El Club Barba Azul #47
Las familias no oponen mucha resistencia cuando hacemos la oferta.
El estilo de vida prometido y el dinero que se estipula resultan un bálsamo para sus calvarios.
Las religiosas no deben apresurarse. Apelamos a la autoridad religiosa para que la familia entienda que el designio no viene de ninguna cabeza terrenal.
Si se encuentra una resistencia: que la madre le parezca contra natura, por ejemplo, no se debe insistir.
Presionar solo ocasiona problemas. No se debe olvidar que la oferta abunda.
Si es el niño quien se niega, no hay que gastar energías en convencerlo: lo primordial es meter en la cabeza de los padres la idea.
Cuando eso se logra con éxito, la opinión del niño no vale demasiado.
Ponemos a continuación algunos ejemplos prácticos.
ESTUDIO DE CASO 1
Familia H. R. Tres hijos de ocho, seis y dos años.
Sujeto de interés: Juan, el segundo. La madre vive sola, su marido se fue a la ciudad de Puebla para buscar trabajo.
En un principio regresaba cada 15 días para estar con ellos el fin de semana y entregarles algún dinero.
Hace más de tres meses que no saben nada de él.
La madre no tiene familiares en el caserío, es sobajada por el resto de la comunidad.
Vive apenas con lo que gana como ayudante de cocinera para otra familia que tiene un poco más dinero que ella.
El sujeto de interés es un niño que casi no se acuerda del padre y ve muy poco a su madre, también al hermano mayor que trabaja en una de las milpas del caserío.
Está encargado de su hermana menor y es muy diligente.
A diferencia del hermano mayor, no fue golpeado por su padre quien, nos dice la madre, era violento cuando vivía con ellos porque le gustaba tomar.
Es un niño más bien tímido que habla poco, pero que realiza las tareas del hogar bajo las órdenes de su madre sin chistar.
En el cuarto que tienen por casa hay varias estampas religiosas y cada mañana rezan.
Lo hacen también antes de la única comida que realizan en el día.
Se aprecia desnutrición en los tres niños, pero no al grado de ser irreversible.
Las visitas realizadas son recibidas con mucha alegría, no solo por los alimentos entregados, sino porque se sienten distinguidos con la presencia de religiosas.
La madre denota cierta vergüenza por las condiciones en las que vive.
Eso se traduce en malos tratos a Juan (el sujeto de interés), a quien le exige que haga las tareas de recepción con prontitud: ofrecer vasos de agua, darles las únicas sillas con las que cuentan.
Lo trata como si fuera el culpable de las calamidades y la pobreza en la que viven.
Frente al resto, el apocamiento de la madre es genuino.
No forma parte de ninguna estrategia para conseguir más comida o beneficios.
Su temor a Dios es real y profundo. Se arrepiente de haber escapado de la casa de la infancia con el padre de sus hijos porque, nos asegura, el pecado se convirtió en maldición terrena.
En ese contexto resultó fácil hacer el trato.
Como lo habíamos previsto, la propuesta la tomó como una manda o juramento religioso.
La gratificación económica, a pesar de ser la más baja del tabulador, la agradeció llorando.
Solo hizo una tímida sugerencia: que nos lleváramos mejor a la hija.
Esperaba que, en poco tiempo, Juan trabajara y ayudara con la economía de la familia de la misma manera que el hijo mayor.
Incluso deseaba deshacerse de la más pequeña para que Juan se incorporara de inmediato al trabajo.
Le dijimos que no era posible, que era muy pequeña.
No insistió demasiado, convencida de que no nos la llevábamos por ser mujer.
Juan intentó negarse ante la sola idea. Sin embargo, bastaron un par de reprimendas de su madre para que aceptara la decisión de la misma manera que aceptaba las tareas de la casa.
Para muchos niños el futuro prometido no los entusiasma.
No son capaces de imaginarse en otra realidad que la que viven.
Y el sentimiento primordial es el temor de alejarse del único sitio que conocen.
Así, en el caso de la familia H. R., la despedida se hizo con el llanto en silencio de Juan y la impasibilidad de la madre que ya tenía en su poder el primer pago por la transacción.
Desde las primeras líneas apareció un malestar discreto pero inmutable.
Se escondía entre mi esófago y estómago.
Avancé en la lectura. El sentimiento prosperó como ardor, subió y se instaló en mi garganta.
Cuando terminé de leer el estudio de caso, la molestia estaba en mi cabeza en forma de dolor y acompañado de náuseas cada vez mayores.
No tenía nada que ver con un asco físico.
La revisión de los cuerpos más mutilados jamás me había provocado algo similar.
