El Club Barba Azul El Club Barba Azul #57
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El Club Barba Azul #57

—Vamos, vamos, Delfino —lo azuzaba Carlos— que es solo un coche.

“Con una mujer loca dentro”, concluí la frase en mi cabeza.

Me había imaginado a Delfino como un muchacho desgarbado.

No lo era: tenía la espalda muy ancha y las piernas mostraban sus músculos por debajo de su pantalón de manta.

Su tez morena le hacía brillar unos ojos también oscuros.

No los pude ver por mucho tiempo: en cuanto se sentó bajó la vista, apretó sus piernas como si quisiera ir al baño y puso sus manos en el regazo.

Sus manos tampoco eran pequeñas. Carlos fue a azuzar ahora al chofer.

Necesitaba que se apurara con las maletas para irnos.

Al fin subió, se sentó aparatosamente al lado de Delfino y soltó un suspiro que llenó el interior de aliento e incertidumbre.

Hasta ese momento parecía que tenía todo bajo control, pero con ese suspiro, me di cuenta de que seguía actuando.

El actor sin experiencia que había adquirido tablas, me dijo mi cerebro para provocarme más angustia.

No había garantía de seguridad, todo era actuación.

Mientras el chofer accionaba la manivela del coche, vi en la esquina de la plaza que dos hombres nos señalaban con el dedo, le decían algo a un tercero y este salía corriendo a algún lado.

Eso no era la función de cinematógrafo aliándose con mi percepción. Eso sí había pasado. Estaba segura.

Arrancamos y comencé a ver con algún alivio que las casas pasaban a nuestro lado.

En menos de cinco minutos ya estábamos afuera de Tepeaca.

El chofer no se detenía, pero manejaba con mucho cuidado esquivando a los caballos que se le ponían enfrente, incluso cuidándose de no acercarse mucho a los que parecían estar a una distancia prudente.

Esos rodeos nos retrasaban, pero pensé que era mejor a la posibilidad de un accidente que nos dejara varados.

Delfino era el más aterrado de los tres, pero no por la posibilidad de ser capturados: jamás había viajado a esa velocidad.

Lo veía agarrado del borde del asiento, aunque cada salto que el coche daba ponía sus manos arriba de la cabeza y con las palmas hacia el cielo, pensando que se podía pegar con el techo que estaba medio metro por encima de él.

En los documentos que había leído, nunca señalaban el destino final de los niños como Delfino.

Me parecía lógico: revelar el mercado para el que los preparaban contravenía la máxima de borrar todo rastro.

Cualquiera que fuera —las grandes ciudades del país, las casonas de campo en el sur de la ciudad de México o en Mérida—, esperaba que no hubiera muchos coches porque esos niños que sabían ordenar los cubiertos de plata por tamaño o utilizar un fonógrafo con delicadeza se transformaban en criaturas timoratas con los coches.

Prefería que mi cabeza se dedicara a esas reflexiones que a la paranoia. Pero la paranoia se concretó.

Carlos, que iba de espaldas a nuestro avance, de pronto palideció. Sin importarle el movimiento del auto, se incorporó y se asomó por la ventanilla que tenía a mis espaldas.

—Un coche —dijo—, nos viene siguiendo un coche.

Ahora pensé en Estudios Azteca, pensé en Enrique Rosas.

Recordé la película El automóvil gris que vi en medio de una oscuridad que resultaba reconfortante y que en ese momento extrañaba.

Sabía lo que estaba haciendo, pero no podía detenerme.

Lo mismo que hacía de niña: fugarme del presente convulso en fantasías y elucubraciones que ahora tenían la potencia de las proyecciones cinematográficas.

Presentí que lo siguiente sería lo mismo que en esa película: hombres armados que suben a su coche a personas secuestradas.

Que los amarran sin que el auto se detenga porque tienen la habilidad para hacerlo, porque lo han hecho demasiadas veces.

Luego nos dejarían atados a Carlos y a mí en un páramo donde nadie pudiera encontrarnos, y a Delfino lo llevarían de regreso al infierno que habían confeccionado con tanto detalle.

Pero la realidad no es como en el cine. Suele ser menos aparatosa pero más rotunda.

Todos nos dimos cuenta de que el chofer de nuestro auto comenzaba a bajar la velocidad.

De pronto entendí la precaución excesiva que tenía con los caballos que se le cruzaban en el camino.

Quería que el otro auto ganara tiempo. Cuando ya estaban prácticamente atrás de nosotros, el chofer se orilló y detuvo el motor.

Carlos me volteó a ver con los ojos muy abiertos, pero sin decir palabra.

Sabía que estábamos perdidos, que habíamos perdido.

Delfino nos miraba a los dos también sin decir nada, pero cuando el segundo coche se puso exactamente a nuestra altura, gritó y trató de escapar por la única ventanilla que estaba abierta.

Del auto vecino bajaron dos personas y lo agarraron justo cuando pudo sacar su cuerpo por aquel orificio.

—¿A dónde vas, indito? —alcancé a escuchar que le decían y luego se rieron.

