El Club Barba Azul El Club Barba Azul #32
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El Club Barba Azul #32

Cuando en la muestra los clientes vieron el cuadro, quedaron maravillados.

Fue muy emotivo, a más de uno también se le saltaron las lágrimas.

Tenían la admiración a flor de piel. A diferencia de Maternidad , ahora había 15 actores además de los tres niños.

Traje al resto del grupo una vez que los inditos estuvieron bien amaestrados, de manera que no entorpecieran la concentración de los actores.

Para estos últimos tuve que hacer muchas horas de casting : necesitaba actores de piel morena que no es fácil conseguir.

La parte más artificial de mi composición, querido primo, fue una tintura que apliqué a cinco actores antes del evento para que dieran el tono adecuado.

Nadie lo notó. Cuando cayó por segunda vez el telón, los clientes ya comenzaban a preguntar por la personalidad y el precio de los niños.

Tuve que sosegarlos para que acopiaran paciencia y vieran mi última puesta en escena.

Llegamos entonces al dentista, como le llamo yo.

Otro fragmento del mercado de Tlatelolco.

Un indio revisa la boca de un niño mientras su madre le sostiene los brazos, de tal forma que se deje hacer.

Para esta última imagen contraté a dos actores viejos y a tres jóvenes: una mujer que haría la parte de la madre, otro que haría al dentista y finalmente uno que sostiene pescados en su manta a un costado de la escena principal.

En este caso no quise utilizar artificios, pero a falta de indios mexicanos y adultos, tuve que contratar a indios jumanos, de los que viven al norte de Texas.

No fue fácil: en este país se han dado cuenta de lo nocivos que pueden ser los indios para el desarrollo y están dándoles tierras separadas de la gente civilizada.

La idea es buena pero el problema es que estos indios se han dado a la bebida y la holgazanería ante la vista gorda de sus autoridades.

Entonces, en vez de trabajar sus tierras, trabajan sus vicios.

Pero eso era un poco lo que buscaba: un salvajismo que pudiera domar durante el tiempo que durara mi evento.

Como debes de suponer, los jumanos no eran actores ni de lejos.

Son gente muy bruta. Sin embargo, en el fragmento mural que quería reproducir se nota el sometimiento del niño que se resiste y eso era justo lo que quería.

No me solazo, primo, pero creo que he entendido la vanguardia del arte mucho más que los corredores.

El último cuadro era la cereza del pastel, así que me atreví a un poco más: días antes llevé al niño a la reserva india con los “actores” elegidos.

Les dije que lo tomaran como sirviente durante cuatro días.

Podían hacer con él lo que quisieran, siempre y cuando no afectaran su físico.

Si lo regresaban en buenas condiciones, pagaría una cuota extra a lo ya acordado por sus míseras habilidades histriónicas.

Temiendo un poco que dañaran la mercancía, dejé al indito y me fui de ahí.

Pero sabía que era necesario. Era un experimento para saber si obedecía fuera de mi supervisión.

Ahí, lo sabía, era donde se iba a probar todo el entrenamiento que hemos ido perfeccionando.

Cinco días después regresé. Mientras iba caminando hacia la casa de los “actores”, alcancé a ver una escena interesante: los jumanos estaban sentados bebiendo en la logia de su casa y el indito corría de un lado para otro haciendo varias tareas.

Segundos antes de que se dieran cuenta de que llegaba, vi cómo el jefe de familia, un animal enorme y a todas luces briago, le asestaba al niño un zape en la nuca que lo hizo trastabillar y caer ante las risotadas de todos.

Salvajes haciendo cosas de salvajes, primo.

Cuando me di cuenta de que aquello no significaba ningún daño físico en la mercancía, quedé satisfecho de la obediencia que mostraba.

En cuanto me vieron, detuvieron las risas y trataron de comportarse.

Todos menos el niño que salió corriendo hacia mí como quien encuentra a su salvador.

Corría, lloraba y casi me abraza si no lo hubiera detenido a tiempo.

Aproveché para levantarle la camisa y revisar que no estuviera mallugado.

No lo estaba. Me repetía una y otra vez una palabra en su lengua que no entendía.

A fuerza de tanto decirla, mientras me señalaba a los dos adultos de la tribu, se me quedó en mi cabeza, era algo así como “auilnelistli”. Ya me informaré después qué significa.

Regresamos todos a la bodega para empezar a trabajar.

Como el niño había convivido con sus captores, estaba aterrado.

Así, cuando les pedí que se estuvieran quietos primero 10 minutos, en otra sesión, 15 y finalmente la media hora que duraría su participación, todos obedecían a la perfección.

El que hacía de dentista le agarraba las mejillas y se las apretaba, mientras la madre le jalaba sin disimular los brazos para que estuviera quieto.

