El Club Barba Azul El Club Barba Azul #35
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El Club Barba Azul #35

—No entiendes nada, Carlitos: en ese taller se barajeaban más ideas de las que cualquier ideología puede contener y lo sabes bien.

Por eso me la pasaba discutiendo todo el tiempo.

Eso de la igualdad aplica hasta cierto punto.

Pero tan absurdo es hacer arte a partir de camisas de fuerza ideológicas que tener la peregrina idea de que todos somos iguales.

Lo que ese grupito peleaba era una nimiedad: querían justificar el acto de pintar a obreros y campesinos.

Para eso no necesitan permiso, de la misma manera que Monet no pidió permiso para pintar indios o perros en sus días de campo.

Pero de ahí a que eso detone la igualdad, ¡por favor!

Hay leyes superiores, médicas, biológicas, que están por encima de todo ese delirio político.

Una cosa es pintar lo que se ve, deseando hacer una composición hermosa a partir del trazo o de la técnica, y otra muy distinta es querer encamarse con lo que se pinta.

¿O qué crees? ¿Qué me iba a enamorar de un morocho argentino o de un peruano que tiene casi los mismos rasgos raciales que África?

Por desgracia, la mayor parte de las ideas que Nazarena me decía tenían eco en mi cabeza.

En Argentina la higienización, como ella la llamaba, también era algo de todos los días.

Decidí seguir aquel juego. No podía ser visceral porque me estaba acercando mucho al proyecto del que Ángela y yo apenas nos habíamos enterado.

Además, si en ese momento le hubiera hecho caso a mi estómago, lo más probable es que hubiera vomitado en la sala.

—Y bueno, con todo eso, che, ¿cómo lidiás con la inquilina que tenés en el sótano? —le pregunté a rajatabla, intentando fingir la mayor de las franquezas.

—Eso no debería estar ahí —me dijo con melancolía y vergüenza—, pero soy demasiado débil, Carlitos. Eso no tiene remedio. Ninguno.

—Sí, sí, pero ¿cómo lo sobrellevás?

—En realidad es una de mis mozas quien la atiende todos los días. Yo la veo una vez por semana, por debilidad —ahora veía que Nazarena trataba de hacerse la fuerte, pero la superficie se resquebrajaba con algo parecido a un sentimiento, aunque no estaba seguro.

Me obligué a dejarla de ver para no trasminar por mis poros el desprecio que sentía. Me bebí de un trago media copa de brandy. Ni siquiera me gustaba el brandy.

—También una vez al mes viene Ricardo y le hace pruebas. Eso me consuela un poco.

De la manera más ingenua pensé que se trataba de pruebas para mejorar su calidad de vida. No tenía nada que ver con eso:

—Forma parte de su proyecto. Ella es la primera en probar las técnicas que investiga. Si no sobrevive a alguna de ellas, nos quedará el consuelo de que su existencia sirvió para un propósito más alto que mi simple capricho. Lo hemos conversado mucho.

El compartimento secreto de la biblioteca me comenzó a hacer todo el sentido.

Mi estómago tenía que ser de acero. Me excusé para ir al baño.

Una vez cerrada la puerta, mordí una toalla y me di varios golpes con la palma en la frente.

Ya había atestiguado la teoría en los libros de la biblioteca prohibida, y ahora veía su aplicación práctica.

Mi repulsión ahora era puro instinto. No sabía si podría verle la cara de nuevo sin agredirla, lo mejor era huir.

Pero fue peor. En el momento que salí del baño, después de lavarme la cara unas cuatro veces, Nazarena ya no estaba en la sala.

La botella de brandy tampoco. La puerta de su cuarto estaba abierta de par en par.

Se asomó y alcancé a ver que vestía una lencería que hubiera sido tremendamente provocativa en otras circunstancias. Con otra persona.

—Ven Carlitos, ya sabés más de mí —me dijo fingiendo una vez más mi acento— y te lo has bancado. Es hora de que cobrés tu premio.

Una neurótica pulcritud

A pesar de que no llevaba mucho tiempo trabajando en el Palacio de Medicina, logré el permiso para ausentarme.

Tuve que ir a llorarle al doctor Espronceda y saltarme a Genina.

Era la única manera. Ya había fingido sumisión en el colegio Santa Juana de Arco, ya había inflado mi coraje cuando le renuncié a Andrea, ahora me tocaba interpretar el papel de desamparada.

—Tengo que atender a mi tía, doctor —no encontré ninguna excusa más original—, está mal de salud y no tiene familia cerca.

Espronceda se me quedó viendo con firmeza, pero sin reproche.

—Es menester atenderla como sobrina y como médica porque donde vive no hay doctores que se den abasto incluso con enfermedades más sencillas.

—¿Dónde vive tu tía?

—En Cocoyoc, creo que la vamos a tener que trasladar de ahí porque los continuos calores no le están sentando nada bien.

