El Club Barba Azul El Club Barba Azul #50
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El Club Barba Azul #50

La dependienta entró y yo la seguí detrás sin esperar invitación. Con mi borbotón de palabrería.

—Luego el labial se consideró de mal gusto. Solo para las prostitutas —bajé la voz y le regalé una sonrisa pícara. Ella ya estaba sacando cuadernos y lápices de su gaveta.

—Sin embargo, se volvió a poner de moda cuando, en 1912, Elizabeth Arden repartió labiales en las marchas de sufragistas en Nueva York. Toma: un poco de historia para tus labios.

En los últimos segundos, la encargada había dejado de hacer cualquier actividad solo para verme. La incógnita seguía ahí. El azoro por ver a una mujer no del todo equilibrada, aunque digna de cierta simpatía.

—¿Por qué sabes todos estos datos?

—Porque me gusta mucho revisar archivos. Como el tuyo.

Minutos después ya estaba retomando mi lectura del día anterior. Atrás quedaba la alegre palabrería. Llegaba de nuevo una realidad que no aceptaba sonrisas.

INFORME DE LA COMPAÑÍA LEMONTRIP. SEGUNDA FASE.

Una vez asegurados los niños a la Compañía, viene un periodo de adaptación.

Los niños aprenderán labores básicas buscando que se civilicen.

Hemos encontrado casos graves. No saben comer con cubiertos, no conocen el agua corriente y defecan al aire libre.

Este proceso busca eliminar esos salvajismos.

No se recomienda aplicar aún los métodos punitivos.

Lo deseable es que los individuos acepten estos cambios con agrado.

Son productos que deben tener el mejor de los terminados, de otra manera no encontrarán espacio en el mercado.

Deben conservar cierto grado de rusticidad, pero sin interferir en su rendimiento.

Deben provocar curiosidad, pero nunca repulsión, de la misma manera que el arte del muralismo lo ha hecho en los Estados Unidos.

Una vez que la familia haya accedido a la transacción, el niño no regresará a su casa.

A la familia se le dirá que el niño estará en buenas manos.

Que lo conveniente es no estar en contacto con él para que no extrañe y se pueda realizar material y espiritualmente sin el peso de la nostalgia.

Luego, hay que hacer algunas visitas a la familia porque resultaría muy sospechosa la abrupta descortesía.

En la segunda sección del campamento estarán los capataces.

De los antiguos vigilantes de la mina hemos seleccionado a un grupo de 15.

Es gente que en su momento fue traída por la Compañía de otros lugares para evitar compadrazgos que propiciaran holgazanerías.

De esta manera, han llegado a conocer la región sin simpatizar con los habitantes.

Siempre han sido vistos como intermediarios entre los dueños y los empleados.

Se eligió a los más enérgicos, que no fueran aficionados al alcohol.

También se buscó que no fueran tímidos al momento de aplicar correctivos, incluso que mostraran alguna inclinación francamente sádica que les permitiera deleitarse en su trabajo y alejarlos de cualquier tipo de remordimiento.

La preparación debe ser rotunda pero equilibrada.

No pueden dañar la mercancía, pero deben hacerles entender cómo será su nueva vida.

El trabajo más sutil lo harán las religiosas.

Los capataces son solo el músculo. Los niños deben temer más a las instructoras que a los capataces, deben estar convencidos de que son ellas las que tienen el auténtico control.

Y ellas han de utilizar ese poder para lograr la culpa y la vergüenza que los lleven a la resignación.

CULPA

Siguiendo los preceptos católicos, es necesario inculcar en los niños la idea de que son grandes pecadores.

No solo el llamado “pecado original” o aquellos basados en los 10 mandamientos.

Como se verá, muchos de los “nuevos pecados” serán opuestos a los primeros para lograr los propósitos de la empresa.

Deben seleccionarse los fallos familiares: el alcoholismo del padre, el abandono de la madre, los palos recibidos y los dados a sus hermanos.

Las religiosas deben señalar que el culpable de esos accidentes son el niño y sus pecados.

También es importante que estas acusaciones sucedan en presencia de los demás infantes.

Hay que imitar el método de las instituciones que curan la demencia por cocaína en Estados Unidos.

El individuo debe ser colocado al centro de un círculo formado por los demás niños.

Intercalados estarán los capataces quienes deberán disminuir su presencia amenazante, mezclándose entre aquellos que vigilan.

Con esta disposición, se le bajan después los pantalones al niño en turno hasta los tobillos, no hay que quitárselos por completo ni tampoco quitarle la camisa.

Así, su aspecto no se acercará al de la autonomía, sino a la vergüenza y al ridículo.

