El Club Barba Azul El Club Barba Azul #56
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El Club Barba Azul #56

Delfino aprovechó eso, pasó de largo a Luisito y se acercó hasta la palizada.

Revisó la marca que había dejado días atrás a la vista, una muesca por encima del fango que le indicaba dónde estaban los maderos cortados por debajo.

Sin pensarlo más, se sumergió en el lodo.

Tuvo que regresar a la superficie: el lodo era muy denso y avanzar se complicaba.

Al salir tuvo que expulsar de sus fosas nasales el lodo y no veía nada.

Lo intentó nuevamente, pero esta vez tomó más aire y no soltó los bordes de los palos serrados.

Se impulsó con todas las fuerzas que sus brazos le permitieron, y apenas sintió que había traspasado la barrera, se levantó.

En ese movimiento se astilló la espalda, pero le importó muy poco: ya estaba del otro lado.

Escupió lodo, y se limpió la cara con dificultad porque sus manos también estaban llenas del barro.

Lo primero que vio, a medias, fue la mitad del rostro de Luisito que se asomaba por una hendidura entre la palizada, y que hasta ese momento había entendido todo.

—¡Llévame! ¡Llévame contigo! —me gritó, sin importarle que todos estuvieran dormidos.

Delfino supo que los despertaría, entonces se alejó con el lodo en las piernas, pero Luisito le gritaba cada vez más fuerte y con mayor desesperación.

Le pidió que se callara porque si no los iban a descubrir a ambos.

Vio cómo Luisito se hundía abajo del fango para intentar escapar igual que él, pero de inmediato volvía a la superficie sofocándose.

No tenía ni la fuerza ni la pericia. Pero lo intentaba una y otra vez.

Al final ya no pudo hundirse más. Dejó de gritar, pero lloraba y le volvía a pedir que lo llevara con él sin convicción.

Delfino, que ya solo tenía el barro a la altura de las espinillas, escuchó el redoble de varias pisadas lejanas que se iban acercando cada vez más.

Entonces le mintió al niño. Le dijo que regresaría por él, pero que se callara y que no le dijera nada a los capataces.

Le aseguró una y otra vez que iba a regresar.

Cuando ya sintió que sus pies estaban sobre suelo firme, se dio media vuelta y comenzó a correr.

Alcanzó a escuchar que los capataces llegaban, y decían algo que a la distancia ya no pudo distinguir.

Delfino sabía que no podía regresar a su casa. No supo qué hacer y empezó a vagar. Luego me encontró.

—Pero, Delfino ¿qué vas a hacer? No podés quedarte vagando por acá. ¿Alguna vez has salido de Tepeaca?

Su mirada no solo contestó, sino que me indagaba como si le hubiera preguntado un disparate.

—Pues ahora te vas a ir… conmigo.

Sabía que era una locura. Estaba convencido de que Ángela me iba a matar.

Pero me parecía imposible hacerlo de otra manera.

Era inmoral hacerlo de otro modo. Delfino volvió a levantar la barrera de la suspicacia.

No era para menos: todo cambio que había hecho iba de mal en peor.

Pero no le di tiempo de nada. Me paré y le dije:

—Agarrá tu morral, nos vamos.

No sé si él también tenía la sumisión en la médula, pero me siguió a pesar de sus dudas.

Pensé que hacía mucho tiempo que no me salían bien los planes.

Había llegado a México para secuestrar muchachas y ahora lo que me llevaba era un niño, escuálido y asustado.

Y encima, tampoco era muy hábil para lograr esa empresa.

Fue inevitable reírme. Delfino me miró casi asustado, pero no preguntó nada.

En camino

Jamás había empacado tan mal unas maletas.

Descubrí que la prisa ocupa mucho espacio y tuve que sentarme en mi petaca para que cerraran las cremalleras.

Conforme corría de un lado a otro, mi cabeza se sintonizaba a la misma velocidad.

Mi mente se convirtió en un cinema cuya programación estaba hecha de los peores escenarios.

En los intermedios pensaba con la misma celeridad cosas completamente inútiles: cuánta resistencia tendrían los cierres de mi maleta, si cuando conociera a Delfino me daría cuenta de que podía tener demasiada malicia.

Ansiedad inútil alimentada por la angustia real de salir corriendo de Tepeaca.

Carlos me había dicho que, a pesar de la discreción de su huida, varios de los habitantes al costado del camino habían reparado en él y Delfino.

Y con toda seguridad más de uno sabría que Delfino estaba huyendo, de la mina, de la escuela, de donde fuera, pero no importaba: ahí la Compañía lo controlaba todo.

Era la dueña de todo. Mi mente me decía que para ese momento alguien ya habría hablado.

Que con toda probabilidad los capataces que habían estado buscando a Delfino en los últimos días, finalmente habrían respirado aliviados de saber su paradero, y así evitar el riesgo de perder todas las inversiones que la Compañía había gastado.

Salí del cuarto cargando mis tres bultos, además de la bolsa de mano.

Estaba sudando y tenía la respiración agitada, pero al llegar al mostrador de la casa de huéspedes, se volvió a imponer mi actuación.

