El Club Barba Azul #44
En la historia de la ciencia hay un proceso que se repite demasiado.
Un día aparece un síntoma que reta los límites de la normalidad.
Entonces se guarda en el cajón de las anomalías con etiquetas imprecisas: muy peligroso , medianamente peligroso , poco peligroso .
Y ahí se deja hasta que a alguien se le ocurre sacarlo para analizarlo con mayor detenimiento.
Comienza a vivir en el limbo de la biología: sin importar el tipo de síntoma anormal, se buscan las explicaciones materiales.
Chichones en la cabeza, ausencia de un químico en el cerebro, exceso de otro.
Y si el síntoma tiene suerte, en algún futuro podrá ser revisado de manera menos categórica.
Esa biología va de la mano de la ley. Mientras el síntoma se encuentra en el cajón, el portador pasará el mayor tiempo posible encerrado.
En la cárcel o en un manicomio, dependerá del etiquetado: muy peligroso o solamente peligroso .
Los dos síntomas que el señor Avellaneda tenía estaban en ese limbo: homosexualismo y alcoholismo.
Penados, aunque ligeramente. Aceptados siempre y cuando no se vieran.
Pero la condición del señor Avellaneda se volvió emergencia con el asesinato de su madre.
El padre relata en su informe que habían decidido cortarle cualquier suministro de dinero.
Como a un niño que es castigado por su mal comportamiento, esperaban que ese correctivo lo obligara a moderarse.
No fue así. Después de haberse corrido una parranda de cuatro días, le anunciaron la medida.
Es muy probable que el señor Avellaneda hubiera recibido la noticia en pleno síndrome de abstinencia.
“Temblor en las manos”, “mañanas acompañadas de vómitos sin estar enfermo del estómago” y sobre todo “un malestar generalizado que lo tenía irascible” son algunos detalles que su padre nos narra.
Azuzados por la familia, los padres ignoraron los síntomas, y le comunicaron la noticia: encierro y recorte económico.
Al parecer, el señor Avellaneda pasó las primeras 24 horas aguantando de manera estoica.
El segundo día, el síndrome de abstinencia no hizo más que empeorar.
Se quiso burlar de las medidas. A su edad, que le prohibieran salir.
Destiló el veneno de su desprecio y se mantuvo con una sonrisa en la cara.
Sabía a qué se refería el padre del señor Avellaneda: yo misma había atestiguado esa actuación en la clínica.
El tercer día, la madre y el hijo lo pasaron solos en casa.
Su actuación se mantuvo por encima de la tortura que sentía.
El señor Avellaneda esperó hasta que su padre se fuera a trabajar.
Es imposible saber con exactitud qué pasó esa mañana, pero el escenario fue referido en el Excélsior.
La nota aparecía perdida en las páginas finales.
No había nombres. El encabezado rezaba: “Sanguinario episodio en casa de la colonia Roma”.
En la ausencia de nombres y direcciones concretas se adivinaba la mano —ya experta— que cambiaba dinero por discreción.
En cambio, la imagen que acompañaba al texto era rotunda.
En la sala se veían muebles patas arriba, un juego de té vuelto mosaico en el piso, lo que sugiere una persecución.
Fue en la cocina donde encontraron el cuerpo.
Tirado en el piso al lado de la estufa. La estufa con una hornilla aún encendida.
Por el olor a pelo y piel quemados que se mantenía suspendido en el ambiente, supieron que esa hornilla había sido fundamental.
La fotografía del periódico me dejó un sabor de cruel nostalgia.
Extrañé a mi propia madre, aunque ya no la recordaba en detalle.
Mi propia memoria parecía también sobornada.
La cara de la víctima tenía una mancha de tinta negra, puesta ahí con todo propósito.
Una máscara de tinta para el anonimato. El cabello tenía otro tipo de anonimato: el que otorga la muerte que todo iguala.
La imagen mostraba la mitad del cuero cabelludo chamuscado.
El peinado de la madre presentaba un extraño estilo: pelo largo, lacio de un lado, apenas fuera de lugar, y en el otro un vello mínimo, torcido por las flamas.
Ese día la madre había elegido usar una diadema de tela, y la mitad aparecía adherida al cráneo en un amasijo en donde la prenda se fundía con la carne abrasada.
