El Club Barba Azul El Club Barba Azul #65
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El Club Barba Azul #65

Luego me enseñó unas hojas que tenía en la mano izquierda.

La derecha no había soltado en ningún momento su vaso.

Mi vista ya estaba llegando a los rangos normales, pero a mi cerebro se le escapaba la claridad.

Se estancaba en recordar al Abuelo hablando de mis ojos de mariposa y me obligaba a pensar en lo poco que me servían ahora.

Que tal vez solo valdrían para atraer clientes.

Me sentía como en los primeros minutos después de despertar, cuando el cerebro tiene la mitad de la percepción en una penumbra gelatinosa.

Desde siempre, esa frontera era abono de mis monstruos, los malos recuerdos y los pronósticos oscuros.

Todo lo que pensaba tenía connotaciones negativas.

Todo saldría mal. Nada valía la pena. Con la guardia así de baja, comencé a creer en las cosas que Nazarena me espetaba.

Sí había sido una torpeza que el doctor Campuzano me obligara a engañar a los pacientes —empezando por el señor Avellaneda— haciéndome pasar por doctora.

Que hubiera sobrevivido a mi pasado había sido una casualidad.

No me había hecho fuerte a partir de eso, no podría escapar de un diagnóstico biológico.

Mi mamá había sido puta porque era limitada de su cabeza, a mi padre jamás lo conocí, no sabía quién era.

De él solo sabía que había tenido la debilidad suficiente para satisfacer sus deseos carnales en un burdel.

¿Qué se podía esperar entonces de mí? Nada.

Apenas llegar a criada, si bien me iba. Doctora: ¡vaya estupidez!

Y sí: había matado al señor Avellaneda. ¿Cómo iba a entender sus padecimientos si correspondían a los de una familia estructurada, superior?

—¿La hija de una puta analizando a un Lemontrip? —No sabía quién había dicho esto último, si Nazarena o mi cabeza.

—¿Una arrabalera que es arribista y encima soberbia? —Seguía sin saber quién hablaba.

Por eso le había creído a Campuzano, porque él me había salvado, y si me hubiera dicho que los malabares de un payaso de circo eran buenos para curar una adicción, le hubiera creído.

Porque yo también era inferior a él. Por eso había hecho buenas migas con Carlos, porque él también era un pendenciero, él también era inferior.

Nazarena se acercó y me obligó a ver la primera página que tenía en la mano.

Me levantó la cara empujándome la frente hacia arriba y entonces leí.

Ya no tenía ganas ni siquiera de enojarme por la invasión a la intimidad.

Solo leí tres palabras “Notas”, “Ángela Lizardi”, “Señor Avellaneda”.

Me avergoncé: no había derecho a que mi nombre estuviera en la misma página junto al del señor Avellaneda.

Mi apellido también era falso, yo tenía en realidad nombre de puta: Ángela, sin apellidos.

Mis ojos no eran mariposas como Sebastián me decía todo el tiempo, eran un artilugio para conseguir dinero.

Empecé a oír en voz de alguien más, lo que tiempo atrás había escrito. La voz que me había dictado en mi cabeza no se parecía nada a la que escuchaba. Menos aún los comentarios que hacía.

“Hoy por la mañana realicé un experimento que me pareció, cuando menos, interesante”.

¡Ay, sí! Querido diario, hoy decidí que sería doctora y no puta .

“Me imaginé al señor Avellaneda como un niño. Suena pueril, sabe un poco a chabacanería, pero alivió quitarle, por un momento, a Avellaneda el ‘señor’ y verlo como un niño. Como un niño roto”.

Pedazo de pendeja: no tienes idea de la infancia de Nacho.

Era el más robusto y el menos niño de todos nosotros.

Él nos lideraba y le enseñó a Jaime sobre seguridad, sobre resolución.

Si a alguien más le hubiera dado el Mal de Werther, Nacho hubiera hecho lo mismo que nosotros hicimos por él, pero de manera implacable.

“Estoy convencida de que intentamos remediar los males cuando muchos de ellos se podrían prevenir. Todos los adultos que vemos caminando en la calle, con los que conversamos, fueron niños, y muchos están justamente rotos porque los rompieron a temprana edad. Las etiquetas del mundo adulto comienzan a amarrarlos, a estirarlos, a forzarlos en posturas imposibles y cuando se quiebran, buscamos remedios sacados del mismo mundo que los fragmentó: el adulto. ¿Cuántos males nos ahorraríamos si pusiéramos más atención en los niños? Me imagino al niño Avellaneda sin la etiqueta de homosexual, sin el peso de su apellido —que les interesa solo a los adultos—, sin las condiciones que le pulieron su alcoholismo hasta sacarle un perverso brillo. No es fácil. Cuando lo imagino como niño, riéndose o cometiendo una torpeza de inmediato aparece en mi imagen una mano que lo reprende, un grito que le exige, un comportamiento que nada tiene que ver con su edad. Vaya, me tardé un buen rato en darme cuenta de que lo imaginaba como un niño siempre ataviado de negro y con corbata de moño”.

