El Club Barba Azul #48
Cuando me vi con Ángela en la tarde, mi cabeza palpitaba.
De muy poco me había servido el baño que me di al regreso de mi excursión.
Sentía el calor en mi piel y atrás de los ojos, pero sabía que no era por la insolación.
Algunas de las dudas que se me habían planteado a lo largo del día se disiparon cuando Ángela me contó lo que había leído en el archivo.
Ángela no se veía mejor que yo. Su mesura estaba llena de grietas. Mientras me refería lo leído, tomó mucho café. Temblaba y con las sacudidas podía ver cómo las grietas se abrían.
—No sé si quiero leer más, pero es necesario saber qué les están haciendo a los niños.
—Por desgracia —le contesté— no tendrás que esperar a mañana.
Varias horas antes me acercaba a la mina.
Me di cuenta de que no había mayor seguridad.
Los beneficios que la Compañía habían logrado en Tepeaca se traducían en una complacencia generalizada que no necesitaba de policías.
Los únicos que la estaban pasando mal eran los niños, quienes o no tenían voluntad o si la tenían no era escuchada.
Desde una distancia prudente, pude ver la montaña partida como si fuera un pastel.
No sabía nada de las minas de mármol. La verdad es que esperaba ver un boquete del que salieran rieles y carros metálicos cargados con piedras.
Pero era una mina al aire libre. Nada de ir a las entrañas de la tierra.
El efecto era fantástico: la montaña amputada a la perfección, las caras del corte mostrando el color y las betas del mármol, como si de pronto hubieran instalado ahí, en medio del panorama agreste, las paredes de un suntuoso palacio.
No había mucho movimiento: adolescentes muy jóvenes trabajaban, pero se perdían en medio de aquella inmensidad porque eran pocos.
Empujaban plataformas con ruedas, encima de ellas estaban los bloques extraídos.
Al final de cada trayecto los esperaban mujeres mayores que revisaban las lajas o piedras, dependiendo del corte, y hacían anotaciones en una libreta.
A unos metros de distancia había una palizada tan alta que no permitía ver hacia el otro lado.
Cubierto por la cordillera de una montaña vecina, me fui acercando al muro de madera.
Suponía que era la escuela y los dormitorios de los niños.
Encorvado rodeé una roca y me topé en la misma posición a un niño.
Los dos nos sobresaltamos. Luego nos quedamos viendo, tratando de adivinar las intenciones del otro.
El muchacho iba vestido con pantalones y camisa de manta que estaban mugrientos.
Un huarache ya estaba roto y el talón pisaba directamente en la tierra.
Ante mi inmovilidad, ese muchacho, de unos 11 años, intentó la huida.
No sé cómo se me ocurrió, pero lo primero que le dije fue que no era de la Compañía.
Eso detuvo su carrera que apenas iniciaba.
—¿No eres de la Compañía? —me preguntó como para cerciorarse de lo que había escuchado.
—No lo soy.
No regresó, pero se giró volviéndome a dar la cara, y luego se puso en cuclillas tal y como lo había visto la primera vez.
—¿De quién eres? —me preguntó con torpeza.
—Soy un reportero y me contaron que por acá están pasando cosas muy malas —la urgencia me había afinado el instinto para adulterar realidades. Tuvo el efecto deseado. El niño se sentó, y guardó silencio.
—Tengo hambre —confesó sin mayor preámbulo.
—Acá tengo un poco de pan, ¿querés?
Se me quedó viendo, y supe qué pasaba.
—Tengo pan, ¿quieres? —corregí, y saqué de mi bolsa lo que había guardado del desayuno. Él se acercó y lo agarró para llevárselo con rapidez a la boca. Después del tercer bocado me preguntó:
—¿Qué es un reportero?
—¿Conoces… conoces los periódicos, las revistas? Pues escribo para un periódico.
Su mirada no expresó reacción. En poco segundos terminó de comer.
—Escribo historias de la gente para que se enteren de qué pasa en el país —abundé.
Después de tragar el último bocado, abandonó las cuclillas y se sentó como si fuera víctima de cierta pesadez. Ese niño no había comido en mucho tiempo.
—¿Trabajas en la mina? —le pregunté sentándome en la tierra como él y domando mi acento.
—No. Estaba en la escuela. Pero no aguanté.
—Sí. Me han dicho que pasan cosas muy feas en esa escuela.
Demasiados obstáculos se interponían entre Delfino —ese era su nombre— y yo.
Las realidades que uno y otro vivía. El hambre que uno y otro sentía.
