El Club Barba Azul El Club Barba Azul #43
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El Club Barba Azul #43

Me sobresalté un poco, lo suficiente para levantar la vista y verlo directamente a los ojos.

—Es que —continuó un poco perturbado— estoy convencido de que la información que vos tenés nos va a ayudar a saber qué pasa.

El piropo redujo su caudal cuando Carlos notó que lo miraba fijamente; pero aún debilitado, estaba ahí. Me sentí incómoda, pero agradablemente incómoda si eso era posible. Con torpeza intenté cambiar el rumbo de la plática:

—Mi agobio no es por la dificultad para resolver este entuerto.

—¿Entonces? —me preguntó tal vez temiendo otra historia como la de Barba Azul.

—Es la sensación de que por más tiempo que transcurra, la civilización no nos hace mejores.

—No entiendo.

—De los actos de Gilles de Rais a hoy han transcurrido demasiados años, y aún no sabemos mucho, pero es casi seguro que la Compañía está martirizando a niños, muchos de ellos muy pequeños.

Es el mismo impulso: un sadismo refinado tal vez, usarlos como objetos o en el mejor de los casos como animales para el beneficio propio.

En Gilles de Rais y en la Compañía hay un nivel de egoísmo y violencia que no se ha podido remediar con todos los avances que podamos enumerar.

Con todos los libros, con todo el progreso político.

Eso me da una sensación de desesperanza que me agobia.

Me dan ganas de no seguir más. No encuentro ni la razón, ni el estímulo.

—Eso es puro descreimiento, Ángela. Y tú no eres así.

Pero en ese momento era justo así como se sentía.

—Yo creo que, de aquí a algunos años, eso ya no se va a permitir.

Hay que ver algunas señales: que la Escuela de Medicina ya tenga un departamento para los niños es un avance, ¿no es cierto?

En algún momento la gente sabrá la importancia de los niños como origen, evitable, de los males de los adultos, ¿no crees?

Sus preguntas no tenían el tono de las de Andrea, que eran órdenes disfrazadas. Pero tampoco eran simples preguntas. Lo que Carlos estaba haciendo era pedir esperanza. Eso eran sus preguntas: peticiones desesperadas.

—¿Crees que en 100 años el egoísmo y la violencia van a respetar a los niños? —contesté con otra pregunta. Vi en su cara el abatimiento. Sin embargo, armó una fantasía que le diera consuelo:

—Pienso, por ejemplo, que la guerra que acaba de ocurrir en Europa ha sido una lección. Un error. No va a haber algo así como una segunda parte como temen algunos. Entonces ahí podemos ver un rasgo de civilización. De humanismo, ¿no?

—Yo creo que esa guerra que tanto temes se está cocinando justo en ese momento con todos los resentimientos de la guerra anterior. Los resentimientos crean conflictos armados y los humanos somos pródigos en resentimientos.

El diálogo fue interrumpido por la mesera. Como el día anterior, llegó de muy buen humor y muy sonriente. Tal vez era el abatimiento que llevaba a cuestas, pero esa tarde la vi incluso más entusiasmada que el día anterior. Y me irritó.

—¿Cómo les fue en la mina?

Nuevamente era necesaria la actuación. A pesar del cansancio y del mal ánimo, era necesario simular cierto triunfalismo.

—Todo está mejor de lo que pensábamos, honestamente.

—Les digo que la Compañía solo ha traído buenas noticias acá. Y, tal vez está mal que lo diga, pero eso se debe a que el gobierno apenas nos presta atención. Por fortuna los maestros rurales se han entendido muy bien con la Compañía y van de la mano.

“Pues no todos”, pensé de manera automática. Me recompuse. Los pensamientos honestos podían atrofiar mi histrionismo.

—La verdad es que todo este experimento nos ha puesto a pensar si no convendría poner al país en manos de los empresarios en vez de los políticos. Disculpen ustedes si hablo de política, sé que es muy vulgar, pero es que son muy dados a darles vueltas a todo y luego sus mejoras no llegan al país.

—Pues pensamos muy parecido —le dije—, de hecho, nos gustaría mucho poder implementar modelos parecidos en otras partes.

Los políticos, como usted dice, están ocupados en otras tareas.

Nos faltó saber un poco de la historia de cómo llegó la Compañía a Tepeaca.

Las personas que nos atendieron no sabían mucho y…

—Pues a tres cuadras de acá está su archivo.

—Pero será solamente para los de la Compañía —se lanzó a preguntar Carlos sin pensarlo.

—La Compañía tuvo que poner el archivo porque el gobierno lo pidió.

Fue una de las pocas batallas perdidas. Si me preguntan a mí, era innecesario y es algo ocioso: en el archivo están los reportes de producción para los inspectores del gobierno.

Pero los inspectores nunca vienen. Jamás ha habido trifulca alguna que amerite su visita.

Entonces ahí está el archivo inútil. Un gasto innecesario de los típicos que el gobierno hace.

