El Club Barba Azul El Club Barba Azul #70
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El Club Barba Azul #70

Me acostaron en una camilla de metal sin ningún tipo de colchón.

El frío que sentí en la espalda me reanimó.

No creía que jamás sucediera, pero si hacían un manual para perfeccionar la tortura con la picana deberían incluir agua fría para reanimar, pensé.

En la posición en la que me encontraba veía sobre todo el techo.

Bóvedas que, sin duda, habían pertenecido a una casa antigua, ahora acondicionadas para ser salas de padecimientos que no me quería imaginar.

Me flanqueaban los miserables. Miserables de dos nacionalidades, pero que eran la misma mierda.

Después de ver pasar varios focos de luz amarilla, me detuvieron.

Me quise incorporar, pero no tenía la fuerza suficiente.

—Ángela, Angelita —escuché la voz de Nazarena—, mira a quién te trajimos.

Me impresionó la actuación. Unos minutos atrás hacía volar por los aires frascos y probetas y ahora parecía la más ecuánime de las sarcásticas.

—Ella ya no está con nosotros —dijo Aníbal, refiriéndose a Ángela. Por instinto traté de incorporarme otra vez para ver cómo estaba Ángela. Lo logré a medias. Vi un bulto humano en un rincón que, sin embargo, no parecía desvanecido, solo contenido.

—A ver, entren y reaviven un poco a esta mujer —dijo Genina.

Pasado algún tiempo escuché gemidos con el tono de voz de Ángela. Se escuchaba como si de la noche a la mañana hubiera sido víctima de algún ataque cerebral que la hubiera dejado impedida. Mascullaba palabras ininteligibles, hablaba sin parar en susurros.

—Te tenemos una sorpresa, Ángela —avanzó Nazarena mientras le arrebataba unos papeles a Genina—, es tu título. Ahora sí eres doctora de verdad. Ya puedes tratar a enfermos y no los vas a matar. Ya vas a ser alguien, no la hija de una puta.

En aquella voz había rabia, pero también frustración. A pesar de mi condición, alcancé a escuchar un amargo remedo de jocosidad. Supe entonces que Nazarena estaba muy bebida.

—Y esta tampoco está mucho con nosotros —la voz de Horacio tratando de ser discreto.

—Ya estuvo bueno, Nazarena —Genina que había escuchado a mis compatriotas—, inyéctenle un poco de esto.

Dos hombres tomaron un frasco pequeño con líquido adentro.

—¿Es de la confiable? —preguntó Jaime.

—Es de la que usamos nosotros —respondió Genina.

Un hombre vestido de enfermero comenzó a succionar con las jeringas el líquido de dos ampolletas.

—Ángela —ahora era la voz de Jaime, una voz que imponía—, te vamos a pasar unos documentos que vas a firmar. Y voy a tener la gentileza de decirte qué vas a firmar. No porque tengas elección, sino porque quiero que lo sepas.

Entraron Genina, Jaime y dos enfermeros a la celda. Nazarena hizo el intento, pero no la dejaron. Los hermanos Vitela apenas se interesaban en lo que ocurría.

—Ángela: te voy a hablar con la verdad para que ahorremos tiempo.

Vas a firmar un aval, el visto bueno de un proyecto que tenemos desde hace tiempo.

Es un proyecto noble que le puede traer muchos beneficios a nuestro país.

Se trata de un instituto de eugenesia que va a liderar el doctor Genina, y los beneficiados serán principalmente los niños, un tema que, sabemos, te interesa.

Contemplamos la mejora social: curar enfermedades de la desnutrición, someterlos a una buena alimentación, proporcionarles un repaso mínimo de educación.

—Eso es labor del gobierno, ya lo está haciendo —me sorprendió escuchar la voz de Ángela. Las quejas y murmullos habían cesado y ahora hablaba con cierta coherencia. Sus palabras se arrastraban un poco y eran lentas, pero aquello que le habían inyectado había obrado maravillas.

—Está haciendo como que hace, Ángela, esa es la verdad y lo sabes.

—El gobierno no entiende que no entiende.

—¡Por qué esta puta se atreve a contestarnos y no se limita a…! —Nazarena exploraba los límites de su disparate. Fue callada al instante, ahora por Genina.

—De cualquier manera, esa fase de higienización no es el problema: cualquiera aceptaría un programa así. Dudan de la parte más propositiva, la que constituye una auténtica vanguardia.

Todo aquello me parecía fuera de contexto: parecían dos colegas discutiendo en medio de la seguridad de la diplomacia, no unos captores sometiendo a sus prisioneros en unas catacumbas repletas de celdas.

En ese sentido, la actitud de Nazarena iba más acorde al terrorismo de la circunstancia.

Pero también entendía algo más: esa pátina de amabilidad resultaba imprescindible para tapar las atrocidades.

Gilles de Rais —me había enterado por Ángela— había cometido el error de descuidar su diplomacia.

Perdió apoyo y finalmente sus atrocidades salieron a la luz.

Si hubiera mantenido la política propia de la nobleza, tal vez habría salido bien librado.

