El Club Barba Azul #39
El principal distractor era una elegancia que se había vuelto vieja.
La capa de polvo deseaba provocar confusión y en esa confusión el señor Avellaneda se cubría bien.
No es que fuera homosexual declarado: era decadente.
No es que fuera alcohólico empedernido: es que era decadente.
No es que sufriera de una depresión preocupante: es que era decadente.
Pero en los lupanares, el disfraz no servía de nada.
En los lupanares la gente no conocía a los escritores decadentes.
No leía. Su padre aseguraba que había tenido que rescatar a su hijo varias veces.
Cada vez más. En medio de las luces amarillas del Bar Ópera, y al calor de los tragos, había intentado besar a un amigo de la infancia.
El amigo lo rechazó con amabilidad y determinación.
El señor Avellaneda había creído leer signos de amaneramiento y pensó que tenían las mismas aficiones.
Pero cuando descubrió que no era así, se sintió exhibido.
Entonces le lanzó un puñetazo, lo que provocó un altercado que terminó haciendo añicos las lámparas de mesa, los espejos y la amistad de varios años.
Fue la primera vez que su padre tuvo que llegar, chequera en mano, para reparar los daños materiales y para comprar el silencio de los espectadores.
El señor Avellaneda no se atrevía a ir a los sitios donde se daban cita las personas con su misma inclinación.
Si alguien lo veía entrar o salir de esos lugares, el nombre de la familia no podría comprar tantos silencios.
Entonces comenzó a asistir a los teatros de barrio.
Dejaba en casa sus trajes hechos a la medida y se disfrazaba para pasar desapercibido, fingía disfrutar del humor rastrero de Don Catarino o de Roberto El Panzón Soto, cuando en realidad estudiaba a la concurrencia para fijar dos o tres blancos a quienes invitar un trago después del espectáculo.
No era el único dinero que desembolsaba.
Los acompañantes, sumidos en la pobreza, fingían un deseo que no sentían cuando veían unos cuantos billetes.
Durante semanas, nos relata el informe del padre, no hubo novedades desagradables, aunque la familia comenzaba a sospechar de aquellas correrías.
La moral y el apellido eran tótems en esa familia.
El padre dice que uno de sus sobrinos mandó a espiar al señor Avellaneda los fines de semana.
Descubrieron sus rutinas y con ellas sus inclinaciones. Se lo reprocharon.
La reputación del señor Avellaneda no era suya.
Ahí no había individualidad sino morales colectivas.
Sus pulsiones estaban prohibidas. Prohibido sentir lo que sientes.
Repito la comparación: es como si la familia le prohibiera a un miembro enfermarse de gripa.
Se pide lo imposible, lo absurdo, y el que tiene las pulsiones se convierte en un manojo de contradicciones.
Atribuye sus inclinaciones a un defecto que, si tuviera la suficiente fuerza de voluntad, sería capaz de corregir.
No debe sorprender entonces el creciente sentimiento de culpa, de inferioridad.
El padre nos refiere que el señor Avellaneda comenzó a frecuentar los sitios más indignos que podía encontrar, en una violenta rebeldía contra su familia.
El padre tuvo que recogerlo varias veces de la calle porque había sido salvajemente golpeado después de robado.
El dinero, a pesar de ser mucho, comenzó a resultar insuficiente: cada pago a los médicos que lo atendían debía incluir una suma igual para garantizar la discreción.
Se utilizó el mismo recurso para callar a los testigos.
Cada mañana el padre adivinaba los recorridos nocturnos de su hijo, hacía preguntas y compraba silencios.
Según refiere, en varios sitios ya lo conocían.
Incluso comenzaba a ver más gente que antes.
Personas que lo esperaban para recibir su pago semanal.
Era una extorsión a la que acudía sin retraso la víctima.
Esos silencios se volvieron demasiado gravosos.
Cuenta que un día, cuando ya lo esperaban como si se tratara de obreros de fábrica en quincena, pagó a dos hombres mal encarados que ya había visto en ocasiones anteriores.
Al recibir su parte, estos se dieron la media vuelta y se sonrieron con sorna, lo cual no era raro.
Luego escuchó a uno de ellos: “doble paga por un solo trabajo”.
No le cupo duda: aquellos hombres eran los que habían asaltado a su hijo hasta dejarlo inconsciente.
Todos perfeccionaron su metodología: los testigos llegaban puntuales en la noche.
Soportaban el desvelo. Veían el espectáculo.
Recibían sus honorarios después. El padre llegaba al día siguiente con los pagos.
Los atacantes golpeaban sin matar a la gallina de los huevos de oro.
Le quitaban el dinero que llevaba encima y encima eran premiados al día siguiente.
Resulta increíble la manera en que todos habían aceptado el simulacro. Una extensión moral de la familia Avellaneda. Actuaciones que resultaban demasiado caras. Y todo el sistema se fue enmarañando aún más cuando el alcoholismo se volvió el problema central. No ya el homosexualismo.