Por eso les digo: si los empresarios estuvieran a cargo, el país sería otra cosa.

—Me imagino la burocracia que habrá que hacer para tener acceso —solté sondeando el terreno.

—Se pide una carta o mandato de la capital. Con ella hay que ir a las oficinas centrales de la Compañía. Hay una filial en Puebla, que es la más cercana. Una vez que la Compañía lo aprueba, se puede recoger el oficio de acceso.

—No hay manera —dije sin actuar—: no disponemos de tanto tiempo.

—Fíjese que en Tepeaca le hemos aprendido mucho a la Compañía. Nos hicieron entender las prioridades. Hacer lo necesario para llegar al objetivo.

—Qué gusto —contesté aún cruzada por el desánimo.

—Yo creo que replicar el sistema de la Compañía es un objetivo importante.

Volví a entregarle toda mi atención. Recuperé fuerzas:

—¡Imagínese los cambios que eso provocaría! Tal vez no podemos tomar por asalto el gobierno de los políticos, pero se gestarían cambios en diferentes sitios al mismo tiempo.

Uno de los rasgos que más me sorprendieron cuando salí de la burbuja que significaba la clínica de Cuernavaca, tenía que ver con este tipo de conversaciones.

La dependienta y yo sabíamos hacia dónde iba nuestro diálogo.

Vulnerar las reglas que considerábamos inútiles.

Agilizar por vía de la trampa un proceso.

Sin embargo, parte de la etiqueta consistía en no decirlo abiertamente.

De esta manera, la vergüenza se atenuaba, se llegaba al objetivo, pero el halo de inocencia permanecía intocable.

Era una hipocresía construida sobre una trampa.

En los primeros días que pasé en el mundo real no entendía esta danza que me parecía abigarrada.

No miento cuando digo que tuve que estudiarla.

Incluso hice diagramas en una hoja en blanco.

Había demasiados códigos que me parecían inexpugnables. Hoy los entendía.

—Pues resulta que la dependiente del archivo es amiga mía.

(La puerta estaba entreabierta).

—¿La conoce usted bien?

(Me asomé con discreción al interior de esa puerta).

—Desde chiquitas. Es como mi hermana.

(Puerta abierta para el franco paso).

—¿Usted cree que, si le pido el favor, nos podrá ahorrar el tiempo que no tenemos? Digo, sería la única manera para entender bien a bien los beneficios de la Compañía y creo que la labor que han hecho merece eso y más.

(Entraba por la puerta abierta pero con amabilidad, como si no quisiera hacerlo).

—Es cuestión de preguntarle si la puede ayudar y por el bien de la Compañía, ¿no?

—Claro, claro. Es por el bien del proyecto.

—Hace unos meses, un par de vecinos escépticos me pidieron el mismo favor.

Eran de las familias conservadoras de Tepeaca, y no les parecía que de pronto hubiera tanto movimiento.

Les eché la mano, y también fue para bien: se dieron cuenta de que no había nada que ocultar.

Eso sí: le dieron un agradecimiento a mi amiga. Digo, por las molestias.

—Claro, por las molestias, es completamente entendible.

(Ya había pasado la puerta y estaba en la sala tomándome un té).

—Yo hablo con ella. No se preocupe. Le doy su nombre y mañana ya lo podrá consultar. Pero no se esperen una biblioteca en forma, son apenas unos cuantos papeles. Tampoco es que la Compañía se haya instalado desde hace mucho por acá.

—Pues entonces mañana lo consultaremos —le dije a Carlos para volver a controlar la puesta en escena. Carlos había visto todo el vodevil como un espectador cauto.

Al llegar a mi cuarto, decidí aprovechar la energía que de pronto sentía —tal vez producto del miedo, de los descubrimientos, de la incertidumbre—, pero ya no quería gastarla en la Compañía.

Trabajé entonces en mis apuntes sobre el ensayo que todavía peleaba un espacio en mi cabeza.

Estaba haciendo lo contario a lo que el doctor Campuzano me había recomendado.

Me estaba refugiando dentro de mí porque el mundo me estaba sofocando.

Me estaba refocilando en la nostalgia de la clínica porque el señor Avellaneda me la recordaba.

Pero a diferencia de mi niñez, esta reclusión era consciente y redentora.

(Notas de Ángela de Lizardi basadas en el caso del señor Avellaneda)

III

El interés que sentía por el señor Avellaneda también estaba relacionado con mi niñez.

De los primeros momentos de vida se rescatan atmósferas vagas y sensaciones más largas que puntuales.

Eso me pasaba a mí. Si alguien me tomara como estudio de caso, hablaría de soledad, de ausencias.

Pero las ausencias no se pueden medir biológicamente.

Bajo esa óptica, las prostitutas como mi madre y los clientes que la visitaban tendrían algún problema químico en su cerebro, alguna anormalidad.

Todo se reduciría a su biología. Y cuando se analiza la soledad o la ausencia desde el punto de vista biológico, se llega a conclusiones fantásticamente equivocadas.