Los espectadores deben estar sentados y el individuo parado.

Las madres entonces cuentan a los espectadores los problemas de la familia del sujeto, ignorando al que está enfrente.

Cada problema debe ser exagerado y tratado como si en el resto de las familias no sucediera algo parecido.

Al evitar el contexto, el individuo sentirá que los problemas dentro de su familia son únicos y la sensación de apocamiento se arraigará.

La falta de comida se debía a su holgazanería.

El padre se volvió alcohólico por su culpa.

La madre se fue porque no soportaba ver cómo crecía su hijo lleno de defectos.

Al hermano menor lo golpeaban porque en realidad él era un peso demasiado grave para la familia.

Los capataces deben reaccionar de manera jocosa frente a las carencias señaladas.

Los comentarios mordaces ayudan. “Cómo se iba a quedar si le salió un hijo con boca de cerdo”.

“Cómo no le iban a pegar a su hermano, si a este resulta imposible acercársele”.

“Cómo no iba a beber si este tiene la misma inteligencia que un leño”.

Hasta cierto punto deben comportarse como niños para lograr una reacción similar en los auténticos infantes: que también se rían del que está enfrente.

Si se encuentra resistencia en el resto de los niños a celebrar la exposición del individuo, los capataces deben entrar en contacto físico con los espectadores: un codazo en medio de una carcajada, una palmada en la espalda.

Si no es por simpatía, buscarán por temor celebrar lo mismo que celebran sus superiores.

Estas reuniones no deben ser muy recurrentes ni tampoco tener un horario fijo.

La rutina solo logrará que los niños estén mentalmente preparados, y el efecto buscado se diluirá.

De la misma manera, deben celebrarse reuniones más íntimas: dos religiosas abordarán al niño en un espacio donde no haya nadie más, para dar esperanza al niño en un sentido: que, si se pone en las manos de Dios obedeciendo de diligente manera, podrán finalmente ser unas criaturas piadosas.

VERGÜENZA

Nos hemos dado cuenta de que toda sexualidad permanece en el ámbito privado.

Los hombres no presumen conquistas o encuentros amorosos.

La religión suele ser el moderador más eficaz.

Esto no quiere decir que los actos sexuales no sucedan, pero la reserva pública es férrea.

Es necesario entonces alentarlos a deshacerse de esa cobardía sexual, pero siempre en aras del perdón.

La constante exposición de su cuerpo es fundamental.

Eso ayuda a perder la vergüenza ante lo oculto.

Pero la desnudez debe estar relacionada con el castigo: quedar exhibidos enfrente de otros.

No como un acto de liberación. Las religiosas tendrán que hacer hincapié en que de la misma manera que un perro o una rata son incapaces de sentir pudor por estar sin ropa, ellos tampoco deben tenerla.

Su voluntad humana debe ser eliminada: sus deseos, sus miedos, sus ascos, su resistencia.

Deben ser lo más parecido a un animal amaestrado, dispuesto a vivir para complacer.

Y es en este proceso donde entra la “nueva religión”.

Deben estar listos para realizar cualquier actividad (de servicio, de limpieza, sexual) para sus nuevos dueños.

Que lleguen sin capacidad de rebeldía por mínima que sea.

Se debe “practicar” esa obediencia con las religiosas.

Los capataces no sirven para este propósito: el terror que los niños sienten por ellos los obligará a hacer cualquier tipo de servicio y una vez que se sepan fuera de peligro, se pueden negar.

Cada una de las tareas que las religiosas exijan deben ser ofrecidas al Santo Niño Médico y a la Santa de Zamora.

El Santo Niño debe verse como un amigo que ya ha superado los padecimientos.

Todo sacrificio, toda vergüenza fue aceptada por el Santo Niño y fue él quien firmó originalmente un contrato de esclavitud con la Santa de Zamora.

El contrato cambia los padecimientos espirituales y físicos por la salud, siempre y cuando el niño obedezca.

Hemos elaborado una plegaria que desde la primera generación de niños se ha rezado para que arraigue en su conciencia y los ayude a volverse material dispuesto:

¡Oh Divino niño! Tú que abates todos los malestares, al ver los innumerables azares que me rodean y las afecciones de mi cuerpo y alma, quisiste ser mi Jesús, es decir, mi vigor.

¡Gracias, Jesús mío! Concédeme, te ruego, la fortaleza de cuerpo y alma a fin de que salga avante en la obra de mi salvación, a pesar de todos los males que son culpa de mis pecados…

Desde los primeros grupos de control, la letanía se volvió el refugio de muchos niños. La recitaban para darse ánimos frente a una tarea o para soportar castigos ejemplares.