El Club Barba Azul El Club Barba Azul #58
64%

El Club Barba Azul #58

—¿De qué sirve que nos gastemos cuidando el nombre de la familia si en tu cama lo conviertes en fluido vaginal? ¿No te bastó con tener una madre que se acostó con medio país? ¿Te quieres acostar con la otra mitad para superarla?

—Jaime, no seas así, sabes perfectamente que no soy la protagonista del mayor escándalo de esta familia.

—Ya, vamos a tranquilizarnos —dijo Ricardo tomando la investidura de médico—, si somos honestos, al parecer fue a la otra a quien se le ocurrió la idea.

—¿A quién? —pregunté.

—A la doctora que no es doctora.

—¿A la que aceptaste poner a trabajar justo al lado de nuestro proyecto? —le pregunté con toda intención.

—Me lo consultó —Jaime puso énfasis— y decidimos que lo mejor era tenerla cerca para vigilarla.

—¿Y que no le hiciera daño a nadie más? —dije con sarcasmo.

Sabía que no era por eso. Jaime se había obsesionado con ella.

No le bastó con persuadir a Andrea de aceptarla en su colegio, después de que se fue de ahí también convenció a Ricardo para que la mentada Ángela entrara en la Escuela de Medicina.

Lo que deberíamos haber hecho en ese punto era haberla confrontado.

Desaparecerla incluso. Pero Jaime y Ricardo creían que eso acarrearía muchos problemas con el orate de Campuzano quien, a pesar de sus métodos de embaucador, tenía un nombre que pesaba demasiado en el círculo médico.

—No entiendo qué tienen que ver la doctora que no es doctora y Carlos.

—¿Quién es Carlos? —preguntó Jaime con displicencia porque ya sabía la respuesta, pero esperaba a que dijera lo que finalmente dije:

—El argentino.

—Trabajan juntos y se hicieron amigos.

—Y seguramente ambos compartieron su curiosidad por el anfiteatro que está clausurado para ellos.

Una punzada me atravesó el mismo sitio en el que antes se había estacionado la agresión de Jaime.

La verdad es que hasta ese momento me planteé la posibilidad de que Carlos pudiera tener otro amorío.

Ella estaba muy por debajo de mi liga. Estaba embelesado conmigo.

Como buen argentino sabía que le atraía mi libertad, mi desparpajo.

La última vez que nos vimos, una vez saldada la cuestión de mi hija, admiró mi formación en Europa.

Yo sabía que todo argentino se cree más europeo que el rey de Inglaterra.

Pero ahora resultaba que no se podía estar quieto, ni siquiera teniendo a una mujer de mi talla, con mi apellido.

Y con la falsa doctora. Qué mal gusto. Qué falta de clase.

—Por eso se fueron juntos a Tepeaca —fue todo lo que atiné a decir.

—Y tuvo acceso a nuestro archivo —dijo Jaime.

—¡¿Qué?! ¿Cómo fue eso posible? —Me había levantado de mi asiento. Lo que sentía no era preocupación: era rabia. Saber que la noviecita de Carlos había fisgoneado en mi trabajo me sabía a una doble traición.

—Alguien no tuvo el suficiente cuidado. Olvidó una copia entre expedientes sin importancia.

—Y el descuido llegó hasta Tepeaca.

—Pero no hubiera sido problema si la falsa doctora no los hubiera encontrado.

—Y los encontró por tus puterías.

Estaba claro que ya habían decidido quién era la culpable de todo.

De que hubieran visto las entrañas del proyecto, de que su cercanía con la falsa doctora se les hubiese revertido para mal, de las pérdidas de la Compañía.

La culpa de todo la tenía mi putería. Así les resultaba más fácil.

Una sola responsable que los eximía de sus descuidos. Un sitio muy cómodo.

—Por fortuna nos avisaron pronto —dijo Jaime con aire de suficiencia. Estaba resolviéndolo todo, incluyendo las consecuencias de mi putería.

—Pero la doctora que no es doctora ya tiene una radiografía de nuestras actividades. ¿Qué van a hacer? ¿Matarla?

—No seas vulgar, Nazarena.

—No somos criminales.

—Conoce mi metodología —dije sin poder reprimir el dolor que provoca que te quiten a un hombre y te plagien un trabajo.

—Nuestra metodología.

—Mi metodología —reiteré, sintiendo ahora indignación.

—Nuestra metodología, Nazarena —otra vez Ricardo buscando el punto medio—; tú sentaste las bases, nosotros la perfeccionamos, la hemos llevado a la práctica y la hemos corregido.

—Acuérdate de que en un principio tú querías hacer las intervenciones quirúrgicas desde el principio y sin discriminación.

—Sigo pensando que era lo mejor. Como sea. ¿Qué van a hacer con ella?

—Vamos a coludirla.

—Desde varios frentes.

—Y no contentos con eso, después vamos a mandarla lejos.

—Pero lo principal es hacerla partícipe de esto. Que no pueda voltear hacia otro lado. Obligarla a ver. Que su firma la embarre. Que quede claro que vio y aceptó.

Mis primos no habían parado de inhalar cocaína.

