El Club Barba Azul El Club Barba Azul #69
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El Club Barba Azul #69

Para saber el paradero de Ángela, el secretario organizó una segunda reunión con peritos de la justicia y con el propio Departamento de Salubridad.

Ambos, me aseguró, tenían casi la misma importancia e influencia en el país porque donde no se permitía la entrada a los policías, muchas veces sí se les permitía a los médicos.

Aprovechando ese argumento, le comenté que la doctora Ángela resultaba fundamental para nuestra institución.

Que era el perito más calificado para dar el visto bueno a los proyectos emergentes.

Su juventud le permitía acercarse con mayor soltura a las nuevas tendencias médicas, como en mi momento lo hice con las enfermedades venéreas y el alcoholismo. El secretario lo entendió.

En la reunión, volví a toparme con el doctor Ricardo Genina.

A pesar de que se había encarnizado con Ángela, guardaba por él algo parecido al cariño: había sido uno de los entusiastas que aprobaron el proyecto de la clínica en Cuernavaca.

Lo habían convocado porque era el jefe inmediato de Ángela.

Yo les había dejado claro que el viaje era una misión extra que nada tenía que ver con la Escuela de Medicina, pero los funcionarios insistieron.

No solo eso. El secretario particular del presidente les dijo que todos ellos eran responsables de que la doctora Lizardi reapareciera.

La tensión y el nerviosismo acallaron cualquier intento de protesta.

—Doctor Genina —le dije al terminar la reunión—, le ruego pueda disculparme por todos los inconvenientes que le he causado.

Me queda claro que Ángela quedó a su cargo por un favor, y ahora verlo involucrado en su desaparición me sabe muy mal.

Le estoy quitando valioso tiempo para sus investigaciones.

El doctor Genina apenas prestaba atención a mis disculpas.

Su semblante no tocaba los acordes del enojo, se le veía más bien preocupado.

Yo sabía las debilidades de mi colega: su adicción a la cocaína, pero más los dictados de su propio egoísmo.

Sin embargo, en ese momento pensé que se encontraba genuinamente ansioso por el paradero de Ángela.

Pasaron varios segundos hasta que reparó en mi presencia.

Como saliendo de un pesado sueño me dijo:

—No se preocupe, doctor Campuzano, estoy seguro de que Ángela aparecerá muy pronto, realmente pronto.

Luego avanzó dando grandes zancadas hacia la puerta de salida.

Carlos

Mis padres nunca me enseñaron mucho de religión.

Su estilo de vida se decantaba más bien hacia el pensamiento libre.

Pero esa inclinación te sirve muy poco cuando pasás 10 días en una jaula, haciendo una comida cada dos, y con un régimen cotidiano de electricidad en el cuerpo.

Si mis padres me hubieran inculcado un poco más sobre los misterios de la fe, habría entendido que encontrarme con los hermanos Vitela en la zona prohibida del Palacio de Medicina no era otra cosa que el destino.

—¡Pero che!, mirá quién está por acá.

—¿No es el mismo negrito al que le encargamos una misión muy simple?

—El mismo al que le pagamos un boleto para venir hasta acá.

—Y el mismo que se perdió y nunca nos contactó ni para reembolsarnos lo invertido.

Habían traído a un gaucho. Y el gaucho había traído consigo un aparato. Un palo de madera del largo de un brazo. Jamás pensé que un artilugio que se veía así de simple podría causar tanto dolor.

—¡Es un prodigio tecnológico! —decía Horacio.

—Verás que obra maravillas —aseguraba Aníbal.

El gaucho no hablaba. Solo hacía.

El madero estaba conectado a una caja mediana.

La caja tenía una manivela que se accionaba cuando la energía disminuía.

El primer día lo aplicaron en mi espalda, luego en el vientre y la tercera vez en las plantas de mis pies.

La descarga eléctrica quemaba y el ardor penetraba en los músculos.

Era como sentir arder los ligamentos, tener noción por vez primera de lo complejo que era ese entramado muscular.

Y el dolor se quedaba por varias horas. Incluso cuando los hermanos y el gaucho se iban, el ardor no paraba.

Las descargas fueron tan potentes, tan focalizadas, que provocaron un descontrol en mis esfínteres.

Estaba bañado en mi propia inmundicia. Además, durante toda la noche sentí náuseas y tuve convulsiones.

Pero al día siguiente me di cuenta de que lo sufrido apenas se trataba de una tímida prueba.

Comenzaron a aplicar electricidad en otras partes de mi cuerpo.

Luego me observaban. Pasado un rato, elegían un nuevo sitio de mi anatomía, y otra vez observar.

En medio del padecimiento entendí lo que hacían: estaban probando mi resistencia.

Qué sitios provocaban que gritara más, cuáles eran riesgosos.

Cuánto voltaje había que aplicar. Dos veces se pasaron y me desmayé.

Solo les faltaba traer una libreta y anotar sus conclusiones.

La tortura se volvió rutinaria. En medio de la neblina que el dolor le provocaba a mi mente, recuerdo escuchar gritos que no eran los míos.

