El Club Barba Azul El Club Barba Azul #34
38%

El Club Barba Azul #34

Recordé que un grado más alto de esta vanidad la viví cuando estábamos desnudos en su cama una noche en la que ambos habíamos bebido demasiado incluso para nuestros parámetros.

En un momento Nazarena detuvo todo jugueteo sexual.

Se dejaba acariciar, besar, pero sustituyó su contribución con un monólogo que recitó con los ojos cerrados.

Me empezó a hablar de hombres que yo no conocía.

Hablaba a media voz y sin detenerse como si estuviera rezando.

“Luis se me quedaba mirando en la fiesta del Casino hasta que ya borracho se atrevió a abordarme y a decirme que le gustaba mucho. Yo le dije que estaba bebido, pero él siguió insistiendo, y me tomaba de la mano y me quiso besar como cuatro veces. Yo le volteaba la cara y trataba de hablar con mis amigas, pero él no quería dejarme. Me seguía diciendo que era muy guapa, que se casaría conmigo, que de toda la familia era el mejor partido”.

Luego saltaba a otra persona y situación: “Como aquella vez que Jacobo aun delante de su esposa comenzó a decirme que esa noche estaba radiante, que por favor nos fuéramos a la parte de arriba de su casa, que ahí tenía un regalo para mí, que solo un rato pequeño, que no me arrepentiría. Y no dejaba de pasarme su brazo por mi espalda y cada vez que intentaba tocarme la pierna, yo le agarraba su mano y la regresaba a su sitio, pero él seguía con el mismo movimiento una y otra vez”.

La situación me pareció tan extraña, que dejé de besarla o intentar ya cualquier avance.

Me separé medio metro, apoyé la cabeza en mi mano, el codo en la cama.

Ella seguía con su oración del deseo: “Una vez Rodolfo me pagó un viaje en barco para ir a Italia, me dijo que era un regalo, que se quería ir conmigo. Su arrojo no tenía nada que ver con el alcohol, porque me lo dijo en un café a las cuatro de la tarde. Me declaró su amor mientras tomaba mis dos manos y me decía que huyéramos juntos, que ese viaje era el único sueño que quería cumplir en su vida, que yo era su vida. Yo le dije 20 veces que estaba loco, que cómo nos íbamos a ir así de buenas a primeras, me preguntó si no le gustaba, una y otra vez, y yo solo respondía con risas para restarle importancia, pero eso le encendía más y más la esperanza en su mirada…”.

Aquella noche, Nazarena estaba en un trance letárgico.

Poco a poco fui desapareciendo de su cabeza, aunque fuera el único hombre que estaba realmente ahí.

El acto sexual perdía importancia y le cedía su lugar a algo que le parecía más satisfactorio: recordar las situaciones donde había sido deseada.

Era una paradoja neurasténica, el deseo valía más como preámbulo que como culminación.

Era más extático lo que ocurría en el exterior que lo que podía pasar en la intimidad.

Recordé que su ofuscación era tan profunda que me levanté de la cama y me vestí sin que ella detuviera su colección de aventuras donde los hombres rogaban por su amor, por su cuerpo, por su compañía.

Al cerrar la puerta para irme, lo último que escuché fue que un Daniel la había arrinconado y trataba de hincarse, mientras ella lo levantaba una y otra vez.

Lo contaba con el mismo tono de un salmo aprendido de memoria, listo para recitarse en los momentos de desesperación.

Por el contrario, el día de la visita, Nazarena estuvo muy presente.

Era la misma mujer a la que estaba acostumbrado: fuerte, siempre a su aire y obligando a que los demás se sintonizaran a sus corrientes, pero esta vez no jugó a las evasivas ni a los caminos sinuosos.

Fue directa y clara. Parecía una mujer de negocios que se estaba jugando la fortuna familiar.

Entró en la sala como si saliera de otra reunión igual de importante que le hubiera provocado llegar tarde a su siguiente cita.

Me paré, y sin mirarme me pidió que me sentara mientras ella hacía lo mismo en el sofá que se encontraba frente al mío.

Atrás venía un mozo y con diligencia le pidió que por favor nos sirviera café.

A él sí lo miró hasta que desapareció por la puerta que daba a la cocina.

—Bueno, Carlos —inició como si deseara salir de una negociación desagradable en el menor tiempo posible—, hablemos del asunto.

—¿Qué asunto? —le contesté deteniendo su veloz tren. Tendría que estar dispuesta a explicar y conceder algunas cosas si deseaba resolver el asunto .

—Mira, Carlos, yo no soy una persona a la que se pueda extorsionar.

Tal vez no lo entiendas, pero mi familia está dispuesta a hacer mucho con tal de preservar su buen nombre.

Y eso, temo decirlo, queda por encima del cariño que tú y yo nos podamos tener.

