El Club Barba Azul El Club Barba Azul #37
41%

El Club Barba Azul #37

Su amenaza no se cumpliría. Nazarena intercedería, más ahora que conocía su deleznable secreto.

La doctora Ángela también intercedería, estaba seguro de eso.

Al final de cuentas, pensé mientras caminaba por los pasillos del Palacio de Medicina, en cierta manera sí vivía dependiendo de las mujeres, como un chulo.

Así fue como pude ir con la Ángela. Y el viaje fue placentero hasta el segundo día.

Conforme nos fuimos alejando del centro de Tepeaca el panorama comenzó a cambiar.

Era una transformación paulatina, pero constante.

El día anterior me había sentido como turista en alguna villa europea.

En un poblado con el orden de Suiza, pero con el suave trato de los mexicanos.

Por todos lados había “Buenas tardes, ¿cómo están?”.

Por ser domingo, las familias habían salido en grupo y también se saludaban entre ellos.

Muchas veces se detenían y los adultos intercambiaban impresiones o animados chismes mientras los niños se adelantaban a la plaza o jugaban en la calle con sus trompos.

Los puestos de comida y golosinas parecían sacados de la utilería de una obra de teatro.

No había borrachos. No había mendigos. Creo que nadie hablaba por encima de los decibeles de la prudencia.

Jamás había visto algo parecido, ni en la Argentina ni en México.

Pero bastó avanzar algunos metros más allá de los límites de la villa para encontrarnos con otro panorama.

Los saludos desaparecieron y en su lugar nacieron las miradas hoscas.

El camino era de tierra, pero nos habían dicho que la mina estaba a una hora caminando.

De cualquier manera, Ángela no hubiera elegido otra manera de llegar hasta allá.

La idea era ver qué estaba pasando en esa zona y nos había quedado claro que en el centro de Tepeaca no encontraríamos indicios, solamente amabilidad como el caramelo derretido que cubre a las manzanas. Que empalaga.

Al llegar, no teníamos idea de qué era la mina y por qué la gente la conocía tan bien.

Los recepcionistas de nuestras casas de huéspedes la ubicaban, la señora que atendía el merendero la conocía, en un estanco donde compré cigarrillos pregunté con todo propósito y por supuesto que la conocían.

Nosotros no sabíamos qué era la “Compañía”.

En la tarde supimos que la mina era de ónix y mármol, pero la mencionada “Compañía” parecía un espíritu santo: estaba presente en la boca de todos, aunque nadie la podía definir con precisión.

Antes de iniciar el viaje, y tras haberme enterado de la situación bélica que vivía la zona, le sugerí a la doctora llevar una pistola.

La podía pedir prestada con un amigo anarquista, pero su negativa fue rotunda.

Nada de armas. Traté de convencerla hablándole de nuestra protección en sitios que no conocíamos en lo más mínimo, pero ella tenía como convicción que la violencia solo llamaba a la violencia, y que una pistola guardada en un bolso sería un imán para que, justamente, nos pasara algo desagradable.

—Ángela —recuerdo que le dije—, pero eso parece superchería metafísica y tú eres toda una científica.

—Nada de superchería —me contestó esquivando mi ironía—, si vas caminando por un lugar desconocido, con gente desconocida y sin un arma, vas a hacer hasta lo imposible por resolver cualquier afrenta que se te presente con la mayor amabilidad que tu paciencia te tenga preparada.

Si las cosas se ponen realmente mal, buscarás la manera de salir de ahí lo más pronto posible y sin un rasguño a pesar de que te hayan insultado o agredido.

Si, por el contrario, vas por los mismos lugares con un arma escondida, no le vas a creer por completo ni a tu paciencia ni a tu amabilidad.

Te vas a sentir más poderoso, por ende, más intransigente.

Vas a bailar al ritmo de una agresión y querrás demostrar que, en ese juego, llevas la de ganar.

Y probablemente la pistola saldrá de su escondite sin que hubiera sido necesario.

Recuerdo que me le quedé viendo. Todo eso me lo había dicho mientras seguía la faena de embalsamar un cuerpo especialmente complicado.

Era una reflexión que nunca había pensado.

Yo sí detuve lo que estaba haciendo y me le quedé viendo algún rato.

Ella sintió mi mirada, pero nuevamente sin detenerse, completó:

—Y no lo digo por ti, Carlos, no me lo tomes a mal, pero es lo que suele suceder en todos los casos.

Ángela decía lo que decía como si se tratara de cualquier cosa, de una reflexión que se le hubiera ocurrido a cualquiera. Si así fuera, estoy seguro, este sería un mundo más… amable.

Sin embargo, cuando ya llevábamos 15 minutos avanzando fuera del pueblo, me pregunté si su teoría sería acertada.

Las casas se convirtieron en chozas. Con techos de palma o maderas apiladas buscando ser lo más planas posibles.

