El Club Barba Azul El Club Barba Azul #38
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El Club Barba Azul #38

—Por borrachos, sin duda alguna. Justamente vamos a atender un caso de accidente provocado por alguien que estaba bebiendo. ¿Saben ustedes lo riesgoso que es trabajar en una mina en ese estado?

El grupo se le quedó viendo con sorpresa. Se sentían regañados por una madre severa —la imagen de la Coatlicue paseó unos segundos en mi cabeza—, pero no era lo único:

—¿Bebiendo?, ¿cómo bebiendo si en la mina ya solo trabajan mujeres y niños?

—Era uno de los capataces de la Compañía, señores. ¿Creen que solo ustedes tienen el asqueroso vicio de la bebida?

La velocidad de la doctora me apabullaba. ¿De dónde había sacado ese tipo de entrenamiento? Los miró con enojo y asco unos segundos, luego fue graduando su histrionismo hacia la comprensión:

—¿Cuándo los corrieron exactamente, si se puede saber?

—Hace dos semanas.

—Pero no fue porque bebiéramos en el trabajo.

—Bueno, tú sí llegabas crudo, no te hagas.

—Pero nunca borracho.

—¡Basta ya! Si no fue por sus hábitos, ¿por qué los corrieron?

—Nos dijeron que ya solo iban a dar trabajo a mujeres y niños.

—Que eran más cuidadosos, dijeron.

—Que causaban menos problemas.

La doctora Ángela estaba sacando información del más extraño de los interrogatorios.

—Pero ahí pasa algo raro —dijo el que se notaba menos bebido—, porque cuando nos corrieron fue también cuando empezaron a llegar las monjitas.

—Y cuando reubicaron a los maestros rurales.

—Y la verdad es que no nos explicamos cómo hacen el trabajo pesado de cargar los mármoles y las piedras. Si a nosotros nos costaba mucho.

—Aunque ya casi no pasan carretas con el material.

—No, ya no.

La circunstancia había dado un completo giro. Pero Ángela no bajaba la defensa, seguía interpretando a un representante con rango de autoridad, pero benevolente.

—Denme sus nombres completos —les exigió, y el grupo se le quedó viendo.

En los últimos segundos ya se habían replegado unos centímetros, aunque la agresión se mantenía entre ellos como el lazo de una cofradía.

El líder nuevamente le pegó un trago a su bebida, aunque ingirió menos líquido y sus aspavientos ya no eran tan desafiantes. Cuando terminó preguntó:

—¿Cómo para que los quiere, doctora?

—Voy a hablar con la Compañía. Vamos a ver qué se puede hacer.

—Pero ustedes, ¿son doctores o qué son?

—Nos mandan directamente desde la dirigencia, eso es todo lo que necesitan saber.

Traté de copiar el mismo aplomo que mostraba mi compañera. No era fácil.

El grupo por el contrario interpretó su papel a la perfección. De la bravuconería pasaron a los intentos por congraciarse. Había un favor de por medio. Todos dieron sus nombres y Ángela los apuntó en una libreta que había sacado de su maletín.

—Ahora bien, necesito dos cosas más. Primero la más importante: desde este momento dejan de beber. No voy a arriesgar mi buen nombre por ustedes para que en la primera entrevista lleguen tambaleándose y apestando a destilería industrial.

En un último acto de bravuconería, el líder le dio otro trago más a su botella, pero no se terminó todo el contenido. La tiró al piso y dijo:

—Ese fue para el camino.

No alcancé a entender si se trataba de una disculpa o de un último reto. De cualquier manera, Ángela lo volteó a ver con mirada ecuánime.

—Lo segundo es que me indiquen con precisión en dónde reubicaron a los maestros rurales. Necesitamos hablar con ellos.

El mismo tono de autoridad. Luego me volteó a ver a mí de manera natural y me preguntó sin disminuir su gravedad:

—Doctor Gardel: la avanzada que traía los medicamentos ya debe haber llegado, ¿no es cierto?

Tuve que seguir el compás de su celeridad:

—Así es, doctora, habrán llegado si no me fallan los cálculos, hará unas dos horas —intenté someter mi acento, pero sabía que había fracasado sobre todo al decir la palabra fallan . La doctora nuevamente se apresuró a intervenir para evitar preguntas:

—Pues bien, entonces primero vamos a visitar a los maestros para tener una mejor idea de qué es lo que pasa aquí y luego iremos con el paciente.

Me limité a asentir en silencio.

—No está lejos —dijo el que parecía más joven—, ¿ve usted esas construcciones allá arriba de la loma? Pues ahí están.

—¿Quiere que la acompañemos, doctora?

—¿En el estado en el que se encuentran? No, gracias. Vayan a darse un baño, a comer algo y a dormir su borrachera, eso es lo que quiero que hagan.

Acto seguido los rodeó y avanzó con paso resuelto, mientras yo la seguía de cerca.

—Buenos días —dijo a modo de despedida.

Una vez que los habíamos perdido de vista, pude notar cómo su cuerpo se relajaba.

