El Club Barba Azul El Club Barba Azul #31
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El Club Barba Azul #31

Salí al escenario cuando calculé el inicio de la embriaguez.

El telón aún cerrado a mis espaldas. “Buenas noches”, recuerdo que les dije, “es un honor para nosotros tenerlos aquí. Estamos a punto de marcar un hito en el mundo del arte”.

(Juro, primo, que todo lo que dije es más o menos exacto).

“El día de hoy les ofrecemos una disciplina que junta el muralismo y las artes escénicas, y que además pueden llevarse a casa.

En el folleto que se está sobre sus mesas, verán los fragmentos del mural que interpretaremos sobre el escenario.

Como saben, resulta imposible recrear todo el mural, ya que una de sus características es que suelen ser multitudinarios.

Por ello nos hemos tomado el atrevimiento de destacar ciertos detalles que son los que verán detrás del telón.

Sin mayor preámbulo, comenzamos con La maternidad , cuadro vivo inspirado en el mural de Orozco.

Se abrieron las cortinas, primo, y ahí estaba sobre el escenario el producto de noches de desvelo, de creatividad y de mucho tesón.

Seis hermosas rubias (actrices de acá) inmóviles, poniendo toda su atención a un indito de cuatro años.

El más pequeño de los que te pedí. Colgué con cuerdas a cuatro de esas actrices.

Todas habían entrenado algunos días para mantener su postura estática.

La idea era lograr la mayor inmovilidad posible, que presentaran el cuadro como si se estuvieran viendo el mural, pero las formas en este caso sobresalían, la perspectiva era real.

Almidoné los vestuarios que cada una llevaba, logrando dar la sensación de movimientos en ondas y pliegues.

De la misma manera contraté a una estilista muy hábil que por medio de lacas les levantó el cabello siguiendo siempre como guía la fotografía del mural de Orozco.

Todo estaba en su sitio: los mismos colores, los mismos gestos, las mismas posturas.

Las dos mujeres de abajo la tenían un poco más fácil: una postrada en el piso dando la espalda al público mientras veía al indito y la otra sentada en una silla que estaba completamente cubierta por un largo velo que caía desde su cabeza.

Ambas estaban encueradas tal y como lo dicta la composición pictórica (por lo mismo cobraron casi el doble que las otras actrices).

Debo decirte que al ver mi obra me emocioné.

Era maravilloso ver cómo el cuerpo también desnudo del indito sobresalía en medio de toda la composición.

Su piel oscura estaba justo en el centro: era el foco de atención.

No fue fácil: dos horas antes del evento tuvimos que darle una mamila con leche y algunas gotas de éter para que estuviera adormilado pero sin conseguir completamente el sueño.

Todo el trabajo que invertí valió la pena, lo verás en las fotos que te llegarán con el próximo cargamento de las M1911.

Transcurrió casi media hora de admiración donde los clientes insistieron en acercarse al borde del escenario para ver de cerca el mural vivo.

Luego pasó un fotógrafo que tomó varias instantáneas de la composición para dejar registro de una obra efímera.

Las cortinas se volvieron a echar abajo.

Desmontar el primer mural y armar el segundo llevaba su tiempo, así que aproveché esos minutos para conversar desde el escenario con los clientes.

Finalmente, después de tanto tiempo, podía dedicarme a lo mío: a vender.

“Queridos conocedores del arte”, algo así les dije, “como les hemos avisado desde la folletería, esta es una exposición para adquirir”.

Muchos se me acercaron previamente para saber cómo era la transacción, pero hasta ese momento lo expliqué de manera abierta: “Cada uno de los niños de los murales están a la venta. Todos son niños sanos, han sido adiestrados, por ello son niños acomedidos y muy trabajadores que con gusto realizarán las tareas que les pidan. Además se mostrarán agradecidos porque la realidad del pueblo donde vivían es dura, marcada por la guerra y por la miseria. La selección se ha hecho con mucho cuidado, buscando que no tengan rasgos biológicos ni decadentes ni agresivos. Conforme vayan apareciendo en el escenario, ustedes verán a sus futuras sirvientas, a sus futuros mayordomos, a sus damas de compañía si así lo desean, pero con un toque único: provienen de la estética misma. No son ni físicamente ni mentalmente iguales a la servidumbre a la que ustedes están acostumbrados. Les dará el toque exótico que necesita su hogar y sin mayor gasto que el de su breve manutención (recuerden que son niños acostumbrados a vivir con muy poco). El idioma tampoco será problema: están en la edad en que sus cerebros son como esponjas y con rapidez podrán aprender las palabras clave: sirve, barre, te puedes retirar”.