Tenía un entrenamiento de años, podía mentir a voluntad, y muchas veces sin planearlo. Oculté información para sobrevivir el tiempo que pasé en institutos para huérfanos, y recuerdo ser una estupenda embustera para mí misma.

—Doctora Lizardi, doctora Lizardi —me dijo mientras esbozaba una breve sonrisa cómplice—, no crea que no me doy cuenta de lo que pasa en mi propia escuela. Puede ser que no me entrometa en todo, pero al tanto sí que estoy.

Era imposible que Espronceda supiera mis intenciones de ir a Tepeaca para averiguar sobre un proyecto —fuera de norma por decir lo menos— que se estaba cocinando bajo sus narices y que tenía que ver con Genina.

Por desgracia para su dignidad, en esa escuela ocurrían demasiadas cosas que él no sabía.

Bibliotecas secretas, apartados ocultos donde desaparecían niños.

Entendía la enorme cantidad de pendientes que el doctor tenía que despachar todos los días, pero también pensaba que había llegado al estado que necesitaba un poco de cinismo para aminorar todas las preocupaciones de un proyecto con esa magnitud.

Me di cuenta de que estaba en lo cierto:

—Sé, por ejemplo, que el doctor Genina puede ser una persona que confunde severidad con sadismo. Es muy vieja escuela.

Hasta ahí las apreciaciones iban por buen camino.

—Y sé muy bien que le ha puesto a hacer una tarea muy desagradable, destinándola a la morgue para embalsamar los cuerpos que llegan.

Me queda claro que esa labor es tediosa y que no le significa un reto, que por supuesto, se encuentra por debajo de su preparación.

Sé, doctora Lizardi, que su área se centra más en la parte neurológica y que tiene especial interés en los niños.

Le digo entonces qué es lo que vamos a hacer: tómese los días que me pide, yo le diré al doctor Genina lo de su tía.

Y confíe que a su regreso ya estaré pensando en reubicarla en la flamante división de puericultura que estamos terminando.

La conversación había salido mejor de lo que había esperado.

Mis actuaciones podían ser deshonestas, pero no tenía cargo de conciencia: el viaje a Tepeaca tenía todo que ver con mis principios.

Me vería con Carlos en Puebla. La última vez que hablé con él, destilaba fiereza.

Presentaba ese estado donde la ansiedad apura, el enojo empuja y el aturdimiento urge.

No le importaba perder el trabajo. Incluso parecía que era eso lo que deseaba.

Me contó a trompicones sobre la hija de Nazarena.

Me aseguró que los métodos que se podían leer en la biblioteca prohibida la tenían como primera víctima.

De Puebla saldríamos juntos hacia Tepeaca.

Una vez más tendríamos que actuar. Confiaba en mis habilidades histriónicas, pero no conocía las de Carlos.

Lo notaba demasiado directo, muy honesto como para inventarse un personaje.

Y luego estaba su acento. La primera idea fue aprovechar la reciente llegada de los maestros rurales a ese estado.

Sin embargo, con la experiencia y la información que había recopilado, fingir ser maestros rurales era un riesgo.

Nadie nos creería. Así que inventamos una división del gobierno, dependiente de la escuela de medicina, que simplemente haría revisiones superficiales a los niños en busca de las enfermedades más comunes: anemia, gripes, miopía.

Como en la morgue, Carlos sería mi asistente y hablaría lo menos posible.

Nos vimos en la plaza central. El día anterior había contratado un carro a caballo para que nos llevara hasta Tepeaca.

Llegó puntual con su maleta en la mano y nos saludamos nerviosos.

Durante todo el día recorrimos los casi 40 kilómetros que había entre la ciudad capital y Tepeaca.

En medio del traqueteo de la carreta —a aquello difícilmente se le podía llamar coche— Carlos me contó con más calma lo sucedido: que conocía a la prima de Genina, que en efecto habían diseñado un plan de higienización que tenía que ver con el espacio y la biblioteca prohibidos, que ya había una primera víctima que sufría los lineamientos más rancios del racismo médico europeo.

—Lo ven como castas, Ángela. Insisten en el color de piel como determinante de la superioridad, pero sus argumentos están basados en pruebas biológicas y médicas.

Lo más moderno justificando lo más antiguo, me parece.

Nada de una gran hermandad obrera o internacional.

Nada. Una visión anquilosada, pero en modernos tubos de ensayo.

Me conmovía un poco la inocencia de Carlos. Era como si entendiera a medias la época que le había tocado vivir. Nada sabía de los más furiosos intérpretes de Darwin o de las teorías de la eugenesia que se mantenían tan vigentes ahora como en el siglo pasado.

—Las ciencias naturales son igual de interpretables que cualquier filosofía, Carlos.

La estulticia cuando quiere encontrar pruebas las produce.

Puede poner a pelear a la biología con la psicología.

Y en épocas de cambios, los tradicionalismos parecen estupendos refugios.

A mí lo que me preocupan son las constantes.

—¿Qué constantes?