Bajó los hombros que durante todo ese tiempo mantuvo muy cerca a sus orejas, y desinfló el pecho.

Sus pasos redujeron su marcha militar. Creo que las piernas le temblaban un poco.

Avanzábamos rumbo a las construcciones que nos habían indicado.

Unos minutos después, parecía que Ángela ya había olvidado la situación vivida.

—Pues estoy admirado, doctora, de verdad.

—No fui yo, fue el poder que confiere este gorrito —dijo mientras señalaba arriba de su cabeza sin levantar la vista. Alcancé a ver una leve y mordaz sonrisa en su cara.

—Pues no sé qué haya sido, pero sigo admirado.

Avanzamos otro tanto y no me pude contener. Lo dije para mí, aunque en medio de la soledad del campo, me escuchó sin problema:

—Pero eso de doctor Gardel …, doctor Gardel ya es un poco demasiado…

Sin dejar de avanzar y de fijar su vista en el tortuoso camino, alcancé a oír cómo se reía.

(Notas de Ángela de Lizardi basadas en el caso del señor Avellaneda)

II

La peor carga del señor Avellaneda no era su gran aburrimiento, ni siquiera su alcoholismo: era su homosexualidad.

Ese era el motor de su vergüenza. La homosexualidad que se disfrazaba de ennui , la homosexualidad que se liberaba después de unos tragos pero que al día siguiente se convertía en una mixtura de mal humor, rabia y depresión.

Aunque se puedan escabullir por los callejones oscuros, los homosexuales son perseguidos.

La ley no es concreta porque la postura moral o médica tampoco lo es.

La escuela de psicología descubrió que muchas familias tienen algún miembro homosexual.

Pero como se ocultan pensamos que la homosexualidad no es común.

El homosexual es forzado a vivir en soledad, la cabeza se convierte en una neurótica caja de resonancia que va agravando la rabia y la depresión.

El estigma es de acero: hasta 1908 se clasificaba a los homosexuales como pervertidos.

Este término era sinónimo de pederastia.

Es decir, si se era homosexual, se asumía una atracción hacia los menores de edad.

También se ha querido determinar que “el verdadero homosexual nato tiene horror al sexo contrario”, lo cual significaría estar horrorizado por la mitad de los habitantes de este planeta. Me resulta poco creíble.

Algunos especialistas dicen que no se trata de una perversión sino de una enfermedad.

Llegamos al mismo dilema: los límites de la sanidad que son determinados por convenciones sociales.

Es como si en algún país ficticio, la gripe fuera considerada una perversión y a los agripados, moralmente reprobables.

Pienso que ni la gripe ni la homosexualidad son elecciones.

Me parece absurdo que la homosexualidad florezca durante la adolescencia si se permite que el individuo desarrolle sus cualidades femeninas, como lo dice un sector académico.

Mientras la medicina se toma su tiempo para discutir la raíz del homosexualismo, en el código penal se encuentra bien tipificado: “ataque a la moral y las buenas costumbres”, que desde 1871 tiene como principales sospechosos, justamente, a los homosexuales.

Así, resulta mucho más fácil entender los padecimientos del señor Avellaneda, los cuales no tenían mucho de originales, en realidad.

Su padre asegura que a la madre no le preocuparon demasiado las tendencias sexuales de su hijo cuando era niño.

Pero había una política puertas afuera. El señor Avellaneda entrenó dos comportamientos: el privado y el público.

Werner Wolff sugiere que esto lo hacemos todos de alguna manera.

Las restricciones sociales no eliminan las pulsiones íntimas cuando estamos fuera de casa.

Están presentes con toda su agresividad, pero se opta por la actuación como una manera de protegerse.

Hay casos extremos. Wolff también nos dice que los psicópatas se permiten mostrar su intimidad, por más aberrante que sea, usando el escenario exterior.

Así, un asesino sanguinario, en la soledad de su casa no tendrá mucho que hacer, mientras que el mundo exterior lo puede proveer del material suficiente para desarrollar su afición.

Pero el señor Avellaneda no tenía el arrojo del psicópata. Al menos en un principio.

Pronto descubrió los sitios en donde se podía relajar.

Cantinas, pulquerías y lupanares se convirtieron en los sitios de recreo favorito.

Tampoco en esto fue demasiado original: al calor del alcohol, el exterior comienza a perder su opresión, las risas se vuelven más estridentes, las peleas más pendencieras.

El alcohol nos permite imaginar el escenario público como una extensión de nuestro cuarto de baño: se puede hacer cualquier cosa sin consecuencias.

El señor Avellaneda entonces se sintió cada vez más liberado, y comenzó a beber con mayor frecuencia.

¿Quién puede culparlo? Era en esas situaciones donde encontraba algo parecido a la libertad y a la felicidad.

La escalada fue rápida. Buscó un estilo de vida que justificara su inclinación sexual.

Que la hiciera pasar desapercibida. Rescató el estilo decadente de los escritores de principios de siglo.

Eso le permitió flirtear con el homosexualismo, el alcoholismo y la depresión, aunque en él era más clínica que poética.