El Club Barba Azul El Club Barba Azul #53
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El Club Barba Azul #53

—Pero no era solamente eso —siguió, tratando de encontrar las palabras correctas.

—¿Cómo sentarse? ¿Cómo servir a la gente rica?

Cuando dije eso último, noté algo parecido a un brillo en sus ojos.

—Más o menos. Sí era eso, pero también era servir no nada más como criado.

A tropezones me dijo que le hablaban mucho de moral y de lo que Dios quería para ellos.

Les decían una y otra vez lo afortunados que eran por haber sido elegidos.

Luego les enseñaban pinturas “de Diego Rivera, de Orozco”.

Esto último me lo indicó Delfino sin equivocarse o dudar en los nombres.

Hacían énfasis en las figuras que aparecían pintadas.

No como en una clase de anatomía, sino señalando que los cuerpos también eran un regalo de Dios que tenía que ser compartido.

Que no eran de su propiedad realmente. Mientras tanto, no paraban de hacer calistenia, ejercicios vigorizantes y de resistencia todas las mañanas antes del desayuno.

Los capataces los amenazaban si se detenían o les gritaban para que saltaran más alto, corrieran más tiempo, hicieran flexiones más rápido.

Les decían que cuanto más se esforzaran, sus cuerpos se parecerían más a los de las pinturas.

Y eso, pensaban todos, los salvaría. Aquellos que tenían más músculos y resistían los ejercicios más extenuantes eran puestos como ejemplo.

Si se parecían a las pinturas, les pegaban menos. Se volvían los mejores alumnos.

Su grupo tardó más de un mes en tomar clases con los maestros rurales.

Al principio, cada vez que los demás niños iban a esas lecciones, ellos eran entrenados a conciencia: cómo debían comportarse con los maestros, cómo debían contestar y qué cosas guardarse solo para ellos, que era prácticamente todo.

Las jornadas les parecían interminables.

Las noches eran fracturadas por una o dos incursiones violentas.

Las noches eran de los capataces. Las noches eran exámenes barbáricos con castigos ejemplares.

Las noches eran pesadillas telegráficas que les trastocaban todo el día.

Vivían con sueño, pero también vivían con pánico.

Sin importar su cansancio o la somnolencia, después de haber saltado, trotado o haber hecho sentadillas, siempre les exigían alguna actividad minuciosa: vérselas con la cristalería, medir objetos pequeños y sumar el total o colocar un disco con una canción en específico.

Sus manos temblaban y la paciencia se peleaba con el sueño y el cansancio.

Delfino me contó que siempre le iba mal en la tarea del disco.

Los capataces pedían una canción que estaba en medio del disco y que duraba muy poco.

Entonces, con la penumbra había que adivinar las líneas gruesas que separaban una canción de otra en la superficie redonda.

A veces agachar la cabeza para que los ojos estuvieran a la altura de las líneas ayudaba, pero lo que no ayudaba eran los golpes.

—A cada tanto y bajo cualquier pretexto nos pegaban —me dijo—, y si me inclinaba me pegaban atrás.

—En las nalgas.

—No, en las nalgas no se siente tanto, nos pegaban justo arriba, y aunque uno quisiera controlarse, el cuerpo saltaba solito. Es que en la noche no usaban los fuetes.

—¿Con qué les pegaban entonces?

—Con tablas. Unas tablas así de largas (unos 40 centímetros) y así de anchas (unos 10 centímetros).

Entonces nos retorcíamos del dolor. Los más chicos dejaban lo que estaban haciendo y se retorcían en el piso mucho tiempo tratando de agarrarse la espalda, pero también tenían que taparse, porque los capataces, cuando los veían en el piso, se iban sobre ellos y los paleaban donde cayera.

Eso sí, nunca les pegaban ni en la cabeza ni en la cara, pero con los golpes del cuerpo era suficiente.

Al principio, Luisito siempre se desmayaba.

Y luego de hacer esas pruebas llegaba lo peor.

Los concursos. Los formaban en fila con las piyamas sudadas y llenas de tierra, con los brazos que no se querían levantar ni para tocarse los moretones ni para reconocer una fisonomía modificada por las inflamaciones.

Respondían mecánicamente. Cuando ya estaban en línea, uno de los capataces llegaba con dos monjas.

Siempre eran distintas, nunca se repetían dos noches seguidas.

Les gritaban que se quitaran los pantalones y los calzones, todavía uno encontraba fuerza en el pudor y no lo hacía, entonces recibía una nueva lluvia de madera.

Les decían que eso que les colgaba entre las piernas no estaba hecho para su placer ni para su uso, que no era de ellos, que era un instrumento para poner al servicio de quienes les dijeran.

Luego decían que iban a ver quién lo tenía más chico, y los capataces se hincaban y los revisaban uno por uno sin tocarlos.

