El Club Barba Azul #66
Después de la negociación con los argentinos, me tuve que guardar un rato.
Me gusta la vertiginosidad. Me hace sentirme en sintonía con mi tiempo.
Pero para mantener esa velocidad, siempre es necesaria una pausa.
Celebré con un puro traído por mis redes desde Cuba.
También un whiskey que llegó de la misma manera desde Escocia.
Para la negociación me había pasado un poco con la nieve que había inhalado antes, y la victoria había sido tan sencilla que el ímpetu en mis venas estaba sobrado.
A veces sucedía: demasiadas cucharadas que terminaban por ponerme nervioso.
Pero ya sabía la dinámica: tragos fuertes para bajar el ansia de la nieve.
Nieve cuando los tragos fuertes amenazaban con enredar mi lengua.
El problema de estos paréntesis era que, sin un objetivo concreto, la cabeza peleaba batallas pasadas que ya no tenían mayor propósito.
Cosechaba resentimientos, los fermentaba con el tiempo y llegaban hasta el paladar en forma de rabia que, para colmo, ya no tenía contendientes porque estos se habían ido tiempo atrás.
Trago fuerte, entonces. No era una opción, sino un requerimiento.
Si hubiera sido contemporáneo de mi abuelo, jamás habría resuelto los problemas como lo hice.
Cuando fue secretario de Hacienda, hace poco más de 20 años, la eugenesia apenas se conocía, los métodos de higienización selectiva no se habían perfeccionado.
La moral no permitía llevar a cabo los experimentos que nos hacen dar zancadas hacia el futuro.
Esa misma moral tampoco hubiera permitido prosperar en el negocio que inventamos Emiliano y yo.
Sin embargo, algunas veces, el entusiasmo por lo nuevo significa un retroceso.
Puede convertir la medicina en inmoralidad cuando se cree que la cura está en contar intimidades tirado en un diván, cuando se renuncia a buscar el origen físico de una enfermedad y se cree que el problema está en un espíritu suspendido alrededor del doliente.
Cuando se piensa en la anarquía de que “todos somos iguales”, sin importar las características de su raza.
Cuando, a fin de cuentas, la superchería quiere sustituir a la ciencia.
Eso lo aprendí de manera poco amable con mi primo Nacho.
De todos, era el más inteligente. Mientras el resto nos lamentábamos por llevar el apellido Lemontrip en un débil segundo lugar —gracias a nuestras madres—, Nacho aseguraba que eso no estaba mal: que nos daba mayor margen de maniobra.
Siempre nos tocaba comer en mesa de tercera categoría: en la primera —la del comedor principal del abuelo— los adultos; en la segunda —preparada en el antecomedor contiguo—, los hijos de los varones, y finalmente en la cocina que, por más arreglos florales que colocaran, no dejaba de tener sartenes colgados encima de la estufa, estábamos los hijos de las hijas.
La familia de mi abuelo era metódica: la compostura social se respetaba incluso en las condiciones más privadas.
Nacho me decía que, de cualquier manera, heredaríamos lo construido por la familia.
Aseguraba que quienes no lo tenían fácil eran aquellos responsables de los negocios.
La necedad y el entrenamiento por destacar se afinarían, decía.
Y tenía razón. Conforme el tiempo pasó, los primeros primos se fueron junto con sus papás y el abuelo al exilio.
Casi todos. Nosotros nos quedamos en el país y terminamos siendo los únicos Lemontrip sin importar si el apellido estaba en primer o segundo lugar.
Cuando nos encargaron los negocios, Nacho se hizo a un lado.
Aseguraba que todo eso le resultaba demasiado vulgar.
Dedicarse a la ciencia le provocaba la misma repulsión: muy utilitarista, sentenciaba.
Sin embargo, para los que nos dedicamos a los negocios y para los aplicados a la medicina, Nacho era una especie de consejero.
Ninguno de nuestros arranques hubiera tenido la misma propulsión sin él. Luego vino su enfermedad.
Yo fui el primero en notarla, y el hecho no me enorgullece.
Durante varios años mantuve silencio en aras del orden familiar.
El descubrimiento ocurrió mucho tiempo antes de que nuestros pasos se dirigieran con firmeza hacia los negocios o la medicina.
Cuando apenas habíamos pasado la niñez, la familia se dio cita en una hacienda que querían adquirir.
Estaba en el camino de Coyoacán a San Ángel, que cada vez tenía más construcciones.
La idea era adquirir el solar para construir casas, teniendo claro que faltaba poco tiempo para que ese paraje se poblara y que los precios subieran.
