El Club Barba Azul #62
Yo conocía ese dictamen. Tiempo después el médico que lo hizo fue señalado, pero ya era demasiado tarde: los verdaderos criminales habían librado la cárcel —tenía a los orquestadores del golpe enfrente— y María Poey pasó una temporada en la cárcel.
Los apuntes del “especialista”, como bien satirizaban los hermanos Vitela, les habían parecido contundentes a los jueces.
Quien firmaba el estudio no era otro que el subdirector del reputado hospital Melchor Romero, en Ciudad Vicente, muy cerca de Buenos Aires.
Cuando se descubrió el error, las copias se guardaron en los cajones que estaban más cerca del piso en todos los hospitales a los que había llegado.
El diagnóstico, lo recuerdo bien, señalaba que Poey era “una perversa clínica” y que eso se podía constatar por la vida que llevaba: disoluta, con costumbres que eran una afrenta a la buena moral.
Había tenido más de un amante, lo que hablaba de una vida sexual que no respetaba límites.
Pero la prueba más contundente decía que era imposible que una mujer normal —sin histeria y sin corrupción— hubiera tenido la sangre fría para realizar los disparos al aire, los tiros de advertencia para que la fueran a ayudar.
En condiciones normales, decía el informe, la mujer se hubiera desmayado de la impresión.
Por eso también se empezó a sospechar que Carlos Ray había sido envenenado con cianuro.
Una teoría que, honestamente, no tenía mucho fundamento, salvo que se ajustaba al perfil perverso de Poey.
Se realizaron infinidad de pruebas químicas.
Unas aseguraban que había rastro de veneno en las vísceras, otras lo negaban.
A pesar de no haber acertado del todo, en ese momento estaba convencido de que al documento se le podía sacar información útil.
Cuando lo leí no paraba de pensar en Nazarena.
Muchos de los rasgos que se describían en el papel se podían aplicar a ella sin calzador.
La histeria de la que era víctima por no haber tomado una resolución contundente con su hija, su vida disoluta como escape a la neurosis acumulada.
Esa vida licenciosa que había puesto en riesgo los negocios de la familia.
Además, todos sabíamos que no era el único miembro de la familia con ese tipo de problemas.
Y eso me angustiaba, y me hacía pensar en herencias biológicas.
Así, la convencimos de hacer la especialidad en Europa.
Para que conociera los recursos que existían para sobreponerse a sus propios problemas.
Fue un buen plan: cuando regresó, me maravillé con las teorías que traía con ella.
La división y clasificación de las razas me parecía un esquema que podía explicar comportamientos perniciosos y actitudes criminales.
Incluso me tranquilizaron. Antes creía que el padecimiento que dos de mis primos tenían podía ser una constante.
Tras hablar con Nazarena supe que eso era imposible: el nombre de nuestra familia estaba ligado a rasgos raciales bien definidos que nada tenían que ver con las enfermedades degenerativas.
Sin embargo, también sabía que estábamos forzando un poco esas teorías para nuestro proyecto.
Ni Jaime ni Nazarena eran médicos, por lo mismo se quedaban en la interpretación política de la ciencia.
Y no moverle demasiado convenía a nuestros intereses.
Aunque la superioridad a partir de las razas y del sexo sí eran categorías incuestionables, podríamos estar errados en los detalles.
Era en esos momentos en los que había que tomar una decisión, y la mía fue concentrarme en lo general para no perderme en detalles nimios.
Jaime no conocía la historia de Carlos Ray. Cuando la escuchó de boca de los hermanos Vitela, se entusiasmó. Supo que era el momento de negociar. Y la negociación fue sencilla porque nuestra propuesta superó la de ellos.
—Bueno, como todos sabemos tenemos un interés en común —inició.
—Claro: mi compatriota que por acá le han dado por llamar Carlos —lo interrumpió el hermano mayor.
Jaime se había dado cuenta de que Aníbal hablaba mucho.
Eso era malo para él y bueno para nosotros.
Tenía esta vacilación que disfrazaba de seguridad con una verborrea a la que era difícil poner diques.
—Si el Mudo se enterara de la comparación —siguió Aníbal—, sus tangos serían más tristes todavía.
—Claro, claro —replicó Jaime sin dar importancia a lo que oía—, ese Carlos es la alegre coincidencia que ha juntado nuestros destinos. Pero eso solo es un golpe de suerte y, a partir de ahora, es trabajo de nosotros prolongar ese buen acomodo.
Sí había sido un golpe de suerte. Más valioso que lo que Jaime iba a aceptar.
Después de haber sido capturados en Tepeaca, los separamos.
