El Club Barba Azul El Club Barba Azul #40
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El Club Barba Azul #40

—Hasta que el presidente Calles acabe su periodo.

Me di cuenta de que no bromeaban al respecto. Ni un ápice.

—Pero dicen que la política no les interesa. Que todo lo que se relaciona con la política termina enturbiando el equilibrio que ellos han logrado.

—Sí, que los propósitos de la Compañía son más prácticos y por lo mismo más firmes.

El más joven no participaba en ese panegírico de la Compañía. Los miraba con seriedad, aunque sin enojo. Era como si fuera él quien acabara de llegar y no conociera a nadie del grupo.

—¿Entonces la Compañía les ofrece protección? —continué con mis dudas genuinas.

—No, no. Es más bien que ellos lograron que no se necesite protección.

—La Iglesia y el gobierno tienen cabida en Tepeaca, incluso con horarios.

—¿Cómo es eso? —preguntó Carlos tan ansioso de información como yo.

—Son básicamente tres horarios: mañana, medio día y tarde.

—Sí, en las mañanas, muy temprano están trabajando.

—Los niños y sus mamás. La Compañía se dio cuenta de que los hombres adultos eran demasiado problema. Muchos borrachos, muchas quejas.

—Además, no podían trabajar juntos. Las mamás y los niños sí, pero los hombres, casi diario, acosaban a las mujeres cuando algún capataz se descuidaba y atacaban a los niños, obligándolos a hacer el trabajo que les tocaba a ellos.

—Mientras ellos aprovechaban para beber incluso por la mañana.

—Sí —les dije casi pensando para mí sola—, hace unos minutos nos topamos con unos de los desempleados, y al parecer no han modificado sus hábitos.

—Entonces en la mañana trabajan, a partir de la comida y hasta las cinco están con las monjitas en sus clases de catecismo, y a las cinco entramos nosotros con las clases hasta las ocho o nueve.

Me quedé pensando en los horarios, pregunté:

—¿No tendría que ser al revés?

—¿Cómo?

—¿Que empezaran con las clases en la mañana cuando están frescos, luego el trabajo y en la noche la religión?

El más jovencito, que parecía haber pedido el interés en el relato de sus compañeros, levantó la cabeza y puso atención a mi pregunta. A partir de ese momento, no me quitó la vista.

—Pues tal vez sí —dijo otro de los maestros—, pero uno tiene que hacer concesiones por la Compañía, ¿no? Han logrado lo que no se puede en muchas partes del país: que estemos aquí sin que nadie nos moleste.

—¡Sin riesgo de perder la vida, Genaro! —dijo otro con la alegría que provoca ver una desgracia desde puerto seguro.

Carlos también me volteó a ver y comprendí lo que me estaba indicando: no forzar demasiado las cosas. Nuestra misión no era cuestionar las inconsistencias, sino recopilar toda la información posible.

—Nos dijeron que en Tabasco los niños no ponían atención porque se la pasaban rascando la cabeza, estaban infestados.

—Aquí la Compañía les construyó casas con regaderas muy cerca de la mina.

—Se bañan al menos dos veces por semana y no tienen que caminar mucho para llegar ni a su trabajo, ni a su catecismo, ni a sus clases.

—Las aulas también las construyó la Compañía.

—El otro día que fui de fin de semana a Puebla, un primo que también es maestro me enseñó dos fotos de las aulas donde él trabaja en Morelos. Paja y palos, nada más.

—Las que nos hizo la Compañía tienen paredes de tabique.

—Y no tienen goteras.

—¿Y todas las instalaciones están en el mismo lugar? —preguntó Carlos fingiendo con mala actuación que la respuesta no le interesaba demasiado.

—Todo está alrededor de la mina. Las casas de las monjas y sus aulas están pegadas a los dormitorios. Y no crean que duermen todos en el mismo lugar como en un hospicio. Hay como 20 cuartos.

—Los cuidan muy bien.

—Es que no todos los niños de la sierra entran con la Compañía, seleccionan siempre a los mejores.

—¿A los mejores?

—A los que se portan mejor, a los más trabajadores.

—¿Y vienen los niños con sus mamás? —ni Carlos ni yo podíamos reprimir las preguntas. No queríamos dejar pasar la oportunidad.

—No. Las reglas a ese respecto son claras.

—Si juntaran a las madres con sus hijos, nos dijeron, se tendría que venir toda la familia, que en muchos casos incluye no solo al papá sino a tíos a primos. Sería un relajo. Otra vez los borrachos, la holgazanería.

—Así se pueden concentrar más en sus estudios y en aprender el catecismo.

—Y en trabajar —se me escapó sin pensarlo.

—Bueno, sí. Pero como decíamos antes, si es la Compañía la que ha logrado todo esto…

—¿Y las aulas donde ustedes dan clase?

—Esas están un poco más retiradas. Pero no mucho, como a dos kilómetros de los dormitorios.

—Los niños siempre llegan a tiempo.

—Y no están cansados, no demasiado.

—Pues vaya que se ha armado algo grande por acá, espero de verdad que podamos implementar un sistema parecido en mi país —dijo Carlos pensando lo mismo que yo: que la información de los maestros tenía como frontera final el halago.