No pude hacer frente al aluvión de entusiasmo creado, porque el siguiente mural estaba ya listo.

Tocó el turno a Historia de México de Rivera: el fragmento que corresponde al mercado de Tlatelolco.

Obra de arte difícil, debo decirlo, primo, sobre todo por las edades de los inditos.

Los cargadores debían tener ocho o nueve años, pero el que más guerra me dio fue el que interpretaría la escena del dentista.

El primer “fresco” (así los llamé en la exhibición, en español) muestra a dos niños que están cargando bultos a la manera de los tamemes (con una correa amarrada en diadema sobre la frente), inclinados hacia delante, mientras los adultos están negociando unas frutas que están en el piso sobre petates.

Como los murales deben ser realistas, no me amedrenté y los bultos que los inditos cargaban tenían el peso suficiente para que se notara en su cara y en el cuerpo el esfuerzo.

Los dos iban, igual que en el mural, con taparrabos, desnudos del torso, sin zapatos.

A poca distancia, una indita más chica los observa y va vestida de tehuana, con su faldita y su tocado.

Quedó primorosa. Pero ¡demonios de niños!

Los tres habían hecho amistad durante todo el trayecto de México a Texas, y a la hora de los ensayos se organizaron en contra mía.

Mientras disponía a los actores del resto del cuadro, los inditos se negaban a salir de su cuarto.

Tuve que dejarlos sin comer dos días a los malagradecidos, y con el problema del idioma (apenas hablaban español), era muy difícil darme a entender.

Una amenaza que no se entiende, no es amenaza.

Pero pudo más el hambre. Los dos más chicos comenzaron a hacer lo que se les pedía.

Entendieron que si me hacían caso, entonces comían.

Sin embargo, al más grande fue necesario darle una azotaina.

Tuve que llamar a dos encargados del tráfico de armas para que les “explicaran” de qué se trataba sin necesidad de que hablaran el mismo idioma.

Era un par de hermanos que el resto conocía como “los suaves” o los Montoya, que es su apellido.

Trabajan dialogando con la competencia y los convencen cuando se ponen necios.

Como son del norte de México, su frase favorita siempre es “está suave”.

Así, cada vez que les preguntaba cómo habían ido las negociaciones con alguien que quería quitarnos una plaza de ferrocarril para la llegada de licor o acaparar un puerto que nos sirve de salida para las M1911, contestan tranquilos “estuvo suave”, a pesar de que lleguen con una ceja rota o con el labio hinchado.

Pedí al resto de mis empleados que se fueran al otro extremo de la bodega que sirve de dormitorio.

Los suaves entraron al cuarto y cerraron la puerta atrás de ellos.

Escuché primero la voz del indito hablando en su dialecto, luego lloriqueos, luego gritos.

Hasta ahí le llegaría lo ladino al cabrón taimado.

Pedí de manera enérgica que no dejaran marcas porque la exposición estaba a cinco días de distancia.

Mis empleados tenían la técnica perfecta: entraron con una tabla ancha.

Al salir, me encontré con el indito hecho ovillo en uno de los rincones del cuarto, temblaba y se había orinado encima.

Lo agarré por las greñas y lo sacudí sobre todo para asegurarme de que no hubiera marcas en su cuerpo.

Cuando otros empleados también lo revisaron, me dijeron que solamente había una coloración rojiza en la espalda que se quitaría a lo largo del día.

A partir de ese momento los tres rebeldes fueron los mejor portados. Aunque de vez en cuando, sin ningún motivo, se soltaban a llorar, pero en silencio. Había logrado el cambio perfecto: estaban listos para recibir cualquier orden del cliente que los comprara.

A pesar de la buena disposición, el ensamble no fue fácil.

Cuando ponía a los dos mayores a sostener sus bultos y les pedía que no se movieran, los cabrones, al pasar el tiempo, distribuían el peso en una pierna y otra.

Por más que quisieran no iba a quitarles ni un gramo de la carga: no renunciaría a la idea de que tuvieran el mismo rictus de esfuerzo que aparece en el mural.

Tuve que traer nuevamente a mis empleados correctores, pero bastó su simple presencia para que los inditos aguantaran.

El mayor entonces se comportaba aunque se le escurrieran las lágrimas. El efecto fue exacto.