Bastó que los hermanos Montoya tejieran amenazas sobre lo que le pasaría a Ángela si el argentino no contaba su historia.
Trató de protegerla. Intentó echarse la culpa por completo.
En esa torpe dialéctica, contó su original propósito en México: secuestrar mujeres para llevárselas a Argentina.
Quería convencernos de que el malo era él y no Ángela.
Aseguró que estaba corrompido. Que la había infectado a ella.
Sin embargo, a partir de lo que nosotros habíamos indagado, sabíamos que Ángela, en un principio, había sido paciente de la clínica.
Que se quedó ahí, y que un acto de la mayor imprudencia después comenzó a tratar pacientes ella misma.
Su origen era incierto, pero dos o tres personas que entrevistamos en algún momento afirmaban que su madre había sido prostituta. Y que había muerto de una manera atroz.
Era curioso: un chulo que se hace amigo de la hija de una prostituta.
Para mí era la prueba de la exactitud de las teorías raciales, de las ideas higienistas.
Pedimos que nos diera la dirección del contacto de los hermanos Vitela en México.
Ahí los Montoya se encontraron a los propios hermanos que ya estaban buscando a su argentino perdido.
Sin embargo, no todo fueron buenas noticias.
También no enteramos que no era Ángela sino Nazarena la pretendida.
Que se habían visto de manera furtiva en casa de ella.
Jaime se encolerizó: una vez más nos había puesto en peligro y vulnerables.
—Estamos enterados de que se dedican al tráfico de mujeres —les soltó a los Vitela a bocajarro. Los tres hermanos se agitaron en su asiento. De la misma manera que a veces podía ser encantador, en este caso había elegido la aspereza.
—Nada de qué preocuparse, nosotros también manejamos ese ramo —los tranquilizó.
Ahora los hermanos nos miraban sorprendidos. Jaime les contó de nuestro producto. No habló de detalles o de procesos. No habló ni de Tepeaca, ni de las técnicas. Solamente les dijo que nuestro producto, por edad, por maleabilidad, se podía posicionar mejor que el suyo.
—Pero lo de vos es una agencia de sirvientes —dijo Horacio un poco confundido. Jaime sonrió, casi que esperaba esa duda.
—Eso es exactamente lo que queremos que crean, pero el uso final del producto siempre queda a discreción del comprador. Y ahí no hay límites.
Dos de los Vitela estallaron en carcajadas.
—¡Pero qué caradura! Hablándonos de productos y de posicionamientos.
Estábamos en la misma sintonía.
—A los niños —dijo ahora Jaime sin temor— los tenemos bien colocados.
Sin embargo, el producto que va creciendo es el de las niñas.
Ya sin menos actitudes timoratas sobre su uso final, son las que reditúan más.
Y como por naturaleza son más sumisas, las tenemos preparadas en un tiempo mucho menor.
Es cuestión de eliminarles la histeria natural de su sexo, y de amaestrar a las más rebeldes.
—Y ¿cómo le hacen?
—¿Cómo justifican ustedes la entrada de mujeres mexicanas en su territorio?
—Y aprendimos de la Poey. Tenemos un par de médicos que arman informes que convienen a nuestros negocios. Frente a esos análisis, la yuta se queda tranquila.
—Pues nosotros hacemos lo mismo. Se realizan informes psicológicos, que tienen mucho de verdad, y que nos permiten trasladar a los niños de un lado a otro. La ventaja de nuestro giro es que se trata de mujeres que crean menos problemas, por la edad.
Quedaron encantados. Jaime les estaba proponiendo hacer lo que ya sabían con menores problemas y mayor ganancia.
El resto fue iniciar el plan de acción: un lote que sirviera de prueba.
Vino después la negociación de los porcentajes de ganancia.
La resolución de que el transporte hacia el Cono Sur ya no dependía de nosotros.
Varias cláusulas de confidencialidad que beneficiaban a todos.
Al final, ya con los flancos cubiertos, Jaime hizo una petición:
—Cierro pidiéndoles un favor personal.
—El que sea —contestó Aníbal. Se le notaba feliz y dispuesto a dar una dádiva sin reparos.
—Esta mujer Ángela, la que ha estado muy cerca de Carlos estas últimas semanas, como ustedes también lo han visto…
—¿Qué pasa con ella?
—Queremos que sea la primera mujer que se lleven y que la pongan a trabajar allá.
Se le quedaron viendo con intriga. Estuvieron a punto de iniciar las preguntas, pero Jaime se adelantó:
—Como les dije, es un favor personal. Solo les pido que se la lleven, que la mantengan encerrada, que no pueda regresar, y que la pongan a trabajar día y noche, sin consideraciones.