El Club Barba Azul El Club Barba Azul #59
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El Club Barba Azul #59

Rogelio no contestó de inmediato. Al fin levantó la vista de los diarios, pero no me volteó a ver: concentró su mirada en el ventanal de la cocina que daba al jardín con dos cipreses, a la barda con las enredaderas desordenadas y, del otro lado, a la calle que también comenzaba a despertarse.

—¿Te imaginas que haya sobrevivido a su propia vida para que algo malo le pasara justo cuando su vida está resuelta? Eso reventaría todas las estadísticas.

—Ángela no es una estadística y las vidas nunca están resueltas.

Los años habían caído en los hombros de Rogelio.

Lo habían hecho adelgazar, incluso disminuir de estatura, su ropa le quedaba grande y había tenido que cambiar la talla de sus cinturones.

Pero esos años habían aterrizado sobre todo en sus certezas.

A pesar de que siempre se apoyaba en el bastón de sus estudios, esa carga lo doblaba.

Por eso, ahora que necesitaba más certezas, las obtenía mandando a Primi a realizar encargos.

La atención que antes procuraba a sus pacientes no había disminuido.

El problema era que ya no tenía pacientes.

Entonces sus preocupaciones se centraban en la gente cercana.

En los que más quería. Con menos personas que cuidar, la atención a veces se convertía en obsesión.

—¿Y qué buscas en los diarios? —le pregunté cuando dejó de ver por el ventanal y se volvió a concentrar en la prensa.

—Noticias de alguna banda de secuestradores argentinos.

Por un momento pensé que ya había perdido la razón. Pero esa preocupación fue sustituida por otra que resultaba más acertada. Rogelio sabía algo que yo no.

—Ángela se fue a Puebla con un miembro de una banda de secuestradores.

—Argentinos —completé ya sin sorpresa.

—Sí.

No fue necesario que preguntara cómo lo sabía. Me lo dijo como si fuera lo más natural:

—Cuando mandé a don Primi a vigilarla me enteré. La vio salir varias veces con un argentino. Indagó un poco más y parece que ese argentino, en un principio, llegó a vivir a una casa de acogida que está relacionada con… sí una banda de secuestradores.

—Pero ¿Primi es nuestro mozo o es Sidney Reilly?

Dije lo último sin ánimo de provocar risa.

No sé si hubiera preferido que Rogelio estuviera rozando la demencia, que su cabeza hubiera urdido un plan macabro con estructura de laberinto.

Ahora me parecía que su reacción era demasiado tibia.

Ángela desaparecida con un secuestrador extranjero en Puebla.

—Rogelio, ¿por qué me dices esto hasta ahora? ¿Qué vamos a hacer?

—Pues vamos a ir a la policía. Y tendremos que ir con Espronceda: Ángela conoció al argentino en la Escuela de Medicina.

Que la policía pusiera diligente esmero en una desaparición me sonaba a extravagancia en medio de la guerra que estábamos viviendo.

Aquello iba a ser uno de esos casos en los que pesaría más el apellido que la justicia.

Recordé que Ángela ni siquiera tenía un apellido propiamente.

Después de un rato, era yo la que veía largamente por el ventanal.

Los cipreses, las enredaderas, la vida que siempre, de manera inevitable, se despierta.

Una lechuza

En cuanto nos pusieron las capuchas de tela y nos tiraron al piso perdí la noción del tiempo.

Por completo. Durante un rato largo, solo me pude concentrar en los saltos que el vehículo daba.

Mi cabeza, ahora que estaba sucediendo lo temido, decidió tranquilizarse.

La muy traicionera. Era como si la incertidumbre pesara más que el hecho.

Entonces, mi mente fue incapaz de producir alguna fantasía o elucubración al respecto.

El conductor y su acompañante no hablaron en todo el trayecto.

Si de ida a Tepeaca el viaje se me había hecho largo, a pesar de la buena conversación de Carlos, el regreso, en completo silencio, con la capucha en la cabeza, se volvió perpetuo.

No tenía idea de qué pasaría por la cabeza de Carlos.

Para Delfino y para mí, esa situación no era completamente ajena.

Carlos, tal vez, sería el más asustado de los tres.

En algún momento caí en una especie de somnolencia o incluso me dormí, no lo sé con exactitud porque la tela de la capucha era tan densa que lo mismo daba tener los ojos abiertos que cerrados.

Algún tiempo después, el exterior volvió a captar mi atención.

Comencé a escuchar los motores de otros autos y el cabalgar de los caballos.

Me obligué a aguzar los sentidos. Intenté adivinar por qué calles íbamos avanzando, a partir del movimiento del coche.

En algún momento supe que estábamos cerca de la cárcel de Lecumberri porque escuchaba la imparable vendimia que siempre estaba afuera.

El barullo me llegaba del lado izquierdo del coche.

