El Club Barba Azul El Club Barba Azul #63
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El Club Barba Azul #63

Cuando salimos de la casa, avanzamos los primeros metros en silencio.

Cualquier venganza, la muerte incluso, era un resarcimiento desabrido en comparación con lo que a Jaime se le había ocurrido.

Si en efecto Campuzano la había acogido para salvarla de un pasado turbulento que incluía a una madre prostituta, lo ideado por Jaime era atroz: curar las heridas, estudiar e imaginar una vida mejor, empezar a vivirla para al final de sus días terminar regresando a su peor pesadilla, aquella que vivió siendo niña.

Saber una y otra vez, día tras día, mientras la usaban, que sus esfuerzos no habían valido para nada.

Que su destino era el mismo que el de su madre.

Se me puso la piel de gallina al pensar en la posibilidad de vivir eternamente las pesadillas de la infancia.

—Jaime, ¿no es demasiado? —me atreví a preguntar.

Detuvo su caminar y me volteó a ver. Las cejas y la boca me transmitían una rabia incuestionable.

—No, Ricardo. No después de lo que le hizo a nuestro primo, no es demasiado.

De todos, Jaime fue el que convirtió la tristeza de la pérdida en enojo. Y el enojo lo transformaba cada día en acción. En venganza. No dije nada más. Conocía las capacidades del odio de Jaime.

Sebastián

Hacía tiempo que no perdía los estribos, pero esa tarde no me pude controlar. El blanco de mi enojo era Rogelio. El doctor Campuzano. Mi amigo.

Después de haber viajado a Europa para reconciliarme con el psicoanálisis, después de haberme tirado durante algunos meses en el diván, decidí hacer un viaje más lejano y llegué hasta Oriente.

Me empapé de la poesía japonesa y acepté sentarme durante varias horas —más que las dedicadas al diván— en meditación.

Sabía que lo mío no tenía nada de original y que más bien me estaba convirtiendo en un cliché.

Una juventud disipada, alcohol, ajenjo. Un poco más tarde, la aceptación de mi homosexualidad, arte plástico y conciertos.

Madurez buscando la calma y sorteando el aburrimiento con elementos exóticos.

Sí, un cliché. Pero un cliché que me mantenía en calma la mayor parte del tiempo.

Aun así, esa tarde, mi reacción con Rogelio era más parecida a la rabia necia de mi juventud.

En un día había barrido con mi construcción del cliché. Perdí la tranquilidad.

Le dije que no era momento para baños de pureza.

Él, también necio, quería ir a la policía y realizar todos los trámites necesarios.

No entendía que el tiempo era sustancial y que no vivíamos en Inglaterra.

Lo agudo que podía ser dentro de los muros blancos, se convertía en rampante inocencia cuando tenía que diagnosticar a personas que no tenían padecimientos clínicos.

En medio de la guerra, con tantas desapariciones que no importaban, una más se iba a perder en el laberinto de la indolencia.

—Rogelio, si ayudaste a un familiar de Calles, ahora tienes que usar esa carta para ayudar a Ángela. Ni siquiera es en beneficio propio.

—No utilicé esa carta ni cuando sabía que íbamos a perder la clínica.

—¡La clínica no importa, Rogelio! —dijo Luisa fuera de sus casillas, emitiendo el rugido que a mí me hubiera gustado lanzar—, ¡estamos hablando de Ángela, por Dios!

No era desidia lo que veía en su cara: era vergüenza.

Me di cuenta con cierta pena. No debió de haber sido fácil creer toda la vida en una medicina que muy pocos entendían.

La coraza de seguridad era solo eso: una coraza.

Y por dentro, la incertidumbre tal vez rebotaría causando un escozor insoportable.

Un médico de la vieja guardia, con su consenso generalizado, podría llegar a hablar de igual a igual con cualquier miembro del gobierno.

Rogelio no. No se sentía lo suficientemente validado.

Pero luego estaba el cariño por Ángela. Innegable, incondicional, que había crecido con el tiempo.

Mientras Luisa aceptaba y alimentaba sin reservas ese cariño, Rogelio lo trataba de disfrazar torpemente como un simple acto de causa y consecuencia.

Como si Ángela fuera su eterna paciente y cualquier sentimiento rotundo pusiera en peligro su mejoría.

