El Club Barba Azul El Club Barba Azul #45
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El Club Barba Azul #45

Bajo presión, el señor Avellaneda confesó su plan simple pero efectivo: no podía introducir bebidas, los guardias familiares revisaban varias veces por día su residencia en busca de restos de alcohol, incluyendo recipientes de aseo personal y botiquín.

La idea llegó en forma de un vendedor de fruta.

Las ventanas tenían barrotes, pero era posible abrir los vidrios.

Como en otras partes de la ciudad, por las calles pasaban personas ofreciendo sus servicios como plomeros, afiladores, vendedores de pan y de fruta.

El trato con el frutero fue simple: uvas adulteradas.

El prisionero fue preciso en sus instrucciones: toma usted cada una de las uvas y, con mucho cuidado, sin arrancarlas del racimo, con una jeringa les inyecta un poco de ginebra, cuidando de no reventarlas.

A decir de su padre, el hombre de la fruta no se sorprendió, probablemente en su vida le habían hecho pedidos más curiosos.

La pequeña porción en cada uva era compensada con la cantidad de racimos.

Así, el señor Avellaneda podía ingerir poco más de dos kilos diarios que equivaldrían a casi un litro de alcohol.

La tarea fue pagada con las prendas del cautivo.

Gastó en uvas dos relojes de muñeca, seis anillos de oro y un camafeo que había pertenecido a su madre.

Las uvas determinaron que de aquella manera tampoco se iba a curar .

Fue entonces cuando alguien de la familia sugirió la clínica en Cuernavaca.

El señor Avellaneda no sería expuesto a una institución pública donde, por más dinero que se repartiera, el escándalo acecharía con astutos ojos de estafador.

Sin embargo, pretendían que nosotros, en la clínica, nos ciñéramos a sus preceptos.

Incluso, días antes su viaje hacia Cuernavaca, un par de médicos contratados por la familia lo asesoraron para que no confesara todos sus padecimientos.

Le aseguraron que eso no lo curaría y solo hundiría en una mayor vergüenza el nombre de la familia.

No había, entonces, la menor posibilidad de éxito con ese caso.

Hubiera resultado muy útil para mi autoestima haberme enterado de todo esto antes, pero no fue así.

Cuando el señor Avellaneda refirió a su familia el tratamiento que estaba recibiendo, el consenso fue unánime: debía irse de ahí.

Y salió tan dolido y roto como había entrado.

Cuando ya teníasu abrupta fecha de salida, estaba convencido de que la única escapatoria a sus males era quitarse la vida.

Hermanas y sujetos

En Tepeaca nunca se nublaba. Era como si la Compañía también tuviera injerencia en el clima.

Las condiciones —atmosféricas y sociales— eran ideales.

El archivo consistía en dos cuartos con anaqueles de piso a techo.

Había muchos espacios vacíos. En medio había una mesa con cuatro sillas.

El escritorio donde estaba la dependiente, la amiga de mi amiga, daba hacia la calle, de espaldas a la mesa, a los anaqueles, a los documentos.

No era una mujer fácil. Su estrategia consistía en hablar lo menos posible. De esta manera, pensé, el interlocutor tenía que conversar demasiado y así lo podría calibrar mejor.

—Buenas tardes.

—¿Qué tal?

—Vengo de parte de una amiga, la señorita que trabaja en el restaurante que está a dos cuadras.

Silencio.

—Me dijo que hablaría con usted.

—¿Sobre qué?

Hay dependientes que disfrutan su trabajo.

No por la utilidad que puedan prestar, sino por el diminuto poder que en ese momento tienen.

Estos dependientes ponen a prueba la paciencia.

Ven la mejor ocasión para verter en negativas su mal humor, sus frustraciones.

Como el interlocutor necesita algo de ellos y ellos no tienen nada que perder, disfrutan cada segundo del intercambio.

Son los puntos más luminosos en su vida.

Tuve que interpretar a la Ángela cándida:

—Sobre la posibilidad de que revise el archivo. Yo sé que es necesario realizar un trámite previo, pero fíjese que no tengo mucho tiempo.

Me deshice en alabanzas hacia el sistema de la Compañía. Le repetí la historia contada varias veces antes de que éramos médicos certificados. Le sonreí hasta que me dolieron los labios. Hice bromas de bajo impacto que no tuvieron reacción.

—Pues es necesario hacer el trámite.

—Mire, a mí me gustaría compensarle por las molestias. Yo sé que este es un caso especial y que puede ser muy molesto…

Hasta que aparecieron los billetes se resquebrajó el tótem, pero sin mucha avenencia. Tomó los billetes con el mismo fastidio con el que guardaba silencio.

