El Club Barba Azul El Club Barba Azul #42
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El Club Barba Azul #42

—Algunos dicen que, sin Gilles de Rais, Juana de Arco jamás habría logrado las victorias bélicas que la hicieron famosa y por las cuales la canonizaron.

Él, por su lado, se volvió un excéntrico.

En el peor de los sentidos. Y es eso lo que me preocupa, que hayan convertido en ejemplo a un personaje que solo resulta deleznable.

Que se regodeen en ese modelo. Cuando se retiró a su castillo en Poitiers comenzaron a desparecer los niños de las aldeas cercanas.

Ni siquiera tenía que raptarlos. Dada su reputación y poder, los convencía de que fueran a su castillo porque ahí les daría trabajo como pajes o mayordomos, trabajos que se encontraban en una escala mucho más alta que la de ser campesinos o herreros.

De Rais tenía mucho dinero y lo dilapidaba en actividades muy curiosas: contrató un ejército de brujos y adivinas que lo único que hacían era inventar ritos para satisfacer sus deseos.

—¿Carnales?

—Sus deseos son inclasificables. Son una compleja mezcla de perversiones.

Mientras gastaba enormes sumas de dinero en cenas para los visitantes que acudían del extranjero, en esos momentos tenía en las mazmorras a niños muriendo de hambre, desangrándose, asustados.

Una imagen que describe Huysmans me ha acompañado desde que la leí.

Primero solamente quería a los niños para hacer bebedizos y pócimas, como ellos les decían.

Quería infectarse de su juventud y fuerza.

Luego el candor de los niños lo sedujo. Quería destrozar su inocencia, convertir a un niño que no sabe nada de sexo en un esclavo sexual.

A un niño que apenas había experimentado el dolor, lo sometía durante meses a torturas para que el dolor fuera su única manera de vivir, hasta que el niño suplicaba su muerte.

Comencé a sentir náuseas. Recordé todo lo leído en los volúmenes de la biblioteca prohibida.

Los aparatos con cinturones y púas. Los adiestramientos a los que los niños debían ser sometidos.

Pero lo que más me afectaba era el contraste.

Mientras caminábamos por un sendero de la sierra de Puebla, en el México del siglo XX , Ángela me contaba de eventos ocurridos en la Francia de hace cinco siglos.

No tendría por qué existir relación alguna.

Pero como si se tratara de un acueducto inexorable, la maldad viajaba líquida, sin que ningún dique la pudiera detener.

—La imagen que me impactó —continuó sin darse cuenta de mi estado— sucede cuando a Gilles de Rais ya le aburren incluso esas torturas.

Entonces, se hace de dos niños no mayores a los cinco años.

Los retiene en su mazmorra y todos los días le pide a uno de sus asistentes que entre para propinarles golpizas que los asusten mucho, pero que no los hagan desfallecer.

Así, día tras día, hasta que más tarde le pide al ordenanza que mate al niño mayor ante la vista del otro.

Sin duda, toda esa noche se escuchó en buena parte del castillo los gritos del sobreviviente.

Los alaridos de un niño de cinco años teniendo que convivir con el cadáver de su hermano, su primo o su amigo.

Al día siguiente, fue el propio Gilles de Rais el que entró a la mazmorra.

Su semblante era el mismo que el de un padre cariñoso.

Se presentó como si ignorara todo lo ocurrido.

Al ver al niño tras su noche de pesadilla, tras sus días de suplicio, fingió estar sorprendido.

Entró vestido con una túnica de seda. El niño pensaría que se trataba de una aparición milagrosa.

De un salvador que pondría fin a lo que su mente era incapaz de entender.

Un niño de esa edad, torturado de esa forma, solo puede pensar en términos de castigo, tal vez había gastado toda la noche pensando qué había hecho mal, contribuyendo a su propio martirio.

De Rais pidió una palangana con agua, sentó al niño en su regazo y comenzó a limpiarle la cara y los brazos mugrientos.

En el juicio que le hicieron tiempo después, aceptó que para ese momento ya sentía las pulsaciones de una erección debajo de su vientre.

El niño se relajó por primera vez desde que estaba ahí.

Su captor le prometió que ya nada malo le iba a ocurrir, que todo se iba a solucionar.

El niño sonrió agradecido, y en ese momento, De Rais sacó una daga y se la clavó en el estómago.

Tuve que detener mi caminata. Ángela tenía razón.

Cuando una perversión es pensada con tanto detalle, cuando se planea tal nivel de contradicción para crear dolor, significa que la mente detrás de eso no puede ser humana.

La doctora se detuvo. Alternaba su mirada entre el piso de polvo y el cielo sin nubes.

Parecía que sentía una pesada vergüenza de contar esa historia, como si el acto la volviera cómplice.

Pero al mismo tiempo sabía que era necesario saber estas anécdotas de sangre para dimensionar lo que estábamos enfrentando.

