El Club Barba Azul #51
También hemos hecho nuestra a la santa guerrera de Zapopan, una especie de madre severa que recompensa cuando el niño hace lo que se le pide, pero que también es capaz de elaborar cruentos castigos.
De la misma manera hay que reforzar el ideal de belleza según los muralistas mexicanos.
Ahí aparecen los indios ausentes de inmundicia y de vicios.
Son un ideal que se parece mucho a la prístina elaboración con la que se hacen a los santos, pero desde un punto de vista laico.
Esas exaltaciones deben ser imitadas por los niños una y otra vez.
Recordé lo que había visto en Zapopan con Andrea y su séquito.
Cuando caminaban por la calle sintiéndose la reencarnación de las santas guerreras.
El alcance de esta idea. Otra vez pude constatar esa crueldad que ignora el sufrimiento ajeno.
La justificación para hacer daño. Resultaba inevitable: todo lo leído me recordaba a la muerte de mi madre.
Los momentos en que era destazada mientras la aleccionaban.
Mientras le explicaban que su dolor era por el bien de todos, aunque fuera ella la única que padeciera el martirio.
Poco importaba si se hacía en el nombre de la ciencia, la religión o los negocios, eso era un retruécano usado por el sadismo, por las personas poco empáticas que no les interesa el sufrimiento de otros si a ellos les provoca placer. O ganancia.
Cada párrafo leído me llevaba a ideas poco prácticas para vengar a los niños.
También me hacía pensar en los sitios de donde habían sacado los métodos de tortura.
Los murales, la santidad, la humillación.
Los diseñadores de la Compañía habían encontrado denominadores en común para martirizar a los niños de Tepeaca.
Así era siempre: el cliente nunca tiene la razón.
Hay que sacarle la mayor cantidad de dinero.
No es por el bien de los hijos: es usarlos como si fueran mascotas.
No es para entender la naturaleza humana: es para desfogar los instintos más brutales.
No es una política bien pensada: es la construcción de la egolatría.
No es una guerra por Cristo: es la sujeción del poder.
La eterna obsesión por imponer al otro lo que yo pienso, por someterlo y que haga lo que pienso.
El caso de mi madre y el de estos niños eran la misma alquimia llevada al extremo.
Al salir del archivo, el dolor de cabeza arreció.
Ya me había movido con cierta soltura entre los legajos y los papeles.
De vez en cuando reiteraba mi actuación con la encargada, pero estaba segura de que no significaría mayor problema.
Con todo propósito puse los volúmenes que había revisado en medio de otros que no tenían nada que ver.
Los oculté por si acaso; en sus amplias horas de ocio, la encargada quería ver lo que había revisado.
Tenía la firme intención de trabajar un poco más en el cuarto del hotel para adelantar con esquemas y cuadros la información que había recopilado.
Pero mi cabeza tenía otros planes. Los días previos pedí que me instalaran un escritorio.
Sobre la superficie, se apilaban los libros que había llevado y mis notas.
Debía tener un estricto orden porque la extensión del mueble era diminuta.
Esa tarde noté que los papeles estaban movidos.
La paranoia apareció solícita, como el carácter servicial de los niños que la Compañía llamaba sujetos o individuos .
Revisé con nerviosismo el resto de mis pertenencias.
Todo estaba en orden. No faltaba nada. Concluí que el movimiento se debía a la señora del aseo quien de manera diligente había levantado lo que había visto en el escritorio para limpiarlo de mejor manera.
No tenía fuerzas para seguir pensando lo que ocurría en Tepeaca, entonces decidí trabajar en mi proyecto alternativo.
(Notas de Ángela de Lizardi basadas en el caso del señor Avellaneda)
IV
El suicidio del señor Avellaneda fue lanzado como primoroso espectáculo.
Fue el único momento en el que no se ocultó su nombre.
Un fragmento de verdad que daba carpetazo a una existencia tortuosa.
Que el escándalo de su muerte opacara toda una vida inmoral.
“Fue el Mal de Werther”, declaró la familia.
Una mentira que en los últimos meses se había usado con otros suicidios, y que a la familia le venía a la perfección.
El Mal de Werther tenía su encanto. Goethe no tenía la culpa.
Había creado un personaje enamorado de una mujer que no le hace caso y termina casándose con otro.
Entonces no encuentra mejor solución a su padecimiento que pegarse un balazo.
