización.
De pronto, mi juventud me pareció lejana.
Fue inevitable sentirme viejo. Tal vez era hasta ahora que el siglo realmente se decidía a cambiar su realidad, como si se hubiera despertado al fin.
1930
La guerra era una historia sin fin. Apenas llegaba un periodo de tranquilidad, de inmediato era quebrado por actos violentos.
Era como si la calma incomodara. Era un mundo de cabeza.
Unos días atrás, el nuevo presidente había sido atacado el mismo día de su toma de posesión.
Y no eran los cristeros. Como Sebastián me había dicho: era la misma guerra con distintos actores.
Daniel Flores lanzó seis tiros, y uno de ellos se incrustó en la mandíbula de Pascual Ortiz.
Su esposa y una sobrina también fueron heridas.
Pero el presidente había sobrevivido. Los nuevos motivos de la rabia eran las elecciones.
El escritor Vasconcelos —cuyo libro también Sebastián me refirió como una propuesta de los jóvenes que lo habían sustituido a él y a su grupo— se había lanzado a una candidatura y, al parecer por artimañas, había perdido.
Daniel Flores no estuvo de acuerdo con el resultado y decidió resolver la querella a tiros.
La guerra se perpetuaba. Pocas semanas después de la accidentada inauguración presidencial, la ciudad de México vivió una serie de redadas contra aquellos vasconcelistas.
El trazo de la violencia apareció contundente en el cerro del Tezontle donde aparecieron decenas de osamentas.
Huesos quebrados por la tortura, cráneos con el tiro de gracia.
Un pequeño túnel mortal que viajaba de la nuca hasta el centro de la esfera de hueso.
Yo algo sabía de perpetradores que se ensañan con una idea hasta que es más importante que la vida de una persona.
Dos años antes, también había sucedido otro atentado, ese sí con el sello de los cristeros.
En ese caso, José León Toral se había lanzado contra Álvaro Obregón, presidente del momento, para tratar de finiquitar el conflicto religioso.
El plan lo había urdido con otro personaje del que se habló mucho en la prensa.
La Madre Conchita, le llamaban. Yo conocía a la Madre Conchita.
La había visto en una excursión a Chimalistac en donde conté la historia de Santa a unas alumnas.
La recuerdo enfadada porque los federales estaban asaltando la capilla, llevándose los objetos valiosos.
Valiosos por su fe y por su precio. La recuerdo compitiendo con Andrea por ser el centro de atención.
Recuerdo a la Madre Conchita. Y el golpe de memoria llegó porque el atentado que imaginó sucedió también en Chimalistac, en el restaurante de La Bombilla.
Misma zona, misma guerra, diferentes actores.