Alaridos que no tenían que ver con las descargas, sino con la rabia.

Al principio los escuchaba lejanos: “¡Ya déjenlo!”.

Luego más cercanos: “¡Lo van a matar!”. Me di cuenta de que venían de la celda que tenía al lado.

Era Delfino. Cuando lo entendí, me provocó más angustia.

Quería que se callara de una buena vez. Que no llamara la atención. Que no repararan en él.

Un día —imposible saber cuál— los hermanos Vitela y el gaucho llegaron acompañados por el doctor Genina y por otro hombre al que no conocía. El único que reaccionó fue Genina. Lo alcancé a ver. Su paso decidido se disolvió al verme. Parecía que quería desandar sus pasos.

—¿Cuál es la necesidad de tenerlo así? —preguntó con su característico tono, siempre rozando la ira.

—Este es nuestro, y nosotros también hacemos experimentos —contestó uno de los hermanos con evidente sorna.

—Pero si desfallece no nos va a servir —señaló con toda calma el hombre que no conocía, como si estuviera hablando de una oveja o una pieza de automóvil.

—Va a aguantar, no se preocupe.

Escuchar y ver me restaba las pocas energías que tenía. Cerré los ojos.

—¿Tienes el título, Ricardo?

—Aquí está.

—La doctora se va a titular, al fin.

—Y vaya titulación.

—No podemos perder el tiempo —dijo el doctor Genina ahora acariciando un tono de urgencia que no le conocía.

—Pero ¿qué dijeron exactamente?

—Que era responsabilidad de nosotros que apareciera.

—¿Es grave? —preguntó Aníbal.

—Tú dirás: si el secretario no se queda contento, desaparecen las facilidades que hemos tenido hasta ahora para el anfiteatro, se nos cae por completo el proceso de esterilización con los niños, problemas en Tepeaca, reducción en nuestro margen de maniobra…

—No solo eso —dijo el hombre desconocido—, el presidente apoya el auge inmobiliario, Ricardo. Nos ha dado todas las facilidades: a los Braniff, a los Escandón, a nosotros a pesar de nuestro tío, al hijo de don Porfirio. Se nos viene abajo todo.

—Pues, entonces, hay que darse prisa.

—¿Pediste que la recompusieran?

—Claro, pero después de la sesión que tuvo con Nazarena y su amiga no está… del todo presente.

—Vamos a llevarlo con ella.

Sabía que se referían a Ángela, pero ya no tenía la energía suficiente para alegrarme o preocuparme. De la misma manera, apenas reaccioné cuando vi que llegó Nazarena:

—No, no, no. ¿Era necesario dejarlo así?

Estaba recibiendo la misma empatía que una mercancía dañada. Nada más.

—Nazarena, este ya no te pertenece: se lo van a llevar. No lo vas a volver a ver.

—Lo que nos preocupa es el estado en el que la dejaste a ella.

—En serio, cuando te gana tu histeria no piensas con la cabeza.

—Son demasiadas torpezas, Nazarena.

—¿Qué más les da a ustedes? Si ella se va en el siguiente barco a Argentina.

Un silencio poco natural.

—¿Qué? —preguntó Nazarena. Su tono de voz advertía que estaba más interesada por ese silencio que por mi estado.

—Que Ángela se queda —le dijo Genina.

—¡¿Qué?!

—Que se tiene que quedar. La están buscando directamente de Presidencia y me responsabilizaron de su paradero, casi como si supieran lo que está ocurriendo.

Es curioso cómo, a pesar de estar maltrecho, esa noticia que no era para mí tuvo los mismos efectos que un tónico balsámico.

—¡Eso no es posible! —casi gritó Nazarena.

—Es nuestro capricho o nuestros negocios —dijo el hombre desconocido.

—¡Carajo! Con cuánta velocidad olvidaste lo que le hizo a nuestro primo, Jaime. Te importa poco, ¿verdad?

—No. Y tampoco estoy contento, pero es momento de priorizar. Hay que ceder para…

—¡Eres un cobarde! —Nazarena usó el mismo tono que me aplicó a mi cuando, a fuerza de herir mi hombría, quería conseguir lo que tenía en la cabeza. Pero el resultado en este caso fue distinto:

—¡Ya basta de histeria! —le espetó en un grito Genina—. Está decidido: no hay nada que discutir.

—Nazarena —hablaba un Jaime condescendiente y del que ahora ya sabía su nombre—, no hay nada que hacer. Ángela se queda en México. La seguiremos vigilando.

No estoy seguro, pero creo que Nazarena barrió con los aparatos de vidrio de la mesa más cercana. Luego otro silencio. Tal vez lloraba. No por la situación, pensé, no por mi estado: porque su capricho tendría que postergarse. Algo a lo que no estaba acostumbrada.

—Vamos ya, tenemos el tiempo encima.

—Y de verdad, deja ya de preocuparte por este —le dijo Genina como un pequeño castigo extra. De esa manera me enteré de que ya tenía boleto de regreso a la Argentina. Y la verdad era que no me quería ir.