El Club Barba Azul El Club Barba Azul #64
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El Club Barba Azul #64

Cuando sentí la presencia dentro de mi espacio inmediato, me quedé quieta.

Lista para escuchar también el ruido de los trastos metálicos: los que retiraban, los que traían.

Pero después de unos segundos de silencio, supe que aquella irrupción era diferente.

Un hombre —lo supe otra vez por el tamaño de las manos— comenzó a manipular la venda desde atrás de mi cabeza.

Cuando cortó las capas, sentí que la presión a la que ya me había acostumbrado se liberaba y que el interior se llenaba de sangre, lo que me provocó un nuevo mareo.

Mientras me quitaba la venda por encima de mis sienes, me arrancó el pelo.

Al llegar a los pómulos fue más cuidadoso y eso me reconfortó: si ese día me fueran a matar —pensé— no se tomarían la molestia de ser gentiles con mi piel.

Al retirar la venda de mis ojos, noté cómo, a pesar de tener los párpados cerrados, podía percibir mucha más luz que antes.

Me costó un rato largo poder abrirlos. Era como si el mecanismo se hubiera atrofiado.

Lo que antes ocurría de manera involuntaria, ahora necesitaba fuerza de voluntad.

Cuando pude levantar las cortinas de piel, pensé que me había quedado ciega: no distinguía ni formas ni manchas.

Levanté mis manos y las puse frente a mi cara, pero el resultado fue igual de insatisfactorio.

Entonces me dispuse a esperar. No podía hacer otra cosa.

Sentada con la cara hacia el frente, podía parecer inmóvil, pero adentro lidiaba con las oleadas de ansiedad.

Después de un tiempo que me pareció larguísimo, comenzaron a aparecer manchas y colores.

Poco después distinguí dos figuras parecidas.

Como gemelas. Una al lado de la otra. No estaba segura de si eran personas porque no escuchaba ningún ruido.

A los minutos pude ver mejor y mi cabeza completó la información defectuosa de mis ojos: dos personas sentadas cada una en una silla.

Por su inmovilidad pensé que se trataba de otros prisioneros que estaban en la misma condición que la mía.

Que todos habíamos pasado por lo mismo, que todos estábamos aturdidos y viendo mal.

Vamos a hacer terapia de grupo de nuestra experiencia, intenté buscar un poco de humor.

Pero luego aparecieron las facciones de sus caras.

Eran dos mujeres. Me veían fijamente, sus ojos no se apartaban de mí y tenían una sonrisa que tampoco se movía.

Me asusté y por vez primera sentí una invasión a mi intimidad.

Mi cuerpo reaccionó echándose hacia atrás, hasta que mi espalda topó con la pared del fondo.

No podía dejar de parpadear porque perdía el enfoque todo el tiempo.

En ese ejercicio, alcancé a ver la reja de metal.

No era uniforme y los barrotes estaban hechos de distintos grosores.

Atrás estaba el quirófano que vi antes de que me pusieran la venda pegajosa el primer día.

Y también vi otras celdas que rodeaban a la plancha de mármol.

A pesar de la lejanía, logré distinguir decenas de ojos.

Miradas brillantes que no se movían. Parecía una alucinación: un fondo indistinguible tachonado de ojos quietos que miraban fijamente.

Controlando mi terror, me di cuenta después de que los ojos correspondían a manos delicadas.

—Mira: nos está haciendo ojitos, ¿no te parece? —dijo una de las mujeres. La otra solo se rio, aunque sin muchas ganas.

Fue más la voz que el rostro. Para ese momento, mi cerebro estaba más entrenado en sus capacidades auditivas que visuales.

Me costó algunos segundos, pero luego no me quedó duda: la que había hablado era M.

Andrea. La pregunta que no quería respuesta la delató.

A partir de esa frase, se abrió la llave de la palabrería.

Una locuacidad que me aturdía y que entendía a medias.

Hacía mucho tiempo que no sostenía una conversación, aunque tampoco era que esa vez la hubiera tenido realmente.

—Bueno, ¿a quién tenemos aquí?… A la que me pidió a gritos que la llamara doctora, pero que, me informaron, no es doctora. Que ese título se lo inventaron entre ella y un señor que la sacó de la prostitución, ¿qué tal?

Sí, Andrea.

—Su mamá también era prostituta si te sirve de algo —dijo la otra mujer. No sabía quién era.

—¡Vaya! Lo endebles que son las apariencias, ¿verdad? ¿Recuerdas que te dije que habías hecho un voto de silencio? Estoy segura de que lo recuerdas. Y esto pasa cuando no cumples los votos de silencio.

—Pues ahora no está muy conversadora.

Risas forzadas.