Pero Werther era solo un personaje, no un diagnóstico.
Aun así, el diálogo entre lectores depresivos y especialistas afirmaba que muchos de los suicidios de principios del siglo XX no eran otra cosa que la actuación —llevada a sus últimas consecuencias— de ese personaje.
Eran capaces de reducir la alta tasa de suicidios de los últimos años a una obsesión literaria.
Una vez más, la necedad de ignorar los motivos de la depresión, del alcoholismo, negar la naturaleza homosexual.
Incluso después de su muerte, el pobre señor Avellaneda no pudo escapar de la simplificación de sus padecimientos.
La familia hizo pública una carta. Los diarios la reprodujeron parcialmente.
Se hablaba del gran aburrimiento, el hastío y de no encontrarle sentido a la vida.
Según la carta, el señor Avellaneda pedía ser enterrado fuera del cementerio familiar.
“No quiero deshonrar el nombre de la familia con mi suicidio” era su excusa.
Nada decía del asesinato de su madre o de sus visitas a lupanares.
La carta tenía el mismo tono que la actuación de mi expaciente.
La muerte convertida en pomposa distinción.
De esta manera, me enteré también por los diarios, mucha gente asistió para dar el pésame a una familia que había vivido una desgracia que nada tenía que ver con sangre corrupta. La prostitución de la muerte, también.
Pero los días que gasté revisando los diarios, algo me resultaba aún más perturbador: la muerte del señor Avellaneda era elegante comparada con el resto de las noticias de su tipo.
En específico las secciones de crímenes.
Leí solo por morbo “Tragedia pasional: ella le quita la vida a él”.
La historia de una mujer que quedó embarazada de su novio quien la abandonó y ella resuelve matarlo.
Tal vez me encontraba sintonizada con las investigaciones del señor Avellaneda, y por eso no pude evitar fijarme en ciertas descripciones.
La nota se regodeaba en detalles que atizaban el malestar de los involucrados —para regocijo de los lectores—, pero también definían paradigmas morales.
De la asesina se resaltaban los rasgos indígenas: los ojos negros, la ceja poblada, la boca regular y los labios gruesos.
La víctima —que la embarazó y abandonó— “se trataba de un buen muchacho, trabajador y amante de su casa, cariñosísimo con su madre y de costumbres morigeradas”.
Su único pecado, haber cometido “un error masculino”.
Era un nuevo periodismo que mostraba el laberinto de violencia, excesos y soledades que siempre había existido.
Como si las aguas de un lago, en una temporada especialmente seca, hubieran dejado al descubierto una roca inmensa que antes solo parecía una pequeña cresta.
Yo conocía aquellos sótanos. Y siempre me había avergonzado de eso.
De haberlos conocido. De reconocer variaciones en gritos que iban del placer al dolor.
Del capricho de las sustancias que, cuando se las quiere para alegrar, entristecen; cuando se las quiere para tranquilizar, alteran; cuando se las quieren para despertar, duermen.
Conocía la potencia de los cuerpos desnudos.
Desvanecidos, sin ropas, sintonizándose con la momentánea locura de la mente.
Al ver exhibidas en la prensa las fotos de acuchillados, baleados, de prostitutas y clientes, era como si alguien hubiera fisgoneado en mi intimidad.
Como si esa realidad fuera mía, de nadie más, y ahora me estuvieran exponiendo.
Las notas que acompañaban la muerte del señor Avellaneda insistían en sus preceptos morales.
Comenzaron a aparecer las autoviudas : mujeres engañadas por sus esposos a quienes mataban.
Si eran de “buena familia” podían librar el castigo como el caso de María Teresa Landa, nuestra primera Miss México, que asesinó a su marido y que, en los juicios, su belleza fue la prueba más contundente para declararla inocente.
Si otras mujeres con menos belleza hacían lo mismo, los tribunales, la prensa y la opinión pública eran menos indulgentes.
A esas las bautizaban en tinta como vampiresas.
Ahí estaba Rafaela Nava, “enamorada perdidamente de un sujeto honrado y trabajador, la mala mujer, al ver que aquél la despreciaba, lo hirió con una daga envenenada. Amor no; celos tampoco; solo un instinto perverso y cruel pudo guiar a una mujer a cometer horroroso crimen, despechada por un cumplido trabajador”, sentenciaba El Universal Gráfico .