Rogelio era capaz de suspender sus propios sentimientos para no entorpecer la mejoría clínica de alguien que quería.

Y ese era el problema: que llegaba un punto en el cual el diagnóstico médico no era suficiente, incluso no importaba.

Estaba convencido de que a Rogelio no le habría venido nada mal un viajecito por Oriente.

Luego también pensé en mí. En lo que sentía por Ángela.

Cariño, sin duda, pero también preocupación.

¿Qué garantías había de que Ángela estuviera por completo restaurada?

Era una pregunta que me hacía a cada tanto.

Con un pasado como el suyo, era fácil convencerse de su fortaleza en el presente.

Pero la solidez no era inmutable. Ahora creía que se trataba más bien de un refugio que habíamos comprado las personas que estábamos cerca de ella.

Para tranquilizarnos. Para seguir nuestra vida con menos problemas.

Ángela podía quebrarse con más facilidad que cualquiera de nosotros.

Solo bastaba la presión suficiente. Que el barro de su ecuanimidad rompiera su entereza si se metía en un horno demasiado caliente.

(Notas de Ángela de Lizardi basadas en el caso del señor Avellaneda)

V

Después de cinco días —creo que fueron cinco días— sin poder ver, mi cuerpo comenzó a experimentar una continua sensación de desequilibrio.

Hasta ese momento me di cuenta de lo fundamental que resulta la mirada para mantener el balance.

En algún momento desperté sintiendo que estaba a punto de caer.

Como si, mientras dormía, me hubieran colocado en una pendiente empinada, en una resbaladilla.

Durante unos segundos tuve la reacción de asirme a algo para no caer, luego me di cuenta de que estaba en el mismo piso de siempre.

Después de cinco días —creo que fueron cinco días— de solo escuchar, uno comienza a creer en los eventos más inverosímiles.

En ese tiempo, las únicas voces que distinguía eran las de los argentinos.

Ni una sola vez les había visto el rostro, pero sus acentos pasaron de resultarme extraños a ser la única referencia que tenía de la realidad.

En algún momento se me ocurrió que ya no estaba en México.

Que de alguna forma había llegado hasta Argentina.

Pensé que me habían drogado lo suficiente como para subirme a un barco.

Que durante días había confundido un camarote con mi celda.

Que me habían vuelto a drogar para descargarme en tierras extranjeras.

El desequilibrio y la desorientación ayudaban a creer esa teoría.

Luego, si ponía atención, escuchaba voces de niños.

Sabía que eran los niños de Tepeaca. Era un murmullo lejano, pero constante.

Entonces no estaba en Argentina, a menos que hubieran llevado conmigo a todos esos niños.

Pero era imposible que un tráfico así de espeluznante cruzara las fronteras internacionales.

A veces me despertaba en México, a veces en Argentina.

A veces me despertaba en un lugar peor: las imágenes de mi cabeza se habían vuelto tan potentes —el mundo exterior no las interrumpía— que me encontraba en el sótano de mi infancia.

Sin madre. Rodeada de los monstruos de siempre, de los que me había podido deshacer gracias a Campuzano.

Pero estos nuevos monstruos no eran oscuros e inmensos, ahora tenían detalles anatómicos: algunos tenían las encías grises, otros negras, en plena necrosis.

Habían dejado de ser sombras para ostentar partes humanas: pieles resecas, con las arterias a la vista.

A veces la razón me decía que solo estaba mezclando el terror de mi infancia con lo visto día tras día en la morgue.

Pero tampoco era que mi razón se empeñara ya tanto.

Sin embargo, nada me preparó para afrontar la primera imagen que mis ojos vieron después de mucho tiempo de ser inútiles.

Escuché que las rejas de metal se abrían.

Era lo más cercano que tenía a un reloj.

Si las rejas se abrían era hora de comer.

Una comida al día. Un momento que también aprovechaban para cambiar el orinal que no tenía solo orina.

Hacía tiempo —seis o siete sonidos de reja— que ya no me molestaba en cubrirme la parte de abajo.

Tenía una cobija que usaba para taparme, pero la razón era el frío y no el pudor.

Me estaban quebrando, lo sabía. Me estaban convirtiendo en cualquier niño prisionero de Gilles de Rais, del abominable Barba Azul.