El Club Barba Azul #52
La prensa cambiaba y se atrevía a contar eventos que antes eran vulgares.
Pero no era lo único que estaba cambiando.
En la sección de provincia, algunos periódicos le daban seguimiento a las mujeres de Yucatán que comenzaban a aparecer en la vida pública y política.
Diez años atrás ya se había hecho un congreso al que llamaban feminista en la península.
Hacía menos de cuatro años, las mismas organizadoras llevaron una delegación a Baltimore para discutir en otro congreso la pertinencia del voto de las mujeres.
Lo que había empezado como un capricho se iba formalizando.
El año anterior, también en Yucatán, se fundó la Liga Feminista del estado, la cual logró la primera diputada local: Elvia Carrillo Puerto.
Todas sabíamos qué había pasado después: Carrillo Puerto tuvo que renunciar al puesto por las amenazas de muerte que recibió.
Y nada de eso aparecía en las secciones policiacas.
De eso no se sacaba ninguna conclusión moral.
Ahí más bien se utilizaba otra fórmula: la descalificación continua de las bigotonas que pedían el voto.
Sin embargo, creía que entre las notas sangrientas y las noticias de provincia había una relación posible.
¿Era muy descabellado suponer que en plena efervescencia del “capricho” sobre el voto de las mujeres, las notas policiales hicieran énfasis en las mujeres adúlteras, vampiresas, autoviudas?
Tendría que ahondar más en esta idea, pero creía que cualquier reto a la normalidad era tildado de peligroso.
Y entonces aparecían los temores en las plumas de los reporteros hacia las mujeres poco sumisas, la homosexualidad o el alcoholismo.
La moralidad más vigilante insistía en darnos un baño de sangre en la prensa. En darnos macabras lecciones.
Frente a esta realidad que saturaba, el Mal de Werther se volvía casi un descanso.
La muerte del señor Avellaneda en la funeraria, con sus familiares, con sus amigos, todos vestidos de traje y enjugándose la humedad con pañuelos Drake’s o Benne, con fotos del ataúd de cedro bossé y rodeado por flores de las dependencias francesas en la ciudad, con los —falsos— motivos de su partida, también rodeando el ataúd, tan arraigados en el romanticismo alemán, que nada tenían que ver con pulquerías, barberías o prostíbulos nacionales, todo eso era un respiro.
El señor Avellaneda fue enterrado a un costado del cementerio como lo había pedido en su última carta.
La familia compró una parcela pequeña a un precio exorbitante porque era parte del jardín de otra familia rica, vecina del Panteón Francés.
Dentro del precio estipulado se incluía el trabajo de modificar la barda de la casa para aislar el terreno donde yacerían los restos del señor Avellaneda.
Un panteón para una sola persona. Hasta ese acto se había vuelto un carnaval churrigueresco con su familia.
Y ahí quedaba enterrada la compleja persona que tuvo que vivir escondiéndose de su homosexualismo, de su depresión, de su alcoholismo, de su homicidio, de las causas reales de su inmolación.
Ni siquiera en la muerte pudo dejar de ser algo que no era.
Diario de un seductor 8
Delfino estaba agazapado en la misma postura que lo encontré la vez primera. Y también ese día moría de hambre.
—¿Qué sueles comer, Delfino?
—Lo que usted me trae —contestó rápidamente antes de llevarse a la boca el tamal que le había llevado.
Durante el trayecto nació una preocupación que comenzó a zumbarme dentro de la cabeza: que el tamal perdiera su consistencia.
Que con la caminata, la masa se arruinara.
Cuando se lo di a Delfino, me di cuenta de que era una ridiculez.
Si la masa estuviera pisoteada y flotando en un charco, Delfino se lo hubiera comido de igual forma.
Así de disparejas estaban nuestras condiciones.
También le había llevado agua de jamaica y atole, además de unas galletas que había comprado en un estanco de la ciudad. Pero Delfino solamente se ocupó del tamal, el resto lo guardó en el morral.
El primer día dentro del campamento —me contó— estuvieron encerrados en un dormitorio. Había 10 camas y ellos eran solo cinco. Les asignaron una a cada uno, buscando la mayor distancia entre ellos.
—No querían que fuéramos amigos —sentenció Delfino con conocimiento de causa.
Al principio no pudieron recostarse en ninguna.
No se los prohibieron, pero cada media hora entraban los capataces y sin razón alguna los golpeaban con los fuetes que ya les parecían una temible extensión de sus manos.
Estaban todo el tiempo en alerta. Espiando la puerta para reaccionar ante el menor movimiento.
Resultaba imposible acostarse o relajarse.
No permitían distracción alguna. No hablaban, apenas se veían unos a otros.
La rutina cambió pasado el mediodía. Con toda probabilidad los capataces fueron a comer porque hubo una pausa.
Después asistieron sin demora a la primera tunda de la tarde.
