El Club Barba Azul El Club Barba Azul #60
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El Club Barba Azul #60

Entendí la razón de los cambios: no les importaba en lo más mínimo que me quedara ciega a fuerza de cubrirme los ojos, lo que no querían era que desfalleciera de inanición.

Escuché cómo aventaban dos trastos de metal en el suelo.

Uno estaba vacío, lo supe porque con el impacto rebotó y se tambaleó haciendo el ruido característico.

El otro cayó con un sonido seco. No dijeron nada: volví a escuchar el chirrido de metal y supe que se habían ido.

Después de un rato que me pareció prudente, comencé a tantear los trastos.

El más cercano tenía comida: una pasta de tortillas y algún líquido que comencé a comer con cautela.

Di dos bocados y los tragué. A pesar del hambre que tenía me obligué a detenerme.

No se trataba del mal sabor o la asquerosa consistencia: mi hambre superaba cualquier prurito, más bien temía que hubiera alguna droga en la comida.

Esperé un rato que calculé contando con lentitud; al no sentir ningún efecto adverso, terminé de comer el resto.

Ya con más fuerza, manoteé el piso de mi celda.

No lo había escuchado, pero también habían puesto un vaso con agua simple.

Mi reacción fue más violenta: sin medir consecuencias, me bebí todo lo contenido de un solo trago.

Cuando terminé, escuché risas a algunos metros.

Me sorprendí porque hasta entonces supe que me estaban viendo y que se estaban divirtiendo con mis torpes pesquisas.

Levanté la cabeza y me quedé quieta. Entonces escuché:

—Mirala, parece una lechuza.

—Y, bueno —dijo otro—, es una nueva experiencia para ella. Acordate que era una recomendada, de buena familia, minita estudiante de medicina. Pero parece que ahora va entendiendo más su lugar.

Después de escuchar eso, me quedé todavía más quieta, parecía lechuza, camaleón o piedra.

Conocía ese acento porque en las últimas semanas había estado con una persona que hablaba igual.

Dos argentinos. Mi cabeza se encendió de nuevo y comenzó a perderse por el laberinto de las elucubraciones.

¿Quiénes eran? ¿Nos había capturado realmente la gente de la Compañía?

¿Carlos había estado siempre coludido? Fue la primera vez que intenté quitarme la cinta de mis ojos.

Con el aluvión de pensamientos inundando mi cabeza, de pronto me sentí comprimida.

Éramos demasiados ahí adentro. Nos estábamos asfixiando.

Me queda claro que no se respira por los ojos, pero necesitaba ver para ventilarme.

La ansiedad comenzó a llegar cuando me di cuenta de que era imposible sacarme esa venda adherente.

Entonces vomité. Mi cuerpo había decidido que, si no podía sacar mis pensamientos, mis angustias, entonces sacaría lo que acababa de comer para hacer más espacio.

Me obligué a recordar cabalmente mi infancia.

No quería que apareciera caprichosamente como siempre lo hacía.

Tampoco refugiarme en ella cuando mi instinto quería huir de un presente que me oprimía, sino a evocarla, de manera rotunda.

Esto no es nuevo para mí, comencé a decirme.

Ha sido más tu normalidad que una excepción.

Sabes perdurar en estas circunstancias y sabrás lidiar con las secuelas.

Lo hiciste más de una vez. Luego, como si se tratara de una interferencia radiofónica, una imagen comenzó a ocupar el centro de mi transmisión.

Me veía amarrada a un potro, completamente inmóvil, desnuda, sintiendo la vergüenza de exponer impúdicamente mi cuerpo, con mi sexo abierto por la postura y sin poder hacer nada.

Vi después a Carlos con látigos y porras en las manos, listo para ocuparse de mí.

“Ahora dejarás de ser doctora Ángela, y te vas a convertir en puta”, me decía, “igual lo traés en la sangre”.

Luego lo vi con una barba y una túnica. Lo vi llegando hasta mí y siendo comprensivo: “Pero ¿qué es lo que te han hecho, Ángela?”, me decía.

Se me acercaba con la mejor de sus sonrisas, pero al verlo bien me daba cuenta de que no me enseñaba las manos.

Estaba segura de que escondía una daga. Estaba segura de que me iba a apuñalar el estómago para violarme por ahí mientras se me iba la vida.

A veces tenía la fuerza suficiente para pensar que todo eso se trataba de una fantasía involuntaria.

Una alucinación que terminaba por destrozar mi voluntad.

Mi evocación había sido contraproducente.