Había quedado con Carlos en que yo revisaba el archivo mientras él iba hasta la mina.

Me senté en la única mesa del lugar con el catálogo en mis manos.

El lugar estaba limpio y ordenado. Las paredes del cuarto tenían apenas tres cuadros.

Por uno de ellos me enteré de que la Compañía tenía un nombre con apellido: Compañía de Mármoles Lemontrip.

La nominación aparecía bajo una especie de escudo que alguien había diseñado —a todas luces— en años recientes.

Mostraba leones y águilas, pero también una especie de torre petrolera que se erguía como un falo en medio de los animales míticos.

Mucho éxito, mucho usufructo, pero no demasiado sentido estético, pensé liberada, sin necesidad de actuar.

El apellido de la Compañía era el mismo que el segundo del doctor Genina Lemontrip.

Sin importar qué se perpetrara ahí, Genina estaba involucrado.

La encargada revisaba un cuaderno, pero lo hacía a medias. Había colocado la silla de tal forma que en el centro de su campo de visión estuviera yo. Cada dos o tres minutos me volteaba a ver con el ceño fruncido y la boca apretada. Me sentía como en un examen.

El grueso de la información eran cuentas de algún tipo: ingresos, egresos, pasivos, inversiones, rendimientos.

En menor medida, aunque también muy nutridos, estaban los libros que archivaban los permisos gubernamentales federales y locales, los permisos para extraer el mármol, para transportarlo.

Compra y venta de inmuebles en la zona para distintos fines.

Ya estaba a punto de perder toda esperanza, y dedicarme más bien a recopilar información periférica —tal vez algún convenio entre los maestros rurales y la Compañía, tal vez un documento que los relacionara con la feligresía— cuando llegué al último registro escrito en tinta azul a diferencia del negro de las otras referencias.

Varios , señalaba vagamente y se trataba de 12 volúmenes.

Todo archivo tiene fallas. La información bien ordenada se vierte en categorías, pero estas no son infalibles.

Y siempre, la información que no encuentra sitio es la más interesante.

El problema es que esa información está relegada.

Separada del resto. Intuía que en Varios podía estar lo que necesitaba.

Y Varios estaba en un anaquel solitario, alejada del resto del material.

Vi que la encargada se había aburrido de los cuadernos.

Ahora se miraba las uñas. Alcancé a ver un destello de desagrado real, no aquel que había utilizado conmigo.

Una uña maltratada o mal pintada tal vez.

Supe que era mi oportunidad. Fui hasta mi bolsa y saqué un esmalte que me había regalado la doctora Luisa.

—¿Se te maltrataron las uñas? —le pregunte como si el diálogo que habíamos tenido antes jamás hubiera existido. Como si yo no hubiera pedido un favor ni le hubiera dado dinero. Como si ella no tuviera ningún poder sobre mí. Con toda razón me miró extrañada. Su silencio ahora iba a ser mi ventaja:

—¿Te cuento una historia sobre el esmalte?

Más sorpresa. Más incógnita. Me acerqué hasta ella.

—¿Te gustan los coches?

Estoy segura de que para ese momento, la encargada creía que estaba frente a una mujer que no estaba bien de sus facultades mentales. Así lo quería. Nada como explotar las convenciones para debilitar las defensas.

Le enseñé el esmalte.

—Este es de la marca Revlon. Una marca que acaba de salir y que tiene unos colores muy atrevidos.

No son para cualquiera. Este esmalte existe gracias a Michelle Menard.

Lo que Menard quiso hacer fue encontrar colores como los que usan los autos, que brillaran igual, pero aplicados a las uñas.

Revlon es una compañía nueva, ya le está ganado a Cutex en esmaltes porque sus productos los venden desde hace dos o tres años en las farmacias y los almacenes parisinos. Toma: te lo regalo.

Me di cuenta de que no había entendido del todo lo que acababa de pasar.

Toda esa información yo la había investigado por un asunto simple: cuando Luisa me regaló el esmalte, me pregunté de dónde había salido esa manía de pintarse las uñas.

La verdad, no lo entendía. La encargada, después de procesar mis datos y de haber sostenido el esmalte unos segundos, aflojó el rictus de severidad.

Le había cambiado la gloria de su miserable poder por algo que tenía mayor interés, que era internacional y novedoso.

Después de dejarle el esmalte, me lancé con paso veloz a los volúmenes de Varios .

Tenía que aprovechar la confusión. Hice dos viajes del anaquel a la mesa porque eran poco más de 10.

Luego me senté. La encargada ya estaba concentrada en pintarse las uñas, inundando el cuarto con el mismo aroma a formaldehído que había en la morgue.