El Club Barba Azul #61
Luego me cedió la palabra. Era en esas reuniones donde Jaime y yo hacíamos buena mancuerna.
Nos completábamos para convencer. Recuerdo que les señalé lo endeble de la medicina que se practicaba en la clínica en Cuernavaca.
La manera en que se habían alejado de la ciencia para crear un corpus de supercherías que veía a la mente como una extensión abstracta del alma.
La ausencia de sustancias para curar. La insistencia en el poder de la palabra usada en terapias que solo eran una perversión metafísica.
Les conté que Campuzano y su equipo ya no se molestaban en dar inyecciones o inmersiones térmicas.
Que, en una especie de rebeldía anticientífica, recibían sus sueldos por conversar con los pacientes.
Dinero que venía de las familias que confiaban en ellos para que sus seres queridos mejoraran.
Les conté de las nuevas corrientes que habían nacido en Estados Unidos y que habían emigrado a Alemania: las bondades y la seriedad de la teoría higienista para el cuerpo y la mente.
Les aseguré que con esos métodos, y teniendo en cuenta que la raza de los presentes contribuía al progreso, las mejorías serían continuas y palpables.
El epílogo de esa reunión corrió a cargo de Jaime y el equipo de arquitectos.
Les enseñaron la maqueta de la primera clínica —enclavada en medio de la ciudad, no a cinco horas de distancia—, mostraron cómo estaría rodeada de lotes para casas que también podrían adquirir con significativos descuentos por ser socios del proyecto inicial.
Podrían vivir cerca de sus enfermos, supervisar los avances.
A los pocos días comenzaron a retirar los fondos del bufo proyecto de Campuzano para dirigirlos al espacio que ahora les proponíamos.
Jaime no tenía suficiente con desaparecer la clínica.
La alegría de vencer el proyecto se empañó porque ahora tanto Campuzano como Ángela se moverían por espacios menos confinados.
Habría menor control. Por eso un día llegó hasta mi consultorio para indicarme que debía aceptarla dentro de la Escuela de Medicina.
Yo había construido mi venganza a través de una negativa.
Que la tal Ángela sintiera la frustración y se viera obligada a renunciar a sus estudios, a poner en práctica lo aprendido.
Ya había seleccionado mis argumentos para persuadir a Espronceda, pero Jaime no me lo permitió.
Me dijo que esa era una venganza muy chabacana.
Que tendríamos oportunidad de elaborar algo mejor.
Tenía razón. Pero su obsesión por ella me parecía demasiado encarnizada, y esas obsesiones suelen provocar catástrofes.
Como fuera, ahora se podían ver los resultados del proyecto de la Condesa: varias residencias se construían y se combinaban con aquellas que habían sobrevivido a la desgracia de las armas.
Para rubricar su éxito, Jaime adquirió la construcción de Requena para crear algo parecido a un cuartel general.
Sin duda era la casa más hermosa de la colonia. Y ahí había citado a los argentinos.
—Europeo este barrio —dijo Jaime unos metros antes de entrar—, ¿tú crees que en el futuro la colonia Condesa tendrá lugar para argentinos? —y sonrió con burla. Su seguridad se contagiaba, sobre todo porque teníauna infusión de júbilo.
El júbilo, sin embargo, se tuvo que atemperar.
Adentro de la casa nos esperaban tres hombres.
Dos de ellos vestidos de correcta manera: saco, corbata, chaleco.
Trajes hechos a la medida y sin duda con telas inglesas.
Pero el tercero de ellos tenía un atuendo demasiado…
autóctono. Si algo detestaba Jaime era el mal vestir.
Él siempre estaba a favor de la elegancia, aunque me daba la impresión de que cada vez que veía un atuendo que no entendía, lo que pasaba era que se ponía nervioso.
Era un mal principio: no conocer a fondo y desde el primer vistazo a sus enemigos.
El tercer invitado en cuestión llevaba unos pantalones holgados en los muslos y ceñidos hacia los tobillos.
Se había colocado mantas en la entrepierna y sobre un hombro, tenía unos botines que estaban a punto de ser femeninos y un sombrero que era imposible no verlo: de ala ancha y levantado por la parte delantera y trasera.
Parecía que en cualquier momento sacaría unas boleadoras y se pondría a zapatear en medio de la sala.
—Buenas tardes —saludó Jaime, intentando recomponerse ante la visión y caminando hacia cada uno de ellos para darles mano, incluso al gaucho urbano.