—Por cierto, hay que ser cortés, ¿no es cierto? Aun en las peores circunstancias, ¿verdad? Entonces déjame presentarte a una amiga mía: nos conocemos desde niñas. Se llama Nazarena.

Peleando con la bruma de mi cabeza, me di cuenta entonces de que conocía a ambas. La segunda era la Nazarena de Carlos. El horrible nombre en dos personas sería demasiada crueldad.

—Y resulta que ella está más enojada contigo que yo. ¿Lo puedes creer?

—Y no se trata de lo que hayas hecho con Carlos —por vez primera intervenía Nazarena.

—No hice nada con él —pude hablar con mucho esfuerzo. Mi voz salió ronca y tenía mal aliento. Cada minuto mi visión se iba normalizando. Me di cuenta de que las mujeres bebían cada una de un vaso. Luego vi que en el piso había una botella. Tal vez estaban borrachas.

—Me importa un carajo lo que hayas o no hayas hecho con él.

—No sé qué les habrá dicho, pero nunca…

Se me quedaron viendo con los ojos abiertos. No entendían.

—¿Crees que hemos hablado con Carlos? —dijo finalmente Nazarena, luego volvió la risa impostada.

—Si el imbécil está en peores condiciones que tú.

—No creo que esté en condiciones de hablar mucho, ¿no? —le preguntaba Andrea a Nazarena.

—Muy fresco no está.

Algo parecido al consuelo atravesó por mi cabeza. Carlos no estaba coludido con nadie. Pero el bálsamo se llenó de dudas, ¿quiénes eran entonces los otros argentinos? Y finalmente las dudas ya no tuvieron importancia. Nazarena me dijo:

—Tú trataste a mi primo.

—Tú eres Nazarena —le dije. Necesitaba decirlo en voz alta para que mi cerebro llegara a esa conclusión.

—¡No me llamo Nazarena! ¡No me digas Nazarena, hija de puta!

Soy Natalia Constrictor para ti —gritó y se levantó de su asiento.

Mi cuerpo reaccionó por primera vez con velocidad.

Hasta entonces había estado aletargado. Me hice ovillo tratando de pegarme más a la pared.

Era una postura que conocía desde hacía mucho tiempo.

—¡Soy Natalia Constrictor y tú mataste a mi primo! —insistía. Y así lo hizo durante un tiempo que me pareció eterno. Vociferaba. Caminaba dentro de la celda. Solo se detenía para servirse y beber más. Luego volvía a gritar.

—Desconozco quién es tu primo —tuve que decirle repetidas veces porque no me escuchaba.

—Ángela, Ángela, no entiendes —intervino Andrea que estaba en sus cabales, y lo agradecí hasta que escuché lo siguiente—: su primo era Ignacio Avellaneda Lemontrip. Tu paciente. Con el que experimentaste.

Mucho tiempo atrás, en un internado, solían despertarme con agua fría.

El cuidador —que tenía algún tipo de retraso— tomaba un balde de peltre antes de que saliera el sol, lo llenaba de agua y se lo lanzaba a alguna de las internas.

Mientras la niña se levantaba gritando o sofocándose, el cuidador se partía de risa con sus propios aspavientos que también parecían sofocarlo.

Tal vez porque yo era de las que más gritaba, a mí me tocaba esa diana más seguido que a las otras niñas.

Eso fue exactamente lo que sentí cuando Andrea me dijo que el primo de Nazarena era el señor Avellaneda.

Volví a sentir el mismo estupor, la misma asfixia.

De pronto supe el motivo por el que se habían ensañado conmigo.

Casi sentí alivio. Nazarena continuó su palabrería, sus reclamos.

Lo hacía como un monólogo interno que se escuchaba solo a medias.

La velocidad de su arenga sobreponía el principio de una palabra al final de la anterior, y mi cabeza aturdida no ayudaba.

Repetía que el doctor Campuzano y yo lo habíamos matado.

A mí me conmocionó que dijera su nombre, que lo trajera a esas mazmorras donde no le correspondía estar.

Dijo algo sobre nuestras técnicas que se parecían más a las de un brujo indio pata rajada que a las certificadas por los colegios de no sé dónde.

Dijo que éramos embaucadores con licencia.

Que éramos una secta. Algo sobre pornografía de la memoria y nuestra impudicia.

Dijo que ellos se dieron cuenta del daño que hacíamos en ese congal y que lograron retirar los fondos que nos sostenían.

Que a mí me habían vigilado desde entonces.

Que como buena hija de prostituta tenía habilidades de actuación, pero que lo que a mí me tocaba era ponerme en cuatro patas y gritar orgasmos que no sentía.

Que no estaba en mi sitio tratar con pacientes sino con clientes.

Que en vez de abrir cuerpos tendría que haberme limitado a abrir las piernas…