Retrato del maestro adolescente
Cuando llegamos al caserío que el grupo de borrachos nos habían señalado, estábamos exhaustos.
El sol de la mañana nos había cocinado la cabeza y las ropas de la ciudad eran una molesta costra en la sierra poblana.
A mitad de camino, vimos monte arriba a cuatro jovencitos que nos miraban entre incrédulos y divertidos.
Les estábamos dando un espectáculo muy entretenido.
—Buenos días —saludaron cuando ya estábamos cerca, con una actitud distinta a la del grupo anterior—, ¿alguien quiere un vasito de agua?
Nos sentamos a la sombra de una palapa que, nos dijeron, habían construido ellos mismos para las horas de calor.
Mientras bebía el vaso de agua en silencio y notaba cómo me observaban de pies a cabeza, pensé dos cosas: la manera en que detestaba las novelas rurales de estilo costumbrista que en ese momento brotaban por todos lados en el país como una pandemia.
Como ahora que me sentía en medio de una de ellas.
Lo segundo era que no sabía la historia que iba a contar a esos maestros rurales para obtener información.
—Los veo ya mejorados —dijo uno de ellos—, la verdad es que nos preguntamos en qué condiciones llegarían hasta acá vistiendo esas ropas, incluso si iban a llegar.
—Pues llegamos —dijo para mi sorpresa Carlos—, no en las mejores condiciones, pero llegamos.
Me quedé de una pieza. Carlos había traicionado nuestro acuerdo. Y cuando habló, me di cuenta, lo hizo sin reprimir su acento. Todos lo notamos.
—Usted no es de México, ¿verdad? —le preguntaron sin remedio.
—¿Tanto se me nota? —regresó Carlos de nuevo con su acento libre.
—Un poco —contestó otro más, luego se rieron.
—¿Y de dónde vienen?, si se puede saber.
—Pues por la generosidad del gobierno de México —se me volvió a adelantar Carlos—, el sistema educativo de mi país, Argentina, quiere instaurar un modelo parecido al que tienen acá.
Instrucción en cada rincón del país, escuelas rurales, preparación de maestros, y me han permitido visitar algunos de los lugares junto con la doctora Lizardi que viene de parte de la Escuela Nacional de Medicina.
Con esta visita lograremos dos informes que serán muy provechosos.
Todos estábamos sentados bajo la sombra.
Todos menos uno que se reclinaba sobre un madero que sostenía el precario techo.
Parecía el más joven y nos analizaba con su mirada.
No solamente a Carlos y a mí, también a sus propios compañeros.
Era el único circunspecto. Al resto le entusiasmó lo que Carlos había dicho.
Saber que el trabajo que hacían de manera local estaba teniendo implicaciones internacionales, les insufló un orgullo que se convirtió en verborrea.
Entendí su plan y seguí la corriente. Su traición me supo menos molesta.
—¿Sabían que el presidente Calles fue también maestro rural?
—Va a abrir mil escuelas rurales cada año.
Carlos había accionado el motor del entusiasmo. Sirvió a la perfección para disipar sospechas y para hacerlos hablar, pero tenía que aterrizarlos y llegar a la información que necesitábamos. El mosaico de generalidades duró algunos minutos más, luego pregunté:
—Nos dijeron en la ciudad que este sitio era peligroso.
—Claro, se referían a la guerra con los cristeros.
—Cabrones desgraciados: ¿sabían que han matado a varios de los nuestros? —Lo sabía, y estaba segura de que conocía los detalles mucho mejor que aquellos jovencitos.
—Sin embargo, no vemos mucha amenaza por acá. —Otra vez Carlos haciendo lujo de su acento.
—Aquí no pasa nada, no se preocupen.
—Sabemos lo de la guerra porque nos la han contado, pero la verdad es que no la hemos visto.
—Nosotros nos acabamos de graduar. También nos sorprendimos cuando nos dijeron que vendríamos a la sierra de Puebla.
—Pero luego llegó la Compañía.
—La Compañía de Mármoles de Tepeaca ha puesto orden en este lugar.
—Le pidieron a la escuela de formación en Puebla que mandaran para acá a los más jóvenes, que ellos se encargarían de nuestra seguridad, que aquí nos podríamos foguear sin enfrentar riesgos.
—¿Por qué tanta amabilidad? —pregunté sin necesidad de actuar mi duda.
—Pues parece que su negocio va muy bien, que exportan su mármol hasta Estados Unidos, y entonces han creado un sistema para que la guerra no llegue y les arruine el negocio.
—Un sistema que tiene que ver con los maestros rurales y con las monjas que llegan.
—Representando a la Iglesia.
—¿Pueden creerlo? Es un sistema que se debería implantar en todo el país y así se acabaría el enfrentamiento.
—Pero la Compañía no es tan grande. Si al menos uno de ellos se postulara para presidente, habría paz.