El Club Barba Azul #49
Esos primeros días tuvo que aprender muchas cosas: agarrar un lápiz, escribir las primeras letras, sostener un libro, leer las primeras letras, tender la cama, ir al baño en excusados, conocer los lavabos y regaderas que se alimentaban de unos tinacos que la Compañía había instalado.
Lavar los baños con distintos cepillos, barrer pisos que no eran de tierra, limpiar los vidrios de las ventanas, caminar con zapatos y no con huaraches, lavarse los dientes con otro cepillo más chico y no con tortillas quemadas, coser botones, limpiarse las uñas y peinarse con agua.
Comer con cuchara, cuchillos y tenedores, cerrando la boca, no eructar, reírse tapándose también la boca, escuchar música de un tocadiscos, usar el tocadiscos —por el que siempre se peleaban para hacerlo trabajar—, usar papel de baño y servilletas, utilizar una lupa, una regla, lavar y acomodar platos sin que se rompieran, avisar cada vez que tenían que ir al baño, pedir permiso para hablar, no mirar directamente a los ojos de las madres.
Delfino me dijo que esos primeros días la pasó muy bien.
Ya no se acordaba ni de su papá, ni de su casa, ni de su pueblo.
Luego todo cambió. Una tarde les dijeron que iban a pasar a los dormitorios definitivos, los que estaban al otro lado de la palizada.
Les pidieron que doblaran su ropa y empacaran sus libros para que estuvieran listos al día siguiente por la mañana.
Y ese día, cuando apenas salía el sol, entraron al dormitorio cuatro hombres.
Con fuete en mano, comenzaron a arriarlos a punta de cuerazos.
Nadie supo qué hacer, los más chiquitos se pusieron a llorar, los más grandes comenzaron a llamar a las madres que habían estado con ellos esos días, pero ninguna llegó.
Entonces llamaron a las madres más lejanas.
Las que habían dejado en sus casas. Delfino me dice que lo primero que se le vino a la mente en ese momento fue que estaban asaltando a la Compañía, que aquellos eran unos ladrones, incluso pensó que eran los federales que estaban atacando a los religiosos, porque le habían contado que eso solía suceder.
Pero se dio cuenta de que estaba equivocado cuando vio apostadas en la puerta a dos mujeres con el hábito de religiosas que no había visto antes y que supervisaban lo que estaba ocurriendo sin moverse.
Después de unos segundos, agarró sus cosas y salió del dormitorio porque era lo que les pedían a gritos.
Iba encorvado, solo vistiendo sus calzones porque no los dejaron vestirse.
La espalda y las piernas fueron los lugares en donde aterrizaron más fuetazos.
—Fue la primera vez desde que me había ido que me acordé de mi papá.
En fila india salieron del dormitorio y avanzaron hacia la única puerta que tenía la palizada.
Ahí había siete dormitorios como el suyo, pero no estaban pintados.
Los hombres les gritaban que vieran solo la punta de sus pies y cada punzada de curiosidad que lo obligaba a voltear hacia alguno de sus lados era sofocada con otro latigazo o, si alguno de los hombres estaba cerca, con un zape en la cabeza.
A pesar de eso, Delfino alcanzó a ver a un grupo de niños, a un costado de una de las construcciones, en una especie de chiquero, con las piernas abiertas y con las manos detrás de la nuca.
El lodo les llegaba hasta las rodillas y estaban temblando, probablemente de frío, mientras otros hombres les aventaban agua con unas cubetas.
Segundos más tarde, del otro lado, también entre dos de los dormitorios, vio a tres niños que estaban hincados sobre lo que parecían ser pequeñas piedras, con los brazos extendidos, las palmas de las manos hacia arriba y sobre ellas unas pilas de libros.
Ya habían avanzado varios metros adentro de ese campo cercado, y tal vez por eso los capataces estaban más serenos.
Uno que había caminado todo el trayecto al lado de Delfino, al darse cuenta de que estaba viendo a los niños hincados lo dejó hacer. Luego le dijo:
—¿Te gusta ese juego, indito pulguiento?
Se llama “el aguante” y a los otros indios les encanta, ¿tú crees?
Siempre se la pasan jugando. Y es bien fácil: se tienen que hincar en las piedras sosteniendo sus libros.
El primero que se cansa, pierde. Pero no hay problema: el que pierde tiene que jugar al día siguiente.
Y si vuelve a perder, pues otra vez. Ese que ves, que está chille y chille, le fascina el juego: ya lleva jugándolo como cuatro días. Pierde sin falla.
Delante de Delfino estaba Luisito, el más chico de su grupo.
En los 10 días que habían pasado se habían conocido bien.
Delfino me dijo que “lo había agarrado de papá”.
Primero tímido, y luego más decidido. Incluso algunas noches lo dejaba dormir con él porque nunca lo había hecho fuera de su casa y extrañaba a su familia.
Cuando escuchó lo que decía el capataz, cambió el llanto por un grito y trató de salir corriendo para alcanzar la puerta por la que habían entrado.