La familia pensó que era buena idea pasar el día ahí e inspeccionar los alrededores para conocer a fondo la zona y tomar decisiones mejor pensadas.
Mientras los adultos realizaban visitas y hacían preguntas a los vecinos, a nosotros —muchachos de 13 años— nos dejaron al lado de un río que cruzaba por detrás de una capilla.
Nacho, como siempre y a diferencia del resto, había tomado sus previsiones.
Sabía que aquel plan no prometía demasiado, entonces se llevó dos libros, un cuaderno de dibujo y un estuche de pasteles para hacer bocetos.
No era el único que tenía inclinaciones artísticas, pero sí el que quería hacer de ellas su forma de vida.
Mientras el resto de los primos exploramos un poco y lanzamos piedras al río, Nacho se dedicó a leer y a hacer garabatos en su cuaderno.
Siempre tuvo un semblante tranquilo, y desde esa tranquilidad vendrían sus mejores consejos.
Sin embargo, también sabíamos que, de vez en cuando, la tranquilidad se convertía en depresión.
Se aburría con facilidad y sus pensamientos no dejaban de machacar escenarios lúgubres. Pero ese no era su único padecimiento.
Aquel día lo vi muy lejos de nosotros, en la orilla contraria del río, y decidí ir con él.
Comenzó a hablarme de las plantas y de algunas rocas, pero la sensación que me dio fue que estaba llenando el tiempo para llegar a otro sitio, al que finalmente llegó.
Siguiendo el rastro de unos arbustos que, me aseguraba, tenían la capacidad de envenenar si se sacaba el líquido suficiente de sus tallos, fuimos todavía más lejos.
De inmediato sentí la tensión. Nacho y yo solíamos ser los primos más cercanos, y en los últimos meses muchos de nuestros juegos se habían vuelto muy físicos.
Mientras que con los otros primos la cercanía se fue recluyendo en una burbuja de pudor, notaba que Nacho se negaba a renunciar a toqueteos en abrazos y cosquillas esporádicas.
Pero mi nerviosismo no me impidió ir con él. Quería saber hasta dónde podía llegar.
Cuando ya no se veía a nadie, nos pusimos en cuclillas para revisar una planta que tenía hojas tricolores: verde, amarillo y naranja.
No recuerdo lo que me decía sobre las propiedades y la clorofila, porque yo estaba muy inquieto.
Luego se hizo el silencio. Cuando levanté la vista para entender porque Nacho ya no hablaba, me lo topé viéndome directamente a la cara.
La planta ya no importaba. Cuando un ataque de risa comenzaba a nacer desde mi garganta, Nacho se acercó y me dio un beso en la comisura de los labios.
Sentí su boca fría, pero en vez de retirarme, me quedé pasmado.
Entonces interpretó aquello como una aceptación y me dio un segundo beso —o la prolongación del primero— cubriendo toda la extensión de mis labios.
No sé cuánto tiempo duró esa aberración porque mi cabeza de 13 años se puso a pensar los futuros más inverosímiles.
No pensé en el delito que estábamos cometiendo.
Pensé que si Nacho y yo nos casábamos, el Lemontrip se perdería en la generación siguiente y solo quedarían nuestros primeros apellidos.
Cuando me di cuenta de que estaba pensando como una mujer, me separé alarmado, lo empujé y regresé casi corriendo a donde estaba el resto de la familia.
Escuché que Nacho me pedía asustado que no le dijera a nadie, pero ni siquiera volteé a verlo.
Durante mucho tiempo lo evité a toda costa.
No quería ir a su casa, me aterraba estar a solas con él.
Las pocas veces que nos cruzábamos, jamás hablamos de lo sucedido aquel día en Coyoacán.
Luego, la vida adulta nos dio la entereza para coincidir sin riesgo de actuar o recordar.
Me comencé a juntar más con Emiliano, lo visitaba mucho cuando se fue a Estados Unidos y conversé mucho con Ricardo.
Nacho comenzó a dar los consejos desinteresados que nos ayudaban, pero también era evidente que sus momentos de tranquilidad eran cada vez más escasos.
Mi cuidado desapareció del todo porque él también desapareció.
Casi no asistía a reuniones familiares y parecía que el mundo que lo hacía feliz estaba o dentro de los libros o afuera de las casas familiares.
Fue en esa temporada cuando Ricardo me habló de la enfermedad de la homosexualidad.
Uno de los artículos que a la postre le serviría para entrar a la Escuela de Medicina tenía que ver con revertir esos comportamientos desviados.