El Club Barba Azul #71
—¿Qué te hace pensar que vamos a ceder ante cualquier exigencia tuya, Ángela? Creo que no eres consciente de tu situación.
—Exactamente eso es lo que me pasa.
—¿Qué?
—Que no estoy siendo consciente de mi situación —Ángela estaba planeando algo—, necesito ver y palpar a Carlos. Llevo demasiado tiempo aturdida, privada de mis sentidos. Todo esto me parece irreal. Y eso no es lo mejor para el trato que me están proponiendo.
—¿Qué tiene que ver el trato con eso? —la calma del líder comenzaba a agrietarse. Me fijaba en detalles inútiles: pensé que, con esa pequeña pérdida de control, el hombre fuerte se acercaba a la neurastenia de Nazarena. Pensé que no se podía negar su afinidad sanguínea.
—Soy mujer —continuó Ángela recogiendo la calma que a su interlocutor se le había caído—, tengo una natural tendencia a la histeria.
Con la poca serenidad que me queda, puedo diagnosticar que es el origen de una fuerte disociación, de un trastorno conversivo.
Aún me puedo controlar, pero no sé por cuánto tiempo.
Necesito ver de cerca a Carlos, es un anclaje para mi realidad, para mantenerme sana… Si es que Carlos está ahí.
—¡Ricardo! —le gritó el líder a Genina para que regresara de donde fuera que había dejado a Nazarena. El aludido llegó casi corriendo.
—Esta… mujer dice que va a pasar por un trastorno disociativo o no sé qué carajo.
Unos segundos de silencio. Seguramente de observación de Genina.
—Firma los documentos, Ángela.
—No sé si esto es real, doctor Genina. Llevo muchas horas con una venda en los ojos, con mis sentidos privados. Si le soy honesta, en este momento, sus amenazas no me provocan temor. Tal vez estoy sumergida en una pesadilla que va a terminar pronto. Me voy a despertar en cualquier momento.
Otro silencio.
—Bueno, pues entonces firma y así todo esto va a acabar más pronto. Te vas a despertar.
—No pasa nada si no firmo. Si esto no es real…
—Además tiene que hacer el informe —alcancé a oír que le decía Jaime a Genina a media voz.
Jaime les hizo una seña silente a los hermanos Vitela, segundos después recibí otra descarga eléctrica en la pierna. El sitio había sido elegido al azar: Ángela acaparaba todo el interés.
—Insisto, doctor Genina, y disculpe que lo haga: no sé si lo que pasa es real, de verdad, créame; no sé si el que está ahí es Carlos, si los gritos son de alguien más o si solo están en mi cabeza.
Un silencio más. Otra descarga en mi pierna. Otro grito. Pero el plan de Ángela era convincente, tanto que empecé a ponerme nervioso: si no estaba actuando iba a recibir varias descargas hasta que estos pelotudos se convencieran.
Jaime y Genina se alejaron de Ángela, y entraron en mi campo de visión. Acercaron sus cabezas.
—Ricardo, no creo que esté actuando. No es actriz y una actuación así requiere un temple que no suelen tener las personas de su… condición.
—No sé.
—¿Qué perdemos si la dejamos acercarse a Carlos? Nada. Es imposible que salga de aquí.
Minutos después, en los que solo hubo silencio, entró Ángela a mi campo de visión.
Únicamente podía verle la cara y parte del torso.
Como si un excesivo contacto pudiera otorgarnos algún poder que me permitiera escapar, me sujetaron no solo la cabeza, también los brazos y me pusieron una mano en el torso.
Me bastó verle la cara para saber que estaba actuando.
La misma fuerza que se mantenía tranquila en su interior, pero atenta a todo.
El mismo semblante que podía combinar compasión, interés y un poco de miedo.
No tenía ningún golpe visible, no había moretones en los ojos o en las mejillas.
Sin embargo, la piel había perdido el brillo que siempre tenía.
Ahora se acercaba a los grises y aunque había pasado poco tiempo, se le había colgado un poco de los huesos, parecía 10 años mayor.
Me recordó las horas en la morgue. Los rostros de los niños que salían de los sacos, uno tras otro durante días.
Recordé el efecto contrastante que la muerte le daba a la piel: un aspecto decrépito, de ancianidad, y cómo lo único que se salvaban eran los ojos.
A pesar de la ausencia de vida, en los ojos de aquellos niños quedaba cincelado algo bueno.
Ángela lograba, en ese momento, el mismo efecto discrepante.
A pesar de la piel caída y gris, sus ojos estaban ahí.
Grandes y con un brillo que la desgracia no podía anular.
El fulgor no era ternura ni alegría, nunca lo había sido: era curiosidad, emoción e inteligencia.
Justo lo que necesitábamos en ese momento.
Como ella no estaba restringida, acercó su cabeza hasta la mía.
Con su boca a unos centímetros de mi oreja me dijo:
—Te voy a sacar de aquí. Te vas a venir conmigo.
