El Club Barba Azul El Club Barba Azul #73
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El Club Barba Azul #73

Podría haber elegido recluirme otra vez.

Meterme dentro y no escuchar, pero la compañía de Delfino me lo impidió.

Era una mezcla de instinto protector y saberse protegida.

¿Era posible eso? Me di cuenta de que lo era y entonces me invadió un sosiego que hacía mucho no sentía.

Carlos me había dicho que Delfino me sería de mayor utilidad.

¿Se refería a esto? Afuera seguían los insultos en gritos.

Me senté en el piso, y las volteé a ver.

Eso no era histeria. Era frustración. Muy parecida a la que el señor Avellaneda tenía, aunque en él aparecía contenida como una bomba y en ellas como un torrente amargo que no se detenía.

En medio de una negociación ganada a medias, Andrea y Nazarea elegían concentrarse en lo perdido.

Con su estado alterado, el fracaso inundaba todo, incluyendo las victorias que también habían logrado.

Opté entonces por hacer lo contrario. Llamé a Delfino que estaba sentado a dos metros de mí.

Le dije que se sentara a mi lado. Lo hizo.

—Cuando salgamos de aquí, Delfino, me vas a ser de mucha utilidad —el griterío constante disminuyó.

Se convirtió en reacciones exageradas ante lo que escuchaban.

La burla que se producía incluso antes de que pudiera terminar lo que decía.

Una burla que no podía ser contestación, sino reflejo del infortunio propio.

—Lo que viviste en ese campo de concentración nos va a ayudar.

Con mi nuevo título que no puede ser refutado porque a nadie le conviene , vamos a armar una clínica.

Para niños. Ese es el problema más acuciante que tiene este país.

La Escuela de Medicina acaba de estrenar una división para estudiar estos casos y tratar de mejorarlos, así que creo que contaremos con el entusiasmo institucional.

Conocí a varios médicos que nos pueden ayudar.

Además, mi mentor es especialista en proyectar clínicas.

La guerra, la pobreza y los sitios como el que estuviste están dejando a muchos niños en condiciones lamentables.

No sabía si Delfino estaba entendiendo a cabalidad todo lo que le decía, pero Nazarena y Andrea escuchaban todo. Lo sé porque la rabiosa algarabía se encendía cada vez más. No hice caso. Eso las enardecía más.

—Pero también trataremos otros problemas que no han sido lo suficientemente investigados. Enfermedades como el autismo o como el síndrome de Down. Te voy a explicar con detalle este último porque la ignorancia al respecto es común en la gente vulgar…

Nazarena se abalanzó intentando escurrirse entre los barrotes de la celda.

Un impulso idiota. Ya no hablaba, emitía gruñidos de bestia, creo que vi un poco de espuma saliendo de las comisuras de sus labios como diminutos géiseres.

Llegaron los enfermeros que también eran guardias.

Les costó un rato largo desatarla de las barras de metal.

Andrea se veía asustada por la reacción.

Dio unos pasos hacia atrás. Delfino podría no entender lo que decía, pero sí entendió el juego.

Volteó a ver a Nazarena como si fuera un gorila en el zoológico.

Sin reaccionar regresó su vista hacia mí, con mucha atención.

—Y esa enfermedad ¿se puede curar?

—Es muy difícil, pero no quiere decir que los que la tienen no puedan tener una vida más o menos normal. Aunque algunas bestias que no entienden mucho de medicina, suelen esconderlos por vergüenza. Como te dije: gente vulgar.

Delfino meneó la cabeza con desagrado en señal de desaprobación. Actuaba bien.

Fueron necesarios cuatro guardias para sacar a Nazarena. Andrea se fue por su propio pie, todavía asustada. Cuando ya no se escuchaban sus gritos, los hombres regresaron, nos vieron conversar y, sin molestarnos, recogieron la bandeja con los platos.

UNA NIÑA

Luisa

Cuando la vi llegar, pensé en las posibilidades más esotéricas.

Ángela está muerta: ahí viene su espectro.

Estoy vieja ya: veo a las personas que se me han ido.

Durante el tiempo que estuvo desaparecida, instauré el rito de levantarme y mirar por encima de las enredaderas de nuestro jardín.

Se lo había copiado a Rogelio. Pero él solo lo hizo el día que me dio la noticia, mientras revisaba con avaricia las notas de los diarios.

Luego decidió permanecer recostado la mayor parte del tiempo que duró la ausencia.

Las tres incursiones que hizo para hablar con las autoridades lo habían agotado.

No sé si era un cansancio físico o más bien un agotamiento moral.

Pedir favores lo incomodaba y lo llenaba de vergüenza.

Pasaron segundos que se convirtieron en minutos hasta que estuve segura de que el mundo espiritual o senil nada tenían que ver con la muchacha delgada, encorvada y sucia que caminaba con paso indeciso, como si se hubiera torcido los tobillos, hacia nuestra casa.