Pero no fue muy lejos: el hombre que estaba atrás de la fila lo agarró del cuello y, haciendo un círculo, Luisito terminó por caer al piso, entre el capataz y las monjas.
Cuando se iba a incorporar, el mismo hombre que lo había tirado le puso su bota sobre la cabeza, presionándola contra el suelo.
Todo el grupo se detuvo. Había un propósito en ello.
Una lección por aprender. Delfino vio el cuerpo de Luisito moviéndose “como una araña que están aplastando”, pero inmóvil en un punto: su cabeza.
La presión era tanta que el talón de la bota aplastaba los cachetes haciéndole una mueca que en otras circunstancias hubiera sido cómica.
—Luego le dijo: “No, bonito: tú no sales de aquí. Aquí te vas a quedar hasta que nosotros queramos. Y luego, de aquí te vas a ir a un lugar peor. Pero ¿sabes qué? Ya vas a ir aceptándolo. Hasta contento vas a estar, bonito. Eres nuestro. Te compramos. Tu familia no te quiere: te vendió y prefirió las moneditas que le dimos. Son más útiles que tú. De aquí ya no vuelves a regresar a ningún lado que nosotros no queramos, bonito”.
Según Delfino, las palabras lo calmaron. Era como si hubiera escuchado atento a pesar de la postura en la que estaba. Y como si se hubiera rendido. Las madres no hicieron nada.
Terminé de relatar las palabras de Delfino muy a mi pesar. Ángela estaba llorando, pero de manera tan discreta que apenas se notaba. Era como si llorara hacia dentro. Yo no me atrevía a verla. Ante mi silencio, se intentó recomponer, lo logró a medias.
—¿Y luego? —me preguntó enojada—. ¿Qué pasó después?
—Delfino se tuvo que ir —le contesté un poco ofendido. Yo solo había hecho mi trabajo. Entendía que lo contado provocara rabia. A mí mismo me la había provocado. Pero no era culpable más que de relatar la desgracia.
—¿Cómo que se tuvo que ir?
—Y sí, Ángela, sí. Me dijo que a esa hora los capataces hacían una ronda por los alrededores y que era mejor esconderse —mi respuesta también fue áspera y ella lo notó.
—Disculpa. Es que no puedo con esto, no puedo de verdad.
—Pues vámonos entonces, Ángela. Nadie nos obliga a seguir.
—Después de lo visto, ¿tú te irías?
Ella sabía mi respuesta.
—¿Cómo nos vamos a enterar del resto? —preguntó ahora de manera neutra.
—Mañana me lo va a contar. Quedé de verme con él a la misma hora, en el mismo sitio, y quedé de llevarle comida.
Una conversión espiritual
A pesar de haber dormido mal, al día siguiente desperté muy temprano.
Mi sueño se había ubicado entre la congoja y el desasosiego.
Me fui a la cama salpicada por el relato de Carlos.
Cuando las horas oscuras fueron eliminando un poco la tristeza, comenzó a aparecer el temor de quedarme dormida por la mañana y no tener el tiempo suficiente para revisar los documentos del archivo.
Durante todo el trance —que no pude llamar sueño— tuve un animoso recuerdo.
De esos que ocurren cuando se huele algún aroma de la infancia, y que confundió mi realidad por completo.
Sentí que estaba en un bodegón alto, lleno de camas con niñas durmiendo también a medias.
Durante algunos segundos mi preocupación también se confundió y la prioridad era estar alerta para que nadie me embistiera.
Que no llegaran otras niñas —las más corpulentas— con insectos en las manos para metérmelos en la boca.
Me incorporé y conforme llegaba la razón que da la salida del sueño, me di cuenta de que por unos instantes había tenido siete años otra vez y que mi ansiedad me había hecho visitar los hospicios de mi infancia.
Ahí fue cuando decidí que era suficiente.
Revisé el reloj del cuarto, aún faltaba mucho para que abrieran el archivo, incluso para que abrieran el merendero para tomar el desayuno, pero resultaba imposible seguir ahí postrada.
Ese día llegué antes que la encargada. El ansia no me permitía esperar. Cuando la vi a los lejos, agarré de mi bolsa el labial que Luisa también me había regalado.
—¡No me olvides! —le dije sin gritar, pero con entusiasmo. Su cara de fastidio al verme se convirtió en incógnita. Un rostro que ya había conocido el día anterior.
—¿Qué? —me dijo cuando ya estaba a un metro de distancia.
—¡No me olvides! —le repetí, y le mostré el maquillaje—, así se llama este labial de Guerlain. Su mejor producto desde 1915. Pero tiene una mejora: el contenedor metálico. Así no se te desparrama con el calor.
La encargada ya estaba abriendo la puerta del archivo. Creí vislumbrar una muy discreta sonrisa. Pero no podía arriesgarme. Avancé:
—¿Sabías que el labial más famoso en la historia es el de Cleopatra?
—¿Ah, sí? —me dijo aún con un tono de fastidio en la voz.
—¡Sí! Y estaba hecho con secreciones de escarabajos. Asqueroso pero efectivo. No olvidemos que la legendaria belleza de Cleopatra puso a sus pies al mismísimo Julio César.