El Club Barba Azul El Club Barba Azul #68
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El Club Barba Azul #68

Por eso era que una doctora que no era doctora, y que además había sellado el destino fatal de Nacho, no se podía interponer en nuestro trayecto.

Ahora solo faltaba el toque final. Pero eso también lo tenía planeado: la tal Ángela sería finalmente doctora.

Tenía en ese momento su título en mis manos.

Un título sacado de las imprentas de la plaza de Santo Domingo —solo bastó cruzar una calle desde la escuela para llegar ahí— y con las firmas de tres médicos que le debían favores a Ricardo.

Antes de que la mujer se embarcara en su viaje hacia Argentina, iba a firmar ella también —con su nuevo título de doctora— un documento que sería de mucha utilidad para nuestro proyecto de negocios y filantropía.

Luego se dedicaría, lo que le quedara de vida, a la profesión que le correspondía.

Mi pausa terminó cuando se me escapó una risa. Había perdido la noción del tiempo. Pensé que era la primera vez que alguien recibiría un título profesional para luego dedicarse en cuerpo y alma a permitir que le reventaran el cuerpo a base de violaciones.

Rogelio

No se me puede considerar como un tipo sociable, o al menos sociable en el sentido del frac en el cuerpo y la copa en la mano.

Hasta hace unos meses gastaba muchas más horas con mis pacientes que con amigos.

Es una afabilidad extraña: hay cariño, pero no debe ser demasiado.

Hay preocupación, pero no debe ser excesiva.

Hay curiosidad por la vida del otro, pero debe de tener sus límites.

Colegas más jóvenes me cuentan que la nueva medicina es más práctica.

Al parecer, la ciencia y la especialización han dibujado una frontera en donde la cordialidad es solo cortesía profesional.

Yo nunca pude hacerlo así. Un dolor de cabeza se cura extendiendo la mano para dar la pastilla que corresponde.

Se puede hacer eso desde atrás de un mostrador.

Los padecimientos que a mí me interesaba aliviar tenían más que ver con pasados, dolores escondidos, heridas que cuesta trabajo descubrir porque no están en la piel.

Y eso no se puede hacer desde el mostrador.

Más de una vez Luisa me ponía límites: cuando aseguraba que me estaba involucrando demasiado.

Siempre que me lo decía, me parecía curioso: un médico que se involucra demasiado tendría que ser algo positivo.

Pero también se encuentra la salud del médico, me decía Luisa.

A nadie le sirve un médico quebrado, él mismo enfermo.

Pero con Ángela se perdieron estos parámetros.

Luisa nunca me advirtió nada porque ella también estaba involucrada.

En un principio me gustaba emplear mis conocimientos en la vida práctica.

Asistir a una paciente con claro síndrome postraumático y a la vez colaborar para resolver un atroz asesinato, se me antojaba lo mejor de dos mundos opuestos.

Luego, preferí encerrarme y encerrar a los pacientes a los que podía ayudar.

A Ángela, al menos, eso le ayudó. Y en esa circunstancia nació el cariño.

Y el cariño siempre viene aparejado de la preocupación, y la distancia se olvida y se agradece la compañía.

En los últimos años pocas cosas disfrutaba tanto como la compañía de Ángela.

Ahora era ella la que me visitaba en mi encierro.

Cuando se le apuesta a una sola meta —en mi caso la clínica de Cuernavaca— hay que esperar muchas decepciones.

Mi meta tuvo detractores, luego provocó entusiasmo, más adelante nos cobijó cierto furor: incluso comenzaron a llegar los familiares de los detractores.

Estaba convencido de que aquello sería para siempre.

Y me descuidé. Comencé a ignorar las invitaciones, las conferencias y los codeos con colegas que, tal vez, le hubieran garantizado a mi proyecto una vida más larga.

En el punto más alto, varios círculos médicos nos tomaron como referencia.

Nos pedían ser avales de nuevos proyectos.

Una vanguardia que certificara otras vanguardias.

Pero yo ya me encontraba tan encerrado que puse como árbitros a Ángela y Luisa.

Confiaba en el buen criterio de ambas, y siempre me consultaban ante cualquier duda.

Luisa me contaba de las reuniones a las que asistía.

Recuerdo una propuesta desopilante. Se trataba de una escuela de adiestramiento para personas con algún tipo de retraso mental.

Tal cual. La idea era olvidar las causas de las condiciones, no involucrarse en su entendimiento, sino entrenar a los pacientes para que pudieran ocultar su enfermedad.

