El Club Barba Azul #33
Y se habrá quedado esperando, o tal vez fue lo suficientemente prudente para no asistir, al ver que no hubo una respuesta. Aunque Nazarena confiaba en que sus órdenes serían siempre acatadas. Y esa primera nota no era más que eso: una orden barnizada con buenos modos hechos a regañadientes.
El segundo mensaje llegó el viernes. A diferencia del anterior, venía con un papel más delicado, con hebras que sobresalían de la superficie y le daban una apetitosa extensión rugosa.
La nueva nota, también a diferencia de la anterior, venía en un sobre hecho del mismo papel.
Al abrirlo, mi nariz se inundó de un perfume que me recordó, creo, al jazmín:
Carlos, vaya grosería, querido. Te estuve esperando 15 minutos en la hostería.
Ya te he dicho que lo que me falta es tiempo, corazón.
No me hagas desperdiciarlo de esta manera, además yo tenía entendido que eras un caballero, y estas vulgaridades no las hace un caballero.
Te pido, si no te quita mucho el tiempo, que me mandes con mi mensajero una respuesta para saber si debo seguir invirtiendo mi tiempo contigo o me dedico a cosas más provechosas. Un beso sentido y dolido.
Cuántos sentimientos contradictorios en tan pocas líneas.
Palabras de cariño engarzadas con reproches.
Y un poco más de órdenes… que no obedecí.
Despaché al mensajero dándole las gracias con mucha amabilidad.
Se quedó perplejo: con toda seguridad Nazarena le había dicho que escribiría una nota de contestación.
Sin duda, a su regreso, lo regañaría por llegar con las manos vacías. Lo sentía por él.
La tercera nota llegó dos días después. Su impostación se iba resquebrajando. El mismo mensajero tocó a mi puerta y, contrito, me entregó el documento. Habíamos regresado al papel sin primores y sin sobre:
Carlos, ¡no se vale! Solo una enfermedad terminal podría justificar tanta grosería, pero Eudoro me dice que aquejado no te ve.
Tu silencio es agresión. Si ya no quieres verme más, lo mínimo es hacérmelo saber para no gastar papel y tinta.
No entiendo qué sucedió si nos llevábamos tan bien.
Dos almas libres, respetuosas del espacio del otro, pero también de los sentimientos del otro.
He notado que no te apareces por los sitios en donde solíamos coincidir sin ponernos de acuerdo.
Eso solo significa una cosa: me estás evitando.
¿Tanto miedo terminé por darte? Te imaginaba más bravo, pero creo que tu doblez era todo el contenido que tenías para ofrecerme.
Nada mal: un reto a mi hombría para provocar una respuesta. No habría tal. No de esa manera. Nuevamente le di las gracias a Eudoro.
—Señor, disculpe usted mi atrevimiento.
—Dígame.
—¿No tiene algo para darme?
—¿Algo como una respuesta?
—Perdón, señor, sí, a eso me refería.
—No en este momento, don Eudoro.
—Es que…
—Sé que lo meto en problemas cada vez que usted regresa sin nada, y créame que lo siento en el alma, pero es necesario que piense un poco las cosas. Le ofrezco a usted mis más sinceras disculpas.
El pobre hombre se fue abatido.
La verdad es que no tenía plan concreto.
Todos esos días seguía yendo a la biblioteca para informarme sobre el padecimiento de la hija de Nazarena.
Para ver si la ciencia había logrado algún avance desde los últimos libros que había leído.
No le mentía al mensajero cuando le decía que tenía que pensar un poco mejor las cosas.
Pero el último recado de Nazarena me obligó a salir de mi mutismo.
Eudoro llegó como siempre. Esta vez incluso le ofrecí un café movido por un fuerte sentimiento de culpa.
Sin embargo, me enteré de que ya no había mayores represalias contra él porque Nazarena había entendido que su mensajero nada podía hacer para provocar una respuesta.
Me aceptó el café de buena gana. El cuarto mensaje también venía en sobre, pero no solo eso: los bordes del papel estaban sellados con cera roja como si estuviéramos en el siglo xviii .
El sobre y los sellos no eran nuevos toques de elegancia como el perfume: supe que se trataba de una medida de seguridad para que el mensaje llegara solo a mis ojos.
Carlos, ya tengo una idea de lo que ha sucedido.
De otra manera no me molestaría en enviarte otro mensaje de los que solamente he tenido como respuesta un grosero silencio.
Antes que nada, debo decirte que para mí había quedado muy claro que nuestra relación se basaba sobre todo en la discreción, y espero que, en adelante, aunque no nos volvamos a ver, la discreción sea una constante.