Los miedos que uno y otro padecía. Hablé entonces del clima: me aseguró que, a pesar del calor y de que no se veía ninguna nube, esa noche llovería.
Lo cual sucedió cuando, horas después, le refería la historia a Ángela.
Me contó de los pueblos cercanos y a lo que se dedicaban.
Él era de San Felipe Tenextepec, me dijo.
Le pregunté si ahí vivía mucha gente: 13 familias.
Me contó que su mamá había muerto hacía dos años cuando iba a aliviarse de una hermanita que también murió.
Me dijo que solamente habían quedado él y su papá, y que su papá era como si no estuviera porque todo el día estaba borracho.
Me contó que antes no era así. Que recordaba que de chico le hacía juguetes con las hojas de maíz y que él ya tenía una colección.
Que un cumpleaños, cuando su mamá todavía estaba viva, le compró unos lápices de colores y que su papá le dejó pintarles cara a los muñecos.
Me aseguró que su papá antes solo bebía cuando había fiesta, pero que incluso cuando estaba borracho en esa época era muy divertido.
Que le gustaba bailar con su esposa y que le enseñó a él sus primeros pasos.
Pero dijo que nunca pudo bailar porque cuando se murió su madre, su papá comenzó a beber más y más.
Y que empezó a vender las cosas de la casa porque tampoco encontraba trabajo.
Que los últimos días en su casa comían a turnos porque ya solo había un vaso y un plato.
Que otro día había empezado a beber desde la mañana, y cuando el aguardiente se terminó agarró la colección de muñecos y le gritó diciendo que ya no estaba en edad de jugar con pendejadas, que eran basura porque no valían un centavo, y que entonces los tiró al anafre y los quemó todos.
Que Delfino a pesar de tener muchas ganas no lloró porque ya sabía que, si lo hacía, su papá se la agarraba contra él y le comenzaba a pegar.
Con la riata, pero muchas veces nada más lo levantaba y lo tiraba al suelo donde caía de espaldas, y que eso lo hacía muchas veces, hasta que se cansaba y luego se ponía a llorar.
Y que días más tarde de la última paliza, llegaron las monjas para llevárselo.
—Entonces estarías mejor, ¿no? —le pregunté.
Me aseguró que no. Que extrañaba su pueblo y hasta a su padre. Que no sabía qué sucedía, pero desde que no estaba en su casa, se acordaba de su papá, “el de antes”, el que le hizo los muñecos. Y luego se quedó pensando unos segundos y completó:
—Pero creo que prefiero estar en mi casa con mi papá borracho a estar con las madres. Cuando mi papá me pegaba, ya sabía que era porque estaba borracho y se enojaba mucho. Pero cuando las madres nos mandan golpear es porque no queremos hacer cosas que está mal que hagamos.
Me contó que, al principio, cuando las madres llegaron, pensó que lo iban a salvar.
Le dolió que su papá lo vendiera —porque “clarito” se había dado cuenta—, pero pensó que ser vendido lo alejaría de los brazos de su papá que solo servían para lanzarlo por los aires hasta dar en el piso.
Y que ahora que se había escapado de las monjas no podía regresar a su casa porque su padre se enteraría que ya no iba a recibir su dinero mensual.
O capaz que ya le habían ido a pedir el dinero de regreso y si volvía su papá seguro que lo mataba.
—Pero ¿por qué no te gustó estar con las madres? —le pregunté.
—Son unas cabronas —se le escapó; de inmediato se arrepintió, pero por primera vez detecté algo parecido al enojo en Delfino.
Las primeras dos semanas todo estuvo muy bien.
Delfino pudo comer como nunca lo había hecho: tres veces al día y abundante.
Dijo que era la primera vez que probaba el pescado, que le había gustado mucho.
También le regalaron ropa nueva. Jamás había tenido ropa nueva, siempre le llegaban de segundo o tercer uso.
Fueron las noches que durmió en “La casa de bienvenida”, así la llamaban.
Estaba separada del resto por una palizada igual a la que había visto.
También fue la primera vez que dormía en una cama y me dijo que le había costado trabajo, que se mareaba.
En el día, iban a clase solamente tres horas con las madres y otras tres con unos maestros que no vivían allí, pero que iban a diario.
Rezaban mucho, eso sí: en la mañana, al mediodía, dos veces en la tarde y en la noche.
Delfino vivió con tres niños que no conocía porque no eran de su pueblo ni de lugares cercanos.
Se hizo amigo de ellos porque en la tarde tenían tiempo libre.