La ansiedad y miedo estaban ocupando mi presente sin dejarle espacio a ningún respiro reconfortante.

Comencé a llorar y, en el colmo de la angustia, me preocupé pensando que las lágrimas no encontrarían manera de escapar de la cinta pegada a mis ojos.

Ricardo

A mí no me tocaba estar ahí. Yo no hacía ese tipo de tratos.

Desde que me sumaron a la Compañía, pedí que los papeles de cada uno estuvieran claros.

De los negocios con cualquier otro grupo o institución se encargaba Jaime.

Él era duro y siempre le encantaba exagerar su aspereza.

De los contactos y los compradores en Estados Unidos se encargaba Emiliano.

Había heredado la vena diplomática de la familia y sabía hacia dónde enfilar su hipocresía para sacar buen partido.

A mí me tocaba coordinar la parte científica.

No me interesaba la vida pública, ni estar en cenas o reuniones.

En realidad, en los últimos años, el único contacto humano que me interesaba realmente era el que servía para las investigaciones.

Grupos de control, personas en ambientes vigilados, cuando mucho, alumnos que hubieran demostrado su pericia e interés por la medicina.

Pero parte de mi trabajo también era llevar a la práctica las teorías de Nazarena, conversarlas con ella y eso —les había asegurado a mis primos— podía llegar a ser más molesto que tratar con clientes texanos o burócratas notables del gobierno de México.

Nazarena era una monserga. Pero era lo que me tocaba a mí.

Con esa distribución de tareas, habíamos logrado avanzar bien y sin contratiempos.

Asistir a una reunión con maleantes sudamericanos no me tocaba a mí.

—Emiliano cree que las negociaciones más delicadas le tocan a él —me dijo Jaime mientras caminábamos—, cuando, en realidad, si yo fracaso en una plática como esta, todo se viene abajo.

Y te digo algo: una cosa es someter a un neoyorquino que jamás ha conocido el clima tropical, y otra sentarse a conversar con sudacas bien curtidos.

—¿Tienes alguna táctica? —le pregunté y me volteó a ver con media sonrisa en la cara.

—Esto no es un laboratorio, Ricardo. Aquí no hay variables controladas ni se mide el margen de error.

Pero sí, tengo algo parecido a una táctica.

Emiliano me cuenta que con los gringos hay que ser duro desde un principio: son directos y no sienten vergüenza en pedir dinero o un producto determinado.

A diferencia de los mexicanos, que siempre gastamos energía en intentar ser amables, ellos van directo al grano.

—¿Y los argentinos?

—A eso iba. Los argentinos también son duros y tampoco les importa ser soeces.

Pero tienen una debilidad: se creen europeos.

Creen que son los corifeos del viejo continente.

Como si el clima no los hubiera corrompido ya.

Por eso tienen un ego desmedido que no es otra cosa que su miedo a que descubran que ya no son europeos.

A pesar del fastidio, me sentía seguro con Jaime.

En estas circunstancias, él sabía lo que hacía.

Las negociaciones complejas podía convertirlas en buenas noticias.

Me acogí a esa idea mientras caminábamos por el solar de la Condesa.

Las haciendas que se veían, el trazo de las calles y los dos parques tenían que ver con Jaime.

Él convenció al abuelo Lemontrip de que rescatara a la compañía que había fundado en 1902.

El abuelo ya estaba harto del país por la guerra.

Ya estaba planeando su viaje a Francia y vendiendo o delegando sus diversos negocios, pero de la Condesa no quería saber nada.

Jaime entonces lo persuadió para que hablara con el regente de la ciudad, un tal Herminio Pérez Abreu, mandara obtener los permisos y hacer la traza de calles y casas.

Los nuevos socios, con su nuevo dinero, los consiguió Jaime.

Cuando decidimos convencer a las familias conocidas para que dejaran de apoyar a la clínica de Campuzano, Jaime les propuso invertir ese dinero en la Condesa.

—Las técnicas de la clínica de Cuernavaca, lejos de ayudar, han terminado por ser bastante nocivas —recuerdo que les dijo—.

Cierto es que en un principio la apoyamos, pero como sucede con muchos proyectos, el ímpetu inicial se deslavó y ahora el lugar se ha vuelto refugio de charlatanes.

Como es una clínica donde los familiares les confían el futuro de sus enfermos, la situación se vuelve delicada.

Por lo mismo, ahora les presentamos un programa alterno en la futura colonia Condesa: tres clínicas con un personal que supera los añejos tratamientos del doctor Campuzano.