Es lo mínimo que me debes. Hoy por la mañana me di cuenta de que descubriste a mi inquilina.
Revisé su cuarto y me percaté de que había realizado unos dibujos de alguien que no conocía.
Eras tú, deduje después de interrogarla largo rato y lograr que se hiciera entender por encima de su tara.
Cuando uní cabos y supe lo que había sucedido, tuvo su merecido.
Por desobedecerme, por exponerse, por exponer a toda mi familia.
Ahora es menester hablar contigo. Si quieres mantener tu trabajo en el Palacio o en cualquier sitio, me vas a contactar para asegurarme de que la integridad de mi apellido se mantendrá como hasta ahora.
Ese último mensaje no iba firmado. Era una precaución añadida.
Tuve que contestar. No por las amenazas laborales o por el cariño —ya inexistente— hacia Nazarena: temía por la niña, por la inquilina .
Me quedaba claro que la vergüenza era el único sentimiento que le provocaba y que le huía como si se tratara de una enfermedad infecciosa.
¿Cómo le habría sacado la verdad? Lo ignoraba, pero no habría sido con amabilidades.
Y esa falta de amabilidad se prolongaría hasta que yo me presentara.
Eudoro, que había bebido su café en silencio y volteaba hacia la ventana en un acto de discreción, giró cuando le puse mi respuesta en el buró.
La tomó y se levantó lentamente para retirarse.
Dos días después ya había terminado de leer lo que existía sobre el síndrome de Down en la biblioteca del colegio de medicina.
En esos días aposté a que el acceso a la biblioteca prohibida me fuera garantizado, aunque no dependiera ni de Karla ni de mí.
Ella no me lo decía, pero la sala ni estaba abandonada ni ociosa.
Se utilizaba con mucha frecuencia: cada vez que llegaba y Karla, a lo lejos, me decía que no con la cabeza, sabía que en ese momento era imposible transgredir esa frontera bibliográfica.
Entonces centraba mi investigación en los libros que estaban a la mano.
El cretinismo o idiocia mongoloide, como los denominaba el doctor Landon Down por sus rasgos faciales, ya había sido estudiado por otros especialistas.
Sin embargo, al final lo que se tenía era un conjunto de problemas a los que nadie quería proponer una solución.
Enfermedades del corazón, del aparato digestivo y del sistema endócrino, pero sobre todo una muy corta vida.
Entonces, una pregunta no me dejó en paz mientras recopilaba información al respecto: si las personas aquejadas con este mal tenían justamente una vida muy corta, ¿por qué no hacerla lo más llevadera posible?
La respuesta, lo sabía, también se encontraba en el terreno de lo social y no de la medicina: la vergüenza, la carga, el escarnio público. Yo no estaba de acuerdo.
Ya había abandonado mis intentos por abrir la segunda puerta prohibida. La doctora Ángela estaba convencida de que del otro lado no solo había estudios y manuales, sino también niños. Pero era imposible violar esa cerradura.
Para la fecha acordada con Nazarena, elegí las cinco de la tarde y su casa para vernos.
Así lo escribí en mi respuesta y tras despedir a Eudoro aquella última vez, le pedí a mi casero que, si acaso regresaba, le dijera que no estaba en casa.
Lo que ocurrió tres veces. Las misivas no entregadas, estaba seguro, intentarían cambiar la hora y el lugar de la reunión.
También elegí un atuendo nuevo que fui a comprar en las inmediaciones de la plaza Santa Catarina.
Un traje sobrio, pero con algunos encajes que adquirí a buen precio en una de las muchas sastrerías que ahí se encontraban.
No estaba hecho a la medida, pero los retoques, que pedí hicieran con alguna urgencia, lograron la impresión final de que sí lo era.
Llegué solo tres minutos después de la hora.
Quería ver si ese día Nazarena estaría puntual —arreglada, maquillada— en su propia casa.
El reto no era complicado, pero no le fue posible.
Mientras esperaba en la sala, pensaba que Nazarena perdía mucho el tiempo consigo misma: cada evento, cada reunión, llevaba una víspera de neurosis.
Se imaginaba al detalle cómo la iban a ver con tal o cual sombrero, cambiaba más de cuatro veces su ropa.
Inventaba corrillos y situaciones en su cabeza, adelantándose a lo que ocurriría.
En un principio creía que se trataba de escenarios producidos por su inseguridad, y algo había de eso, pero a la postre me di cuenta de que se trataba más bien de una expansión de su ego.
No quería pasar desapercibida ni en la más trivial reunión social.
Vivía a partir de las miradas de los otros.
De las reacciones que alcanzaba a ver en la concurrencia.