El Club Barba Azul El Club Barba Azul #55
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El Club Barba Azul #55

La mancha de fango había crecido con el paso del tiempo.

Sin un dique que lo contuviera, cada vez que lo regaban iba ablandando la tierra del perímetro y la contagiaban de humedad.

El inmundo pantano entonces había llegado hasta la palizada, y ahí fue donde Delfino puso su espalda para tener mayor soporte y descansar.

Sabía que iba a pasar la noche entera en ese sitio y se armó de paciencia.

Se dio cuenta de que debía vencer sobre todo la incomodidad.

El sueño atacaba una y otra vez, y con el cuerpo lánguido, la mitad superior caía al lodo.

Entonces, con las manos sumergidas, se agarró de los palos de madera para mantenerse erguido.

La separación entre los troncos no permitía que por ahí escapara nadie, pero sí podía deslizar sus dedos para sujetarse.

Luego, después de un rato, comenzó a sentir la textura de la tosca madera.

Un dedo empezó a juguetear con el palo y se dio cuenta de que la corteza se desprendía con mucha facilidad por la humedad que había penetrado en ella.

Probó con otro madero y pasaba lo mismo.

Con mucha discreción, giró para ver que el charco ya había traspasado la palizada, como si alguien la hubiera construido en medio de esa ciénaga.

Se agachó hasta casi quedar sentado —si se hubiera sentado del todo, el lodo le habría cubierto la cara—, y sintió que algunos de los palos ya no estaban enterrados en nada firme.

La rigidez había cedido a la filtración y los palos se sostenían solamente porque estaban amarrados unos con otros.

Intentó una maniobra más, primero con un palo, luego con otro, y no fue sino hasta el tercero que se quebró en su parte más baja.

Con discreción, sacó el fragmento que había quebrado para ver su extensión.

Lo hizo hasta que los guardias ya estaban visiblemente adormilados.

El pedazo de tronco era de unos buenos 15 centímetros.

Albergó un plan con aliento de esperanza: si podía romper varios palos seguidos, y con el pie escarbar el fondo del lodazal para que este fuera más profundo, en algún momento podría sumergirse y salir del otro lado.

Lo intentó de inmediato, pero se dio cuenta de que no era una tarea de una sola noche.

Entonces fue cuando comenzó a portarse mal.

A pesar de que las sorpresas —todas desagradables— eran la única constante, Delfino se percató de que el método no aplicaba para los castigos.

Generalmente al chiquero estaban destinados los que no hacían bien una labor de limpieza, y en especial cuando el fallo se cometía por la tarde, de esa manera los castigados pasaban la noche ahí adentro.

Y eso era lo que Delfino buscaba. No siempre logró el resultado esperado: en vez de lodo, recibía palizas o la vejación pública.

Sin embargo, a la cuarta vez que lo destinaron al pantano, supo que el trabajo estaba terminado: había logrado mermar en su base cinco palos y, con el pie, escarbar la tierra firme por debajo.

Su método se había perfeccionado. Encontró la manera de cargar con una piedra afilada en uno de sus cantos, y usarla a manera de serrucho para que los troncos más firmes cedieran.

El problema fue que cuando supo que ya podría pasar por el hueco, el amanecer le indicó que el castigo había terminado.

Tendría que esperar a la próxima condena.

En los siguientes días recibió dos castigos inocuos y a la tercera jornada llegaron los médicos para el chequeo rutinario.

Dieron malas noticias: a Delfino le habían picado los mosquitos con tal saña que presentaba un cuadro avanzado de dengue.

Las encías le sangraban a cada tanto —Delfino creía que era producto de las caídas que tenía cuando lo golpeaban—, tenía fiebre —Delfino estaba seguro de que se debía a las noches que pasaba fuera—, y su debilidad iba en aumento —Delfino estaba convencido de que se trataba por lo poco que comían—.

Los médicos recetaron reposo absoluto durante una semana.

Lo que en otras circunstancias hubiera sido un respiro, se convirtió en angustia.

Con ese cuadro clínico, ¿cuánto tiempo pasaría hasta que lo volvieran a castigar en el chiquero?

Tal vez nunca. ¿Y si otro niño daba con el hueco y se aprovechaba de su trabajo?

Tuvo que observar el nuevo ritmo para descubrir ventajas.

Vio al menos dos: en su precario estado, la vigilancia era mínima.

