El Club Barba Azul El Club Barba Azul #41
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El Club Barba Azul #41

—Me parece que están explotando a los niños.

Y que su explotación tiene muy poco que ver ya con la mina.

¿Ustedes creen que niños y mujeres pueden hacer el trabajo que hacían los hombres?

Me parece que no les interesa en lo más mínimo su bienestar y que por eso nos mandaron a vivir hasta acá.

Para que no veamos lo que realmente está pasando.

—La verdad es que no me cuadra del todo —dijo Ángela, y sabía que lo decía para dar confianza y que el maestro continuara.

—Los niños sí llegan cansados. Como usted dijo, lo más lógico sería que las clases fueran por la mañana.

Yo doy clase a los más pequeños, muchos llegan aterrorizados.

Con los ojos rojos de haber llorado, con mocos todavía saliendo de sus narices.

Lo que mis compañeros no les cuentan es que en todas nuestras clases hay una monja presente.

Su voz era hosca, no agresiva, pero tampoco invitaba a hacer amigos.

Era como si la dureza hubiera adquirido el don de la palabra, un tono muy común —ya lo había aprendido— en muchos de los mexicanos que no vivían cerca de las grandes ciudades.

Que no hubiera dicho “monjita”, en diminutivo, me convencía de que ese muchacho no estaba contento con lo que sucedía, y que no buscaba congraciarse.

—Nosotros no podemos ver absolutamente nada de lo que pasa allá; en cambio, las monjas no nos quitan el ojo de encima.

Los traen desde el supuesto catecismo, pero los tienen que ir tranquilizando en el camino.

Yo lo he visto. Una vez me inventé una diligencia y esperé al grupo a medio camino.

Dos venían llorando y se sobaban la espalda.

Nunca nos dejan revisarlos debajo de su ropa, dicen que es pecado.

Mis compañeros creen que tenemos que ceder, pero la directriz que nos dieron indicaba que para lograr una buena educación teníamos que revisarlos físicamente.

No solo por los piojos, sino para ver que sus familias no les pegaran.

Yo creo que las que les pegan son las monjas.

Sobre todo a los míos, a los más chiquitos.

Esa vez también vi cómo una de ellas separaba bruscamente a dos niños de cinco años.

Lo hizo con tanta fuerza que uno se cayó y el otro se hizo pipí.

El maestro no apartaba la mirada del camino. Eso le daba un aspecto de mayor dureza.

—La monja les gritaba y más cuando se dio cuenta de que uno se había mojado los pantalones.

Luego vi cómo detuvo a todo el grupo y sacó de la maleta, que siempre llevan, una muda nueva de ropa.

Los preparan para que lleguen con nosotros lo más limpios posible y lo más tranquilos que se pueda. Pero esos niños están asustados.

—¿Y usted no puede hacer algo al respecto? —le preguntó Ángela. Me di cuenta de que había dejado de fingir. El maestro sabía que nosotros no éramos lo que les habíamos dicho, y en reciprocidad, él nos contaba la verdad.

—Es imposible. Las monjas están ahí. Es como si ellas también tomaran la clase. Además, mis alumnos son muy pequeños y muchos, hasta el día de hoy, no hablan bien español.

—¿Cómo es eso? —preguntó la doctora sin fingir su sorpresa.

—No lo han aprendido. Llegan como muertos. Apenas entienden lo que les decimos. Me he dado cuenta de que aprender español es la última prioridad que tienen en la Compañía. Y luego está el programa que llaman de reubicación.

—¿Qué es eso?

—Pasado un tiempo, los niños se van a la ciudad de México, supuestamente a ser revisados…

—En la Escuela de Medicina —completó la doctora. El maestro se quedó pensando un rato.

—Pues más bien nos dicen que van a La Castañeda, a un nuevo departamento que hicieron ahí para niños. Y que luego los ubican en lugares donde puedan ser de provecho. Eligen, según ellos, a los más inteligentes, a los más aptos.

—Basándose en Haeckel —se me salió.

—En él y otros médicos y biólogos que no conocemos. La cosa es que no los volvemos a ver jamás.

—¿Y sus familias no protestan?

—Están compradas. Desde el momento en el que entran a la Compañía les dan dinero, una cifra que da risa. Y una mensualidad más pequeña que, dicen, les va a llegar cada dos meses durante tres años. Es una miseria, pero para ellos es mucho. Les alcanza para comprar tortillas y aguardiente.

—Me parece increíble —no recuerdo a quién de los dos se le escapó el comentario.

—¿Lo es? —dijo el maestro sin conceder en su gravedad—.

Llevamos en guerra demasiado tiempo, y a esas familias lo que les sobra son hijos.

Nosotros tratamos de enseñarles algo de educación sexual, pero la resistencia es mucha, la ignorancia los avergüenza y la oposición es violenta.

Los famosos ideales de la Revolución son solo eso: ideales.

Hace falta mucho tiempo para cambiar la mentalidad de la gente.

Sobre todo de la gente del campo. Esa Revolución se parece a una fiesta que celebra lo que no ha pasado.