Las conjeturas de los peritos señalaban que la madre había sufrido tortura antes de la muerte.
Según los residuos de piel, el hijo la había expuesto en varias ocasiones al fuego.
El padre habló después con el asesino íntimo.
Todo ese aquelarre había sido por el dinero.
El señor Avellaneda, en su tercer día de abstinencia, había pasado de la incomodidad al terror salpicado por graves toques de angustia.
Y rabia, mucha rabia como relleno de ese pastel.
Seguramente pidió dinero. Seguramente le fue negado.
Seguramente lo exigió, amenazó, y al final cumplió sus amenazas.
En la casa faltaba todo el dinero que estaba en la bolsa de la madre, en los cajones, además de algunas joyas y los cubiertos de plata que habían estado en la familia varias generaciones atrás. El único heredero tampoco estaba.
Hoy, cuando le va bien al alcoholismo, lo clasifican como una enfermedad de las “razas más débiles”, de “las clases sociales más bajas”.
El alcoholismo como rasgo hereditario no sirve para atenderlo, sino para condenarlo.
La familia prefería que el señor Avellaneda fuera tratado como un criminal común a ser calificado de alcohólico.
Lo último significaría que la enfermedad estaba en la sangre, y eso los acercaría de manera grosera a las razas y las clases sociales que consideraban inferiores.
El término heredoalcoholismo fue utilizado por vez primera en la Francia de finales del siglo XIX , pero ha sido mal interpretado hasta el cansancio.
Por una parte, los familiares están convencidos de que la fuerza de voluntad es suficiente para superar esa enfermedad.
Por la otra, lo ven como un sello que por llevarlo en la sangre te marcará de por vida.
La frustración, la ansiedad o la depresión no son tomadas como causas.
Imaginar al señor Avellaneda en medio de esa familia es lo mismo que imaginar a un enjuiciado de penosos crímenes frente de un tribunal que lo desprecia.
Cuando el señor Avellaneda fue encontrado comenzó a vivir en una reclusión que en principio fue voluntaria.
Su padre apenas le hablaba. La familia extensa se hizo cargo de él.
Puertas con candado, ventanas con barrotes, visitas de diferentes especialistas que, eso sí, pensaran igual que la familia y uvas, muchas uvas.
La dieta que le habían recetado había suspendido por completo la carne roja porque, aseguraban, hinchaba los instintos violentos.
También lo bañaban con agua helada tres veces al día.
La casa tenía dos cancerberos que hacían las compras a partir de una lista muy rigurosa.
Para calmar la ansiedad, la residencia estaba repleta de frutas.
Y las favoritas del preso eran las uvas.
En las visitas esporádicas que la familia le hacía, incluido el padre, lo veían devorar racimo tras racimo.
Todos estaban convencidos de que se trataba de una sustitución oral de la bebida.
Llevarse de manera compulsiva algo a la boca.
Pero poco tiempo después descubrieron su secreto.
Una tarde el padre se decidió a visitarlo.
A pesar de que la muerte de su esposa le doliera “cada minuto del día”, su hijo era lo único que le quedaba.
A ese punto ya no estaba muy de acuerdo con el sistema que estaban utilizando con el señor Avellaneda.
Sin embargo, era la familia de lamadre la que siempre había llevado las riendas en las crisis, sobre todo las más delicadas.
Aquel día estaba dispuesto a escuchar a su hijo para ver si podían establecer otra estrategia.
Lo encontró “como adormilado” en la sala, leyendo un libro y con el tazón de uvas enfrente.
Comenzaron a conversar, pero pronto toda idea de recuperación posible se esfumó.
Llevaban apenas unos minutos “escuchándose” cuando el señor Avellaneda fue al baño.
Su caminar era errático, arrastraba los pies y parecía que no podía enfocar bien la mirada.
En su ausencia, el padre agarró de manera mecánica una de las uvas que se encontraban al alcance de su mano y al morder la primera sintió en su boca un gusto extraño.
Primero pensó que las uvas estaban pasadas.
Con la segunda se dio cuenta de que no era eso.
A la tercera ya no le cabía duda: las uvas sabían a ginebra.