Si avanzábamos en la misma dirección significaba que estábamos llegando al barrio del Palacio de Medicina. No me sorprendí.

Media hora más tarde —conté los segundos—, escuché que abrían una puerta.

El auto avanzó y la misma puerta se cerró detrás de nosotros.

Apagaron el motor. Abrieron las portezuelas de adelante.

Escuché una conversación lejana de la que solo entendí algunas palabras sueltas: “En la celda del fondo…”, “No se las quiten…”, “Está suave…”.

Abrieron al fin las puertas de nuestro compartimiento, y unas manos, que me parecieron inmensas, me tomaron por las muñecas.

Otras de la misma dimensión fueron por mis tobillos.

Me cargaron en volandas. Mi olfato me confirmó que estaba en la escuela: el formol lo inundaba todo.

Sin embargo, reconstruyendo la geografía del edificio en mi cabeza, no atiné a reconocer ninguno de los pasillos o escaleras por los que había pasado.

Después lo entendí: obviamente no estábamos pasando por la escuela, sino por su trastienda.

A pesar de que ya era de noche, todavía quedarían varios médicos estudiantes que, por más flemáticos que fueran, reaccionarían al ver a una mujer encapuchada cargada por dos gigantones.

Mi cabeza se volvió a ocupar, pero ahora en menesteres más útiles: seguramente habíamos entrado por el edificio de al lado.

El edificio que era de la familia de Genina.

El que daba a la zona prohibida que nunca pudimos conocer.

Entonces, ese espacio prohibido era más grande de lo que habíamos imaginado.

Como la envergadura del proyecto Barba Azul.

Pasé varias puertas y, al llegar a la última, escuché un sonido que no estaba en los espacios anteriores: era como una orquesta de sonidos velados.

Respiraciones de muchos pulmones, pero, sobre todo, ese eco que se hace cuando hay mucha gente que guarda silencio.

El lugar también se sentía más húmedo que los anteriores.

Escuché otra puerta que se abría con un chirrido metálico.

Me pusieron en el piso que estaba helado y, antes de irse, me ataron los tobillos y las manos detrás de la espalda.

Oí pasos que se alejaban. Nunca me quitaron la capucha.

Esta vez sí dormí, a pesar de las incomodidades.

Creo que lo hice por largo tiempo, pero sobre todo de manera muy profunda.

Desperté y el lugar en el que estaba se escuchaba más animado: voces que hablaban a media voz pero que eran constantes como si un ejército se estuviera transmitiendo un chisme demasiado largo.

Fue mi entrepierna mojada lo que me había despertado.

Era lógico. Intenté pensar como médico para sortear la humillación: tantas horas sin ir al baño, a cualquiera le hubiera pasado.

También sentía hambre, pero mi estómago había disminuido su tamaño por la tensión y el miedo.

Entonces, era un hambre pequeña. Lo que me estaba resultando imposible aguantar era la sed.

Mi saliva había pasado a ser espesa para luego desaparecer.

Abría la boca y cercioraba que cada vez era más difícil hacer ese simple movimiento.

También comenzaba a sentir un dolor de cabeza que no se iba.

Estaba teniendo todos los síntomas de la deshidratación.

Creo que pasé un día más en esas condiciones.

La novedad de los ruidos se volvió rutina, entonces caía en el sueño más fácil.

No grité. No pedí ayuda. El adiestramiento que tuve de niña me asistía en ese momento: callar, no llamar la atención, vivir hacia dentro, ignorar las señales de fuera para no sentir pánico.

Mi trance —creo que no se puede llamar de otra manera— fue interrumpido por el cercano ruido metálico de la reja.

Me puse tensa. Eran al menos dos personas.

Una me levantó para mantenerme sentada en el piso, pero con la espalda erguida.

Finalmente me quitaron la capucha. La luz de aquel lugar no era mucha así que apenas me deslumbró.

Sin embargo, todo lo distinguía en medio de la niebla que se crea cuando llevas más de 48 horas con los ojos tapados.

Mi torpe atención alcanzó a ver una mesa que tenía todas las características para ser quirúrgica.

No reparé en muchos detalles porque uno solo se robó mi atención: la plancha.

Era exactamente igual que las que había en la morgue.

Volví a ver el mármol pulido de siempre, pero esta vez el material cobró un significado diferente.

Ya sabía de dónde venía. Ya sabía lo que significaba: un negocio familiar menor que cubría otro mucho más grande y cruel.

No pude ver más. Ni siquiera pude reparar en mis captores.

La persona que tenía a mis espaldas me rodeó la cabeza con sus brazos para ponerme, otra vez sobre los ojos, una venda.

Se había ido la capucha, pero eso no significaba que me dejarían ver.

Luego me desamarró las manos, pero no para liberarme: las volvió a atar por delante.