Y en medio de la violencia, la ignorancia y la resistencia, muchas de las familias han encontrado el producto de trueque: sus hijos.

Alcancé a ver que la dureza del maestro comenzaba a agrietarse. Como no era flexible se quebraba. Casi lo podía escuchar.

—Yo me despido aquí —nos dijo. No habíamos llegado al camino principal, tampoco era que de ahí en adelante la cuesta fuera más sencilla.

Ese punto era tan bueno para despedirse como cualquiera.

Lo que había cambiado era su estado de ánimo.

Sin estrecharnos la mano, se dio media vuelta y comenzó a desandar sus pasos.

La doctora Ángela y yo nos quedamos parados viendo cómo se alejaba.

Unos pasos más arriba, volteó y dijo a manera de despedida:

—Ojalá se pueda hacer algo.

Era un encargo, los dos lo sabíamos. Él no nos delataría, pero nosotros teníamos que hacer algo a cambio.

Taciturnos, con un peso extra que no necesitábamos, seguimos nuestro camino en silencio.

La urgencia por contarle dónde había escuchado antes la referencia de Haeckel y de Barba Azul ya no era tan apremiante.

Después de largos minutos, y como para aliviar el cortejo fúnebre que estábamos desplegando, le conté de corrido casi todo.

Que había entrado a la Escuela de Medicina por recomendación de Nazarena, cómo la había conocido, lo que escondía en su sótano, mis incursiones a la sección secreta de la biblioteca, algunas de las lecturas que ahí me había encontrado.

La doctora escuchaba todo asimilándolo con poca energía.

Habían sido demasiados datos para digerir en un solo día.

Un día que apenas llegaba a la hora de la comida.

Solamente cuando hice referencia a mis pesquisas en la biblioteca fue que me dijo un poco irritada, pero sin llegar al enojo:

—¿Y no te parece, Carlos, que esa información me la podrías haber compartido un poco antes?

No supe qué contestar. Tenía razón. Pero es que hasta ese momento me veía como un dúo que estaba siguiendo el curso de una investigación.

—Lo que no entiendo es la referencia a Barba Azul —continué porque no aguantaba más el silencio—, tiene que ver con niños, sí, pero ese es un cuento que ni siquiera sirve para asustarlos. Barba Azul mataba a sus esposas, no a niños. Es una muy débil amenaza si es que la quieren usar para…

—Barba Azul sí mataba a niños —regresó la doctora sin cambiar el semblante lúgubre—, mató al menos a 200, eso no es un cuento, es una realidad histórica que sucedió hace cinco siglos.

Me estremeció que lo dijera como si tal cosa. Pero el tono me hizo prestarle mayor atención. Su semblante oscuro estaba trazado por una tensión que no podía ser otra cosa que rabia. Una cólera contenida.

—Pero, el cuento para niños… es para niños y habla de mujeres asesinadas…

—Charles Perrault recogía leyendas que convertía en cuentos.

Era una época en la que la barbarie era moneda corriente.

Lo que hoy nos escandaliza a todos, hace 500 años solo asustaba a los niños.

Y para desgracia de ellos, la historia de Barba Azul es real.

Barba Azul se llamaba en realidad Gilles de Rais.

—O sea que, en un acto de cinismo, ¿se están burlando de lo que hacen? —dije por decir algo, aunque mi cabeza estaba llena de acrobacias formadas por incógnitas. Ángela lo notó, e hizo el favor de abundar.

—No es cinismo, es algo peor: es una perversión muy refinada.

La misma perversión que tendría un sociópata.

Ese es el problema con los empresarios: justifican sus acciones diciendo que son solo negocios y que los negocios son impersonales y que necesitan sacrificios.

Pero en realidad es una excelente fórmula para no hacerse cargo de sus atrocidades.

Atrocidades para generar dinero y las atrocidades que hacen cuando tienen mucho dinero.

—¿Tanto así, Ángela?

—Tanto así. Lo recuerdo perfectamente de un orfanato con el que tuve contacto. Por las noches llegaban varios empresarios y compraban a las internas por unas horas. Pero el descaro de rendirle culto a Gilles de Rais me parece monstruoso.

—Pues esa historia me la he perdido.

—Yo la conozco porque un… mentor mío, en algún momento me prestó un libro que hablaba de este personaje.

El libro me impresionó mucho. Era de Joris-Karl Huysmans y fue prohibido en Francia una temporada.

Prohíben los libros que hablan de las salvajadas, pero no hacen nada con las salvajadas.

Gilles de Rais siempre fue muy cercano a la metafísica.

Pasó de ser un católico devoto a ser satánico.

Fue el mariscal de Juana de Arco, y eso es lo primero que me molesta.

—¿Por qué?

—Porque conocí a las brigadas de Santa Juana de Arco aquí en México.

El semblante de Ángela me indicaba que no quería abundar en eso. Por el contrario, parecía deseosa de hablar de Barba Azul, tal vez para poder hacer una catarsis de todo lo que habíamos escuchado esa mañana.