La preocupación se me mezcló con la alegría, y cuando estuve segura de mi visión, salí corriendo hasta la puerta de entrada mientras le gritaba a Rogelio, seguramente despertándolo porque hacía tiempo que no despertaba temprano para leer los diarios.

Abrí la puerta antes de que Ángela pudiera tocar el timbre.

Estaba en veloz sintonía, producto de mi alegría y de mi preocupación.

Pero al vernos las caras, tuve que frenarme por completo.

Lo que Ángela traía a cuestas era una enorme desdicha.

Me vio, alzando más los ojos que la cara y rompió a llorar.

No eran sigilosas lágrimas que bajaran con discreción por sus mejillas: era un llanto que le convulsionaba el pecho, le sacudía los hombros y hacía que su boca emitiera chillidos como un hipo ahogado que también era muy agudo.

Mi cabeza pensó estúpidamente que ese bramido era raro en una mujer que tenía la voz más bien ronca.

Se me acercó como si estuviera arrepentida y me abrazó.

Me llevó algunos segundos reaccionar: me había abrazado capturando mi cuerpo y mis brazos.

Tuve que separarla un poco para que fuera más bien yo quien la abrazara.

No paraba. Las convulsiones subían de intensidad y entonces la comencé a llevar de la calle al jardín de la casa.

Hasta ese momento me di cuenta de que venía acompañada de un muchacho moreno y fornido.

—Muchas gracias, muchas gracias por encontrarla —le dije—, a partir de aquí me encargo yo. Ven por la tarde, te vamos a recompensar.

Entonces Ángela se tranquilizó. Le costó un momento: primero negó con la cabeza tratando de controlar los saltos de su pecho, luego su voz entrecortada salió. Lo primero que me dijo fue:

—No, doctora, él entra: él viene conmigo.

Dejé pasar a ambos. Ángela estaba más debilitada de lo que parecía.

Llegó a la primera silla de jardín, se sentó y volvió a llorar.

Más fuerte, con mayores convulsiones. Le grité a Primi para que trajera un vaso de leche y unos calmantes.

Primitivo sabía mejor que Rogelio y yo dónde estaban las cosas de la casa: tenía como ventaja su buena memoria.

No dejé de abrazar ni un solo instante a Ángela.

Ella tampoco dejó de llorar. Por extraño que suene, estaba contenta.

Me alegraba verla viva. Intuía por su estado que había pasado algo terrible.

Pero lo que me tenía más contenta era que estaba llorando.

A diferencia de Rogelio, no conocí a Ángela como niña pequeña.

Lo más cercano a eso, lo tenía ahora enfrente: lloraba sin diques adultos.

Se desahogaba, aceptaba su temor o dolor o lo que tuviera, y lo sacaba de la manera más sana que a los humanos se nos ha ocurrido hasta ahora.

No llegó en un estado catatónico. No apareció tragándose su desdicha para pretender que nada pasaba.

No rechazó el contacto humano: lo buscó.

No la perdimos de nuevo en su universo interno.

Ángela estaba ahí. Presente. Mostrando todo su abatimiento.

Cuando Primi llegó, decidí darle solo la leche.

Ya habría tiempo para los calmantes, para inducirle una tranquilidad química.

Pero lo haría una vez que se hubiera desahogado, que se hubiera mostrado lo más humana que necesitaba.

Mientras la abrazaba volví a ver al muchacho. Estaba parado muy derecho, con los pies juntos, la mirada en el pasto y las manos se agarraban una a otra a la altura de la cintura.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Delfino, señora —contestó con voz firme pero barnizada de amabilidad.

Pensé que se trataba de un mozo en alguna casa de alcurnia.

Pensé que había asistido a Ángela cuando la vio y que, por lo mismo, ella se había encariñado con él, que se había convertido en su asidero más fuerte a una realidad fuera de peligro.

Noté un acento extraño en su frase, pensé que no llevaba mucho tiempo en la ciudad que…

—Lo rescatamos de Puebla —era la voz de Ángela, aún entre hipos y convulsiones.

Tal vez Ángela había hecho un acto de caridad. No sabía el contexto, pero seguramente lo había encontrado en muy malas condiciones y había decidido traerlo con ella. Íbamos a tener que buscarle dónde vivir y…

—Estaba en un campo de concentración, capturado con otros niños esclavos —dijo Ángela entre sorbo y sorbo de leche, sus tragos eran minúsculos: la angustia todavía ocupaba buena parte de su garganta.

En un principio pensé que había escuchado mal.

Que había oído un disparate. Ángela se encargó de corregirme.

—Dile, Delfino.

—Sí, señora, su hija me rescató junto con su esposo de un campamento en donde tienen a muchos niños. Nos pegan y nos entrenan para ser sirvientes.