Que aquellos con imbecilidad pasaran desapercibidos.

Que los que tuvieran síndrome de Down aprendieran a ser discretos con sus emociones.

Que los niños con dementia praecox , a los cuales nosotros ya preferíamos llamar trastorno autista porque era un término más exacto, pudieran socializar a partir de forzarlos a la convivencia.

Luisa llegó horrorizada y me contagió su malestar.

Claro que, como asesores certificados, no íbamos a dar el visto bueno a un proyecto así de retrógrado, pero en vez de solo firmar los documentos correspondientes, decidí darles una pequeña lección.

Señalé que no contábamos con las pruebas suficientes para llegar a una conclusión pero que, si estaban dispuestos a realizar un pequeño experimento, y este salía con éxito, tendrían nuestro beneplácito.

El ensayo consistía en lograr que un paciente aquejado con el mal de Parkinson pudiera desenvolverse como anfitrión en una reunión de té.

La necedad, movida por la posibilidad de negocio, hizo trabajar duro al grupo de médicos de aquel proyecto.

Luisa atestiguó el resultado un mes después: tazas rotas, líquido desparramado y cientos de excusas que trataban de maquillar el obvio fracaso.

—Lo regañaban, Rogelio. Como si los temblores fueran un asunto de fuerza de voluntad.

—¿Qué dijo el comité médico?

—No tuvieron que decir nada: en su cara se notaba la angustia y el desagrado.

—Entonces mi barrabasada sirvió para algo —le dije.

—Al final conversé largo rato con el paciente.

Le expliqué que su enfermedad no se podía curar con buenas intenciones, que no se trataba de que él se adaptara al entorno, sino que el entorno se adecuara a él.

Que eso era el más básico humanismo. El hombre me veía como si la que necesitara un tratamiento fuera yo.

—Pero ¿lo entendió? ¿Buscará un procedimiento más prudente?

—Ya lo encontró.

—¡Qué bien! ¿En dónde?

—La próxima semana viene a la clínica para una valoración.

Otros proyectos fueron aprobados: un instituto que quería pasar inadvertido porque estudiaba comportamientos sexuales y sociales.

Un consultorio que estaba dedicado solo a casos de depresión y ataques de angustia.

Una clínica más, también establecida en Cuernavaca, que no tenía miedo de aplicar la teosofía y elementos metafísicos leídos en Jung para tratar trastornos que habían fracasado en la medicina más ortodoxa.

Pero los proyectos recurrentes tenían que ver con eugenesia y mejoramiento de la raza.

La gran mayoría tenía a los benefactores ocultos en el anonimato.

Hacían bien. De otra manera me hubiera obligado a salir un poco de mi encierro para convencer a las autoridades de que les quitaran su licencia médica.

Tal vez me hubieran hecho caso porque, sí, hubo un momento en el que mi programa se volvió referencia.

Pero ahora tenía que ir con esas autoridades parado en un terreno menos ventajoso.

Tenía que pedir un favor para encontrar a una persona que había dejado de ser mi paciente para convertirse en algo mucho más cercano.

Uno de los secretarios particulares del presidente me atendió.

Hasta ahí llegaba el salvoconducto por haber atendido tiempo atrás a un sobrino suyo que tenía accesos de locura momentánea debido a un tumor que, por fortuna, pudo ser extraído.

El secretario me escuchó con atención: Ángela era una pieza fundamental para mi institución (sin domicilio), y había desaparecido en una investigación médica (no por haber huido con el miembro de una banda de secuestradores extranjeros) en Puebla.

El secretario por fortuna también recordaba mi colaboración con las campañas de higienización.

Un programa que nada tenía que ver con la pureza de raza o la supremacía de alguna etnia.

Mientras se erradicaba el paludismo, el tifo y la escarlatina de manera más o menos generalizada, el Departamento de Salubridad Pública me encargó un programa contra tres jinetes apocalípticos que no estaban causando menos estragos que la fiebre amarilla: la sífilis, la gonorrea y el alcoholismo.

El escenario era complejo porque, a pesar de las buenas intenciones del Departamento, la depresión económica y anímica que todavía se resentía por las guerras había hecho proliferar los burdeles y las cantinas.

Aun así, realicé un compendio de observaciones, usando como guía algunos casos que habíamos tenido en la clínica.

Tomaron en cuenta los más genéricos y me lo agradecieron.