Una hora después, la puerta se volvió a abrir, los lloriqueos y temblores ya sucedían de manera automática con el chirriar de la puerta.
Ahí fue cuando Luisito tomó por costumbre correr hacia Delfino cada vez que se escuchaban ruidos.
Era peor: los capataces lo separaban con fuetazos más recios.
Al principio Delfino lo trató de proteger, luego supo que era peor.
Cada vez que Luisito lo abrazaba, él se quedaba parado sin moverse, como si fuera de palo.
Cuando la puerta del dormitorio se abrió por cuarta vez esa tarde, y todos estaban listos para taparse las partes del cuerpo que más dolían con los golpes, hubo un cambio.
Quienes entraron fueron las madres. No hubo portazo, los gritos se convirtieron en silencio.
Se acercaron con sus hábitos hasta el suelo, las manos sosteniendo sus rosarios y las caras mostrando un atónito asombro.
—¡Ay, hijitos!, miren lo que les hicieron.
—Esas no son maneras de tratarlos.
—¿Pues qué hicieron?
No eran las religiosas que conocían. Durante algún tiempo los niños no se movieron de su lugar, pero cuando les enseñaron la comida, se fueron acercando, venciendo el miedo que había entrado a fuerza de rutina.
Después de comer, me contó Delfino, les pidieron con buenos modos que todos rezaran.
Se hincaron y repitieron las letanías que habían aprendido apenas unos días antes. Luisito lloraba, pero en silencio.
En esta parte del relato, me quedé pensando. Yo estaba haciendo algo parecido con Delfino: intercambiar comida por información. Él conocía bastante bien el trato. Estaba acostumbrado. Me sentí miserable.
Así fue durante dos días. Golpizas aunque no hubieran hecho nada y luego consuelo, tranquilidad, comida y rezos. Pero cada vez que se abría la puerta, los niños no sabían quién iba a entrar. El dolor o la comida. Era para volverse loco. Recordé de inmediato al Barba Azul explicado por Ángela.
El tercer día por la mañana no se presentaron los capataces.
A la hora de la comida los dejaron salir.
El sol, me contó Delfino, les quemaba los ojos y todos se sentían nerviosos por abandonar su refugio que, aunque hubiera azotes continuos, era conocido.
Cualquier novedad, lo sabían, solo significaría algo peor.
Los llevaron al comedor, un galpón dos veces más grande que los dormitorios con mesas largas franqueadas por bancos igual de largos.
Adentro ya estaban comiendo unos 15 niños.
Delfino y los suyos fueron los últimos en llegar.
Se le asignó un espacio a cada uno, de nueva cuenta estaban separados.
A pesar del número de niños, reinaba el silencio.
Comieron picadillo, arroz y frijoles. Poco antes de terminar el último plato, el silencio se quebró.
Una especie de pelea sucedió entre dos niños.
Los capataces que vigilaban corrieron hasta ellos.
Delfino no podía ver. Imitó al resto de los prisioneros: la curiosidad solo les movía los ojos, mantenían la cara fija en sus platos.
Escuchó cinco fuetazos —ya reconocía bien ese sonido— y luego un golpe seco, tal vez el lomo de un niño azotado en el piso.
Luego escuchó los gritos desesperados del chico.
Tendría que haberle ardido en la garganta porque los gritos fueron tantos y tan fuertes que su voz terminó ronca.
Luego se escuchaban como gárgaras porque el niño gritaba lo mismo que lloraba.
Al final, todo sonido fue callado por un sofoco.
Arriesgándose, Delfino alcanzó a ver de reojo que el capataz le hundía al niño una rodilla en el estómago y ahí la dejaba.
Se escuchaba que el niño trataba de jalar aire sin conseguirlo.
Al final se lo llevaron a rastras porque se había desmayado.
El resto de los presentes volvió a comer sin pausa.
Ya estaban acostumbrados a esos asaltos.
Peor aún: estaban resignados. El nuevo grupo fue el primero en levantarse.
Así lo ordenaron los capataces. Ellos reaccionaron sin importar si habían terminado o no su comida.
Fueron entonces a su primera clase. Delfino me dijo que las clases de las monjas —que duraban casi todo el día— eran más bien como un entrenamiento.
Lo que ahí aprendían sí tenía que ver con religión, pero también les enseñaban… Delfino no sabía cómo explicarlo.
—¿A hacer tareas como limpiar o trabajar? —le pregunté tratando de ayudarlo.
—No nada más eso. Sí nos enseñaban cosas de las casas… ricas. Nos enseñaron la diferencia entre los distintos cubiertos, todas las copas que había y cuáles eran para vino y cuáles para whiskey o para cognac.
Me quedé viéndolo. Que Delfino hablara de esos licores parecía una extravagancia. Como si alguien me contara sobre el trabajo de ortopedia que había hecho en los tentáculos de un marciano.