El orden y método de la barbarie que había leído me ponía mal.
La frialdad de los apuntes, como si en todo lo descrito no hubiera ninguna inmoralidad.
Encima, era imposible darme un respiro. No sabía cuánto tiempo tendría para seguir leyendo.
Era imposible saber la fecha de caducidad de la simpatía de la encargada. Seguí tragando esa toxina, sin pausas.
ESTUDIO DE CASO 2
Familia R. G. Cuatro hijos. Dos, cuatro, seis y ocho años.
Sujeto de interés: Nicanor, el de seis años.
Familia con padre y madre presentes. El padre pasa más tiempo borracho que sobrio.
La esposa se encuentra sometida a los designios del hombre que es violento con toda la familia, aunque Nicanor es quien menos recibe castigo por su naturaleza más que dócil, solícita.
Hemos observado que la docilidad en vez de resguardar del peligro logra el efecto contrario.
Los miembros de la familia violentos encuentran en sus contrapartes más mansas el blanco idóneo de su sadismo.
La madre (ella sí, sumisa) suele asistir a nuestras visitas con moretones en la cara y brazos.
El diálogo se estableció, de manera exclusiva, con el padre.
Por su conducta alcohólica, las negociaciones fueron complicadas.
La agresividad del señor estaba siempre atizada por la borrachera y los ataques verbales a las religiosas no paraban.
Sin temor a Dios, en un principio decía que lo único que queríamos era aprovecharnos de ellos, que ya sabía cómo eran los curas y que lo único que les interesaba era el diezmo.
Las hermanas estuvieron a punto de dejar a esa familia; sin embargo, las características de Nicanor se ajustaban con creces a lo buscado.
A una de las religiosas se le ocurrió hacer la siguiente visita por la mañana en vez de la tarde.
El padre las recibió con esfuerzos y con un extraño entusiasmo en él.
El arrepentimiento de la cruda lo mantuvo dócil.
La misma hermana había llevado un té que, le aseguró, lo haría sentirse mejor.
No le dijo que la infusión tenía un poco de alcohol, lo suficiente para sentirse mejor sin regresar a la borrachera y a la ira que lo caracterizaban.
Entonces mostró algún escrúpulo religioso, pero las hermanas sabían que en la tarde desaparecería, así que aprovecharon para cerrar la negociación.
Hasta ese momento hablaron del dinero. La oferta fue un poco mayor que en el primer caso.
El padre de familia la recibió con sorpresa porque reventaba todas las ideas que tenía de la Iglesia.
También se extrañó que las hermanas no quisieran más bien a la hermana de ocho años.
Se le explicaron las razones: el trabajo haría al hijo un hombre de bien.
Entre su deplorable condición y la sorpresa, comenzó a acceder.
Sin embargo, quien empezó a poner reparos fue la esposa.
Y ahí fue cuando la impostura del hombre jugó a favor de la negociación: la hizo callar asestándole una bofetada con el dorso de la mano.
Las hermanas estaban adiestradas para esas situaciones.
Una fue con la esposa afuera de la casa con pretexto de ayudarla, la otra se mantuvo firme una vez que se encontraba sola con el marido.
Le dijo que estaba haciendo lo correcto sin necesidad de especificar a qué se refería.
Eso le dio más seguridad e incluso cierto júbilo al esposo.
No se sintió juzgado y comenzó a cerrar la transacción.
Afuera la otra hermana, con palabras dulces, convencía a la mujer.
Le señaló que una madre debía sacrificarse por sus hijos.
Que lo que proponían era la mejor opción de vida para Nicanor.
El trato se cerró. Fue necesario apresurar el proceso para que, con la valentía de la borrachera, no se retrocediera en las negociaciones.
Ese mismo día Nicanor se despidió y salió de su casa sin entender bien qué era lo que estaba pasando.
Al final del primer documento había cuatro rúbricas.
Hice algunas deducciones. Supuse que N. C.
L. era la Natalia o Nazarena de la que Carlos me había hablado.
La última letra se repetía en todas las iniciales.
Completé el crucigrama a partir de las iniciales R.
G. L., Ricardo Genina Lemontrip, de profesión doctor, con proyectos alternos dentro de la Escuela de Medicina y supervisor directo de mi trabajo.
Entonces, Natalia Nazarena tendría también el apellido Lemontrip, los mismo que E.
B. L. y J. T. L. Si mis conjeturas no fallaban, el primer círculo de la Compañía estaba integrado por primos maternos.
No estaba mal, pero hacía falta más: de cinco incógnitas, dos ya estaban resueltas.
Diario de un seductor 7