¿Desde cuándo la suposición es ciencia, Andrea?

Más aún la suposición de una persona limitada, con un pasado lleno de carencias por su condición social y de raza.

Qué soberbia la suya, creer que puede tener idea de un mundo que nunca conocerá.

Una india hablando de la gente bien. ¿Cuándo se ha visto a un simio analizando la obra de Mozart?

El único contacto que podrías tener con nosotros sería lavando nuestros platos, y eso si bien te fuera.

“Hasta el día de hoy se piensa que la edad adulta es la más importante de la existencia. Por lo mismo, con los niños solo sucede un acto de espera y preparación para esa vida madura. ¿Y si es al revés? ¿Qué tal que el espacio más importante de la vida es la infancia? Y no por su preparación, sino por su plenitud. El momento en el que aprehendemos todo de manera vigorosa y cuando la ausencia de prejuicios nos permite entender muchas cosas desde una perspectiva auténtica. ¿Qué tal que la vida adulta no es más que la continuación de la etapa más importante de la existencia? Si es así, entonces estaríamos cometiendo un error como el que sufrió el señor Avellaneda con su homosexualidad: intentar sujetar lo más genuino de nuestra existencia con muletas que se idearon en el periodo menos importante”.

Voy a cometer el pecado de dialogar contigo.

¿De verdad crees eso de la infancia? No tienes idea.

La infancia es una época de formación. Para aprender disciplina, para aprender orden.

No te culpo: viviendo donde viviste tu infancia, ¿qué orden y disciplina ibas a encontrar?

Y vives tan resentida que quieres que todos tengan la misma infancia desastrosa que tú tuviste.

¿Por qué no dices también que vivir entre la mugre es bueno para crear anticuerpos?

¿Por qué no indicas que la inmundicia es el estado ideal, india?

“La familia Avellaneda se negó a darme algo parecido a una entrevista. Me tuvo que bastar con el informe que su padre hizo. La familia se mantiene tan apegada a su mentira que para ella no existió el homosexualismo, y su muerte se debió al romántico Mal de Werther. Incluso el paso del señor Avellaneda por la clínica de Cuernavaca fue borrado de sus registros morales. De esa manera, me resultará imposible para mi texto determinar la cronología del señor Avellaneda. ¿Qué sucedió primero: la depresión o el homosexualismo? Jamás lo sabremos. ¿Hubo otros casos en miembros de la familia que tuvieran tendencias depresivas o suicidas? Tampoco será revelado. Ni qué decir sobre la infancia del señor Avellaneda, sobre cómo lo trataban los padres. Aquí será necesario entonces echar mano del contexto”.

¡¿Una entrevista?! ¡¿A ti?! Cuando buscaste a alguien de nosotros, nosotros ya sabíamos todo de ti.

Y de la misma manera, jamás entenderías un padecimiento como el Mal de Werther, prieta ignorante.

Si este país tuviera un verdadero programa de higienización, hubieras desaparecido hace mucho tiempo.

Quieres que los niños se regodeen en sus malcriadeces.

Quieres que alguien como nosotros le hagamos caso a alguien como tú.

Eres una estúpida, con la soberbia de los indios ladinos pretendes que escuchemos lecciones de ti.

Pero eso va a acabar a partir de ahora. Tarde porque hiciste daño, pero va a terminar.

“Ya busqué instituciones que se especializaran en los niños: psicología, medicina, impacto social. Hay algunos grupos filantrópicos en donde a la infancia se le ve como una receptora de ayuda del adulto, siempre y cuando esté emparentada con la pobreza. No les interesa el análisis. Para estos grupos lo único que se puede hacer es donar dinero —con una cámara fotográfica que registre la acción— y esperar a que los niños dejen de ser niños. La parte pedagógica tampoco ha indagado mucho, en varios casos no están al tanto de pensadores como Montessori o incluso Pestalozzi. Pareciera que mientras los niños sean receptores de lo que los adultos determinan, no hay nada que indagar”.

Nazarena terminó de leer y ya no agregó nada más.

El último párrafo lo leyó sentada a diferencia de antes que leía y vociferaba alrededor de mí.

Las dos estábamos exhaustas. Agradecí no haber escrito más.

De esa manera, el castigo no se había prolongado demasiado.

Andrea se paró y comenzó a hablar. Pero ya no escuché.

Me escondí de nuevo en el sitio que conocía bien. Ahí no podrían molestarme.

Jaime