Se reían mucho, me decía Delfino, se burlaban del color y de la forma, volvían a hacer llorar a varios.

Finalmente decretaban a un ganador y a un perdedor.

Les decían que era una lástima que no pudieran ejercitar ese aparato para hacerlo mejor, y volvían a reírse.

A pesar de que sus miembros no cambiaban noche tras noche, el perdedor nunca era el mismo.

Una madrugada perdía el que lo tuviera más corto, otra el que lo tuviera menos ancho, otro el que tuviera los testículos más abajo, o más arriba.

Los criterios se trastocaban para que todos se subieran al carrusel de la humillación.

Y el perdedor de la noche recibía 10 golpes a punta de tabla en las piernas mientras trataba de mantenerse en pie.

Era imposible no retorcerse y tratar de evitar los golpes metiendo las nalgas, y justo en ese momento, el guardia que sostenía por los brazos al perdedor, le asestaba un rodillazo en medio de las piernas y lo soltaba para que terminara de retorcerse en el piso, muchas veces imposibilitados de retener sus esfínteres.

Pero el ganador no lo pasaba mejor, y Delfino lo sabía porque el tiempo que vivió ese mal sueño ganó dos veces.

Al declararse la victoria, fue conducido a una especie de bodega que tenían todas las barracas en la parte de atrás.

Mientras al resto se le permitía finalmente ir a dormir —o al menos a intentarlo—, el ganador iba con dos capataces y dos monjas a ese espacio confinado.

Caminaban solo con la camisa y lo poco que el faldón podía cubrir hacia abajo.

El pantalón de la pijama se mantenía enrollado a la altura de los tobillos y no dejaban ni subírselo ni quitárselo para poder caminar con mayor facilidad.

Una vez adentro, las monjas se sentaban y, como si fueran doctoras, le examinaban una y otra vez el miembro a Delfino.

Y hablaban de él como si fuera un objeto ajeno a su cuerpo, como si no perteneciera a nadie y se tratara de una roca curiosa que alguien había rescatado de la mina.

—Si sabes que esto no está mal, ¿verdad? —le preguntaban con insistencia.

—Ya sabes que el gobierno ha aceptado la educación sexual y que esto es por tu bien, ¿no?

—En todas las nuevas escuelas les están enseñando lo mismo.

—Además, nosotras entendemos que todas las creaciones humanas son creaciones de Dios, y están ahí para el servicio y no para el placer personal.

Delfino me dio a entender que, para ese momento, ya se encontraba asqueado y fastidiado de su miembro.

Jamás algo le había provocado tanta vergüenza, tanto dolor, tantos problemas.

Quería que simplemente desapareciera. Sin embargo, estos sentimientos no evitaron que una vez, mientras los capataces y las monjas lo auscultaban, tuviera una ligera erección.

Entonces saltó uno de los hombres y le hundió la rodilla en la ingle.

Ganar era mucho peor que perder: más humillación para terminar en el mismo sitio.

Algunas veces los capataces y las monjas se descuidaban y hablaban de más.

Era como si Delfino no estuviera ahí o solo fuera un mueble.

Se enteró que había un campamento similar en Jalisco, que era nuevo y que era solo de niñas.

Lo supo porque tres de los capataces iban a ser intercambiados.

“Resultaron más rejegas que estos”, alcanzó a escuchar.

“Ni los suaves pudieron con ellas”. “Yo sí voy, pero que nos dejen hacer las cosas a nuestra manera”, siguió escuchando Delfino.

“Pero parece que no se permite gozarlas”.

“¡Señores, por favor: lenguaje!”, amonestó una de las religiosas sin quitar los ojos de la inspección que estaba haciéndole a Delfino.

“Pues es que es la única manera para que entiendan su lugar”, dijo más bajo el mismo capataz.

Delfino se sintió desamparado. Pensar que su campamento fuera el único que existía le daba cierto consuelo: podría escapar e irse lejos, estar a salvo.

Pero si por todos lados había campamentos iguales, iba a ser más fácil que lo encontraran.

—Por eso estoy aquí detenido, y no puedo irme ni a mi casa —terminó.

Esto último lo escuché a medias. Me había quedado estancado en mi asombro.

Otro campamento para niñas en Jalisco. La teoría que la doctora Ángela estaba leyendo ya se estaba convirtiendo en práctica.

¿Cuántos había? Mi seguridad no estaba en riesgo como la de Delfino, pero de igual manera sentí miedo.

Aquello era más grande que lo que dos personas podíamos hacer para pararlo.

Peor aún: el riesgo que estábamos corriendo era claramente mayor al que imaginábamos.

Luego pensé que yo tampoco podía regresar a mi casa.

En Argentina me esperaban los hermanos Vitela.

No sabía cuál de los dos desenlaces podía ser peor.