Está incluso fuera de mis manos. Es una inversión que a veces puede ser molesta, pero que eventualmente reditúa.

Tú lo sabes muy bien: el trabajo que tienes es gracias al buen nombre de mi familia.

Así que, si estás pensando en divulgar lo que descubriste, te digo de una vez que va a ser algo que te causará muchas desventuras y bilis. Sobre todo, bilis.

Me di cuenta de que Nazarena era incapaz de traspasar su orbe personal.

Las personas o estaban hechas para admirarla o se volvían una amenaza.

Nada más. Me invadió una profunda tristeza: me desconsolaba su soledad.

Yo no quería venganza, ni extorsiones, ni nada parecido.

Me resultaba imposible calcular todo de antemano.

A Nazarena nunca se le pasó por la cabeza que más bien estuviera preocupado por el futuro de la niña que ahora estaba encerrada en el sótano.

Lo único que pude decir, casi balbuceando fue:

—Nunca he pensado en extorsionarte ni mucho menos.

Se quedó un momento escrutándome. Era como si no entendiera lo que había dicho, como si le hubiera hablado en arameo.

—¿Perdón?

—Que no tengo intención de extorsionarte, ni hacer nada público.

Se quedó pensando un rato más. Sonrió con cierto alivio, aunque después me di cuenta de que con su gesto buscaba algo parecido a la complicidad.

—En ese caso, no tienes que preocuparte por tu trabajo, querido.

La ira emergió de mi pecho y fue llegando a mis sienes como si fuera un líquido espeso pero resuelto. Estaba a punto de pararme e irme, pero Nazarena me ganó:

—¿Sabes? Me contaron que en la escuela estás trabajando directamente con Ricardo. Tuve que informarme, querido, para saber qué terreno estaba pisando, ¿sabes? Me dio gusto. Ricardo sabe bien lo que… me pasa… sabe de la criatura que tengo… resguardada.

—¿Con quién?

—Con Ricardo Genina —hasta entonces me hizo sentido—, de hecho, ambos hemos trabajado juntos.

Como una pieza de ajedrez en el tablero de su ego, Nazarena me movió del cuadro de persona amenazante al de admirador absoluto. Entonces, en vez de cuidar sus palabras, empezó a hablar de más. Y yo empecé a jugar al estratega.

—¡Ah, el doctor Genina! Claro, estoy con él casi que como su protegido. Una persona muy seria, con muchas responsabilidades.

—Sí, Carlitos —ya había regresado el Carlitos —, Ricardo es un poco neurótico, lo sé, pero la verdad es que tiene una mente privilegiada: sabe tanto de medicina como de negocios. Eso no es poca cosa.

—Y ¿de dónde lo conocés? —me aventuré.

—Somos primos, tonto.

—Ah, ya veo. Bueno, como no sé tu nombre…

—Tú y yo siempre seremos Carlitos y Natalia Constrictor, querido.

—Tampoco sabía que tenías conocimientos médicos.

Llegó el mozo con el café. Nazarena le pidió entonces que trajera la botella de brandy con sus copas. Fingí una sonrisa como la que me habían perfeccionado los hermanos Vitela.

—No son tantos conocimientos médicos —me dijo Nazarena ya visiblemente aliviada—, se trata más bien de higienización social.

Soy especialista en esa área. Ya sabes: eugenesia, erradicación de las enfermedades que son mitad físicas, mitad sociales.

Teorías de última tendencia que tienen que ver con la medicina, pero también con la antropología, por ejemplo.

Nazarena estaba orgullosa de lo que decía.

—Lo estudié en Europa. Cursos más que una carrera: mi tiempo lo tenía que dividir entre el estudio de la higienización y el contacto con las artes plásticas. Pero lo aproveché bien, ¿sabías que entre mis maestros estuvo Ernst Haeckel?

—No sé quién es —se me escapó faltando a mi actuación, pero es que estaba de verdad muy sorprendido.

—El genio que clasificó las razas, tontito. Claro que sabes quién es, o al menos sabes de su metodología: en Argentina se conoce muy bien.

—Ya, ya —dije lo más neutro que se me ocurrió.

—La visión de Haeckel es que las razas se distribuyen en todos los países. No que uno solo concentre a una sola raza. Por eso es posible mejorar la raza de casi todas las naciones. Salvo en África donde se necesita una colonización muy voluntariosa.

—Pero, Natalia.

—Natalia Constrictor, querido —me dijo mientras prendía un cigarro, levantaba la vista al cielo, bebía un trago de brandy y luego otro de café.

—Pero Natalia Constrictor —rectifiqué—, ¿no van todas esas ideas en contra de lo que discutíamos en el taller de Leopoldo Méndez? ¿El anarquismo, el comunismo? Las ideas de un mundo en igualdad.