Nuestros captores no vestían capas ni tenían cetros, pero sus maneras, sus corbatas italianas y los sacos ingleses daban la apariencia de rectitud.

Un código aceptado por muchos, pensé. ¡Cómo iban a ser asesinos y torturadores si visten tan bien!

Y claro que había atrocidades. Las habíamos visto.

—En estas mismas instalaciones —continuó Jaime, quien claramente era el líder— estamos ya realizando labores de esterilización preventiva.

Para que cualquier proyecto de higienización funcione debe ir más allá de la superficie: no se trata solamente de revertir toda una vida en la inmundicia, tendencia clara de estas razas, sino también de evitar la proliferación desmedida ayudados por la biología.

Así, en nuestro proceso vamos seleccionando los peores especímenes para que ya no puedan tener descendencia.

¿Te imaginas el avance que esto significará en una década?

Una selección natural acelerada por la ciencia.

Al final solo quedarán los mejores. Tendremos a los mejores obreros, a las mejores sirvientas, a los mejores campesinos.

Todo el país poblado de las imágenes perfectas de nuestros muralistas. El punto más alto de la Revolución.

—Eso es racismo. Están utilizando ideas añejas sin comprobación para justificar su odio y su miedo.

—¡Ya cállenla! ¡Su madre es la primera que tendría que haber sido esterilizada! ¿Por qué estamos dándole un sitio que no le corresponde?

Al final se llevaron a Nazarena. Genina la agarró del hombro y del codo hasta que los perdí de vista.

Ahí también el sometimiento lo disfrazó de amabilidad: parecía que estaba asistiendo a una mujer que pasaba por una crisis nerviosa, no a alguien que les estaba entorpeciendo las negociaciones.

Mientras se la llevaban, alcancé a escuchar que le decía en furiosos susurros:

—¡No seas bruta! ¿No te das cuenta de que es parte de la venganza? ¡La única que nos queda porque no se va a ir a Argentina! Que dé su aval para cubrirnos, pero sobre todo para que no esté tranquila. Que firme un proyecto que deplora. Que después no pueda hacernos nada… más.

Su voz se perdió entre la humedad de los pasillos.

—Vas a tener que escribir un reporte favorable de nuestro proyecto —siguió el líder en un ambiente ahora más calmo—.

Con eso nos ahorramos explicaciones y ahora con tu estilo, con tus términos aprendidos a salto de mata, vas a hablar bien de lo que leíste.

Ese informe va a ser de gran ayuda dentro del expediente para la aprobación del comité…

—No voy a firmar nada.

—En realidad, Ángela, contarte todo esto no es más que una consideración. Solo habla bien de nosotros, de nuestra buena cuna. Al final, vas a firmar por una razón que no tiene que ver con nuestro proyecto. Mira.

Se hizo un silencio. En mi campo de visión ya solo aparecían Aníbal y el gaucho.

Cuando los dos me voltearon a ver, supe que todos hacían lo mismo.

Incluso Ángela. Luego volví a ver el palo largo con terminal eléctrica que apareció hacia mi derecha.

Escuché el zumbido que ya conocía y sentí una descarga debajo de mis costillas.

Me esforcé por no gritar. Entendí que era pieza fundamental en ese aquelarre.

Pero mi contención sirvió de poco: mi cuerpo dio un salto y cayó ruidosamente sobre la lámina de la camilla.

La descarga había sido breve. El aturdimiento duró poco y entonces pude escuchar que Ángela lloraba. Escuché también movimiento de papeles.

—Incluso vamos a anexar tu título al visto bueno, y lo mejor: cuando firmes te vamos a dejar ir.

—Pero cuidado con hablar —dijo Genina que había regresado solo—, porque tu amigo se va a ir lejos, muy lejos de cualquier supervisión tuya, y el menor intento de traición, colega , le va a significar la muerte.

Y no una rápida. Quiero hagas el informe sabiendo eso, para que le pongas entusiasmo.

Entonces seguirás tu vida normalmente. Lejos de nosotros, eso sí.

Curando o matando loquitos a tu estilo, mientras nosotros hacemos cambios que sí importan.

Ya te están buscando y te vamos a entregar, siempre y cuando cumplas con las reglas del juego.

Les vas a decir que nunca estuviste con nosotros.

Sabían que Ángela y yo nos teníamos cariño.

Pensé que ellos se habían dado cuenta antes que yo.

Luego pensé que iba a extrañar mucho a Ángela.

Luego no pude pensar mucho más: llegó la siguiente descarga eléctrica.

Un poco más larga, en la planta de los pies, uno de los sitios donde más dolía.

Por más que lo intenté, no pude contener un largo grito.

Cuando mi garganta se relajó, seguía escuchando el grito.

Luego me di cuenta de que no era yo: una vez más Delfino, ahora desde más lejos.

Como reflejo condicionado, cada vez que gritaba, lo hacía él.

Triste conexión la que habíamos establecido.

—Déjenme verlo de cerca o no firmo nada —contestó una Ángela más resuelta, que me recordaba a la de Tepeaca. A la que podía fingir serenidad y que era muy valiente. Sí, la iba a extrañar mucho.