Los espacios interiores eran tan pequeños que los miembros de las familias vivían afuera: lavando ropa, cuidando hortalizas y, ahí sí, muchos hombres bebiendo a pesar de que el día apenas comenzaba.

Las miradas masculinas superaban en intensidad a las femeninas.

Si en las primeras chozas las mujeres nos miraban con curiosidad, los hombres lo hacían con recelo.

Viviendas más adelante, las mujeres nos venían con recelo y los hombres lograban una contemplación huraña.

Cuando las mujeres comenzaron a comportarse hurañas a nuestro paso, los hombres sentados en sillas improvisadas se incorporaban y su mirada nos seguía sin pudor como los ojos de los santos en la iglesia.

Ningún saludo fue correspondido. La única respuesta que recibimos más de una vez a nuestro “Buenos días, señor” fueron escupitajos que lanzaban en un punto entre ellos y nosotros.

—La cosa se va poniendo seria, ¿no, doctora?

—Así es —regresó sin nota de alarma en su voz.

Ángela era una especie de roble andante.

Podía crear pensamientos útiles y hermosos, pero al mismo tiempo era una madera recia.

Muchas veces me intrigaba de dónde provenía la dureza.

Un poco más adelante desaparecieron las chozas por un largo trayecto y solo quedó el camino de tierra bordeado por matorrales enanos y secos.

A los breves minutos, nos salieron al paso una gavilla de jóvenes que parecían rondar los 25 años.

Sé que Ángela los había visto antes porque, sin decir palabra, sacó del maletín su gorro blanco con una cruz roja en el frente.

El grupo que llegaba estaba compuesto por seres andrajosos, todos en muy mal estado.

Estaban en ese punto de su vida en el que la borrachera ya no se detiene a ninguna hora y se vuelve un continuo camino sinuoso con un solo final.

—A ver, a ver —dijo uno de ellos—, ¿que nos traen por acá?

Tuvimos que bajar la velocidad cuando nos cerraron el paso.

—Míster —dijo otro refiriéndose a mí—, veo que ha sido muy amable en traernos compañía.

Comenzaron a inspeccionar a Ángela desde el medio metro que nos separaba.

Primero como si nada importara, luego con mayor descaro.

Ángela llevaba falda, y una blusa de tela con una faja de cuero que para nuestra desgracia le recalcaba la cintura.

Era un atuendo que contrastaba con el sitio donde estábamos.

Nadie vestido de esa manera hubiera hecho ese trayecto a pie.

Los ojos la seguían con un ritmo mitad inquisitorial, mitad cargado de deseo.

Y aunque no era a mí a quien seguían, los podía sentir.

Su mirada se perdía en fantasías. Me daba cuenta de que estaban también muy concentrados imaginando lo que habría debajo de la falda y de la blusa.

Mi nerviosismo comenzó a coincidir con la rabia y el miedo.

Ángela, por el contrario, se abrió paso y avanzó sin fijarse en las miradas.

Concentrada en lo fracturado del camino.

Uno de los hombres se acercó con una vara en su mano y, como si fuera un niño, intentó levantarle la falda. Estuve a punto de darle una patada a su instrumento cuando la voz de mi acompañante se impuso, serena pero enérgica:

—¡Háganse a un lado y no interrumpan nuestro paso!

A pesar de que sonaba como una orden sacada de un conjuro, la voz detuvo un instante a los asaltantes.

—Somos médicos de la Compañía y tenemos un caso urgente que atender en la mina.

Ya se había apropiado de dos elementos que no sabía qué eran, pero su autoridad era incuestionable. Yo mismo la volteé a ver asombrado. De inmediato me recompuse para jugar mi parte en la actuación.

—Conque de la Compañía ¿eh? —dijo otro con ese tono de burla que solo se logra cuando nace de la amargura.

—¿Y están ustedes muy orgullosos de ser parte de esa Compañía?

Pude notar cómo el enojo de los muchachos se decantaba hacia otro sitio.

—Trabajamos para ella, nos pagan y debemos cumplir con esa labor con urgencia —dijo Ángela sin amedrentarse un ápice.

El líder le dio un trago a una botella de algo que olía a aguardiente.

Jamás pensé que ese gesto, en esas circunstancias, podría darme alguna tranquilidad.

El cuerpo de Ángela había dejado de ser el centro de atención y, con ese trago, parecía que su enojo encontraba una salida más embrutecedora pero menos brutal.

Casi confirmando lo que estaba suponiendo, otro de los muchachos, el que parecía más joven, bajó la cabeza y dijo a media voz:

—Pues la Compañía nos quitó el trabajo a nosotros —su tono había abandonado la explosión y se centró más bien en la decepción. La ira seguía presente.

—¡Así es! —regresó el líder después de haber tragado una generosa cantidad de su licor—, nos corrieron hace unos días.

Vi cómo Ángela se concentraba y lograba la rapidez suficiente para decir: