El Club Barba Azul El Club Barba Azul #36
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El Club Barba Azul #36

—Los niños, por ejemplo. No importa en qué época vivan, nunca son tomados en cuenta. Siempre son prescindibles.

Tepeaca no era más que un conjunto breve de construcciones.

Eso sí, su limpieza impresionaba. Había, más que decoro, una neurótica pulcritud en el cuadro principal de la villa.

A los habitantes se les veía más bien afables, como si la guerra que sacudía a buena parte del país hubiera renunciado a instalarse en ese sitio.

Preguntamos y nos dieron referencia de una casa de huéspedes, dos en realidad: una para varones, otra para mujeres.

Estaban casi frente a frente, nos dirigimos cada quien a la suya.

Antes nos informamos de un merendero que estaba abierto todavía dos horas más.

Ahí quedamos de vernos. Mi recepcionista era una señora con semblante serio pero no desagradable.

—¿Hay espacio para cuatro noches? —pregunté.

—Por supuesto, señorita.

Sacó una serie de papeles. Anotó dirección y nombre completo. Ambos procedían de mi invención, y le había indicado a Carlos que hiciera lo mismo. Solamente mantendríamos nuestros nombres de pila para no equivocarnos bajo ninguna presión.

—¿No están las cosas muy peligrosas por acá? —pregunté de manera distraída mientas revisaba la sala de estar de esa recepción.

—¿Peligrosas? ¿Por qué?

—Pues ya sabe, por esta zona y hacia el norte está la guerra entre federales y los cristeros. Dicen que lo más prudente es guardarse en casa antes de que anochezca.

—¿Acá? No, para nada —regresó mientras seguía escribiendo en sus documentos—, en Tepeaca puede estar segura: aquí nadie se pelea con nadie desde hace tiempo.

—¿En serio? Pues eso sí que es una novedad, muy agradable.

Aún sin levantar la vista, la señora sonrió. Terminó con el último papel y me pidió que lo firmara.

—¿Pagará usted por adelantado?

—Si es necesario, claro.

Mi cuarto estaba bastante decente e igual del pulcro que el resto de la ciudad.

En los tiempos libres podría avanzar un poco con mis apuntes sobre el señor Avellaneda, labor que había abandonado gracias al estudio del comportamiento humano.

Sin embargo, en ese momento no podía dejar de pensar que algo extraño pasaba en ese pueblo.

Era como si vivieran inmersos en una burbuja que no se infectaba de la realidad del país.

Parecía una buena noticia, pero a mí las buenas noticias me hacían dudar mucho.

Carlos estaba leyendo un catálogo de productos para embalsamar mientras me esperaba en la mesa del merendero.

—¿Sabés la cantidad de dinero que el doctor Genina se está ahorrando con las muestras con las que nos hace trabajar?

—Claro. Pero intuyo que ese es el menor de sus pecados.

El personal de aquel local también era afable, pero me llamaba más la atención lo que sucedía en el exterior del merendero.

El Bajío y las zonas cercanas, a decir de la prensa, estaba en momentos críticos por la guerra.

Las escaramuzas entre cristeros y federales iban escalando y, dependiendo del periódico que se eligiera leer, podían revisarse las atrocidades que un bando u otro realizaba.

Sin embargo, en Tepeaca no había ni miedo ni congoja.

Veía a hombres y mujeres, adultos y niños caminando de ida y vuelta por las calles.

Puestos de fritangas en las esquinas, varias tiendas abiertas.

La plaza que estaba a media cuadra estaba llena.

No parecía que aquel pueblo estuviera en medio de la confrontación.

Varias veces me paré y me postré en la entrada para ver en ambas direcciones.

—¿Está todo bien doctora? —me preguntó Carlos en mi tercera salida—, ¿estamos paranoicos?

—Todo lo contrario, Carlos. Estoy sorprendida: a pesar de estar en un frente de guerra, aquí la gente se comporta con toda naturalidad.

Carlos se levantó con calma y fue ahora él quien observó desde la puerta a la calle. Después de algunos segundos regresó:

—Y sí —me confirmó lo obvio—, aquí no pasa nada. Pero debo decir que hay otra cosa que me extraña más todavía.

—¿Qué es?

—Espero no agredirte con mi comentario, Ángela, no sé qué tan patriótica seas vos.

—No mucho.

—Es que luego si uno critica lo que le parece mal en México, ya sabés, por ser extranjero, lo toman como una mentada de madre…

—Vamos al grano, Carlos —le dije con voz neutra.

—No sé cómo será en otras ciudades del país, pero en la de México es imposible no fijarse en la enorme cantidad de menesterosos que hay.

No me queda duda de que son producto de la guerra que vos me contás, pero eso me tiene muy impresionado: limosneros, vagos, brabucones.

No es que en la Argentina no haya, pero la ciudad de México presenta un número considerable.

—¿Y qué tiene eso que ver con Tepeaca? —le pregunté dándome cuenta de que desde hacía un tiempo estábamos hablando en voz baja.

—Y, que acá no se ve ningún menesteroso. Y según me has contado, no es esta una zona especialmente próspera.

Me quedé pensando unos segundos. Estaba tan concentrada en buscar indicios de casas de huérfanos u hospicios para niños, que realmente no estaba viendo con detalle lo que ocurría a mi alrededor. Salí una vez más hacia la calle. La señora que nos atendía disminuyó un poco su sentido de amabilidad:

—¿Están esperando a alguien? Si quieren puedo irle preparando también algo de cenar en lo que llega.

—No, señora, es usted muy amable —contesté rápidamente a pesar de que estaba más lejos de la interlocutora que Carlos: no quería que le escucharan su acento—, solo admiramos la iglesia y sus portales.

—¡Ah! —contestó la señora con la amabilidad de nuevo instalada en su semblante—, ¿verdad que quedó preciosa?

Se acercó ella también hasta el portal de su propio negocio. Y la miró con orgullo.

—La acaban de remodelar de pies a cabeza. Me encanta el color que le pusieron. ¿Votamos, sabe usted? Entre el párroco y la compañía nos propusieron tres colores y todos votamos. Ganó ese azul cielo que ve. Yo voté por él —me dijo con un aire de victoria.

—Pareciera que todo el centro también fue remozado —le dije—, está todo muy limpio sin pintura descarapelada en las paredes.

—Así es, la Compañía también invierte en eso —no bajaba de su globo henchido de vanidad—, dicen que es moral regresar a Tepeaca un poco de lo que la ciudad les da a ellos.

Mientras ella conversaba, yo miraba a todas distancias. Carlos tenía razón: hasta donde me alcanzaba la vista era imposible ver a un limosnero o a un vagabundo. Tampoco había cantinas o gente borracha.

—Y veo que no hay tabernas por aquí.

—Muy pocas —contestó mirándome con curiosidad—, pero si se le antoja un tónico, mañana lo puede pedir en alguno de los dos restaurantes nuevos que abrieron.

Tienen licor inglés e italiano que son muy buenos, ahora si lo que quiere es echarse un traguito ahora, puedo convidarle un vino español de mi propiedad con mucho gusto.

Iba a declinar la oferta, pero pensé que levantaría sospechas. Tanto preguntar por un trago para al final no quererlo no hacía sentido. Me daba cuenta de que no podía dejar de actuar.

—¡Ay, señora, qué vergüenza! ¿Sería mucha molestia? Se lo pago con gusto.

—Nada de eso, nada de eso. Se lo regalo.

Fue hasta su mostrador, atrás había una puerta que daba a una bodega y regresó con tres copas en una mano y la botella color tinto en la otra.

—Y díganme, ¿vienen ustedes de vacaciones? ¿Son…? —se detuvo antes de terminar la frase, la prudencia la dejó muda.

—No, no, no —le contesté rápidamente y con una sonrisa—, nosotros somos médicos y venimos de la ciudad de México para hacer algunas revisiones a los niños de los poblados cercanos.

Se detuvo. Incluso dejó de servir la segunda copa que iba a la mitad.

—Pero ¿vienen de parte la Compañía?

—Somos una especie de enlace —me apuré a contestar de nuevo.

—Eso quiere decir que la Compañía estará rotando a su personal médico —dijo mientras reanudaba con más tranquilidad sus movimientos.

—Solo estaremos aquí cuatro días, no más.

—Ya entiendo: trabajo que se va acumulando supongo. Entonces ¿mañana saldrán hacia la mina?

—Así es, muy temprano. Por cierto, ¿el trayecto es muy largo?

—Para nada, caminando no harán más de una hora, no se preocupe.

Cuando regresé a la mesa con un Carlos que había estado callado, me hizo un gesto muy propio de él: juntó todas las puntas de los dedos de su mano derecha mientras la subía y la bajaba. En un susurro me preguntó “¿Qué mina?”. Yo solo alcé los hombros.

Diario de un seductor 5

Cuando le dije al doctor Genina que la semana siguiente tomaría mis vacaciones, no se alteró, ni siquiera me volteó a ver. Simplemente me dijo: “la próxima semana no es posible”.

—Tengo planes ya armados, doctor —le contesté.

—Cambie sus planes. La próxima semana, de hecho, va a tener que trabajar usted solo, y aplicar lo que haya aprendido de Ángela —avanzó aún sin voltear a verme.

Me daba cuenta de que las pocas veces que nos referíamos a la doctora, él se negaba a ponerle su título académico, lo que sí hacía con el resto de los miembros de la Escuela de Medicina.

No iba a rogarle como un alumno que le pide clemencia a un maestro.

No iba a hacer patente mi —nuevamente estupenda— relación con Nazarena para recordarle su recomendación.

No le iba a inventar una historia porque era muy malo para mentir: mi parodia se mojaría de rabia y toda la fábula sería increíble.

—Me resulta imposible —insistí, apretando las emociones en mi garganta—, son planes que no me involucran únicamente a mí.

Hasta ese momento levantó la vista. Y no me la quitó ni un segundo mientras decía:

—Si usted no está aquí el lunes a primera hora, sin importarme de quién sea usted recomendado —de su prima, pensé para mí—, ya no se presente más.

—Pues lo siento mucho —le dije, me di la media vuelta y me fui.