El Club Barba Azul #72
Nunca me han gustado las despedidas. Cuando los hermanos Vitela me hicieron la propuesta de ser un proxeneta, lo que más me retuvo fue la posibilidad de dejar de ver a mi familia durante mucho tiempo.
El reparo moral y el remordimiento llegaron después, mucho después.
Una vez que ya había viajado y que ya había traicionado a los Vitela.
Cuando el bizarro trato concluyó, supe que llegaba la despedida, de México, de Ángela.
Me abandoné. Me dolía más lo que dejaba atrás que lo que me esperaba adelante.
Y lo que venía no iba a ser bueno. Lo sabía.
Con el informe que Ángela hizo, con su firma estampada, el trato que le dieron fue distinto. Lo dicho: esa familia tenía sangre fría y método. La dejaron acercarse. Vi cómo su actuación se agrietaba.
—Vas a estar bien, Carlos.
—Voy a estar bien.
—Te voy a extrañar.
—Y yo a ti.
—Pero ¡por favor! —soltó Aníbal—, basta ya de esta historia que me va a sacar caries de lo dulce.
Sin oportunidad para más, comenzaron a llevar la camilla con sus ruedas que chirriaban lejos de ahí.
Era exacto: no podía sentirme más enfermo.
Al dolor en varias partes del cuerpo se sumaba el padecimiento que no era físico pero que pesaba más.
Cuando llegué a la celda —en la que ya estaría por muy poco tiempo— y me intentaron bajar, a los hermanos Vitela y al gaucho les costó mucho trabajo.
Me tiraron en el piso y caí en una posición incómoda, con uno de mis brazos torcido hacia atrás como en una llave de judo.
Pero no pude moverme. Mantuve la misma posición en la que me habían dejado y poco a poco entré en un sueño que resultaba más reconfortante que lo que sentía despierto.
Con Delfino
Estaba agotada. Por el informe que había escrito a mano, por la actuación, por la resaca que comenzaba a sentir después de lo que me habían inyectado, por la tensión de estar frente al Club Barba Azul, porque sabía que no volvería a ver a Carlos.
Me senté en el piso de la celda. Pocos minutos después, metieron a Delfino conmigo.
Era la primera vez que estaba con él a solas.
No sabía qué hacer o qué decirle. Volví a ver su complexión fornida y hasta elegante.
Volví a ver que, sin embargo, era un niño.
Volví a pensar si en su cabeza no habría ya una malicia inyectada por las circunstancias.
A pesar de que sabía parte de su vida, por lo que Carlos me había contado, únicamente habíamos compartido un apresurado viaje en automóvil que terminó mal.
El trato con el club era simple: pasaríamos una noche más en la celda con comodidades para que me pudiera recuperar en la medida de lo posible.
Al día siguiente nos sacarían con los ojos vendados, y nos pondrían en las afueras de la ciudad.
Como si fuera lo suficientemente imbécil como para no saber en dónde me encontraba.
Pero ellos se habían quedado con Carlos.
Carlos regresaba a su país y era su garantía.
Carlos y mi firma abajo del reporte de su proyecto.
Ellos no me harían nada, pero yo tampoco podía hacerles nada a ellos.
Toda la información que sabía se iba a quedar en mi garganta, aunque me ahogara.
Cuando entré a la celda aún estaba en mi papel de mujer histérica.
Tenía que mantener la actuación hasta que se fueran y retomarla en cuanto los viera regresar.
Delfino estaba hecho un ovillo en un rincón, pero miraba toda la escena con una curiosidad que se saltaba la prudencia.
Tenía miedo de todos, incluyéndome a mí.
Cuando estuvimos solos, le dije en voz baja:
—No te preocupes, no estoy loca.
No contestó, pero vi cómo sus hombros bajaban y las piernas que tenía hechas un ovillo sobre el pecho se relajaron un poco.
—Fue idea de Carlos —continué—, me dijo que te salvara, que te vinieras conmigo.
Hasta que dije el nombre, Delfino se relajó por completo. Me veía. En su mirada la curiosidad ya había sustituido al temor. Luego se acercó a mí, rápidamente extendió una mano y me dijo:
—Hola, me llamo Delfino.
Las lágrimas salieron de mis ojos. No estaba preparada. Ese mínimo gesto de amabilidad, de diplomacia, me desbarató. Pero también se lo agradecí.
Le conté lo que me había dicho Carlos de él para que supiera que no me era por completo ajeno.
Le conté del doctor Campuzano, de la doctora Luisa, de Sebastián.
Le prometí que saliendo de ahí los conocería y que lo tratarían bien.