Que ahí ya no obtendríamos mucho más. Pero los maestros estaban felices contando su experiencia:

—Y hasta tiene un nombre, igual le es de utilidad, lo llaman el método Barba Azul.

—Es por el cuento para niños.

—Del ogro que parecía mala persona, pero al final no lo era.

—Nos dijeron que querían hacer entender a los pobladores de la sierra que, a pesar de tratarse de una mina, ellos eran buenas personas. Nada que ver con la explotación obrera.

—¿Quién pensaría que detrás de una mina hay una escuela, dormitorio y comida para niños?

—Y nos dijeron que el sistema está basado en un especialista para niños de Europa, Ernst Haeckel, se llama.

Me lo aprendí porque la próxima vez que vaya a Puebla voy a buscar en la biblioteca alguno de sus libros.

Como dice el presidente Calles, la preparación de los maestros rurales nunca debe detenerse.

—Muy ilustrativo, de verdad —regresó Carlos, pero su cara tenía de pronto otro semblante. Parecía que le urgía salir de ahí. Su premura era mayor que cuando nos encontramos con el grupo de borrachos. Había detectado algo que se me había pasado.

—Bueno, pues entonces es hora de ir a ver todo este maravilloso proyecto con nuestros propios ojos —dije para terminar con la agonía de mi compañero—, de verdad no saben cuánto les agradecemos toda la información.

Le contaremos tanto a la Compañía como a la Escuela de Medicina de su entusiasmo y de lo gentiles que han sido con nosotros.

Se veían más que satisfechos, orgullosos. Todos jovencitos, todos en su primera misión como maestros rurales. Todos menos el que parecía el más pequeño. Me seguía mirando y podía notar que no compartía el arrebato de sus compañeros.

—Bueno, nos vamos entonces, en marcha, doctor Gardel.

—Sí, vamos, ya es hora.

—Hay una manera más fácil para bajar —nos dijeron finalmente—, es un camino que rodea un poco hasta llegar al principal, pero es menos trabajo.

—Yo los acompaño —dijo justamente el más joven—, voy a desentumecer mis piernas.

Nos paramos y dijimos adiós de amable manera. A Carlos no se le quitaba el semblante gris de su cara. Nuestro nuevo guía nos indicó por dónde tomaríamos el camino y los tres nos pusimos en marcha.

Diario de un seductor 6

Muchas incógnitas y una certeza. Ese era mi balance después de la plática que habíamos tenido con los maestros rurales.

El método Barba Azul tenía el mismo nombre que el club mencionado en la nota de la biblioteca prohibida.

“Solo para los ojos del Club Barba Azul”, o algo parecido decía.

También recordaba que mi versión del cuento no era la misma que tenían aquellos jóvenes maestros.

La que yo conocía era la de un hombre malvado —por dentro y por fuera— que asesinaba a sus esposas una tras otra.

Y el final que conocía, muy parecido al de la Caperucita Roja, era que los hermanos de la última consorte irrumpían en el castillo del sádico y lo mataban.

Nunca lo pensé como un cuento para niños, incluso si se quería buscar alguna brutal moraleja.

En el caso de Caperucita era clara: no te vayas por donde te prohíben los adultos.

Con un marido que se escabecha a sus esposas en turno no encontraba ningún tipo de utilidad instructiva.

Y luego estaba Ernst Haeckel. Ese nombre que había escuchado dos veces en menos de cinco días. Ahí, la relación me parecía más clara: Nazarena, lo mismo que su primo, el doctor Genina, tenían algo que ver con la mina, con la Compañía. Ya fuera en el diseño del método , ya fuera en su práctica.

Mientras nos íbamos alejando de las casitas de los maestros, hervía en ganas de comentarle todo esto a Ángela, pero no estábamos solos.

Uno de los maestros se había ofrecido a mostrarnos el camino de regreso.

Me sentía yo mismo como la Caperucita. No sabía si nos vigilaba porque no se había creído la retahíla de mentiras que les dijimos, o lo suyo era pura buena voluntad. Pero no era ninguna de las dos cosas.

—Ese es el sendero que llega hasta el camino —nos señaló una vía sinuosa de tierra que apenas se distinguía en medio de los arbustos.

Nos vio confundidos y nos dijo:

—Dejen los acompaño un poco más para que no se pierdan.

Avanzamos en silencio. La cara de Ángela también sugería que estaba tratando de desenredar los hilos de sus cavilaciones. Fue el maestro quien nos sacó de nuestros diálogos internos:

—¿En verdad creen que todo lo que está pasando aquí es una buena propuesta?

Era extraño escucharlo. No había dicho una sola palabra en compañía de sus amigos, y su tono no estaba barnizado por el entusiasmo de aquellos. Ángela, con ese olfato que tenía, se dio cuenta de que ahí podíamos obtener algo más.

—¿Tú no? —le pregunto directamente—, tus camaradas parecen muy emocionados.

—Porque han leído poco y se creen todo lo que la Compañía les dice.

La doctora Ángela, a pesar de que íbamos en bajada, comenzó a aminorar el paso. Estaba ganando tiempo.

—Entonces ¿qué te parece a ti?