El Club Barba Azul #67
La deshomosexualización tenía futuro. Era un buen ejemplo de los avances de la ciencia que debían ser arriesgados, pero sin llegar al engaño.
Métodos que nada tenían que ver con contarle intimidades a un extraño, sino con la tecnología y la experiencia.
Ricardo ya me había hablado de las ventajas de la histerectomía y de la ooforectomía para reducir impulsos malsanos provocados por enfermedades propias de las mujeres como la histeria.
Pero Ricardo era un especial entusiasta de la extracción del nervio pudendo que se podía aplicar tanto en hombres como mujeres.
Ese nervio —me explicó— terminaba en el clítoris o en el pene y si se quitaba resultaba imposible que la excitación se manifestara de forma física.
De esta manera, un homosexual no podía llevar a cabo los desvaríos que su mente enferma le pedía.
Sin embargo, aún faltaba investigación para poder aplicar de manera generalizada el procedimiento, porque uno de los efectos secundarios era que los esfínteres se descontrolaban —al parecer es el mismo nervio el que regula esas funciones— y la consecuencia era un pañal para adultos de por vida.
Pero Ricardo era optimista: me contó las técnicas que los doctores daneses Carl Værnet y Knud Sand experimentaban en sus países.
Terapias de inhibición para homosexuales que ya estaban dando resultados.
Tratamientos hormonales, experimentos endocrinológicos, castración.
Recuerdo decirle desde mi ignorancia que el asunto de la castración me resultaba un poco excesivo, pero me señaló que era el método más confiable, que el doctor Sand se encontraba en las últimas fases de prueba de trasplante de testículos de hombres sanos a homosexuales.
Que sus registros habían corroborado impresionantes mejorías en animales, pero que aún era necesario encontrar la manera para que, en los humanos, el implante no fuera rechazado por el huésped.
Y que mientras esa línea de investigación no se desarrollara por completo, la castración era la opción.
Finalmente, para acallar las dudas que aún me quedaban, me contó que en Dinamarca era inminente la legalización de la castración en hombres homosexuales como un método de higienización avanzada.
Y ahí era donde nosotros debíamos poner de nuestra parte. Ricardo estaba convencido de que nuestro país no perseguía las mismas metas. Que si las familias como la nuestra no hacían algo al respecto, la decadencia sería inevitable.
—Tal vez porque nuestra raza está más contaminada, sobre todo en comparación con Dinamarca, y estas medidas tendrían que aplicarse a un nivel nacional, como una campaña de vacunación.
Con Dinamarca y Alemania tengo sentimientos encontrados.
Entiendo que, si no fuera por esas naciones, la medicina no podría tener los avances de los que te hablo, pero al mismo tiempo me provocan envidia.
Que nosotros seamos incapaces de aplicar leyes similares nos va a poner en desventaja en el futuro.
A partir de esas pláticas reiteramos la decisión de mandar a Nazarena a Europa.
También la de apoyar la clínica del doctor Campuzano.
Pretendíamos hacer lo que nuestro gobierno no.
A los empresarios nos tocaba tener la visión y la misión.
Pero aún nos faltaba entender muchas cosas.
Fue en su viaje donde Nazarena se embarazó de una niña defectuosa.
¿Cuáles eran las probabilidades? Sin duda, su histeria le nubló el juicio y eligió al peor representante de aquella raza.
Pero nuestro propósito con la clínica de Cuernavaca resultó peor.
El apoyo —la labor de convencimiento que hice en instituciones médicas para que aprobaran y de familias amigas para que financiaran— tenía como meta la seguridad de Nacho.
No éramos ajenos al avance de su enfermedad.
Las visitas familiares se convirtieron en discretas consultas clínicas que hacíamos bajo la supervisión de Ricardo.
Movido ahora por el libertinaje, Nacho se dedicaba a hacer excursiones y desfogar sus instintos en público.
Más de una vez le sugerimos que aquello que hacía en las pulquerías, lo hiciera en privado, incluso le dijimos que nosotros le pondríamos una casa con todas las reservas necesarias.
Nunca quiso. Su decadente padecimiento necesitaba el peligro de aquellas incursiones.
Entonces nos enteramos del proyecto de Campuzano.
Sabíamos que era de punta, sabíamos que muchos médicos no lo aceptaban, sobre todo porque intentaba estudiar y lidiar con enfermedades alejadas de la gripa y cercanas a la locura.
Pero erramos. Con una esperanza inocente, creímos que sus métodos tenían que ver con Dinamarca o Alemania.
A fin de cuentas, Campuzano había estudiado en Europa.
La clínica abrió, funcionó varios años y nosotros seguimos en nuestros asuntos sin prestarle demasiada atención.
Durante ese periodo, las correrías de Nacho eran resueltas por el dinero de su padre.
Pero su condición se agravó. Se tornó violenta con consecuencias que ya ponían en peligro el nombre de la familia.
Ricardo y yo entonces decidimos que era hora de internarlo.
Otro error más que se sumó a los anteriores.
La reputación que la clínica se ganó no tenía nada que ver con remedios sólidos.
No tenía que ver con eugenesia. Aquello era más parecido a una secta religiosa que a un centro de investigación y salud.
Lo supimos cuando Nacho quiso salir de ahí, utilizando el poco sentido común que todavía le quedaba.
Lo que no supimos es que adentro lo habían confundido de tal manera que su enfermedad se recrudeció.
A partir de ese punto fue imposible hacer algo.
Vivió una espiral de dolor y de enajenación que concluyó con el Mal de Werther.
Dejar que ese antro siguiera funcionando no era opción.
Ricardo me sugirió que se trataba de una venganza.
Yo lo pensé más bien como una lección. Que el país viviera años de anarquía no significaba que algunos no pudiéramos administrar justicia.
Si nuestro Estado no podía estar a la altura de Dinamarca o de Alemania, nuestra familia se podía acercar.
Por ello construimos el anfiteatro. Intentarlo por las vías legales hubiera sido tedioso.
Nos suponía demasiados contratiempos y al final la fiscalización detendría todo el proyecto.
Ricardo fue el de la idea: insistía en que aprovecháramos la red establecida con el negocio de Tepeaca para realizar investigaciones que aportaran algo al país.
Decía que en el momento correcto podríamos sacarlo a la luz y entonces contaríamos con el entusiasmo de la academia.
Un procedimiento que no era muy distinto de lo que estaba ocurriendo en Europa.
Si Ricardo había sido el de la noción inicial, me tocó a mi afinar la lógica.
Era en realidad muy simple: los niños con rasgos indios eran una extravagancia en el país vecino.
Si llegaban bien pulidos, entrenados a conciencia, se volvían un producto muy demandado.
En cambio, en nuestro país, esos rasgos y características no tenían nada de especial.
Muy al contrario: eran un problema. Los rasgos físicos significaban taras internas.
Eran ideas expresadas por Emilio Rabasa o Molina Enríquez, grandes pensadores de nuestra historia.
Pero ahora teníamos la ventaja de la técnica científica.
El plan tenía dos partes concretas: el adiestramiento y exportación de los niños al país vecino, y la esterilización generalizada de todos los infantes que pasaran por nosotros, se quedaran en el país o no.
Era un caso ejemplar de negocios y filantropía.
Algunas mentes retrógradas —en cualquier parte del mundo— se oponían a la esterilización forzosa; sin embargo, así como Dinamarca o Alemania eran punta de lanza en la cura de la enfermedad del homosexualismo, Estados Unidos sostenía un interesante debate sobre la aplicación legal de la esterilización, sobre todo en los retrasados y los deficientes mentales.
Solo era cuestión de estar a la vanguardia.
Resultaba ridículo que, mientras el estado de California realizaba esta sana práctica de higienización social de manera pública, en México nos enfrascáramos en discusiones sobre si era pertinente o no que los indios votaran.
Por eso Ricardo se encargó de la remodelación del Palacio de Medicina.
Porque era necesario ponerle algunas trastiendas que solo él controlara.
Convencimos a unos tíos que vendieran el antiguo Colegio Francés que estaba al lado.
Para compensar, los hicimos socios de las escuelas de Santa Juana de Arco.
Todas esas acrobacias me tocaron a mí. Siempre fui el más práctico de todos los primos.
De la misma manera que Nacho, en sus mejores momentos, era el que emitía los consejos más valiosos, a mí me tocaba afinarlos para que llegaran al mejor de los puertos.
Nuestro anfiteatro, que perfeccionaba las esterilizaciones, estaba justo debajo del laboratorio de fisiología, microbiología, histología, química médica y anatomía patológica.
Había lógica y había consecuencia. Había, a fin de cuentas, orden.