—En el juicio, Gilles de Rais aceptó que lo que más le excitó fue la cara de confusión del niño de cinco años mientras sentía el dolor del puñal.

Los segundos que le quedaban de vida se le fueron sin entender en qué había errado.

Confiando en quien menos debía. Luego, aceptó que su excitación fue tan grande que violó al niño muerto, como si fuera el premio a tanto trabajo invertido.

Y lo peor: lo penetró justo en el hueco que había hecho con la daga.

¿Puedes imaginarte el nivel de sociopatía para planear esa aberración?

Es algo que supera al sadismo, que supera a la venganza, que supera a…

No pude más. Cuando estábamos a punto de retomar el camino principal, la boca de mi estómago comenzó a convulsionarse empujada por mi vientre.

Tuve que correr hacia unos arbustos, me doblé y vomité.

Hacía mucho que habíamos desayunado. Solo salía el agua que los maestros rurales nos habían ofrecido.

La doctora caminó hasta donde estaba y comenzó a frotarme la espalda.

Después de un tiempo que me fue imposible calcular, me levanté con cuidado para no caerme porque me sentía mareado.

—Estás blanco como el papel —me dijo—, disculpa que te contara todo esto, no sabía que te iba a afectar de esa manera.

—¿No te afecta a vos? —le dije tragando mucha saliva.

—Me afecta y me tiene muy preocupada porque una cosa es la historia de Gilles de Rais, de la que podemos saber los más desagradables detalles, y otra es la historia de lo que está sucediendo aquí, de la que todavía sabemos muy poco.

—¿Qué vamos a hacer, Ángela? —pregunté todavía entre diminutas marejadas de secreción, mientras ella rociaba un poco de perfume que llevaba en su bolso en un pañuelo café.

—Investigar. De momento no podemos hacer nada más —me contestó mientras me pasaba el pañuelo y me indicó que debía olerlo para sentirme mejor—, nosotros vamos a ser los Jean de Malestroit de la Compañía.

—¿Los qué?

—Jean de Malestroit fue la persona que investigó, capturó y ejecutó a Gilles de Rais.

De aquí a 100 años

No estaba orgullosa de lo que había hecho.

Desde que Sebastián me había prestado el libro de Huysmans, vivía con su lectura pegada a la piel.

La evidencia de que la maldad pura existe.

Pero ahora esa sensación se superaba con la idea de estar lidiando con un grupo que le rendía culto a Barba Azul.

La evidencia de que la maldad, aun hoy, podía practicarse como si fuera un deporte.

No estaba orgullosa de haberle referido la historia a Carlos, pero era necesario que la supiera para que tuviera todas las piezas, cada una con su peso, en la mesa.

Las piezas desarmadas, pero no por eso menos amenazantes.

Decidí regresar a la ciudad de Tepeaca por ese día.

No había sido un golpe de suerte recopilar tanta información sin ni siquiera haber llegado a la mina: la Compañía estaba instalada de una manera tan descarada en esa zona que lo prodigioso hubiera sido no toparnos con información.

Nuestro caminar al regreso también era una actuación, pero ya no voluntaria: parecíamos peregrinos al final de su trayecto.

El calzado no ayudaba: mis botines de piel me asaban los pies y mis tobillos sin fuerza se doblaban cada tercer paso.

Ayudaba aún menos el ánimo colocado encima de nuestros hombros como un grueso abrigo a una temperatura que no bajaba de los 28 grados.

Los mismos ojos que nos vieron pasar de ida ni siquiera se alteraron con nuestro regreso.

Era como si de inmediato hubiéramos pasado a formar parte del paisaje escaldado y erosionado de la región.

Al llegar a la ciudad decidimos tomar un baño cada uno en su casa de huéspedes y vernos una hora más tarde en la misma fonda del día anterior.

Cuando entré a mi cuarto me bebí completa la jarra de agua que estaba dispuesta.

Pensé en recostarme, pero temía caer en un profundo sueño por el cansancio que sentía.

Llegué hambrienta a la fonda. Carlos me esperaba en una postura de abatimiento.

Sin leer, sin revisar el exterior o el interior del local: solo mirando las puntas de sus zapatos.

Cuando me vio, segundos antes de que me sentara enfrente de él, trató de recomponerse.

—He pensado, doctora que, a pesar de las malas noticias, el día de hoy fue bueno en cuanto al avance de nuestra investigación.

Hablaba como si estuviéramos en un laboratorio y los dos vistiéramos batas blancas. Y era curioso: yo también deseaba actuar como si estuviéramos en medio del formol y las jeringas. Como si jamás hubiéramos decidido hacer ese viaje.

—Estoy agobiada —le dije.

—Y lo entiendo —regresó sacando fuerzas no sé de dónde para aparentar un ánimo que era de cartón—, aquí sucede algo muy secreto, muy oscuro y muy cruel. Pero ¿sabés? Me alegro de haber conocido toda esa información contigo.