Yo lo seguí, pero sin la seguridad de mi primo.
Después se sentó en un sofá individual y con resolución preguntó lo que estaban tomando.
Cerveza. Hizo un gesto agitando la mano con una displicencia que sin embargo era amable y, sin preguntar, le pidió al mozo que trajera una botella de Glenfiddich 24 años que nos había llegado la semana pasada desde Escocia y cuyo lote tenía como destino final Nueva York.
Luego, sin preámbulos, le dijo al más pintoresco de todos:
—Me gusta mucho su chambergo.
Estaba seguro de que se refería a alguna de las prendas de ropa que vestía.
¿Iba a aplicar la dureza desde el principio?
¿Directamente a señalar debilidades? ¿Por qué entonces el whiskey?
Me puse nervioso. No fui el único. El aludido se removió en su sillón sin saber cómo tomar el comentario inicial.
—Muy delicado, muy bien hecho —siguió Jaime—, ¿sabe usted que esa prenda tiene su nombre original de la chaqueta que usaban en el ejército de la Chamberga de Madrid? Una herencia directa de Europa para Argentina.
En ese momento llegó el whiskey, Jaime tomó un vaso, esperó que el resto hiciera lo mismo, lo alzó y brindó por la ascendencia europea de los argentinos.
Convertir lo que detestaba en elogio. No decir lo que pensaba.
Leer al enemigo. Así era Jaime. Media hora después ya se escuchaban las primeras carcajadas.
Los hermanos Vitela eran como cualquier patibulario de medio pelo: mucha fuerza bruta y poca imaginación.
Habían obtenido poder con la novedosa idea de los sindicatos en Argentina.
Lograron hacerse de cierto poder, usando el doble diálogo que esas asociaciones establecían: protegían a los trabajadores a la par que los utilizaban para extorsionar y amenazar a quienes los contrataban.
Si el patrón quedaba bien con ellos, y les daba prebendas, entonces también quedaba bien con el gremio obrero .
Sin embargo, sus negocios se diversificaron por un golpe de suerte que tenía nombre y apellido: Carlos Ray.
La historia había llegado a México en noticias impresas y en tangos cantados.
Un hombre de buena cuna, Carlos Ray tenía una amante, María Poey, atractiva, separada y con una hija de 14 años.
Una tarde en la casa en la que solían tener sus encuentros, se escucharon varios disparos, llegó la policía para encontrarse a Ray en el piso con un tiro en la aorta, muerto.
Las pesquisas pusieron de inmediato a la amante como sospechosa.
Las huellas en el arma confirmaban esa suposición.
Sin embargo, Poey aseguraba que unos maleantes habían entrado a robar, que habían sido ellos los asesinos y que la pistola tenía sus marcas porque había lanzado varios tiros al aire para hacer una llamada de auxilio en el vecindario.
El proceso fue breve y Poey fue encarcelada.
Sin embargo, un par de meses después sucedió un atraco menos romántico en el que cayó un solo criminal.
—Víctor Antía —dijo Horacio Vitela, el hermano más pequeño.
— El Negro Antía —completó Aníbal, el mayor.
Y en un acto de debilidad confesó que él había sido uno de los asesinos de Carlos Ray.
—El maricón se acobardó y pensó que confesando ese crimen ganaría el beneplácito del juez y recibiría una condena menos severa.
—Pero seamos justos: nunca nos delató.
Jaime y yo abrimos los ojos.
—¿Ustedes organizaron el atraco de Carlos Ray? —preguntó Jaime, casi eufórico.
—Como lo oye —le contestó Aníbal, él sí en completa euforia.
—¿O creía que hoy se iba a juntar con maleantes de poca monta? —preguntó Horacio sin llegar al júbilo, aunque sí colmado de orgullo.
—Tengo entendido —Jaime de nuevo— que a pesar de la confesión no se cambió el veredicto inicial.
—La belleza del asunto fue que nos podrían haber atrapado en ese momento. Podrían haberle apretado un poco los tornillos al Negro y enterarse de todo.
—Pero ahí aparece el dictamen médico que le hizo un especialista a la minita y que tuvo mayor peso incluso que la confesión. Es simplemente maravilloso. La ciencia médica de nuestro lado por su seriedad…
—Porque es el símbolo del progreso y la civilización —ironizó Horacio.
—Destrozando lo obvio.