El Club Barba Azul #54
Delfino sacó lo que quedaba del tamal y lo devoró.
Me di cuenta de que había estado aguantando el hambre mientras contestaba a mis preguntas.
Me volvió a invadir la vergüenza. Aún faltaba más de una hora para que comenzara la ronda que los capataces hacían cada día por las cercanías de la escuela , pero después de lo escuchado pensé que ya era suficiente por ese día.
Me despedí de Delfino y le pregunté con toda sinceridad:
—¿Quieres que nos veamos mañana?
—Claro que sí —me respondió sin dudar, casi asustado.
Pensé aliviado que tal vez lo que estaba haciendo era una especie de ayuda psicoanalítica, tal vez me creyera su amigo. Pero me di cuenta de que no tenía nada que ver con eso cuando completó:
—Si no nos vemos, señor, ¿qué voy a comer mañana?
Resignación
La siguiente mañana desayuné sola. Carlos se había ido temprano para seguir su entrevista seccionada con el muchacho.
Sin conversarlo, creo que ambos sentíamos responsabilidad por el futuro de Delfino.
Vivía en un limbo construido entre la escuela y su casa, penaba ahí sin poder llegar a ninguno de los dos lugares.
Cuando Carlos me explicó su situación por quinta o sexta ocasión, creí ver en su mirada una resolución concreta: no lo iba a dejar ahí.
Era incapaz de exprimirle toda la información que necesitábamos para después darle las gracias, otro pedazo de pan y abandonarlo.
Sabíamos que era cuestión de tiempo para que pasara del limbo al infierno.
El archivo había pasado a un segundo plano.
Los papeles y la historia eran importantes, pero no tanto como Delfino.
Carlos se había marchado antes de que el sol saliera.
Yo me tomé mi tiempo. A veces creía que las pocas mañanas con modorra eran el único sitio en el que mi cabeza se sentía a gusto.
Tanto, que la intensidad de los pensamientos disminuía.
A media mañana llegué al archivo. No pude entrar.
En el resquicio de la puerta ya estaba sacando de mi bolsa un carmín para la encargada, organizando en mi cabeza los datos que le iba a recetar y también pensando que mi maquillaje había sufrido una merma considerable por el bien de la nación, cuando escuché la voz de Carlos a mis espaldas.
—Ángela, tenemos que irnos.
—¿Por qué? —le pregunté, aunque en realidad ya sabía la respuesta.
—Delfino. Se viene con nosotros.
—¿Dónde está?
—Y, lo escondí en mi cuarto, pero creo que fue un error: los administradores no se quedaron contentos, creo que saben de dónde viene.
—Pero ¿por qué lo metiste a tu cuarto?
—¿Dónde lo podía dejar si no?
No dije más. Mi cabeza se empeñó en analizar eventos alternos, fuera de contexto.
Pensé que podría armar una especie de informe sucinto pero nutrido con lo que ya había leído para hacer llegar a alguna autoridad.
No sabía todavía a quién, pero pensaba pedirle ayuda —otra vez— al doctor Campuzano.
Sin embargo, en ese momento no sabía que nada de eso ocurriría y que pasaría un buen rato hasta que pudiera ver otra cara amiga que no fuera la de Carlos.
Diario de un seductor 9
Aquel día llegué varios minutos antes de la hora acordada.
Quería ver si había otros prófugos como Delfino.
Ya conocía el terreno mejor y me quedaba claro que los guardias hacían rondas esporádicas que aumentaban su frecuencia hacia el atardecer.
Desde un peñasco que me servía de atalaya, me volví a maravillar con el espectáculo de la mina.
Parecía un error de la naturaleza: rocas inmensas cortadas como si fueran un pastel.
Las vetas negras del mármol gris corrían en diagonal y en algunas partes se veían tonalidades más blancas, pero con transiciones tan sutiles que parecían planeadas.
Cómo era posible que una voluntad que lograba esa belleza pudiera también idear las monstruosidades que Delfino me contaba.
Quedaba claro que la Compañía no reparaba en esas contradicciones.
Su moral era una sola que creían inequívoca: hacer dinero sin importar la manera en que se obtenía.
No importaba si era con la belleza o con el padecimiento ajeno.