Sin embargo, el nerviosismo del niño se veía en su temblar.

Y los jumanos cuando dejaban de beber por un rato también comenzaban a temblar.

Me vi entonces en la necesidad de administrar whisky a los jumanos y barbitúrico tiopental al niño por medio de inyecciones durante los últimos dos ensayos, y antes de su participación ante el público.

El cuadro quedó magistral. Para mayor efecto, agregué plantas y un ciclorama detrás pintado a copia exacta del mural original.

Parecía hecho por el mismo Rivera. Al abrir el telón y pasados muy pocos segundos, los clientes comenzaron a aplaudir y a silbar en señal de histérica aprobación.

Una vez terminado el espectáculo, llegó la negociación.

Pedí que me trajeran a los cinco niños. Hice que repartieran paletas de cartón en cada una las mesas, y comenzó la puja.

Mientras más pequeño era el indito, mayor la cantidad que ofrecían.

Fue una aguerrida subasta, primo: logramos una ganancia que suma el triple de lo invertido.

Como te dije al principio: un éxito. Los ganadores estaban contentos, pero yo me concentré sobre todo en los perdedores.

Me pedían que realizara lo más pronto posible la siguiente muestra de arte, que vendrían “mejor preparados”.

Algunos incluso, en su indiscreción alcohólica, me dijeron que en cuanto supieran la fecha, venderían alguna propiedad para poder llevarse a casa a alguno de los ejemplares “siempre y cuando tengan la misma calidad que estos”. El mercado está abierto, primo.

Los niños no se fueron con sus nuevos dueños esa noche.

Era muy arriesgado. El trato fue que se les entregarían en cada una de sus casas, tres días después del evento.

Pero permití que convivieran individualmente con sus adquisiciones.

Unos les acariciaban la cabeza, otros les revisaban el cuerpo y comentaban entre ellos las facciones tan mexicanas que tenían.

Una pareja incluso pellizcaba a modo de juego a su adquisición mientras se reían muy alegres.

Los tres días entre la exposición y la entrega los pasé acicalando a los inditos.

Les compré trajes y vestidos. A cada uno le armé un pequeño baúl con cuatro mudas de ropa.

La entrega debía ser tan profesional como todo lo que se había hecho hasta ese momento.

Los niños se sintieron incómodos con sus nuevos atuendos, pero tras algunas amenazas se tranquilizaron.

Todos menos dos: el más pequeño de los tamemes y la niña que en el mural vivo los observaba.

Resulta, primo, que eran hermanos y yo no me había enterado.

Entonces cuando comprendieron que iban a ser separados (uno iba a Manhattan y la otra a los Hamptons), se pusieron a berrear mientras se abrazaban con una fuerza que no sabía que alguien de su edad pudiera tener.

Tuve que traer de nueva cuenta a “los suaves” para que tablearan al de ocho, mientras otro empleado más agarraba a la de seis que se defendía rasguñándolo.

Salvajes, no hay otra palabra. Este incidente debe servirnos para el futuro: si vienen dos miembros de una misma familia hay que separarlos desde el principio para que se acostumbren.

Disculpa la longitud de la presente, primo, pero estoy seguro de que habrás terminado con el mismo sabor de boca que yo tengo.

Calculo que en un par de meses puedo organizar la segunda vuelta de nuestro negocio para que vayas preparando todo por allá.

Recuerda que ya tenemos a seis potenciales compradores y no dudo que en su conjunto comiencen a pasar la voz entre futuros clientes, así que nada de descansar y manos a la obra.

Te mando un abrazo grande, por favor dáselo también a tu esposa e hijos, con todo cariño

E MILIANO B ERRONDO -L EMONTRIP

Diario de un seductor 4

Desaparecí de los sitios que Nazarena frecuentaba.

Cuando un mensajero me llevó sus notas a mi casa —firmadas como Natalia Constrictor— no contesté ninguna.

Era el enojo que sentía por esconder en el sótano a su hija, pero también formaba parte de una estrategia.

Con Nazarena, me di cuenta, todo tenía que ser táctica y nada corazón.

Era una receta para no salir desquiciado.

Seguir las mismas formas que ella utilizaba.

El primer mensaje decía:

Carlitos, estás muy perdidito. ¿No me digas que te enfadaste porque te tuve que abandonar la última vez?

Ya sabes lo complicada que es mi vida. Imagínate que, si mi tiempo no es mío, ¿cómo podría ser de alguien más?

Vamos a vernos, hagamos una enmienda para la paz.

Tengo libre la tarde del jueves, a partir de las 7:30 y me queda de paso la Hostería de Santo Domingo. Veámonos ahí. Te espero.