Pero ella no conocía a los hermanos Vitela. Vi que el resto de la comitiva prestaba atención de lejos, fingiendo aburrición y hartazgo. Estaban más ocupados en actuar desinterés que en advertir conspiraciones. Había que aprovechar esa circunstancia. Le dije:
—¿Escuchaste los gritos cada vez que me picaban?
—Claro que los escuché, lo estás pasando mal, pero esto va a terminar, vamos…
—No, no, escucháme, Ángela: yo me regreso a la Argentina. Nada se puede hacer al respecto. No me refiero a mis gritos, ¿escuchaste los otros gritos?
—¿Los otros gritos?
—Sí, sí —me comenzaba a desesperar, el tiempo que teníamos era mínimo—, los que vienen de lejos, de allá atrás.
Su cara se puso a pensar y sus oídos a escuchar, pero no había tiempo.
—Es Delfino. Tenés que sacarlo. Él te va a ayudar más que yo.
Dudó. Pensó. Quiso negarse. No la dejé. Esperaba que mis ojos fueran tan expresivos como los de ella. Quería que viera mi desesperación y me hiciera caso. Y creo que lo logré.
Ángela se separó de mí. En su cara ahora solo se leía una profunda tristeza.
—No es suficiente —dijo.
—Ya estuvo bueno —Jaime salió de su distancia, de su declaración de principios de clase.
Ángela desapareció para mí. Escuché que caía al piso. La habían tirado. Inmediatamente después, vino otra descarga, mi grito y su contestación a lo lejos:
—¡Ya déjenlo!, ¡ya déjenlo!
Ángela lo tendría que haber escuchado también. Luego me desmayé. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando regresé, parecía que me había despertado en medio de una conferencia. Escuchaba a Ángela decir:
—Doctor Genina, usted debe conocer el trabajo de Pierre Janet. Sabe lo que es una disociación. Cualquier médico lo sabe. Y le estoy hablando aquí por el bien de todos: de su proyecto, de mi integridad, incluso de mi sanidad mental —Ángela negociaba con la voz rasposa pero decidida.
—Tu salud mental me tiene sin cuidado.
—Pues no debería. Después de lo que ha sucedido aquí, va a ser fundamental que tenga toda mi cordura para mantenerme en lo convenido.
Sabía de las habilidades histriónicas de Ángela, y sabía que ahora, a pesar de tener todo en contra, estaba negociando y actuando.
—Tengo tendencia a la histeria y tras un evento como este voy a ser muy propensa a un trastorno conversivo. Me está pasando en este mismo momento: no sé si hablo con el Genina real o es un escenario que mi cabeza ofuscada me está presentando.
— Doctor Genina, por favor —respondió el aludido.
Aun en estas circunstancias, su título era lo que más le interesaba.
—Doctor Genina —rectificó Ángela—, si en este momento tengo esa sugestión, pasado el tiempo será peor.
Las mujeres respondemos muy mal a este tipo de eventos, además de que tenemos tendencia a hablar de más para intentar hacer catarsis.
Estoy segura de que sabe que en la disociación ocurren depresiones, amnesia y una incapacidad para corresponder las acciones con las emociones.
Así es que, pasado el tiempo, por más que quiera controlarme puede ser imposible.
—¿Es eso una amenaza?
—Es un diagnóstico, doctor. Y me preocupa porque si todo eso me pasa a mí, ustedes van a creer que no cumplí mi promesa y le harían algo a Carlos…
o a mí. Pero debe entender que después de todo lo que ha pasado y dada mi naturaleza femenina incapaz de soportar este tipo de trances, además de que, como ustedes ya me han dicho en reiteradas ocasiones, mi genética no es la mejor para afrontar este tipo de retos, me sea imposible retener la información.
Silencio como respuesta. Ángela se había montado en el tren de la cocaína inyectada para construir su actuación.
—Ahora mismo no sé si estamos en Tepeaca. Se me confunde la geografía y el tiempo. No sé si afuera está el campo de esclavos, si están los niños prisioneros siendo torturados.
—¡No hacemos nada de eso! —Jaime perdió otra vez su calma—, lo que hacemos es para el bien de este país.
—Me confundo, la verdad es que me confundo.
Vaya con una Ángela que, hasta en las peores condiciones, sabía lo que hacía.
—¿Qué propones, carajo?
—Si Carlos se queda conmigo, se va a volver un ancla en todos sentidos: me va a ubicar en la realidad… verdadera y me puede callar la boca, por nuestro bien. Él es hombre, él es argentino: tiene la ventaja del sexo y la raza…
—Ah, no; este pibe se va con nosotros. Eso no se pone a discusión.
—No te vas a quedar con Carlos, Ángela.
—Entonces necesito otro anclaje. La disociación puede crearme lo que los médicos llaman una incapacidad de corresponder las acciones con las emociones y por más que desee guardar el secreto…
—Ya, ya entendimos. ¿Qué chingado anclaje quieres?
—Delfino.
—¿Quién?
—El muchacho que venía con nosotros de Tepeaca.