Ahí no existía amor por el proceso minero, solo posibilidades lucrativas.
Lo que hacían con los niños los dejaría dormir sin problema porque tampoco se involucraban sentimentalmente.
El fin justifica los medios, rezaba el lugar común al que se ceñían sin asomo de duda.
—Se ve bonito desde acá, ¿no? —la voz de Delfino me hizo saltar a pesar de que salió como un susurro—. Pero allá abajo el trabajo es duro. El polvo del mármol se mete a los pulmones, hace toser todo el tiempo, el sol calienta la piedra y si se tocan las superficies lisas, la mano se quema.
—¿Llegaste a trabajar en la mina? —le pregunté.
—No. Mi papá me contaba. Luego lo despidieron y empezó a beber. Corrieron a casi todos. El trabajo era muy duro, pero era lo que tenían. Tuvo mala suerte: fue de los primeros que corrieron.
—Creo que no tiene nada que ver con la suerte —le dije convencido.
Delfino me contó que comenzó a estudiar el funcionamiento de la guardia, el ritmo de los castigos y los motivos más recurrentes.
No era para evitarlos: quería que lo castigaran lo más posible.
Se dio cuenta de que uno de los castigos ejemplares era pasar la noche en el chiquero que había visto el día de su llegada.
Bajo el único árbol que había en ese campo de concentración, había un lodazal al que alimentaban a cada tanto con chorros de agua.
En los momentos libres, los niños evitaban ese sitio a toda costa: los mosquitos formaban nubes encima de la tierra húmeda.
Además, ahí siempre había al menos un niño hundido hasta las rodillas o la cintura, llorando.
Los guardias tampoco se acercaban mucho al chiquero y esa era la primera ventaja.
A decir de Delfino, aquellos moscos sabían lo que hacían.
Tenían la humedad necesaria y no requerían buscar sangre en otras partes: a cada rato les servían el festín que significaba el cuerpo de los críos.
Los castigados primero se manoteaban las partes expuestas del cuerpo, luego se sumergían hasta el cuello para sortear los ataques, algunos se embarraban los brazos y la cara con el fango prefiriendo el hedor a la comezón.
Sin embargo, el resultado era siempre el mismo: al salir del chiquero, los brazos, cuello y cara mostraban grandes ronchas rojas.
Las noches siguientes al castigo, muchos niños dormían cubiertos con las sábanas hasta la cara porque sus oídos no dejaban de escuchar el zumbido fantasma de aquellos moscos.
La primera vez que lo castigaron de esa manera fue por no haber querido lavar las letrinas. Se había negado porque dos días atrás la comida que les habían dado estaba descompuesta.
—No fue a propósito —me aseguró—: fue un accidente. Las madres y los capataces no querían que enfermáramos. Unos médicos nos revisaban una vez por semana para que no estuviéramos escuálidos. Fue un accidente.
Pero ese accidente provocó que más de 10 niños tuvieran diarrea durante tres días, hasta que los médicos llegaron de urgencia y recetaron pastillas para cortar las necias evacuaciones.
Aquellos que no realizaron sus tareas de manera dócil y satisfactoria a pesar del malestar, debían limpiar los baños después del festival escatológico.
Delfino lo intentó, pero no pudo. Las arcadas se volvieron vómito y ensuciaron los pocos espacios que ya había limpiado.
A las siete de la noche dos capataces los agarraron y sin que sus pies pudieran tocar el suelo —se sentía tremendamente débil por la diarrea— lo llevaron hasta el chiquero y ahí lo aventaron.
No era el único, tres niños ya estaban ahí.
Uno llorando, otro dándose palmadas en el cuello, en los brazos, y el tercero hundido hasta el pecho para poder descansar las rodillas y evitar los piquetes.
Delfino imitó al último. Ninguno hablaba a pesar de que los capataces se habían apostado muy lejos, en el cobijo que daba el cobertizo de una de las barracas.
El temor que sentían era más largo que la distancia que había entre ellos y los capataces.
Conforme se fue sumergiendo en el lodo, supo que tendría que aguantar un olor que, más que fétido, era de un dulzor que provocaba náuseas.
Entonces avanzó con cautela hasta la empalizada para estar en la orilla y tragar un aire más fresco.