Hasta ese momento pensé más detenidamente en la mujer que se había hecho cargo de mi hospedaje: qué edad tendría, si tendría familia, si acaso estaba relacionada con la Compañía.

Mi cabeza no me daba tregua: me estaba proponiendo una realidad alterna como si con la auténtica no fuera suficiente.

—¿Pasó algo malo, señorita? —me preguntó la mujer ante mi evidente desazón.

—Problemas en casa, debo salir lo más pronto posible.

—Qué lástima —me dijo con una mueca extraña en la cara— ya nos estábamos acostumbrando a su presencia.

¿Quiénes se estaban acostumbrando? ¿Se estaba burlando?

Afuera me esperaba Carlos con sus propias maletas y su propia ansiedad.

—Delfino ya está a dos cuadras de donde está el coche —me dijo sin verme porque su mirada revisaba cada uno de los rincones de Tepeaca.

—Carlos, ¿qué vamos a hacer con un menor?

—Ahora, salir de acá. Cada metro que nos acerquemos a la ciudad de México nos dará claridad.

Avanzamos con un paso ligero que era entorpecido por la cantidad de maletas que cada uno llevaba. Cuando pasamos enfrente de la lonchería, la dependienta salió a la calle y nos dijo a bocajarro:

—¿Ya tan pronto? —su cara era de sorna. La Compañía sabía que estábamos aquí, y quienes éramos, me dijo mi mente.

La Compañía se lo comunicó a todos los habitantes, todos están coludidos.

Mi cabeza me hizo ver con detenimiento a las personas con las que nos cruzábamos.

Veía sonrisas burlonas en unos, enojo contenido en otros.

Al doblar una esquina, me sobresalté porque había un hombre apostado.

Mi percepción tradujo su inmovilidad en ataque, como si el que viniera a toda velocidad hacia nosotros fuera él y no lo contrario.

Tuve que detenerme. Estaba temblando. Carlos avanzó unos metros más hasta que se dio cuenta de que iba solo.

Dejó las maletas en el piso y regresó por mí.

—Doctora, tenemos que seguir. El tiempo que ganemos, por mínimo que sea, va a hacer…

—¡Ángela! —le dije. Mi nombre había salido brusco y seco, como si fuera un eructo.

—¿Pero qué decís?

—¡Ángela! Soy Ángela, no doctora. No soy doctora. Dime Ángela, Carlos.

Carlos no se entretuvo en dialécticas:

—Ángela, andando mujer, vamos a llegar, vamos a estar bien.

Mi cerebro se debatía entre la aseveración sin fundamento que Carlos me decía y las trampas de la angustia. Pero volví a caminar.

Cuando vi el auto que nos sacaría de ahí, me entró una esperanza que terminó por debilitarme, como si mi cuerpo decidiera que ya habíamos llegado a la meta.

Carlos avanzó más rápido, le dio las maletas al chofer y de nueva cuenta regresó por mí.

Cargó mis maletas y avanzó. Sin el peso extra, mis piernas otra vez se activaron.

Entré al auto. Era un Dodge Brothers Sedán.

Cuatro puertas. Me sabía los modelos de coches de motor porque me intrigaron desde que salí de la clínica.

Eran la representación más palpable de la sorpresa que el mundo exterior me causó.

Agradecí que fuera ese modelo porque su interior era espacioso.

Me senté, saqué un pañuelo de mi bolsa, y al levantar la cara para secarme el sudor que tenía debajo de la barbilla, volví a gritar.

Nadie me escuchó: el chofer estaba metiendo las maletas en la cajuela y Carlos había ido hasta la esquina por Delfino.

Mi imaginación se estaba superando para darme turbaciones: había visto a un hombre con una capucha de cuero negro que le cubría toda la cabeza.

Lo había visto doblar la esquina y acercarse hasta donde yo estaba.

Cuando estaba a punto de salir del auto para correr, vi mejor.

Solo se trataba de un hombre con sombrero de hongo que le proyectaba una sombra uniforme en la cara.

No tenía capucha. ¿De dónde había sacado esa demencial imagen?

Mi cabeza ahora pasaba a toda velocidad los ficheros de mi memoria.

Se detuvo en un recuerdo concreto: El tren fantasma .

Sebastián me había invitado a ver la película algunos meses atrás.

Las secuencias de persecución cuando raptan a Elena me habían impactado.

La pelea sobre la locomotora, la muerte de Elena con un tiro.

Era la primera vez —recordé— que me quedaba absorta en algo que no fueran los libros.

Sin embargo, el inicio de la película, cuando El Rubí asalta la caja de la cervecería oculto tras su capucha me había impresionado aún más.

Y aquel sobresalto junto con otras malas experiencias de mi pasado se estaban alineando justo en ese momento como si fueran planetas con un capricho concreto: hacerme sentir mal.

—¡Ya, Ángela! Recomponte, por favor —me dije en voz muy alta justo cuando Carlos y Delfino abrían la puerta del coche para entrar.

Delfino se detuvo asustado. Le vi la intención de salirse.