Confiaban en que la fiebre y la debilidad fueran los mejores guardias, y algo de razón tenían: hacia la tarde, Delfino se sentía completamente abatido.

Víctima del dengue y de la decepción por un trabajo bien hecho, pero sin provecho.

La otra ventaja era que podía ir al baño cuantas veces necesitara.

En una situación normal, esas excursiones estaban sometidas a escrutinios molestos y vergonzosos.

Las tres casetas de madera que se encontraban atrás de los dormitorios no tenían puerta, solo se utilizaban para defecar y en un horario fijo, dos veces por día.

Si la necesidad apremiaba, uno la pasaba mal y rezaba por que llegara pronto la hora convenida.

Pero la enfermedad de Delfino desconocía protocolos, y aunque lo intentaron en un principio, resultó imposible.

La segunda vez que cambiaron las sábanas de su cama, decidieron que tenía libre acceso a los baños. Día y noche.

El plan entonces estaba claro. El momento no tanto: Delfino no se sentía con la fuerza suficiente para hacer la hazaña, pero temía que, si esperaba demasiado para reponerse, sus privilegios de enfermo terminarían.

Al segundo día, determinó que la cuarta noche era la indicada.

Su decisión se parecía más a un volado que a una proyección razonada, pero tal vez lo que necesitaba era un momento concreto para armarse de valor.

El día previo a la fuga no se reprimió en vómitos y defecaciones.

Hacia la tarde, incluso se metió los dedos en la garganta hasta sentir la náusea que salió líquida y manchó, una vez más, su cama.

Los capataces lo regañaron y vio en su cara un trazo de frustración porque tenían indicaciones de no tocarlo.

Los médicos señalaron que, en esas condiciones, los golpes usuales podían resultar perniciosos.

Mantuvo esa rutina hasta que llegó la noche.

El plan era simple: que los guardias nocturnos no sospecharan nada cuando en la penumbra pidiera de nueva cuenta ir al baño.

En un momento, notó que el silencio era generalizado.

No solo los niños sino buena parte de los vigilantes y las monjas estaban dormidos o a punto de estarlo.

Tuvo que despertar al capataz que lo vigilaba.

Era el mismo que había estado en la tarde, así que no le sorprendió su pedido.

Por suerte ya llevaba algunos minutos dormido.

En medio de su comodina somnolencia no se le ocurrió acompañarlo.

Salió con lentitud, fingiendo más debilidad de la que tenía, para tener más tiempo y revisar la posibilidad de que hubiera otros guardias.

No los había: los baños no se podían usar en la noche bajo ninguna circunstancia.

Las veces que un niño despertaba con la cama mojada era aprovechado por los capataces para iniciar la mañana con actos de humillación como desayuno.

Delfino se sentó en el tablón que tenía un tosco hueco en medio y volvió a vigilar.

Por primera vez agradeció la ausencia de puertas.

Todo estaba igual: en silencio y sin movimiento.

Sin esperar más para no tentar la curiosidad de su guardia, se levantó y caminó con el torso doblado hasta el chiquero.

Solo había un castigado. Tras el dictamen médico, las monjas habían evitado utilizar ese castigo: eran más las molestias que los provechos.

El problema era que se trataba de Luisito.

Cuando lo vio, el niño sonrió ignorando todas las circunstancias.

Pero Luisito cambió de inmediato su alegría porque supo que algo estaba mal.

Delfino no estaba castigado, pero se encontraba en el patíbulo del escarmiento.

Se metió sin importarle el frío o el asco.

Luisito lo vio con mayor sorpresa y Delfino tuvo que hacer algo que le desagradó muchísimo: lo miró imitando el gesto de los capataces, se puso un dedo sobre los labios en señal de silencio e incluso dio un par de amenazantes pasos anegados hasta donde estaba el más chico.

Delfino supo qué pasaba por la cabeza del niño que no superaba los cinco años: que iba a ser violado.

La supervisión de las monjas no era omnipresente y los resquicios de control eran aprovechados por algunos capataces para hacer lo que querían, aunque no formara parte del programa.

El niño no gritó, probablemente ya tenía engarzada la sumisión en su médula.

Sus ojos, me dijo Delfino, se cerraron y comenzó a llorar, pero muy bajito mientras recogía los brazos y ponía sus manos en puño sobre el pecho.

También había agachado su cabeza. También temblaba.

También pensaba en cualquier otra cosa mientras el trago amargo pasara.