Hacía unas semanas les habían traído de Estados Unidos su último juguete: un gasper .

A primera vista parecía una bomba de hule como la que compré para quitarle las mucosidades a mi hija.

La diferencia era que la bomba estaba conectada a un tubo de vidrio tan grueso como un popote.

El tubo se curvaba a la mitad y en la elipse tenía un orificio de salida.

“Llega directamente a los pulmones”, decía a manera de publicidad la caja.

“No irrita las fosas nasales”. Me resultaba curioso que Jaime y Ricardo se burlaran todo el tiempo de Campuzano.

Tejían sus bromas con desprecio para vestirlas como desdén.

Anciano. Orate. Histérico. Pero Campuzano había sido quien los había introducido en esa afición inamovible.

Los dos, siendo muy jóvenes, asistieron junto con mis tíos a una comida que el doctor celebró para convencerlos de su proyecto en Cuernavaca.

Y en la reunión intercambiaron aprobación por cocaína.

Tengo entendido que fueron mis primos los que convencieron a sus padres en medio del vigor de la sustancia.

Claro que no podían saber el daño que esa clínica terminaría haciendo.

Pasado el tiempo, Campuzano se volvió objeto de sus críticas —a veces mordaces, a veces enfurecidas— mientras inhalaban el químico que él les había presentado.

En un principio la consumían de vez en cuando, inyectada.

Pero después descubrieron —junto con varios consumidores más— las ventajas del polvo.

Luego adquirieron los artilugios que ahora ocupaban la mesa de centro: el gasper , un pequeño colador en forma de media esfera que estaba empotrado en un cubo de caoba y que servía para refinar la nieve , además de su colección de contendores de plata y oro que a cada tanto mandaban a hacer con las pequeñas cucharas que les hacían juego.

Muchas veces pensé que su afición se debía más a que les permitía seguir retozando con juguetes que a cualquier efecto que la cocaína les pudiera dar.

El problema era que el vigor que les entraba por la nariz muchas veces se transformaba en ira.

—¿Qué tanto sabe el argentino de tu hija? —me preguntó Jaime con el mismo tono de insulto.

—No va a decir nada —corté a Jaime antes de que volviera a aprovechar mi error para repetir su cólera—, ya lo hablé con él.

—Pero hablaste antes de que se fuera a Tepeaca, Nazarena. Antes de que se enterara más a fondo del proyecto Barba Azul.

Volví a sentir rabia. Era cierto. El escenario había cambiado. A Carlos y a la doctora que no era doctora les bastaría unir unos cuantos datos para relacionarme con el proyecto.

—De entrada, qué nombre tan ridículo le pusieron. Barba Azul . Una cosa es que estén con sus juguetitos de cocaína todo el día y otro bautizar un negocio de manera estúpida.

—Es elegante.

—Le da sentido.

—Además acuérdate de que ese personaje te sirvió incluso a ti para tener claro lo que queríamos.

—Solo anegados en ese polvo blanco en su cerebro se les pudo ocurrir semejante título.

No iba a ceder. Estaba harta de sus correcciones. Pero no me hicieron demasiado caso. Se voltearon a ver, se sonrieron y, en el colmo de la pantomima, chocaron sus vasos de ginebra.

Luisa

Rogelio no me había despertado con su típica tos de madrugada.

Dos hábitos eran constantes en su vida, o al menos desde que compartíamos el cuarto: madrugar y fumar.

No había reprimenda que lo hiciera cambiar y la lógica no aplicaba: aseguraba que madrugar era el mejor tónico para la salud, y que su tos nada tenía que ver con los cigarrillos.

Pero esa mañana no tosía. No se le escuchaba.

Pensé en el escenario más triste. Últimamente, me resultaba inevitable imaginar su ausencia ante cualquier cambio de rutina.

La rutina era importante para alguien de su edad: le daba seguridad, pero también era primordial para mí: los rastros de su día a día me aseguraban que todavía estaba ahí.

Que no me había dejado sola todavía. Cuando llegué hasta la cocina y lo vi revisando afanosamente los tres diarios que le llegaban cada mañana, pude volver a respirar sin el corsé de la angustia.

Pero Rogelio no estaba tranquilo. No se detenía en los encabezados más importantes, no le contestaba con media voz a la tinta que informaba de una noticia específica.

Estaba tan absorto en su búsqueda que incluso se había olvidado de toser.

—¿Qué buscas con tanto afán, Rogelio? —pregunté con la voz más neutra que me pude modular.

—Hace tres días que Ángela tendría que haber regresado de Puebla.

—¿No ha regresado?

—No. No ha regresado.

—¿Cómo lo sabes?

—Ayer mandé a don Primi a su casa. No estaba, y según la casera no había llegado aún.

—¿La estás espiando?

—No es espionaje, solo quiero saber si está bien.

Durante nuestra conversación de buenos días, Rogelio no levantó ni una vez la mirada de los periódicos. Seguía buscando.

—De entrada, Rogelio, nosotros no deberíamos saber ni siquiera que viajaba a Puebla. Ahí sí mandaste a Primi para ver a dónde iba.