Bastó esa frase para que Delfino no luchara más.

Yo también dejé de pelear. Mi mente, sin incertidumbre de futuros, teniendo claro lo que pasaba en el presente, se relajó.

Solo pude pensar que El automóvil gris era una película que exageraba las desgracias cuando las desgracias no necesitan de exageración.

—¿Qué hubo, Anselmo? —le dijeron a nuestro chofer.

—Nada, Montoya, aquí pescando.

—Eso. Vas tú adelante para que nosotros vigilemos por atrás, ¿no? Vaya a ser que algún pez se quiera salir.

—Listo.

—A este —y señaló a Delfino— nos los llevamos con nosotros. No sabes la chinga que nos pusieron cuando desapareció. Vamos a vengarnos tantito antes de llevarlo con sus rescatistas.

Todos se rieron.

—Está bueno.

—Y contigo se va a ir mi primo por si el argentino se te pone loco.

—Mejor, así quedamos entonces.

—Está suave.

No nos amarraron las manos. No fue necesario.

En cuanto se subió el matón con nosotros, le asestó un golpe en la boca del estómago a Carlos que lo dejó sin aire.

Nos enseñó su pistola y nos aventó unas capuchas.

Sabíamos qué debíamos hacer con ellas. Después, se despatarró en el asiento del coche con fastidio.

Antes de taparme la cara, Carlos y yo nos miramos.

Creo que más que miedo, resentíamos el fracaso.

Tal vez nuestra inocencia. La única sorpresa que me permití albergar fue cuando noté que no regresábamos a Tepeaca sino que avanzábamos, ahora sí a buena velocidad, hacia la ciudad de México.

TERCERA

PARTE

Nazarena

Acepté la invitación porque creí que la reunión sería para ajustar mecanismos de la Compañía.

Yo había inventado la metodología a seguir y desde entonces no me habían buscado.

Todos los meses de estudio en Europa aterrizaron en esos documentos que —me confesaron— sirvieron muy bien.

Pero desde el principio les advertí que, conforme los campamentos de niños comenzaran a funcionar, sería necesario hacer correcciones a partir de lo que sucediera.

Ellos necesitaban de mí: yo era la única que tenía los conocimientos teóricos para lograr el éxito.

Pero nunca me llamaron. Solo me arrebataron las ideas del adiestramiento y de vez en cuando me consultaban de manera poco profesional.

Un par de veces, incluso, me mandaron con un mozo las preguntas escritas.

Esta vez pensé que se habían topado con un problema grave —producido por su descuido y negativa en hacerme partícipe— y que ahora necesitaban mis respuestas.

Sin embargo, la reunión no tenía nada que ver con eso.

Cuando llegué me esperaban en la sala Ricardo y Jaime.

No estaban ni relajados ni amables. No me pedirían nada, me iban a reprochar todo.

Los saludos fueron distantes y mientras me sentaba no detuvieron su plática que paseaba entre las ganancias del tráfico de armas, cuánto capital tenían destinado para el nuevo proyecto y las remodelaciones que acababan de hacer al anfiteatro privado del Palacio de Medicina.

Los cabrones no me incluyeron ni siquiera en el tercer punto.

Yo había diseñado en papel ese anfiteatro.

Yo les indiqué cuáles artículos médicos comprar para higienizar a los niños de Tepeaca, yo les di el perfil del personal que debía estar ahí adentro.

¡Vaya! Hasta fue idea mía que una de las coordinadoras del anfiteatro fuera Andrea, a pesar de que su labor en Zapopan era estupenda.

Hasta que llegó mi trago se dignaron a prestarme atención. Como siempre, fue Jaime el que se lanzó sin sutilezas y al grano:

—Nazarena, pues una vez más tus puterías nos han puesto en jaque.

Su frase se me atoró entre el estómago y la garganta. Tuve que jalar más aire del normal para decirle:

—¡Oye! ¡No seas imbécil! ¿De qué me hablas?

—De tu amante argentino, de eso te hablamos —era típico que Jaime conversara por los demás.

—¿Sabes en dónde lo encontraron?

—En Tepeaca —completó Ricardo en un tono menos beligerante, casi triste.

Me quedé callada. Tenía que pensar lo que iba a decir. Necesitaba saber qué tanto sabían de Carlos. Le di un trago largo a mi vaso de brandy para que la agresión de Jaime saliera de mi pecho.

—Estuvo husmeando en el apartado de la Compañía e incluso intentó entrar al anfiteatro, por suerte no tuvo éxito —otra vez Ricardo que no soportó el incómodo silencio.

—¿Qué tanto le contaste entre cogida y cogida, Nazarena? —El tono de Jaime no bajaba un solo decibel en su rabia—. ¿Cuánto sabe?

—Pues sabe de mi hija —solté rápidamente. Era preferible hacer todas las confesiones de una vez. La rabia de Jaime no iba a disminuir, entonces era mejor incluir el mayor número de reproches en ese enojo.

—Bueno, tú sí estás pendeja.

—Ay, Nazarena.