En algún momento, llegó la comida. Ya nada tenía que ver con lo que me habían suministrado en los días anteriores.
En una bandeja trajeron pollo frito, tortillas, una sopa de verduras.
Incluso habían traído una mesa con un mantel.
Mi rabia me atenazó las sienes. Para ellos no éramos humanos: existíamos como piezas que movían a conveniencia.
En cuanto se fueron los enfermeros o celadores —imposible saber bien su profesión—, Delfino se paró y fue hasta la mesa.
Pensé que moría de hambre y lo entendí perfectamente.
Sirvió la sopa y un vaso de agua. Pero no comió nada.
Me llevó primero el vaso y después la sopa.
Puso los platos en el piso, pero con una disposición llena de cortesía: trajo los cubiertos y los puso en el orden correcto, encima de una servilleta de tela para que no tocaran el piso.
Incluso tuvo la decencia de agarrar mi bacinica y llevarla hasta el rincón más lejano de la celda.
Luego se colocó enfrente de mí. Dobló sus rodillas y se sentó sobre sus talones a la manera oriental. No puso nada para él.
Hasta ese momento me permití bajar mis defensas.
Dejar de actuar. Lo que más sentía era impotencia y rabia, pero al ver la liturgia de Delfino solo me quedó una profunda tristeza.
Era como si la desgracia y la violencia fueran naturales en su vida y que, a pesar de ellas, aceptara con alegre ritual las cosas buenas, porque de cualquier manera no durarían mucho.
—¿No vas a comer, Delfino?
Me volteó a ver con sorpresa. Como si le hubiera propuesto un desatino.
Recordé su adiestramiento. A él le tocaba preparar una mesa, servir y esperar instrucciones.
Nosotros —los desconocidos— éramos superiores a él.
No debía ser tratado como un igual. Le era tan natural como estar encerrado en aquellos calabozos.
—Come, por favor —fue lo único que mis energías me permitieron decirle.
Le costó trabajo decidirse. Cuando lo hizo, se sirvió menos de la mitad del plato de sopa.
Nada más. Comía con parsimonia, sin levantar la vista.
Las pocas veces que se atrevió a elevar los ojos, le sonreí para conferirle la seguridad que no podía con mis palabras.
Delfino apenas reaccionaba, pero me quedó claro que se tranquilizaba.
En algún momento saqué energías y le volví a decir:
—No estoy loca, no te preocupes.
Me volteó a ver con toda naturalidad y me dijo:
—Ya sé que no está loca, doctora. Aquí los locos son otros.
A punto de terminar se escuchó un escándalo afuera de nuestra reclusión.
Una discusión airada con frases sueltas: “déjenme pasar”, “yo soy la dueña de esto”, “sirvientes”, “no me importa las instrucciones que les dieron”.
Las voces se fueron acercando, pero antes de que llegaran ya sabía que se trataba de Nazarena y Andrea.
La situación era ahora distinta. No podían hacerme daño, lo sabía y ellas también. En sus manos ya no había papeles, ni para que firmara, ni para leérmelos con sorna. Otra vez estaban ebrias. ¿Cuántos días llevaban así? Si su plan había funcionado, ¿por qué parecía lo contrario?
—Ay, sí, mírenla: ¡comiendo con su nuevo hijo indito! —dijo Nazarena
—La puta y el indito —completó Andrea olvidando su piedad religiosa, su moral escolar.
A diferencia de la última visita, ya no mantenía la calma.
Eran dos huracanes etílicos. No contesté nada: imité a Delfino.
Él se levantó y comenzó a recoger los platos y cubiertos del piso como si hubiéramos comido en el merendero de una casa que nos pertenecía.
Lo ayudé y seguí su ritmo: lento e ignorante de nuestras visitas.
La elegancia que Delfino proyectaba me entusiasmó.
Una vez que puso el último plato en la bandeja, acercó el conjunto hasta la puerta de la celda.
Como si estuviéramos en un hotel y los encargados pudieran retirar el servicio cuando les resultara conveniente.
—Tú, indio, no lo sabes, pero eres un esclavo, y siempre lo vas a ser.
Nunca vas a hacer más tareas que las que ahora estás haciendo.
Y tu familia ya no quiere saber nada de ti.
Están felices de que te hayas ido. Una carga menos, un pata rajada menos que alimentar —Nazarena se ensañaba frente al muro de indiferencia.
—Y tú, prostituta, tienes la tara por dentro. Siempre la vas a tener. La calentura te va a llamar y terminarás siendo lo que eres, en Argentina o aquí tu destino va a ser el mismo. Si lo sabes, ¿no?